Confianzas
El flaco Angarita (pobrecito, es que es como alelado), llegó el otro día a mi casa y me pidió prestado el carro. Le di las llaves y le alerté de pasar los túneles de Costa Rica a no más de 40 a la hora, que s
El flaco Angarita (pobrecito, es que es como alelado), llegó el otro día a mi casa y me pidió prestado el carro. Le di las llaves y le alerté de pasar los túneles de Costa Rica a no más de 40 a la hora, que si no te multan. Antes había pasado donde otros vecinos y hasta la pecosa Santos le prestó 500 euros. Ella se los dio sin dudar en un billete Bin Laden, de esos que todos saben que existen y nadie ha visto nunca. Eso ocurrió hace más de una semana, al flaco Angarita nadie lo ha vuelto a ver, y hoy nos encontramos la pecosa Santos y yo en el ascensor y del fondo del alma dijimos al unísono que la ventaja que tiene el que se considera estúpido es que la gente no desconfía. Fresca, brillante, antihistamínica. Pensé y miré a mi contertulio, agradable como el que más, se había sentado a mi mesa no hacía ni diez minutos y ya se había presentado, Adolfo Martínez, a tus pies. Había pagado lo consumido por mí sin ningún titubeo y me había ofrecido una sonrisa espectacular, además de una nueva cerveza. El local atiborrado de gente le había obligado a ocupar mi pequeña mesita y cuando afirmó aquello de fesca, brillante y antihistamínica no supe a qué se refería, si a la fragancia del coctel que estaba bebiendo o a la hermosa negra que entraba al local. Lisbeth me preguntó una vez que me encontré con ella en el ascensor que cómo era eso de que soy escritor, qué eso con qué se come, y formulaba la pregunta sabiendo que no obtendría respuesta de mi parte, imaginando la verdad, que yo me quedo callado, tímido y huevón, y toda la pregunta fue como una gran obra de teatro, en donde ella coloca los ojos mirando al techo y dándome a entender que está buscando mi nombre dentro de su vasta cultura, como el cuento aquel de no recuerdo quién buscando una aguja dentro de un pajar. I.- Alegó que su marido meaba por toda la taza, así lo dijo en mitad de la vista, y en su alegato al juez pedía el divorcio porque así no se puede vivir, que empapa todo el roscón, que queda todo emparamado, gotas por todas partes, y el juez, ecuánime y conservador, un pater familias respetable, con base en el código civil napoleónico y en los principios del derecho romano sentenció en dos densos párrafos que no hay lugar a las pretensiones de la demandante. II.- Alegó que su mujer llegaba tarde casi todos los días, a las 11, a las 12 de la noche, con cara de contenta, que tenía olvidada la casa, así lo dijo en mitad de la vista, y en su alegato al juez pedía el divorcio porque así no se puede vivir, que llegas a casa y hay que sacar un trapo para limpiar la mugre, suciedad acumulada, y no hay qué comer, que ya no prepara los guisos de antes, y el juez, ecuánime y conservador, un pater familias respetable, con base en el código civil napoleónico y en los principios del derecho romano sentenció en dos densos párrafos que hay lugar justo y razonable a las pretensiones del demandante. III.- Alegó que su marido dejaba botada la pasta dentrífica en mitad del lavamanos, espichada en la mitad, no en la cola, y sin la tapita, así lo dijo en mitad de la vista, y en su alegato al juez pedía el divorcio porque así no se puede vivir, que llegas y el tubo de la crema dental no tiene rosca, que la ha botado, él, quién sabe dónde la puso, y no se podrá usar más esa crema dental porque siempre estará dura, se reseca con el aire, y el juez, ecuánime y conservador, un pater familias respetable, con base en el código civil napoleónico y en los principios del derecho romano sentenció en dos densos párrafos que no hay lugar a las pretensiones de la demandante. IV.- Alegó que su mujer había desatendido sus funciones, ya la casa no luce, no se friegan los pisos, ya no se cocina y se compran enlatados y congelados, así lo dijo en mitad de la vista, y en su alegato al juez pedía el divorcio porque así no se puede vivir, que llegas a casa y no relucen las cosas, y ella ya no se arregla para mi, como era antes, y el juez, ecuánime y conservador, un pater familias respetable, con base en el código civil napoleónico y en los principios del derecho romano sentenció en dos densos párrafos que hay lugar justo y razonable a las pretensiones del demandante. La mujer buscaba por todas partes el éxito en la vida, presentaba con ansias hojas de vida floridas en donde sobredimensionaba sus obras y los sueños, y no sabe exactamente cuándo se dio cuenta que la suerte no es para el que la busca, sino para el que la tiene. El gordo Cifuentes se levanta del asiento y se da cuenta en forma inmediata que quien le acaban de presentar le saca, como mínimo, dos cabezas. Y de pura vergüenza vuelve a sentarse poniendo cara de despistado y sin darse cuenta que ella había dejado bien claro que no quería que le presentaran a ese gordo lleno de granos y del cual todo el mundo dice que es un suicida. Y la Pipi, ...¿no estaba con él?, pregunta indignada la bella muchacha alta y espigada. Creen que es alergia, pero es amor. Me empelotaron, que me agache, que me levante y alce los brazos. Abri la boca, saqué la lengua y me examinaron los genitales con delicada destreza. Actué con completa sumisión. Hablaban en su idioma imposible para un humano. Por lo que imagino, es que les pareció científico secuestar a alguien que anda por el Parque del Retiro de Madrid con cara de enamorado, ¡Lina me había dicho que sí!, y la cosa es tan grave que cuando creía entender que pensaban que el sarpullido en mi piel es una alergia, no supe decirle a los marcianos que eso me pasa cada vez que me enamoro. Salió del banco y el mendigo estaba en la misma posición, apoyando el hombro contra la esquina, arqueada la espalda y la típica mano cóncava. Pensó, al ver sus ojos, en la volatilidad de las cosas de la vida y se extrañó al pensar que entró al banco hace media hora, media hora exacta, y su dinero voló de Yaki no te multan. Antes había pasado donde otros vecinos y hasta la pecosa Santos le prestó 500 euros. Ella se los dio sin dudar en un billete Bin Laden, de esos que todos saben que existen y nadie ha visto nunca. Eso ocurrió hace más de una semana, al flaco Angarita nadie lo ha vuelto a ver, y hoy nos encontramos la pecosa Santos y yo en el ascensor y del fondo del alma dijimos al unísono que la ventaja que tiene el que se considera estúpido es que la gente no desconfía. Fresca, brillante, antihistamínica. Pensé y miré a mi contertulio, agradable como el que más, se había sentado a mi mesa no hacía ni diez minutos y ya se había presentado, Adolfo Martínez, a tus pies. Había pagado lo consumido por mí sin ningún titubeo y me había ofrecido una sonrisa espectacular, además de una nueva cerveza. El local atiborrado de gente le había obligado a ocupar mi pequeña mesita y cuando afirmó aquello de fesca, brillante y antihistamínica no supe a qué se refería, si a la fragancia del coctel que estaba bebiendo o a la hermosa negra que entraba al local. Lisbeth me preguntó una vez que me encontré con ella en el ascensor que cómo era eso de que soy escritor, qué eso con qué se come, y formulaba la pregunta sabiendo que no obtendría respuesta de mi parte, imaginando la verdad, que yo me quedo callado, tímido y huevón, y toda la pregunta fue como una gran obra de teatro, en donde ella coloca los ojos mirando al techo y dándome a entender que está buscando mi nombre dentro de su vasta cultura, como el cuento aquel de no recuerdo quién buscando una aguja dentro de un pajar. I.- Alegó que su marido meaba por toda la taza, así lo dijo en mitad de la vista, y en su alegato al juez pedía el divorcio porque así no se puede vivir, que empapa todo el roscón, que queda todo emparamado, gotas por todas partes, y el juez, ecuánime y conservador, un pater familias respetable, con base en el código civil napoleónico y en los principios del derecho romano sentenció en dos densos párrafos que no hay lugar a las pretensiones de la demandante. II.- Alegó que su mujer llegaba tarde casi todos los días, a las 11, a las 12 de la noche, con cara de contenta, que tenía olvidada la casa, así lo dijo en mitad de la vista, y en su alegato al juez pedía el divorcio porque así no se puede vivir, que llegas a casa y hay que sacar un trapo para limpiar la mugre, suciedad acumulada, y no hay qué comer, que ya no prepara los guisos de antes, y el juez, ecuánime y conservador, un pater familias respetable, con base en el código civil napoleónico y en los principios del derecho romano sentenció en dos densos párrafos que hay lugar justo y razonable a las pretensiones del demandante. III.- Alegó que su marido dejaba botada la pasta dentrífica en mitad del lavamanos, espichada en la mitad, no en la cola, y sin la tapita, así lo dijo en mitad de la vista, y en su alegato al juez pedía el divorcio porque así no se puede vivir, que llegas y el tubo de la crema dental no tiene rosca, que la ha botado, él, quién sabe dónde la puso, y no se podrá usar más esa crema dental porque siempre estará dura, se reseca con el aire, y el juez, ecuánime y conservador, un pater familias respetable, con base en el código civil napoleónico y en los principios del derecho romano sentenció en dos densos párrafos que no hay lugar a las pretensiones de la demandante. IV.- Alegó que su mujer había desatendido sus funciones, ya la casa no luce, no se friegan los pisos, ya no se cocina y se compran enlatados y congelados, así lo dijo en mitad de la vista, y en su alegato al juez pedía el divorcio porque así no se puede vivir, que llegas a casa y no relucen las cosas, y ella ya no se arregla para mi, como era antes, y el juez, ecuánime y conservador, un pater familias respetable, con base en el código civil napoleónico y en los principios del derecho romano sentenció en dos densos párrafos que hay lugar justo y razonable a las pretensiones del demandante. La mujer buscaba por todas partes el éxito en la vida, presentaba con ansias hojas de vida floridas en donde sobredimensionaba sus obras y los sueños, y no sabe exactamente cuándo se dio cuenta que la suerte no es para el que la busca, sino para el que la tiene. El gordo Cifuentes se levanta del asiento y se da cuenta en forma inmediata que quien le acaban de presentar le saca, como mínimo, dos cabezas. Y de pura vergüenza vuelve a sentarse poniendo cara de despistado y sin darse cuenta que ella había dejado bien claro que no quería que le presentaran a ese gordo lleno de granos y del cual todo el mundo dice que es un suicida. Y la Pipi, ...¿no estaba con él?, pregunta indignada la bella muchacha alta y espigada. Creen que es alergia, pero es amor. Me empelotaron, que me agache, que me levante y alce los brazos. Abri la boca, saqué la lengua y me examinaron los genitales con delicada destreza. Actué con completa sumisión. Hablaban en su idioma imposible para un humano. Por lo que imagino, es que les pareció científico secuestar a alguien que anda por el Parque del Retiro de Madrid con cara de enamorado, ¡Lina me había dicho que sí!, y la cosa es tan grave que cuando creía entender que pensaban que el sarpullido en mi piel es una alergia, no supe decirle a los marcianos que eso me pasa cada vez que me enamoro. Salió del banco y el mendigo estaba en la misma posición, apoyando el hombro contra la esquina, arqueada la espalda y la típica mano cóncava. Pensó, al ver sus ojos, en la volatilidad de las cosas de la vida y se extrañó al pensar que entró al banco hace media hora, media hora exacta, y su dinero voló de Yakarta a Moscú y en Moscú nacieron tres cuentas de alto riesgo que rinden una barbaridad para acabar las utilidades en fondos de París y Montecarlo. Y mientras, en todo ese tiempo, el mendigo no había hecho nada. Seguía en su misma posición. “Enséñale a pescar y no le des un pescado”. Habrá oído esa frase un millón de veces en su vida, una máxima, dicha por su padre y los tios, la habrá oído en la cenas navideñas y, así las cosas, mejor no dar limosnas. Y por eso, cuando vio al mendigo, no hizo nada por esquivarlo o no mirarlo, al contrario, enfrentó su mano pedigüeña y vio su cara. Miró su cara, porque no encontró ojos a los que dirigirse. Variación. La buena mujer miró con enome sorpresa al anciano que tenía enfrente, de pie, sujeto a la varilla que atraviesa el bus de lado a lado y pendiente de mantener el equilibrio. Lo miró a la cara y advirtió a su amiga en voz baja: -Que el viejito te está mirando el canalillo. La otra, entre intriga y sorpresa, levantó la vista hacia el anciano que miraba hacia el piso, se cruzaron levemente las vistas y no entendió qué ocurría, y preguntó con los ojos muy abiertos: -Oye, que no te entiendo, ¿qué es canalillo?, y la amiga entiende que el término no haya sido de su comprensión y le aclara todo para que no haya dudas: -que el comienzo del escote, mensa, que el viejete te está mirando las tetas, que parece que te fuera a comer, y el pobre señor que estaba de pie frente a las dos muchachas sentadas recibió un rodillazo tan fuerte y certero que no pudo menos que encogerse del dolor sin poder aclarar que él no esta mirando nada Pero, ¿quién era la mujer que me estaba anundando la corbata? Tantas cosas han ocurrido últimamente, desde los seis años de edad, los siete, tal vez los quince, jugando lo que le gusta a los muchachos, intentando ser yo, renegando lo que he visto siempre, mi físico femenino, tanto hablar con la familia y con miles de sicólogos, asistentes y dementes, y ahora que ya al fin me he convertido en un hombre, que asumo mi identidad con enormes dudas y una certeza, me aterra preguntar quién es esa mujer que toca mi cuello y ajusta el nudo de una corbata que no sé si me gusta. I.- Érase una vez un escritor tan malo, pero tan malo y tan malo, que en mitad de novela casi todos sus personajes han entrado en huelga, se cruzaron de brazos, que no hablaban más, ¡abajo la ficción!, dijo uno, mientras que a la fulana de la historia le dio por verse digna haciendo ascos a las miradas pecaminosas de los hombres. La historia más o menos se salva cuando el escritor firma un pacto con el protagonista y dos o tres esquiroles y acuerdan convertir aquella gran historia en un pequeño monólogo. II.- El escritor del que ya hablamos era tan malo, pero tan malo, que estaba ambientando en su ficción el soleado Madrid donde vive, y aunque lo desea y se concentra, aunque mantenga erectos los dedos y los dirija a la tecla, en su novela no logra obtener un rayo de sol, no consigue que su cielo sea azul, y por mucho que quiera, por mucho empeño que le meta, los días siempre son grises. Siempre que comienza a teclear, sin quererlo, le aparece un día nublado y con llovizna eterna, como si estuviera en los Andes y todo son montañas verdes. A veces la imaginación no supera los recuerdos. III.- Pero es que nuestro novelista era tan malo, tan poco dado a conseguir sus deseos, que la hermosa protagonista que creó, bella en todos sus sentidos, se negó con una férrea actitud a acostarse con su pareja de ficción, y a punta de codazos y patadas, amenazando con demandas millonarias, logró salir de las páginas de aquella melancólica novela. Nuestro novelista aún no sabe qué hacer. IV.- El escritor de quien ya hemos hablado y del cual hablaremos hasta hoy (...ya que desde hoy no es escritor), ante sus problemas con la máquina de escribir y los enigmas de la ficción, acudió al psiquiatra. Cuatro sesiones a razón de 50 euros cada una y el pobre discípulo de Freud no logró que florecieran las ideas. Unos narradores conocidos, ibéricos todos, le recomendaron, ¡Por mis cojones, vamos, que te lo digo yo!, con sapiencia absoluta sobre todo el quehacer en la literatura, cómo dominar las fobias y de qué forma la inspiración sobresale. Nuestro escritor, ante las palabras sin freno, sólo podía oír, no volvió a escribir, se dedicó a la lectura, y una vez leyó una inquietante frase de Borges donde dice algo así como que el español es el único ser humano sobre la tierra que tiene el aplomo de quien ignora la duda. Hemos seguido con las tareas y los comités con lo del gordo Cifuentes (...¿se acuerdan?..., quien casi se mata tirándose del séptimo piso...). Pues como ya asistimos en relatos pasados, se limpió la acera y se le convenció que mire bien la vida y no trate de suicidarse. Va a conseguir un buen dermatólogo. La última tarea está bien templada: hay que hablar con la Pipi Acevedo para que se reconcilien y vuelvan a convivir, le pediremos a ella que lo reconsidere y vuelva a quererlo, y para eso yo, como miembro del comiré, pienso recitarle el dicho chino o indio que dice algo así como que cuando dos elefantes pelean, quien sufre es la hierba de debajo. Rodolfo “el flaco” Angarita nos cuenta esta mañana que se levantó con el pájaro parado y que en esas bregas duró como tres horas, -culpa de la viagra-, decía entre carcajadas. Mientras, la pecosa Santos se cubría tímidamente su lunar ubicado ya todos sabemos donde. Por fortuna, ya nadie le hace caso al pesado del flaco, que siempre va con chistes cargados de color. Dicen bien que las desgracias no bastan para transformar a un tonto en persona inteligente. Variación. La buena mujer miró con enome sorpresa al anciano que tenía enfrente, de pie, sujeto a la varilla que atraviesa el bus de lado a lado y pendiente de mantener el equilibrio. Lo miró a la cara y advirtió a su amiga en voz baja: -Que el viejito te está mirando el canalillo. La otra, entre intriga y sorpresa, levantó la vista hacia el anciano que miraba hacia el piso, se cruzaron levemente las vistas y no entendió qué ocurría, y preguntó con los ojos muy abiertos: -Oye, que no te entiendo, ¿qué es canalillo?, y la amiga entiende que el término no haya sido de su comprensión y le aclara todo para que no haya dudas: -que el comienzo del escote, mensa, que el viejete te está mirando las tetas, que parece que te fuera a comer, y el pobre señor que estaba de pie frente a las dos muchachas sentadas recibió un rodillazo tan fuerte y certero que no pudo menos que encogerse del dolor sin poder aclarar que él no esta mirando nada Pero, ¿quién era la mujer que me estaba anundando la corbata? Tantas cosas han ocurrido últimamente, desde los seis años de edad, los siete, tal vez los quince, jugando lo que le gusta a los muchachos, intentando ser yo, renegando lo que he visto siempre, mi físico femenino, tanto hablar con la familia y con miles de sicólogos, asistentes y dementes, y ahora que ya al fin me he convertido en un hombre, que asumo mi identidad con enormes dudas y una certeza, me aterra preguntar quién es esa mujer que toca mi cuello y ajusta el nudo de una corbata que no sé si me gusta. I.- Érase una vez un escritor tan malo, pero tan malo y tan malo, que en mitad de novela casi todos sus personajes han entrado en huelga, se cruzaron de brazos, que no hablaban más, ¡abajo la ficción!, dijo uno, mientras que a la fulana de la historia le dio por verse digna haciendo ascos a las miradas pecaminosas de los hombres. La historia más o menos se salva cuando el escritor firma un pacto con el protagonista y dos o tres esquiroles y acuerdan convertir aquella gran historia en un pequeño monólogo. II.- El escritor del que ya hablamos era tan malo, pero tan malo, que estaba ambientando en su ficción el soleado Madrid donde vive, y aunque lo desea y se concentra, aunque mantenga erectos los dedos y los dirija a la tecla, en su novela no logra obtener un rayo de sol, no consigue que su cielo sea azul, y por mucho que quiera, por mucho empeño que le meta, los días siempre son grises. Siempre que comienza a teclear, sin quererlo, le aparece un día nublado y con llovizna eterna, como si estuviera en los Andes y todo son montañas verdes. A veces la imaginación no supera los recuerdos. III.- Pero es que nuestro novelista era tan malo, tan poco dado a conseguir sus deseos, que la hermosa protagonista que creó, bella en todos sus sentidos, se negó con una férrea actitud a acostarse con su pareja de ficción, y a punta de codazos y patadas, amenazando con demandas millonarias, logró salir de las páginas de aquella melancólica novela. Nuestro novelista aún no sabe qué hacer. IV.- El escritor de quien ya hemos hablado y del cual hablaremos hasta hoy (...ya que desde hoy no es escritor), ante sus problemas con la máquina de escribir y los enigmas de la ficción, acudió al psiquiatra. Cuatro sesiones a razón de 50 euros cada una y el pobre discípulo de Freud no logró que florecieran las ideas. Unos narradores conocidos, ibéricos todos, le recomendaron, ¡Por mis cojones, vamos, que te lo digo yo!, con sapiencia absoluta sobre todo el quehacer en la literatura, cómo dominar las fobias y de qué forma la inspiración sobresale. Nuestro escritor, ante las palabras sin freno, sólo podía oír, no volvió a escribir, se dedicó a la lectura, y una vez leyó una inquietante frase de Borges donde dice algo así como que el español es el único ser humano sobre la tierra que tiene el aplomo de quien ignora la duda. Hemos seguido con las tareas y los comités con lo del gordo Cifuentes (...¿se acuerdan?..., quien casi se mata tirándose del séptimo piso...). Pues como ya asistimos en relatos pasados, se limpió la acera y se le convenció que mire bien la vida y no trate de suicidarse. Va a conseguir un buen dermatólogo. La última tarea está bien templada: hay que hablar con la Pipi Acevedo para que se reconcilien y vuelvan a convivir, le pediremos a ella que lo reconsidere y vuelva a quererlo, y para eso yo, como miembro del comiré, pienso recitarle el dicho chino o indio que dice algo así como que cuando dos elefantes pelean, quien sufre es la hierba de debajo. Rodolfo “el flaco” Angarita nos cuenta esta mañana que se levantó con el pájaro parado y que en esas bregas duró como tres horas, -culpa de la viagra-, decía entre carcajadas. Mientras, la pecosa Santos se cubría tímidamente su lunar ubicado ya todos sabemos donde. Por fortuna, ya nadie le hace caso al pesado del flaco, que siempre va con chistes cargados de color. Dicen bien que las desgracias no bastan para transformar a un tonto en persona inteligente. No reconocía al hombre que tenía frente al espejo. Era él, pero no era él. -Sé que es complicado de entender, les dijo a Carmen y a Angelita cuando estaba a punto de soltar las riendas de la cordura. Su mujer le miró con extraña ternura, mientras su hija no escondía la indolencia de sus años, y el pobre tipo no podía creer que el sujeto que le estaba mirando, con sus zapatos y su corbata, fuera el mismo que segundos antes hubiera confesado a su familia que los dineros de la herencia de la tía Conchi se los ha devorado Wall Street y que tristemente no queda un centavo. ¿Qué es el amor?, se preguntó Lina viendo a su marido dormir a su lado. Respira con la boca abierta, hace ruidos, parece indolente, cuando ella apenas lleva pocos días de casada, ¿dos?, y aún los ruidos y el agite de la fiesta y la noche de bodas la mantienen inquieta. Está locamente enamorada de Fer, ¿cómo no?, pero lo ve ahora dormir, lo detalla, y piensa si dormirá el resto de sus noches con este Fer que a veces le parece un completo extraño en su vida. No reconoci al hombre que tenía frente al espejo. Era yo, pero no era yo. Sé que es complicado de entender, les dije a Carmen y a Angelita cuando estaba a punto de soltar las riendas de la cordura. Mi mujer me miró con extraña ternura, mientras mi hija no escondía la indolencia de sus años, y yo no podía creer que el sujeto que me estaba mirando, con mis zapatos y mi corbata, fuera el mismo que segundos antes hubiera confesado a su familia que los dineros de la herencia de la tía Conchi se los ha devorado Wall Street y que tristemente no queda un centavo. Susan Taylor, del 202, no para de llorar. Ted, su hijo, está destrozado, o eso se entiende de lo que dice Susan entre sollozos. Un niño de esos sin mamá se atravesó en mitad de la calle, ¿dónde?, allá, en el otro lado del mundo, en donde estamos luchando por la democracia, y mi bueno de John sólo disparó. El niño murió y mi Jonh está triste, aunque Lisbeth le aclaró que tampocoesparatanto, quesolofueunniñodeporallá. Lisbeth nos metió en el cuento de manifestarnos en contra del niño que mató el pobre de Ted, que los niños se meten entre las balas de los soldados gringos, y sólo Fiorillo y Susan detrás de ella, gritando consignas en favor de las guerras de la paz. Raúl, el pintor cubano del 301, viendo que nadie seguía a ese trio de locos, nos recitó un bonito refrán cubano: "No van lejos lo de adelante si los de atrás se van". I. Mi edificio está de luto. El gordo Cifuentes no soportó más las caras de vómito de la Pipi y después de pensarlo mucho le dio por tirarse a lo superman. El vive en el 702 y casi no hizo ruido al caer, ya que en ese segundo salía mi amigo el jupie Justo y sin darse cuenta le cayeron encima el gordo y todas sus tristezas. Imagínense ustedes la cara que me quedó cuando veo el espectáculo apenas piso la calle. ¡Qué asco! II.- ¡Qué asco!, repito. La escena era como de Tarantino, pero a lo Cantinflas. Viendo a esos dos en la acera, hicimos la reconstrucción: El gordo venía cayendo en picada, desde el séptimo piso, y por las leyes físicas, lo primero que se vino fue la barrigota que golpeó en la cabeza de Justo. ¡Qué de malas! Con la presión, al gordo se le salió todo lo que tenía en la barriga, por todos los orificios. Sin comentarios. III.- Salió vivo y hemos creado unos comités que hemos llamado de apoyo mutuo, a lo comunitario. Unos han quedado encargados de convencer al gordo Cifuentes de que limpie la acera. Otro comité, del cual hago parte, intentará mostrarle de lo bonita que es la vida y que no se suicide más. Otro le recomendará un dermatólogo para que le cuide esos granos. Y un último comité hablará con la Pipi Acevedo para que vuelva con él. IV.- Sobre el incidente del otro día parloteamos largo los vecinos, y me olvidaba comentar qué le ocurrió al pobre de Justo tras el aterrizaje del gordo Cifuentes. Créanme o no, la verdad es de que todo eso no le quedó sino un ligero dolor de cabeza. –Que me la paso mareado, dice. Vaya uno a saber, en vez de agradecer de la suerte que tuvo. Por algo será, tal vez, que donde vivimos se llama el edificio Prosperidad. V.- La verdad que los vecinos nos comportamos como si fuéramos habitantes del llamado primer mundo. El comité de limpieza que creamos se reunió con el gordo Cifuentes y no fue difícil convencerle para que limpiara la acera. Puso tan buen empeño con el cepillo, que todos le ayudamos con agua que bajábamos en baldes, mientras echamos entre risas chistes flojos sobre serpientes y pícaras monjitas perdidas en el desierto. VI.- Nos inquietó mi amigo Justo, el arquitecto del 204, quien en otros relatos aparecía feliz e incomodando a las tres a.m.. ¿Se acuerdan? Pues ahora, en la limpieza grupal, se ve todo apagado, ido. Parece un zombie. No se rie de ningún chiste, y éso que hubo uno buenísimo de boquetos que echó Fiorillo. Con todo, reiamos como tontos hasta cuando apareció una linda monita con la cara chupada. Lisbeth, se llama. ¡joder! VII.- Llegó comosifueramissmundo, de Armani, recién mudada al pent-house, y preguntó que qué hacían todos los lass="dia">Comentarios (0) No reconocía al hombre que tenía frente al espejo. Era él, pero no era él. -Sé que es complicado de entender, les dijo a Carmen y a Angelita cuando estaba a punto de soltar las riendas de la cordura. Su mujer le miró con extraña ternura, mientras su hija no escondía la indolencia de sus años, y el pobre tipo no podía creer que el sujeto que le estaba mirando, con sus zapatos y su corbata, fuera el mismo que segundos antes hubiera confesado a su familia que los dineros de la herencia de la tía Conchi se los ha devorado Wall Street y que tristemente no queda un centavo. ¿Qué es el amor?, se preguntó Lina viendo a su marido dormir a su lado. Respira con la boca abierta, hace ruidos, parece indolente, cuando ella apenas lleva pocos días de casada, ¿dos?, y aún los ruidos y el agite de la fiesta y la noche de bodas la mantienen inquieta. Está locamente enamorada de Fer, ¿cómo no?, pero lo ve ahora dormir, lo detalla, y piensa si dormirá el resto de sus noches con este Fer que a veces le parece un completo extraño en su vida. No reconoci al hombre que tenía frente al espejo. Era yo, pero no era yo. Sé que es complicado de entender, les dije a Carmen y a Angelita cuando estaba a punto de soltar las riendas de la cordura. Mi mujer me miró con extraña ternura, mientras mi hija no escondía la indolencia de sus años, y yo no podía creer que el sujeto que me estaba mirando, con mis zapatos y mi corbata, fuera el mismo que segundos antes hubiera confesado a su familia que los dineros de la herencia de la tía Conchi se los ha devorado Wall Street y que tristemente no queda un centavo. Susan Taylor, del 202, no para de llorar. Ted, su hijo, está destrozado, o eso se entiende de lo que dice Susan entre sollozos. Un niño de esos sin mamá se atravesó en mitad de la calle, ¿dónde?, allá, en el otro lado del mundo, en donde estamos luchando por la democracia, y mi bueno de John sólo disparó. El niño murió y mi Jonh está triste, aunque Lisbeth le aclaró que tampocoesparatanto, quesolofueunniñodeporallá. Lisbeth nos metió en el cuento de manifestarnos en contra del niño que mató el pobre de Ted, que los niños se meten entre las balas de los soldados gringos, y sólo Fiorillo y Susan detrás de ella, gritando consignas en favor de las guerras de la paz. Raúl, el pintor cubano del 301, viendo que nadie seguía a ese trio de locos, nos recitó un bonito refrán cubano: "No van lejos lo de adelante si los de atrás se van". I. Mi edificio está de luto. El gordo Cifuentes no soportó más las caras de vómito de la Pipi y después de pensarlo mucho le dio por tirarse a lo superman. El vive en el 702 y casi no hizo ruido al caer, ya que en ese segundo salía mi amigo el jupie Justo y sin darse cuenta le cayeron encima el gordo y todas sus tristezas. Imagínense ustedes la cara que me quedó cuando veo el espectáculo apenas piso la calle. ¡Qué asco! II.- ¡Qué asco!, repito. La escena era como de Tarantino, pero a lo Cantinflas. Viendo a esos dos en la acera, hicimos la reconstrucción: El gordo venía cayendo en picada, desde el séptimo piso, y por las leyes físicas, lo primero que se vino fue la barrigota que golpeó en la cabeza de Justo. ¡Qué de malas! Con la presión, al gordo se le salió todo lo que tenía en la barriga, por todos los orificios. Sin comentarios. III.- Salió vivo y hemos creado unos comités que hemos llamado de apoyo mutuo, a lo comunitario. Unos han quedado encargados de convencer al gordo Cifuentes de que limpie la acera. Otro comité, del cual hago parte, intentará mostrarle de lo bonita que es la vida y que no se suicide más. Otro le recomendará un dermatólogo para que le cuide esos granos. Y un último comité hablará con la Pipi Acevedo para que vuelva con él. IV.- Sobre el incidente del otro día parloteamos largo los vecinos, y me olvidaba comentar qué le ocurrió al pobre de Justo tras el aterrizaje del gordo Cifuentes. Créanme o no, la verdad es de que todo eso no le quedó sino un ligero dolor de cabeza. –Que me la paso mareado, dice. Vaya uno a saber, en vez de agradecer de la suerte que tuvo. Por algo será, tal vez, que donde vivimos se llama el edificio Prosperidad. V.- La verdad que los vecinos nos comportamos como si fuéramos habitantes del llamado primer mundo. El comité de limpieza que creamos se reunió con el gordo Cifuentes y no fue difícil convencerle para que limpiara la acera. Puso tan buen empeño con el cepillo, que todos le ayudamos con agua que bajábamos en baldes, mientras echamos entre risas chistes flojos sobre serpientes y pícaras monjitas perdidas en el desierto. VI.- Nos inquietó mi amigo Justo, el arquitecto del 204, quien en otros relatos aparecía feliz e incomodando a las tres a.m.. ¿Se acuerdan? Pues ahora, en la limpieza grupal, se ve todo apagado, ido. Parece un zombie. No se rie de ningún chiste, y éso que hubo uno buenísimo de boquetos que echó Fiorillo. Con todo, reiamos como tontos hasta cuando apareció una linda monita con la cara chupada. Lisbeth, se llama. ¡joder! VII.- Llegó comosifueramissmundo, de Armani, recién mudada al pent-house, y preguntó que qué hacían todos los vecinos en la acera con baldes de agua, y alguien le explicó lo del suicidio del gordo y ella lo más de querida repartiendo tarjetas, vicepresidente denoséquémierdas del citibank y nos dejó como muy claro queesimportantisimayenelbanconosemueveunahojasinqueellanolosepa. Bonita la Lisbeth, aunque chupadita de cara. VIII.- ¿Y tú quién eres?, requirió a la vez que me hacía entrega de una tarjeta con sus celulares y logotipos y yo, que le estaba gallinaceando a la pecosa Santos, que me pongo nervioso y digo soy Manuel Mejía, del 302, y afirmo como pavo real que soy escritor, que escribo novelas, que voy en la sexta, y lo único que voy viendo en la cara de Lisbeth es el desagrado. ¿Deverdadquetededicasaéso?, me pregunta seca y sincera. IX.- Me formuló la pregunta de quién carajos soy con una sinceridad que deja frio, y me miró con cara de vicepresidentedeunacosaimportantisima, y como dándome alas entiendo o quiero comprender que me pregunta que qué más, y yo tan naïf me emociono sin razón o motivo porque los escritores somos muy de emociones. Los escritores, así nos ofendan el alma, a la mínima caricia somos tan capaces de lamer la mano de cualquiera. X.- ¿Para qué hablé? Le digo que no me pagan ni un centavo y ella ¿cómopuedealguiensertanestúpidodeescribirtodoslosdíassinquenadielepague? Y yo que lo hago por placer, para matar telerañas, y la mona con la cara chupada no me dice nada y sólo gira la cara para comentar al aire que el hijueputa del gordo debió haberse muerto. Nadie se dio cuenta que al fondo de la calle volteaba la esquina mi amiga la poetisa de Cartagena. Cuando el jefe lo invitó al piso 13 para conocerle y celebrar su nombramiento, no supo decir NO al puro esos de La Habana que le ofreció. ¿Otro coñaquito?, y dijo que si. Y con el mareo acompañó al jefe a los garajes, y sin entender mucho se metió en su vehículo y acabó en un burdel cerca del aeropuerto. No supo decirle que NO al día siguiente para repetir lo mismo y al tercer día su mujer se había ido donde la mamá. Reseña publicada en REVISTA DE LIBROS, Edición de Septiembre 2.009 Los vivos y los muertos Edmundo Paz Soldán, Alfaguara, 2.009 204 páginas, 15.50 euros Por Manuel Mejía, escritor y crítico literario Varios miembros del pequeño pueblo de Madison, en los Estados Unidos, serán protagonistas, en forma activa o pasiva, de esos hechos demenciales que a veces vemos en la televisión o en la prensa, sangrientos y aterradores. Los acontecimientos giran en torno al colegio local, alrededor de los chicos populares, sus jugadores de fútbol, musculosos, así como las animadoras del equipo, las cheerleaders, hermosas y llamativas, con pompones y pequeñas minifaldas. En “Los vivos y los muertos”, su última novela, el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán, quien precisamente vive en los Estados Unidos, aborda el caso de una serie de matanzas en esta comunidad. Para ello, no ha utilizado el típico recurso de tener un narrador que en tercera persona relata la historia. Son los diversos protagonistas, once, en total, quienes narran sus experiencias en capítulos separados, en sus propias palabras, como si fueran varios monólogos. Como recurso narrativo resulta muy interesante. Sin embargo, pronto se hace notorio que la fórmula utilizada por Paz Soldán no da los frutos que se esperan. El niño de nueve años habla muy parecido a la adolescente de diecisiete, y el discurso de ésta no difiere mayor cosa de lo que nos relata uno de los asesinos, que ronda los cuarenta. Todo se mantiene bajo el mismo tono, y no se ve el uso de herramientas literarias diferentes que permitan que la novela tome fuerza y, a veces, parecemos leer diarios de escolares o psicópatas, sin pulir, sin trabajar, y que hacen mención repetitiva de series de televisión, actores supuestamente conocidos, grupos musicales y cantantes de moda, letras de sus canciones, extensas y en inglés, por supuesto, establecimientos y productos, nombres de presentadores y un sinfín de distintivos comerciales propios de la sociedad norteamericana actual. Además, al no diferenciarse claramente cada uno de los personajes en sus respectivos discursos, y al narrarse los hechos desde supuestos diferentes puntos de vista, hay monólogos en donde se relata, con pocas variaciones, lo ya dicho por otro en una oportunidad anterior. 3 a.m., afuera llueve, no se oye pero se siente, no es fácil de explicar, y Betsabé mira a su marido dormir, y sin razón destapa las sábanas que le cubren, para verle mejor, y para verle mejor y viendo que Marito no se despierta, pues le quita el pij ...ama, primero arriba, después abajo, y le extraña sobremanera el tatuaje de un corazón y el nombre Luz Marilin entrelazados. Sin preguntar mucho lo ahogó con la almohada ¡Putas, qué viejonón!, exclamó “la rata” Martínez al verla al fondo del salón, y tras aplastar con el zapato el Pielroja que viene fumando y dejar con el saludo en la mano a todo el mundo, fue a sentarse frente aquél bizcocho enigmático. -Princesa, le dijo, Luis Martínez a tus pies-, y no fue sino verificar que eso es una silla de ruedas para escapar, encendiendo un nuevo Pielroja y ver que más se puede pescar. Uf, que amanecí con la cabeza hueca y comienzan las neuronas tan tan, que Manuel, que el minirelato del facebook, que el público espera, y yo sin responderles, no de maleducado sino que hoy es domingo y es un día de descanso. Además, sin la más mínima idea sobre qué escribir. Y pasa el tiempo y no se me ocurre nada y que dan ganas de pegarle martillazos vecinos en la acera con baldes de agua, y alguien le explicó lo del suicidio del gordo y ella lo más de querida repartiendo tarjetas, vicepresidente denoséquémierdas del citibank y nos dejó como muy claro queesimportantisimayenelbanconosemueveunahojasinqueellanolosepa. Bonita la Lisbeth, aunque chupadita de cara. VIII.- ¿Y tú quién eres?, requirió a la vez que me hacía entrega de una tarjeta con sus celulares y logotipos y yo, que le estaba gallinaceando a la pecosa Santos, que me pongo nervioso y digo soy Manuel Mejía, del 302, y afirmo como pavo real que soy escritor, que escribo novelas, que voy en la sexta, y lo único que voy viendo en la cara de Lisbeth es el desagrado. ¿Deverdadquetededicasaéso?, me pregunta seca y sincera. IX.- Me formuló la pregunta de quién carajos soy con una sinceridad que deja frio, y me miró con cara de vicepresidentedeunacosaimportantisima, y como dándome alas entiendo o quiero comprender que me pregunta que qué más, y yo tan naïf me emociono sin razón o motivo porque los escritores somos muy de emociones. Los escritores, así nos ofendan el alma, a la mínima caricia somos tan capaces de lamer la mano de cualquiera. X.- ¿Para qué hablé? Le digo que no me pagan ni un centavo y ella ¿cómopuedealguiensertanestúpidodeescribirtodoslosdíassinquenadielepague? Y yo que lo hago por placer, para matar telerañas, y la mona con la cara chupada no me dice nada y sólo gira la cara para comentar al aire que el hijueputa del gordo debió haberse muerto. Nadie se dio cuenta que al fondo de la calle volteaba la esquina mi amiga la poetisa de Cartagena. Cuando el jefe lo invitó al piso 13 para conocerle y celebrar su nombramiento, no supo decir NO al puro esos de La Habana que le ofreció. ¿Otro coñaquito?, y dijo que si. Y con el mareo acompañó al jefe a los garajes, y sin entender mucho se metió en su vehículo y acabó en un burdel cerca del aeropuerto. No supo decirle que NO al día siguiente para repetir lo mismo y al tercer día su mujer se había ido donde la mamá. Reseña publicada en REVISTA DE LIBROS, Edición de Septiembre 2.009 Los vivos y los muertos Edmundo Paz Soldán, Alfaguara, 2.009 204 páginas, 15.50 euros Por Manuel Mejía, escritor y crítico literario Varios miembros del pequeño pueblo de Madison, en los Estados Unidos, serán protagonistas, en forma activa o pasiva, de esos hechos demenciales que a veces vemos en la televisión o en la prensa, sangrientos y aterradores. Los acontecimientos giran en torno al colegio local, alrededor de los chicos populares, sus jugadores de fútbol, musculosos, así como las animadoras del equipo, las cheerleaders, hermosas y llamativas, con pompones y pequeñas minifaldas. En “Los vivos y los muertos”, su última novela, el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán, quien precisamente vive en los Estados Unidos, aborda el caso de una serie de matanzas en esta comunidad. Para ello, no ha utilizado el típico recurso de tener un narrador que en tercera persona relata la historia. Son los diversos protagonistas, once, en total, quienes narran sus experiencias en capítulos separados, en sus propias palabras, como si fueran varios monólogos. Como recurso narrativo resulta muy interesante. Sin embargo, pronto se hace notorio que la fórmula utilizada por Paz Soldán no da los frutos que se esperan. El niño de nueve años habla muy parecido a la adolescente de diecisiete, y el discurso de ésta no difiere mayor cosa de lo que nos relata uno de los asesinos, que ronda los cuarenta. Todo se mantiene bajo el mismo tono, y no se ve el uso de herramientas literarias diferentes que permitan que la novela tome fuerza y, a veces, parecemos leer diarios de escolares o psicópatas, sin pulir, sin trabajar, y que hacen mención repetitiva de series de televisión, actores supuestamente conocidos, grupos musicales y cantantes de moda, letras de sus canciones, extensas y en inglés, por supuesto, establecimientos y productos, nombres de presentadores y un sinfín de distintivos comerciales propios de la sociedad norteamericana actual. Además, al no diferenciarse claramente cada uno de los personajes en sus respectivos discursos, y al narrarse los hechos desde supuestos diferentes puntos de vista, hay monólogos en donde se relata, con pocas variaciones, lo ya dicho por otro en una oportunidad anterior. 3 a.m., afuera llueve, no se oye pero se siente, no es fácil de explicar, y Betsabé mira a su marido dormir, y sin razón destapa las sábanas que le cubren, para verle mejor, y para verle mejor y viendo que Marito no se despierta, pues le quita el pij ...ama, primero arriba, después abajo, y le extraña sobremanera el tatuaje de un corazón y el nombre Luz Marilin entrelazados. Sin preguntar mucho lo ahogó con la almohada ¡Putas, qué viejonón!, exclamó “la rata” Martínez al verla al fondo del salón, y tras aplastar con el zapato el Pielroja que viene fumando y dejar con el saludo en la mano a todo el mundo, fue a sentarse frente aquél bizcocho enigmático. -Princesa, le dijo, Luis Martínez a tus pies-, y no fue sino verificar que eso es una silla de ruedas para escapar, encendiendo un nuevo Pielroja y ver que más se puede pescar. Uf, que amanecí con la cabeza hueca y comienzan las neuronas tan tan, que Manuel, que el minirelato del facebook, que el público espera, y yo sin responderles, no de maleducado sino que hoy es domingo y es un día de descanso. Además, sin la más mínima idea sobre qué escribir. Y pasa el tiempo y no se me ocurre nada y que dan ganas de pegarle martillazos a la vida y me digo, joder Manuel, eso, escribe de literatura Hoy sábado llegó mi amigo Justo, el arquitecto, a joder la vida. Timbre y timbre a la puerta de mi casa a las tres de la mañana y a echarse aplausos de su gran hazaña. Que lo han nombrado vicepresidente, qué cómo la veo, y yo que qué bueno, viejo, te felicito, y el tipo a meterse en mi fiesta como sea y a tirarle los tejos a cuanta vieja hubiera. Soy vicepresidente, decía para presentarse y ellas caían como gorriones El lunar que tiene la pecosa Rita Santos encimita de sus pechos parece que es como de morirse, eso comentan a la hora del tinto y en corrillos en la veeduría, y según afirma Rodolfo “el flaco” Angarita, quien se lo ha visto al detalle, a milímetros, dice él con sus poses, es como si hubiera sido pintado por el mismísimo Davinci, o mejor aún, por las manos de Botero. Como si le hubiese puesto una uva a uno de sus duraznos. Caraxo, me dijo mi amigo Ortuño en un ataque de ira y yo le dije que no le entendía un carajo, a lo que viene el tipo y aclara que si México se puede pronunciar Méjico, o al revés aún, si Méjico querido se podía decir México tan lejos de dios y tan cerca de estados unidos, pues cómo así que el carajo de todos los días no podía decirse Caraxo. Mi amigo tenía razón y yo no supe cómo decirle que todo me olía a gallego. El gordo Cifuentes amaneció esta mañana, hace apenas unas horas, con un grano en la frente, feo, arrribita de la ceja derecha, y después de espichárselo con saña, le salieron como con un imán dos más, y a medida que se espichaba uno, salian dos, a lo mago. Ya cuando tenia la cara como una mazorca, Pipi Acevedo, su media naranja, apenas le vio le dijo que mejor se tomaba un tiempito, que tenia que pensarse lo de ellos Mi amigo Justo, que es ecuánime y arquitecto, forradito en plata, como dicen los poetas, me pegó una encerrona ayer y me preguntó que qué es esa huevonada de escribir novelas, cuentos y ficciones pelotudas, que fuera serio en esta puta vida, que si no leía Selecciones o al menos la prensa en donde dan cuenta a cada rato que ser escritor es tenaz, que parece que esos locos por nada se pegan un tiro entre ceja y ceja. Hizo gárgaras con ese líquido azul que sabe a menta y con pulcritud se colocó talco en polvo en el torso, y contento abrió la puerta que comunica con el dormitorio. Se metió en las sábanas y comenzó a toquetear entre risitas el vientre de Dania, subió a sus senos y cuando le iba a dar un beso en el cuello, ella le dijo al tiempo que coloca el dorso de la mano en su frente, hoy no mi amor que tengo esa gripa nueva Luna de miel II Lina, tan linda que es, sin comprender bien en la encrucijada en que anda desde anoche, con su hermoso matrimonio amenizado por los Billos pachangas boys y bendecido por el arzobispo, nada menos que el arzobispo, le preguntó a su recién marido después después de un polvito de urgencia matutino ¿Fer, tú ya no me quieres?. Él, sin volver la vista, sin responder, reacomodó la almohada y siguió fingiendo que dormía. Qué chévere, (2.009), novela inédita El Parque del Retiro no es para todos (2.008), novela inédita Quiéreme un poquito más (2.008), novela inédita “Serpentinas tricolores”, La otra orilla – Belacqva, Julio de 2,008 Hoy sábado llegó mi amigo Justo, el arquitecto, a joder la vida. Timbre y timbre a la puerta de mi casa a las tres de la mañana y a echarse aplausos de su gran hazaña. Que lo han nombrado vicepresidente, qué cómo la veo, y yo que qué bueno, viejo, te felicito, y el tipo a meterse en mi fiesta como sea y a tirarle los tejos a cuanta vieja hubiera. Soy vicepresidente, decía para presentarse y ellas caían como gorriones El lunar que tiene la pecosa Rita Santos encimita de sus pechos parece que es como de morirse, eso comentan a la hora del tinto y en corrillos en la veeduría, y según afirma Rodolfo “el flaco” Angarita, quien se lo ha visto al detalle, a milímetros, dice él con sus poses, es como si hubiera sido pintado por el mismísimo Davinci, o mejor aún, por las manos de Botero. Como si le hubiese puesto una uva a uno de sus duraznos. Caraxo, me dijo mi amigo Ortuño en un ataque de ira y yo le dije que no le entendía un carajo, a lo que viene el tipo y aclara que si México se puede pronunciar Méjico, o al revés aún, si Méjico querido se podía decir México tan lejos de dios y tan cerca de estados unidos, pues cómo así que el carajo de todos los días no podía decirse Caraxo. Mi amigo tenía razón y yo no supe cómo decirle que todo me olía a gallego. El gordo Cifuentes amaneció esta mañana, hace apenas unas horas, con un grano en la frente, feo, arrribita de la ceja derecha, y después de espichárselo con saña, le salieron como con un imán dos más, y a medida que se espichaba uno, salian dos, a lo mago. Ya cuando tenia la cara como una mazorca, Pipi Acevedo, su media naranja, apenas le vio le dijo que mejor se tomaba un tiempito, que tenia que pensarse lo de ellos Mi amigo Justo, que es ecuánime y arquitecto, forradito en plata, como dicen los poetas, me pegó una encerrona ayer y me preguntó que qué es esa huevonada de escribir novelas, cuentos y ficciones pelotudas, que fuera serio en esta puta vida, que si no leía Selecciones o al menos la prensa en donde dan cuenta a cada rato que ser escritor es tenaz, que parece que esos locos por nada se pegan un tiro entre ceja y ceja. Hizo gárgaras con ese líquido azul que sabe a menta y con pulcritud se colocó talco en polvo en el torso, y contento abrió la puerta que comunica con el dormitorio. Se metió en las sábanas y comenzó a toquetear entre risitas el vientre de Dania, subió a sus senos y cuando le iba a dar un beso en el cuello, ella le dijo al tiempo que coloca el dorso de la mano en su frente, hoy no mi amor que tengo esa gripa nueva Luna de miel II Lina, tan linda que es, sin comprender bien en la encrucijada en que anda desde anoche, con su hermoso matrimonio amenizado por los Billos pachangas boys y bendecido por el arzobispo, nada menos que el arzobispo, le preguntó a su recién marido después después de un polvito de urgencia matutino ¿Fer, tú ya no me quieres?. Él, sin volver la vista, sin responder, reacomodó la almohada y siguió fingiendo que dormía. Qué chévere, (2.009), novela inédita El Parque del Retiro no es para todos (2.008), novela inédita Quiéreme un poquito más (2.008), novela inédita “Serpentinas tricolores”, La otra orilla – Belacqva, Julio de 2,008 La novela resultó finalista del prestigioso premio Herralde de novela en 2.006 El suplemento Babelia del Diario El País de Madrid, en mayo de 2009, resalta: “La novela se sigue bien, si, con una media sonrisa todo el rato”. “Desternillante es, sí, la ceremonia inicial, con banquete no previsto por numeroso, del nuevo bachiller, gloria patria; desternillante es, sí, todo lo que tiene que ver con su descacharrante padre, el abogado de provincias”. “Acepto que ese no hacer nada, -ya la vida opta por ti-, ese bartlebiano “preferiría no hacerlo” del joven Louis Guillaume tiene su gracia, su punto conseguido, que sirve para acentuar la farsa”. “Mejía acierta más con los dos pilares del tinglado, el padre y el político sin escrúpulos, el que enreda al joven Louis Guillaume, que son como aquellos actores de carácter que aparecían en las farsas de antaño y que se comían el escenario; eso sí, padre y político profesional consiguen el aplauso del respetable echando mano, como viejos actores de carácter, de todos los tics y muecas del viejo teatro”. “Farsa política con los colores de su patria, que arrastra al joven vástago de una descacharrante familia de provincias, cuya perplejidad, la del joven Louis Guillaume, tiene mucho que ver, acaso, con los jóvenes vástagos de los libros de Bryce Echenique” “Y no volvió”, Alfaguara, Septiembre de 2.004, de la cual la crítica literaria ha resaltado: “Nada se salva de la afilada pluma del bogotano” Revista Cambio, Bogotá, septiembre 2.004. “Una novela mediática que refleja los aspectos más particulares de la sociedad colombiana y hace una aguda crítica a la tragedia del país y la idiotez generalizada de los medios de comunicación”. Diario El Universal, Cartagena de Indias, septiembre de 2.004 “El autor produce una ágil novela de lenguaje, de recuperación de las formas del habla colombiana y la española, con sus múltiples variaciones de léxico. Y no volvió es una novela que se inspira en los mejores caminos de nuestra literatura colombiana y en las más clásicas tradiciones españolas”. Revista Al Margen, Bogotá, diciembre 2.004 “También hay que mencionar Y no volvió, la primera novela del periodista Manuel Mejía”, Revista Semana, Bogotá, septiembre 2.004 “Acabo de terminar la novela Y no volvió de Manuel Mejía. Las primeras páginas tienen una difícil mezcla de acentos y entonaciones que pronto fluyen haciendo reír a carcajada limpia. Es una historia divertida sobre un bogotano enredado en el mundo de la farándula y la televisión de España. Vale la pena”. Revista Aló, El Tiempo, Bogotá, septiembre 2.004. “...narrada en un lenguaje sencillo, cómodo para cualquier lector, sin tantos remitentes, pies de páginas ni arabescos, y con un contagioso sentido del humor”. Diario El Espacio, Bogotá, septiembre de 2.004 EL PIANO DE MAKIS U – UNO Hace más de siete años que Makis no se habla con su hermana. La última vez que intentó comunicarse con ella, de eso no hace menos de un mes, su sobrino Alejandro contestó la llamada. Makis, emocionada, le preguntó que cómo está, que cómo sigue, y el niño le dijo que bien, escuetamente que bien, le preguntó Maquis por el colegio y los estudios, que en qué curso va y que cuándo sale de vacaciones, a lo que el niño por todas las preguntas respondió que bien tía. Makis quiso bromear con el sobrino y le preguntó si ya tiene novia y que cuántas tenía, sin recordar bien qué edad tiene el sobrino, si once, trece o quince, sin recordar su cara y sus gestos, riendo en la línea telefónica ante la locuacidad de la pregunta, a lo que el sobrino se limita a responder a ambas preguntas con un no tía, y Makis preguntó por el perro, Olafo, el labrador que ya tendría ocho años, que si seguía igual de grande y que cómo está caminando, y el niño contestó que si tía. Se le acabaron las preguntas y le preguntó al niño por su madre, Andrea, la madre del niño, que si estaría por ahí, que quería hablar con ella, deseándole antes al niño que le fuera bien en la escuela y que le diera al perro Olafo un abrazo de su parte. El niño se limitó a decirle a su tía que su mamá le estaba diciendo que no estaba, que no podía ponerse al teléfono, que decía que había salido. Makis colgó el teléfono, desde Madrid, donde vive hace siete años. Bogotá, a donde había llamado, al apartamento de su hermana Andrea, le pareció demasiado lejos, como a más de diez mil kilómetros de distancia y traspasando más de dos océanos. Que no está, que salió a hacer unas cosas, dio como toda respuesta a unas preguntas que su marido no había formulado. Su marido solamente la miró, sabiendo solo que ella había hablado con alguien de la familia, sin éxito alguno, con cualquier sobrino de los muchos que había, con Carlos Juan, su concuñado, con doña Maria, su suegra, pero sin haber conseguido hablar con la hermana, con Andrea. Llevaba en eso los siete años que llevaban viviendo en Madrid. DO – DOS Todo comenzó porque la tía Hortensia se murió. Si la tía Hortensia no se hubiera muerto, no hubiera pasado absolutamente nada y las cosas en la familia hubieran seguido tal cual. Se murió la tía Hortensia y le legó a Makis el piano. El piano con los candelabros>La novela resultó finalista del prestigioso premio Herralde de novela en 2.006 El suplemento Babelia del Diario El País de Madrid, en mayo de 2009, resalta: “La novela se sigue bien, si, con una media sonrisa todo el rato”. “Desternillante es, sí, la ceremonia inicial, con banquete no previsto por numeroso, del nuevo bachiller, gloria patria; desternillante es, sí, todo lo que tiene que ver con su descacharrante padre, el abogado de provincias”. “Acepto que ese no hacer nada, -ya la vida opta por ti-, ese bartlebiano “preferiría no hacerlo” del joven Louis Guillaume tiene su gracia, su punto conseguido, que sirve para acentuar la farsa”. “Mejía acierta más con los dos pilares del tinglado, el padre y el político sin escrúpulos, el que enreda al joven Louis Guillaume, que son como aquellos actores de carácter que aparecían en las farsas de antaño y que se comían el escenario; eso sí, padre y político profesional consiguen el aplauso del respetable echando mano, como viejos actores de carácter, de todos los tics y muecas del viejo teatro”. “Farsa política con los colores de su patria, que arrastra al joven vástago de una descacharrante familia de provincias, cuya perplejidad, la del joven Louis Guillaume, tiene mucho que ver, acaso, con los jóvenes vástagos de los libros de Bryce Echenique” “Y no volvió”, Alfaguara, Septiembre de 2.004, de la cual la crítica literaria ha resaltado: “Nada se salva de la afilada pluma del bogotano” Revista Cambio, Bogotá, septiembre 2.004. “Una novela mediática que refleja los aspectos más particulares de la sociedad colombiana y hace una aguda crítica a la tragedia del país y la idiotez generalizada de los medios de comunicación”. Diario El Universal, Cartagena de Indias, septiembre de 2.004 “El autor produce una ágil novela de lenguaje, de recuperación de las formas del habla colombiana y la española, con sus múltiples variaciones de léxico. Y no volvió es una novela que se inspira en los mejores caminos de nuestra literatura colombiana y en las más clásicas tradiciones españolas”. Revista Al Margen, Bogotá, diciembre 2.004 “También hay que mencionar Y no volvió, la primera novela del periodista Manuel Mejía”, Revista Semana, Bogotá, septiembre 2.004 “Acabo de terminar la novela Y no volvió de Manuel Mejía. Las primeras páginas tienen una difícil mezcla de acentos y entonaciones que pronto fluyen haciendo reír a carcajada limpia. Es una historia divertida sobre un bogotano enredado en el mundo de la farándula y la televisión de España. Vale la pena”. Revista Aló, El Tiempo, Bogotá, septiembre 2.004. “...narrada en un lenguaje sencillo, cómodo para cualquier lector, sin tantos remitentes, pies de páginas ni arabescos, y con un contagioso sentido del humor”. Diario El Espacio, Bogotá, septiembre de 2.004 EL PIANO DE MAKIS U – UNO Hace más de siete años que Makis no se habla con su hermana. La última vez que intentó comunicarse con ella, de eso no hace menos de un mes, su sobrino Alejandro contestó la llamada. Makis, emocionada, le preguntó que cómo está, que cómo sigue, y el niño le dijo que bien, escuetamente que bien, le preguntó Maquis por el colegio y los estudios, que en qué curso va y que cuándo sale de vacaciones, a lo que el niño por todas las preguntas respondió que bien tía. Makis quiso bromear con el sobrino y le preguntó si ya tiene novia y que cuántas tenía, sin recordar bien qué edad tiene el sobrino, si once, trece o quince, sin recordar su cara y sus gestos, riendo en la línea telefónica ante la locuacidad de la pregunta, a lo que el sobrino se limita a responder a ambas preguntas con un no tía, y Makis preguntó por el perro, Olafo, el labrador que ya tendría ocho años, que si seguía igual de grande y que cómo está caminando, y el niño contestó que si tía. Se le acabaron las preguntas y le preguntó al niño por su madre, Andrea, la madre del niño, que si estaría por ahí, que quería hablar con ella, deseándole antes al niño que le fuera bien en la escuela y que le diera al perro Olafo un abrazo de su parte. El niño se limitó a decirle a su tía que su mamá le estaba diciendo que no estaba, que no podía ponerse al teléfono, que decía que había salido. Makis colgó el teléfono, desde Madrid, donde vive hace siete años. Bogotá, a donde había llamado, al apartamento de su hermana Andrea, le pareció demasiado lejos, como a más de diez mil kilómetros de distancia y traspasando más de dos océanos. Que no está, que salió a hacer unas cosas, dio como toda respuesta a unas preguntas que su marido no había formulado. Su marido solamente la miró, sabiendo solo que ella había hablado con alguien de la familia, sin éxito alguno, con cualquier sobrino de los muchos que había, con Carlos Juan, su concuñado, con doña Maria, su suegra, pero sin haber conseguido hablar con la hermana, con Andrea. Llevaba en eso los siete años que llevaban viviendo en Madrid. DO – DOS Todo comenzó porque la tía Hortensia se murió. Si la tía Hortensia no se hubiera muerto, no hubiera pasado absolutamente nada y las cosas en la familia hubieran seguido tal cual. Se murió la tía Hortensia y le legó a Makis el piano. El piano con los candelabros. Nunca nadie supo cómo apareció el piano en la familia. Don Pedro, el esposo de la tía Hortensia, fallecido hace ya muchos años, era notario. Notario y aburrido, dedicado toda su vida a despotricar de la política diaria, a decir siempre que nunca habíamos estado como estamos hoy, a la deriva, a la buena de Dios, y se leía todos los editoriales de su periódico preferido y los analizaba con rigor científico. Y todos sus argumentos diarios tenían como base filosófica el editorial periodístico. A un tipo así no puede gustarle la música y, en efecto, a Don Pedro nadie puede imaginarlo con un piano a cuestas, interpretando melodías musicales. Como máximo, Don Pedro pondría en la radio las noticias de las once, y si antes del noticiero ponen algo de música, él tal vez la oye sin mayor emoción, llevando quizás la melodía con la punta del zapato. La tía Hortensia ni siquiera bailaba. Cuentan las historias que la tía Hortensia, cuando comenzaban los bailes, se ausentaba con mil excusas y todo para no bailar. Una o dos veces en su vida habrá pasado cerca del piano, habrá tal vez levantado su tapa, y quizás habrá logrado con el dedo índice erecto accionar una tecla o dos. Sólo por oír cómo suena. De ahí no pasaba. No tuvieron hijos, opinando unos que porque ellos nunca quisieron tener hijos, cuando la mayoría íbamos por la teoría de que a Don Pedro la cosa no le marchaba muy bien. Por todo eso, nadie nunca supo el motivo por el cual en la casa de la tía Hortensia había un piano. Tal vez el piano existía porque la casa era muy grande, de seis habitaciones y cuarto de servicio, y en una casa así de grande tiene que haber un piano. Hay quien dice que don Pedro cobró una acreencia y fue pagada parte en especie, en el piano. Sea como sea, Makis heredó el piano y lo primero que hizo cuando supo la noticia fue llamar a una gente especializada en hacer mudanzas y les contrató el traslado del piano, de la casa de la tía Hortensia, a su casa. Eran como veinte tipos, fuertes, y el piano casi no cabe. Logró hacerle un hueco detrás de los sofás. Makis tampoco toca el piano. Ni ella ni su marido, que es abogado, y quien también tiene gran parte de la culpa de todo. Tampoco Angelita, la hija, pero cuando Angelita cumplió los cuatro años, Makis armó una fiesta gigantesca, con payasos y títeres, y contrató una máquina dispensadora de hamburguesas, que colocó momentáneamente en los pasillos comunales, en la que los niños introducían una moneda de níquel y la máquina suministraba una tibia y seca hamburguesa. Fue el éxito, los niños hacían cola para obtener la hamburguesa. En una mesa cerca de la cocina, Makis se encargó de suministrar a las hamburguesas abiertas en dos por los niños, un poco de salsa de tomate y mostaza poco fuerte, junto con un vaso plástico de coca cola. Las mamás elogiaban la versatilidad de la dueña de casa al lograr con cosas tan simples hacer felices a los niños. Pero mayor fue el éxito del piano. Durante toda la fiesta estuvo con la tapa levantada, portando sus dos candelabros unas hermosas velas rojas encendidas. Todas las señoras mamás de los niños y niñas amiguitos de Angelita, opinaron que el piano era absolutamente bello, más con los candelabros y sus velas, y le preguntaban a Makis que quién tocaba el piano en su familia. Intrigadas. Makis, perpleja, inquieta por responder que tiene piano, pero no sabe tocar piano, que puede resultar un contrasentido, respondió que ella lo toca. Soy concertista, afirmó mintiendo con todo el aplomo necesario. Dijo que daba recitales de música clásica, pero que en mitad de una fiesta infantil, en la fiesta de cumpleaños de su hija, no se iba a poner a tomar protagonismos innecesarios. Es el día y la fiesta de mi hija, concluyó. Y por supuesto, no tocó el piano. De ahí en adelante, el piano fue el eje de todo. Para todos, Makis era una espléndida concertista. Se dijo que tenía ya discos grabados. Alguien afirmó haber visto carteles en donde ella ofrecía conciertos de obras de Chopin, en Valdemosa, en la isla de Mallorca, en España. La gente creía reconocerla, haberla visto en alguna parte, en un recital, en un concierto, que si en Praga o en Venecia, y Makis deleitándose y diciendo a todo que si, y en el colegio de la niña, cuando ella hablaba o comentaba algo, todas las demás mamás guardaban un respetuoso silencio. El piano apenas cabía en su casa, pero se encargó de hacer una pequeña remodelación, eliminando la pared que da al cuarto de las escobas, corriendo el tabique de atrás y achicando la habitación de la niña, y tras mover tres o cuatro muebles, logró ubicarlo a la entrada de su apartamento. Incomodaba al abrir y cerrar la puerta. Y su marido, el abogado, consultó por internet cuánto valdría el piano en los mercados internacionales. Resulta anodino consultar en el mercado nacional, simplemente porque no hay mercado, dijeron los amigos. En tierras andinas no hay quien pueda interesarse por un piano de más de doscientos años, opinaron todos. Hicieron dos o tres tanteos con quien pudiera estar interesado en adquirir un piano en Bogotá y el silencio fue global. Dos o tres amigos consultados opinaron que la cosa es en Europa. En Europa y Japón, se entiende. Al consultar en la red sobre el valor del piano, resultó que las cifras que arrojaban las casas de subastas londinenses por un piano de características similares al heredado, eran astronómicas, por no decir estrambóticas. El piano valía una fortuna y el abogado estaba muy emocionado. TRE – TRES La alegría familiar era doble. Makis, la gran concertista, embriagaba con sus mentiras y era en el colegio de la niña muy envidiada por todas las mamás. Pero de la fama no se come y decidieron que tal vez era el momento de vender, principalmente desde que supieron que el valor del piano en el mercado de Yakarta había triplicado su precio. No dormían tranquilos. Había pocos pianos originales en el mundo que tuviera intactos los dos candelabros. El piano de ellos era uno de ellos y el precio subía como la espuma. Un banquero de Berlín cambiaba un piano de esos por una cuadrilla de aviones de combate. Ciento veinticuatro llamadas recibieron el primer día y en la recepción del hotel llegaron a pensar que en la habitación trescientos dos, habían puesto a funcionar una línea caliente. Era mejor vender el piano en Madrid, en español, antes que viajar a Londres que es donde quedan las grandes casas de subastas. El aviso publicado en el diario El País no daría a pensar jamás la respuesta que tuvo. Un aviso pequeño, de cinco por tres centímetros, que salió en clasificados y costó una barbaridad, barbaridad en devaluados pesos, se entiende, dando las referencias del piano y un “vendo” en la parte superior. Sólo había para dar el teléfono del hotel. Desde que avisaron viaje a Europa, hubo revuelo total en la familia. Iban a Madrid, en donde venderían el piano. Con una pequeña parte del dinero, compraban un apartamento, cerca del Parque del Retiro, les recomendaron. Y a vivir de la renta. Viajarían a Bogotá en los meses de noviembre, o comenzando Diciembre, para volver nuevamente en Abril. Es que ese frío no lo aguanta nadie, les habían dicho, y mejor es escapar del invierno si se puede. Y se podía. Cómo no. La última cotización que hizo la casa de subastas Sothebys, pasado su valor a pesos nacionales, no cabía en ninguna calculadora. Todas daban error por la cantidad de números que tenía. Iban a ser muy ricos. Viajaron en primera clase, a crédito, y se alojaron en el Ritz de Madrid. Nunca nadie supo cómo apareció el piano en la familia. Don Pedro, el esposo de la tía Hortensia, fallecido hace ya muchos años, era notario. Notario y aburrido, dedicado toda su vida a despotricar de la política diaria, a decir siempre que nunca habíamos estado como estamos hoy, a la deriva, a la buena de Dios, y se leía todos los editoriales de su periódico preferido y los analizaba con rigor científico. Y todos sus argumentos diarios tenían como base filosófica el editorial periodístico. A un tipo así no puede gustarle la música y, en efecto, a Don Pedro nadie puede imaginarlo con un piano a cuestas, interpretando melodías musicales. Como máximo, Don Pedro pondría en la radio las noticias de las once, y si antes del noticiero ponen algo de música, él tal vez la oye sin mayor emoción, llevando quizás la melodía con la punta del zapato. La tía Hortensia ni siquiera bailaba. Cuentan las historias que la tía Hortensia, cuando comenzaban los bailes, se ausentaba con mil excusas y todo para no bailar. Una o dos veces en su vida habrá pasado cerca del piano, habrá tal vez levantado su tapa, y quizás habrá logrado con el dedo índice erecto accionar una tecla o dos. Sólo por oír cómo suena. De ahí no pasaba. No tuvieron hijos, opinando unos que porque ellos nunca quisieron tener hijos, cuando la mayoría íbamos por la teoría de que a Don Pedro la cosa no le marchaba muy bien. Por todo eso, nadie nunca supo el motivo por el cual en la casa de la tía Hortensia había un piano. Tal vez el piano existía porque la casa era muy grande, de seis habitaciones y cuarto de servicio, y en una casa así de grande tiene que haber un piano. Hay quien dice que don Pedro cobró una acreencia y fue pagada parte en especie, en el piano. Sea como sea, Makis heredó el piano y lo primero que hizo cuando supo la noticia fue llamar a una gente especializada en hacer mudanzas y les contrató el traslado del piano, de la casa de la tía Hortensia, a su casa. Eran como veinte tipos, fuertes, y el piano casi no cabe. Logró hacerle un hueco detrás de los sofás. Makis tampoco toca el piano. Ni ella ni su marido, que es abogado, y quien también tiene gran parte de la culpa de todo. Tampoco Angelita, la hija, pero cuando Angelita cumplió los cuatro años, Makis armó una fiesta gigantesca, con payasos y títeres, y contrató una máquina dispensadora de hamburguesas, que colocó momentáneamente en los pasillos comunales, en la que los niños introducían una moneda de níquel y la máquina suministraba una tibia y seca hamburguesa. Fue el éxito, los niños hacían cola para obtener la hamburguesa. En una mesa cerca de la cocina, Makis se encargó de suministrar a las hamburguesas abiertas en dos por los niños, un poco de salsa de tomate y mostaza poco fuerte, junto con un vaso plástico de coca cola. Las mamás elogiaban la versatilidad de la dueña de casa al lograr con cosas tan simples hacer felices a los niños. Pero mayor fue el éxito del piano. Durante toda la fiesta estuvo con la tapa levantada, portando sus dos candelabros unas hermosas velas rojas encendidas. Todas las señoras mamás de los niños y niñas amiguitos de Angelita, opinaron que el piano era absolutamente bello, más con los candelabros y sus velas, y le preguntaban a Makis que quién tocaba el piano en su familia. Intrigadas. Makis, perpleja, inquieta por responder que tiene piano, pero no sabe tocar piano, que puede resultar un contrasentido, respondió que ella lo toca. Soy concertista, afirmó mintiendo con todo el aplomo necesario. Dijo que daba recitales de música clásica, pero que en mitad de una fiesta infantil, en la fiesta de cumpleaños de su hija, no se iba a poner a tomar protagonismos innecesarios. Es el día y la fiesta de mi hija, concluyó. Y por supuesto, no tocó el piano. De ahí en adelante, el piano fue el eje de todo. Para todos, Makis era una espléndida concertista. Se dijo que tenía ya discos grabados. Alguien afirmó haber visto carteles en donde ella ofrecía conciertos de obras de Chopin, en Valdemosa, en la isla de Mallorca, en España. La gente creía reconocerla, haberla visto en alguna parte, en un recital, en un concierto, que si en Praga o en Venecia, y Makis deleitándose y diciendo a todo que si, y en el colegio de la niña, cuando ella hablaba o comentaba algo, todas las demás mamás guardaban un respetuoso silencio. El piano apenas cabía en su casa, pero se encargó de hacer una pequeña remodelación, eliminando la pared que da al cuarto de las escobas, corriendo el tabique de atrás y achicando la habitación de la niña, y tras mover tres o cuatro muebles, logró ubicarlo a la entrada de su apartamento. Incomodaba al abrir y cerrar la puerta. Y su marido, el abogado, consultó por internet cuánto valdría el piano en los mercados internacionales. Resulta anodino consultar en el mercado nacional, simplemente porque no hay mercado, dijeron los amigos. En tierras andinas no hay quien pueda interesarse por un piano de más de doscientos años, opinaron todos. Hicieron dos o tres tanteos con quien pudiera estar interesado en adquirir un piano en Bogotá y el silencio fue global. Dos o tres amigos consultados opinaron que la cosa es en Europa. En Europa y Japón, se entiende. Al consultar en la red sobre el valor del piano, resultó que las cifras que arrojaban las casas de subastas londinenses por un piano de características similares al heredado, eran astronómicas, por no decir estrambóticas. El piano valía una fortuna y el abogado estaba muy emocionado. TRE – TRES La alegría familiar era doble. Makis, la gran concertista, embriagaba con sus mentiras y era en el colegio de la niña muy envidiada por todas las mamás. Pero de la fama no se come y decidieron que tal vez era el momento de vender, principalmente desde que supieron que el valor del piano en el mercado de Yakarta había triplicado su precio. No dormían tranquilos. Había pocos pianos originales en el mundo que tuviera intactos los dos candelabros. El piano de ellos era uno de ellos y el precio subía como la espuma. Un banquero de Berlín cambiaba un piano de esos por una cuadrilla de aviones de combate. Ciento veinticuatro llamadas recibieron el primer día y en la recepción del hotel llegaron a pensar que en la habitación trescientos dos, habían puesto a funcionar una línea caliente. Era mejor vender el piano en Madrid, en español, antes que viajar a Londres que es donde quedan las grandes casas de subastas. El aviso publicado en el diario El País no daría a pensar jamás la respuesta que tuvo. Un aviso pequeño, de cinco por tres centímetros, que salió en clasificados y costó una barbaridad, barbaridad en devaluados pesos, se entiende, dando las referencias del piano y un “vendo” en la parte superior. Sólo había para dar el teléfono del hotel. Desde que avisaron viaje a Europa, hubo revuelo total en la familia. Iban a Madrid, en donde venderían el piano. Con una pequeña parte del dinero, compraban un apartamento, cerca del Parque del Retiro, les recomendaron. Y a vivir de la renta. Viajarían a Bogotá en los meses de noviembre, o comenzando Diciembre, para volver nuevamente en Abril. Es que ese frío no lo aguanta nadie, les habían dicho, y mejor es escapar del invierno si se puede. Y se podía. Cómo no. La última cotización que hizo la casa de subastas Sothebys, pasado su valor a pesos nacionales, no cabía en ninguna calculadora. Todas daban error por la cantidad de números que tenía. Iban a ser muy ricos. Viajaron en primera clase, a crédito, y se alojaron en el Ritz de Madrid, también a crédito, con la tarjeta de crédito que ya estaba casi copada y que haciendo cálculos daba para tres o cuatro noches, sin comidas, se entiende. Dónde recibir a los compradores del piano, si no es en el Ritz, se preguntaban los mismos que habían recomendado lo de pasar los meses invernales en Bogotá. A Makis le impresionó la sequedad del paisaje que se veía desde el avión. Su marido, el abogado, asomó la cabeza y quedó también impresionado por la falta de verde. Angelita, ya a esas alturas del viaje, seguía dormida. Sir Francys Lloyd Parker decía la tarjeta. No hablaba español, pero su asistente sí. Sir Francys Lloyd Parker pidió ver una foto del piano, no sin antes informar, gracias a la mediación de su asistente, quien traducía, que había viajado esa misma mañana procedente de Londres a hacer este negocio, que actuaba en representación de la afamada Casa Christies y que iba a ser muy concreto y justo en la oferta. Makis y su marido, el abogado, se miraron aterrorizados. Sir Francys Lloyd Parker dijo en forma expresa y clara que iba a ser justo con ellos, a quienes ya consideraba unos agradables clientes, y preguntó por rayones de la madera, o manchas. Está intacto, respondió en inglés Makis, sin haber esperado traducción del asistente. El piano no ha sido tocado ni golpeado, aclaró. Está intacto, remató. Mientras decía eso, su marido, el abogado, recordó en su memoria que tal vez un golpe si tendría el piano, pequeño, tal vez insignificante, y es el golpe que se dio cuando fue dejado en casa de Andrea, la hermana de Makis. Que lo recibía por una semana, máximo por una semana, aclaró Andrea, levantando la mano y levantando el dedo índice, para recalcar el uno de una semana. Makis le había pedido el favor de guardarlo por esa semana en su apartamento, y no cupo fácilmente. Fue necesario levantarlo con grúa, y meterlo con la ayuda de cuatro musculosos cargamuebles. Rompieron un sofá y dejaron el piano en mitad de la sala, entorpeciendo el mecanismo de la puerta giratoria que comunica con la cocina. No había otro sitio donde ponerlo y para moverlo un solo centímetro harían falta dos hombres más, tal vez cuatro, pensaban unos, más hombres aún, pedían varios. La grúa reventó el marco del ventanal, con el cristal, se da por entendido, junto con otros pequeños daños insignificantes. Hubo un momento en que el piano se calló de golpe. Como en las películas, Sir Francys Lloyd Parker le solicitó una pluma a su asistente y sobre una tarjeta suya escribió algo. Makis vio el signo de la libra esterlina, esa típica ele curva con su lacito, y miró nuevamente a su marido, el abogado. La cifra que estampó en la tarjeta era por un poco más que la mayor de todas las cifras. Vamos a considerarlo, dijo en español el marido de Makis, el abogado, esperando de Sir Francys Lloyd Parker una rápida reacción y la puesta de una nueva cifra aún más elevada en una nueva tarjeta. No fue así, Sir Francys Lloyd Parker no esperó traducciones, se levantó y agradeció el tiempo dispensado. Su asistente hizo ademán de salir. Makis reaccionó rápidamente, sin entender la estupidez que había dicho su marido. Y de forma inteligente le dijo que la propuesta le parecía una cifra razonable y le preguntó sin rubor que cuándo podía recibir el dinero. Cuando tenga el piano, dijo Sir Francys Lloyd Parker, recibirá un cheque en la forma en que usted me indique. Y ahí intervino su marido, el abogado, quien dijo emocionado que ya mismo estaba llamando a Bogotá para ordenar el traslado del piano. En tres días está aquí, le dijo en un inglés enredado. CUAT – CUATRO Andrea tiene aún el piano en la misma posición, estorbando cuando pasan de la cocina al comedor. No le habla a su hermana desde entonces y no entiende cómo un piano que costaba tantos millones, hoy no vale absolutamente nada. ¿Bogotá?, había interrogado Sir Francys Lloyd Parker. El esposo de Makis, el abogado, había dicho que si. Bogotá, Colombia, quiso aclararle. Dijo en su triste inglés que el piano estaba en Bogotá, en muy buenas manos. Y en buen estado, intacto, recalcó Makis, en su perfecto inglés. ¿Y cuánto tiempo lleva en Bogotá?, había preguntado Sir Francys Lloyd Parker. Al menos todo el siglo veinte, respondió Makis, orgullosa. Todos los demás compradores conceptuaron lo mismo. Un piano que ha estado toda su vida en el trópico, con la humedad, revienta en mil pedazos si sale de su habitat. Todos se retiraban a medida que iban diciendo eso. También Sir Francys Lloyd Parker salió del hotel Ritz, con sus formas, no sin antes agradecer el tiempo dispensado. Manifestó que, dadas las condiciones nuevas, retiraba cualquier oferta. Su asistente salió con él. CINCO Olafo se partió las dos patas traseras cuando le cayó el piano encima. Fue un golpe seco y tardaron en levantar el piano los cuatro hombres musculosos algo así como seis horas. Makis vive en Madrid, donde se quedó sin los sueños que tenía, y se olvidó del piano. De vez en cuando, cuando los traguitos se le suben a la cabeza en las reuniones con amigos, cuando comienza a decir tonterías y chistes flojos, se emociona sin sentido y comienza a contar que ella tenía un piano por el que le daban mas de un millón de libras esterlinas, mucho más, grita enérgica, histérica, esa millonada por un piano cargado de agua tropical, un piano vivo. En ese momento de la fiesta, su marido, el abogado, tiene que dejar su vaso en cualquier sitio, tiene que levantarse, tiene que darle a Makis besitos en la frente y pedirle que se tranquilice, que lo del piano ya pasó, que todo fue un sueño. Está loca la Makis, dice la gente cuando la pareja ya se ha ido. Con ese cuento del piano nos va a volver locos a todos. LOS ESCRIBIDORES Fue inútil haber humedecido la lengua, agitándola en la boca para que tuviera la suficiente saliva, ya que la estampilla que me dieron tenía ya consigo su adhesivo. Viene ya de fábrica con pegante, pensé. La desprendí y pegué directamente en el sobre. -Es un sello-, me dijo la muchacha de la oficina de correos que me atendió, -aquí se le dice sello-, recalcó cuando en primera instancia no entendí y le pedí nuevamente una estampilla para enviar una carta pesada, un poco pesada, advertí, como de veinte folios, a Oviedo. Por título le puse “Una historia circular”. Duré no menos de dos o tres horas para dar con él. La verdad, es que no era muy bueno con los títulos y, aún hoy, si me llego a poner en la piel de mis andadas de antes, creo que sería malo con los títulos. La pal, también a crédito, con la tarjeta de crédito que ya estaba casi copada y que haciendo cálculos daba para tres o cuatro noches, sin comidas, se entiende. Dónde recibir a los compradores del piano, si no es en el Ritz, se preguntaban los mismos que habían recomendado lo de pasar los meses invernales en Bogotá. A Makis le impresionó la sequedad del paisaje que se veía desde el avión. Su marido, el abogado, asomó la cabeza y quedó también impresionado por la falta de verde. Angelita, ya a esas alturas del viaje, seguía dormida. Sir Francys Lloyd Parker decía la tarjeta. No hablaba español, pero su asistente sí. Sir Francys Lloyd Parker pidió ver una foto del piano, no sin antes informar, gracias a la mediación de su asistente, quien traducía, que había viajado esa misma mañana procedente de Londres a hacer este negocio, que actuaba en representación de la afamada Casa Christies y que iba a ser muy concreto y justo en la oferta. Makis y su marido, el abogado, se miraron aterrorizados. Sir Francys Lloyd Parker dijo en forma expresa y clara que iba a ser justo con ellos, a quienes ya consideraba unos agradables clientes, y preguntó por rayones de la madera, o manchas. Está intacto, respondió en inglés Makis, sin haber esperado traducción del asistente. El piano no ha sido tocado ni golpeado, aclaró. Está intacto, remató. Mientras decía eso, su marido, el abogado, recordó en su memoria que tal vez un golpe si tendría el piano, pequeño, tal vez insignificante, y es el golpe que se dio cuando fue dejado en casa de Andrea, la hermana de Makis. Que lo recibía por una semana, máximo por una semana, aclaró Andrea, levantando la mano y levantando el dedo índice, para recalcar el uno de una semana. Makis le había pedido el favor de guardarlo por esa semana en su apartamento, y no cupo fácilmente. Fue necesario levantarlo con grúa, y meterlo con la ayuda de cuatro musculosos cargamuebles. Rompieron un sofá y dejaron el piano en mitad de la sala, entorpeciendo el mecanismo de la puerta giratoria que comunica con la cocina. No había otro sitio donde ponerlo y para moverlo un solo centímetro harían falta dos hombres más, tal vez cuatro, pensaban unos, más hombres aún, pedían varios. La grúa reventó el marco del ventanal, con el cristal, se da por entendido, junto con otros pequeños daños insignificantes. Hubo un momento en que el piano se calló de golpe. Como en las películas, Sir Francys Lloyd Parker le solicitó una pluma a su asistente y sobre una tarjeta suya escribió algo. Makis vio el signo de la libra esterlina, esa típica ele curva con su lacito, y miró nuevamente a su marido, el abogado. La cifra que estampó en la tarjeta era por un poco más que la mayor de todas las cifras. Vamos a considerarlo, dijo en español el marido de Makis, el abogado, esperando de Sir Francys Lloyd Parker una rápida reacción y la puesta de una nueva cifra aún más elevada en una nueva tarjeta. No fue así, Sir Francys Lloyd Parker no esperó traducciones, se levantó y agradeció el tiempo dispensado. Su asistente hizo ademán de salir. Makis reaccionó rápidamente, sin entender la estupidez que había dicho su marido. Y de forma inteligente le dijo que la propuesta le parecía una cifra razonable y le preguntó sin rubor que cuándo podía recibir el dinero. Cuando tenga el piano, dijo Sir Francys Lloyd Parker, recibirá un cheque en la forma en que usted me indique. Y ahí intervino su marido, el abogado, quien dijo emocionado que ya mismo estaba llamando a Bogotá para ordenar el traslado del piano. En tres días está aquí, le dijo en un inglés enredado. CUAT – CUATRO Andrea tiene aún el piano en la misma posición, estorbando cuando pasan de la cocina al comedor. No le habla a su hermana desde entonces y no entiende cómo un piano que costaba tantos millones, hoy no vale absolutamente nada. ¿Bogotá?, había interrogado Sir Francys Lloyd Parker. El esposo de Makis, el abogado, había dicho que si. Bogotá, Colombia, quiso aclararle. Dijo en su triste inglés que el piano estaba en Bogotá, en muy buenas manos. Y en buen estado, intacto, recalcó Makis, en su perfecto inglés. ¿Y cuánto tiempo lleva en Bogotá?, había preguntado Sir Francys Lloyd Parker. Al menos todo el siglo veinte, respondió Makis, orgullosa. Todos los demás compradores conceptuaron lo mismo. Un piano que ha estado toda su vida en el trópico, con la humedad, revienta en mil pedazos si sale de su habitat. Todos se retiraban a medida que iban diciendo eso. También Sir Francys Lloyd Parker salió del hotel Ritz, con sus formas, no sin antes agradecer el tiempo dispensado. Manifestó que, dadas las condiciones nuevas, retiraba cualquier oferta. Su asistente salió con él. CINCO Olafo se partió las dos patas traseras cuando le cayó el piano encima. Fue un golpe seco y tardaron en levantar el piano los cuatro hombres musculosos algo así como seis horas. Makis vive en Madrid, donde se quedó sin los sueños que tenía, y se olvidó del piano. De vez en cuando, cuando los traguitos se le suben a la cabeza en las reuniones con amigos, cuando comienza a decir tonterías y chistes flojos, se emociona sin sentido y comienza a contar que ella tenía un piano por el que le daban mas de un millón de libras esterlinas, mucho más, grita enérgica, histérica, esa millonada por un piano cargado de agua tropical, un piano vivo. En ese momento de la fiesta, su marido, el abogado, tiene que dejar su vaso en cualquier sitio, tiene que levantarse, tiene que darle a Makis besitos en la frente y pedirle que se tranquilice, que lo del piano ya pasó, que todo fue un sueño. Está loca la Makis, dice la gente cuando la pareja ya se ha ido. Con ese cuento del piano nos va a volver locos a todos. LOS ESCRIBIDORES Fue inútil haber humedecido la lengua, agitándola en la boca para que tuviera la suficiente saliva, ya que la estampilla que me dieron tenía ya consigo su adhesivo. Viene ya de fábrica con pegante, pensé. La desprendí y pegué directamente en el sobre. -Es un sello-, me dijo la muchacha de la oficina de correos que me atendió, -aquí se le dice sello-, recalcó cuando en primera instancia no entendí y le pedí nuevamente una estampilla para enviar una carta pesada, un poco pesada, advertí, como de veinte folios, a Oviedo. Por título le puse “Una historia circular”. Duré no menos de dos o tres horas para dar con él. La verdad, es que no era muy bueno con los títulos y, aún hoy, si me llego a poner en la piel de mis andadas de antes, creo que sería malo con los títulos. La palabra circular o el verbo circular o el concepto de circular había estado presente desde un principio, ya que en últimas en el cuento que había escrito se habla de volver a lo mismo una y otra vez, en forma permanente, permanentemente terca, ilógica, si quiere pensarse. Es un volver a lo mismo. Y al decirse circular, queda perfectamente claro que lo que hay en últimas es un retorno perpetuo a las cosas iniciales, un renacer, si se desean ver las cosa de esa forma. Pensé, en primera instancia, si el título debiera titularse “Un cuento circular”, porque en últimas lo que circula es el cuento que la niña le cuenta a su abuela, pero no tenía fuerza, era un título débil. Tú los coges de las narices con el título, como cuando se coge un marrano en las ferias, y te aseguro que no sueltan tu cuento hasta que hayan digerido su última línea, había dicho siempre don Roberto en el taller de creación artística. Era bueno para hablar don Roberto. Repetía a toda hora que el título es el alma de toda obra literaria. No sólo había dicho eso, sino muchas cosas más, cosas de las cuales no nos pondremos a profundizar a estas alturas, apenas comenzando a contar lo que pasó, apenas iniciando este relato, porque nos desviaríamos del rumbo trazado y esa no es la idea. Ya habrá tiempo de hablar de don Roberto. De don Roberto y de sus cosas. Y de las cosas que decía. Bueno, el caso es que no supe muy bien porqué “Un cuento circular”, como título, carecía de fuerza, que es lo que se requiere, que tenga fuerza, pero es que no veía a alguien deleitándose con un cuento con ese título. “El cuento circular” o “Un cuento circular” no estaría nunca en los escaparates de las librerías, y de llegar a estar, caso hipotético, la gente pasaría por los andenes, ojeando de reojo, tal vez, aquella obra con ese nombre tan poco atractivo. Estuve tonteando con muchos títulos, donde siempre la palabra circular estaba presente y todos tenían el mismo problema: no agarraban. Dentro de los muchos que aparecieron por mi cabeza estaba “Una historia circular”, en cierta forma parecido a “El cuento circular”, pero con el nuevo título sentí que era diferente y la diferencia la sentí desde el primer momento. Todo cambia. No es fácil de explicar. Es como tener un dibujo en frente tuyo, un dibujo de un paisaje, hagamos de cuenta, o una fruta, una piña, por ejemplo, que son muy pintadas, qué se yo, algo, y de forma repentina cambiamos los colores. El cielo es verde y las casitas negras, o la fruta que era amarilla como son todas las piñas, con un fondo blanco, ahora es verde con fondo amarillo. Los psicólogos y los psiquiatras lo han trabajado infinidad de veces y han demostrado cómo, cambiando un fondo, creando líneas subliminales, moviendo imaginariamente las cosas de sitio, con sólo hacer eso, logramos que una cosa sea más grande de lo que realmente es, más grande dentro de la cabeza de uno, se entiende, en nuestra imaginación, y así, cuando por ejemplo tenemos dos círculos que al medirles su perímetro y sus radios resulta que son perfectamente iguales, con sólo cambiar algo, no sé explicar muy bien las razones pero el caso concreto es que todo el mundo los ve diferentes, ve un círculo más grande que el otro, o más arriba que el otro cuando están pintados sobre la misma línea. Es raro, pero es así. Hay quien no lo cree, sino hasta cuando le hacen la prueba. Y cuando le hacen la prueba en frente de sus narices, la gente dice uhhh, sin entender la magia que le hicieron, por que en el fondo es como si fuera magia. Todo eso lo explicaba don Roberto con libros de referencias, y daba nombres de científicos, para concluir que con los títulos de las obras literarias pasa exactamente lo mismo. Leemos las cosas en forma diametralmente diferente dependiendo del título que lleven. Las compramos o no las compramos en función del título, del empaque. Y por eso es que él recomendaba demorarse lo que deba demorarse uno, el tiempo necesario, sin afanes o prisas, así sean días y días, o semanas o hasta meses, para encontrar finalmente el título adecuado de una obra y no permitir que los lectores, en este caso los jurados, se vayan por otras obras con títulos más sugestivos. Don Roberto ponía muchos mas ejemplos, infinidad de ejemplos, y nos mostraba la foto de una modelo, digamos de esas italianas con la piel color aceituna y labios carnositos, y nos decía a la clase entera, desafiante, a ver díganme aprendices de escritor cómo es que se llama la modelo. Así nos decía, aprendices de escritor. Todos nos quedábamos calladitos, nadie sabía el nombre de la tal modelo y siempre es mejor quedarse callado antes que hacer el ridículo. A la modelo uno la podrá haber visto en un anuncio una vez, tal vez dos, en una revista o por la calle en la parada de un bus, pero eso no significa que uno se convierta en fan de la modelo y sepa cómo se llama. Entonces don Roberto nos azuzaba y lo empujaba a uno por la espalda, con golpes flojos, como jugando, y nos decía, simulando el acento argentino, a ver, Borgesitos, pibe, le decía a uno, a ver qué dice Borgesitos, qué nombre le ponés a este bombón, Bioicito le decía a mi vecino, un tipo alto y flaco que era lento para imaginar, decime Biocito cómo solucionamos este dilema, y al que le decía Bioicito no decía nada, se quedaba callado con los brazos cruzados y todos pensábamos que estaba pensando, cerraba los ojos con fuerza y seguía sin decir nada, calladito, Cortazitar, me decía a mi, a ver decime Cortazitar, seas divino y sorprendeme, sacame vos del apuro, anda y decime Cortazitar cómo llamamos a la modelo, che, arrastrando las dobles eles como las arrastran los argentinos, a ver los aprendices de escritor invéntense un nombre para la señorita, cómo creen que se llama, cómo creen que se debe llamar una modelo con este porte y nos mostraba otra vez la foto de la modelo que parecía que fuera su novia porque la tenía laminada en la billetera. Y era mágico, para todos la modelo se llamaba Paola, Alexandra, o Jennifer con dos enes, y nombres así todos extranjeros y de altura. O el mismo nombre de actrices conocidas. Sofía o Penélope, o hasta Scarlett, con dos letras te al final. Nadie dijo que la modelo se llamaba Azucena o Dolores. Menos aún que pudiera llamarse Pancracia o Remedios. Igual con los cuentos, sentenciaba don Roberto, un cuento con un nombre bonito se convierte en un cuento bonito. Y yo, la verdad, es que le hice caso en eso. “Una historia circular” tenía agarre, en palabras textuales de don Roberto. Ahí me agarró, Cortazitar, me decía. Es que cuando uno lograba hacer algo bueno, cuando uno se sobraba, si se hacía al menos una buena frase entera logrando emocionar con el verbo, él me decía, con todo el sentimiento, o al menos yo así lo sentía, ahí me agarró, Cortazitar, con esas mismas palabras. Y la verdad, que a uno de mocoso le digan Cortazitar, así sea en plan de chanza, bromeando, así estén jugando con la estima, así digan que uno es un Julio Cortázar reducido en una mínima expresión, que le digan eso cuando se está comenzando a escribir, cuando uno no tiene ni los veinte, apenas terminado el colegio, es como si le dijeran a una fea bien fea que es la mujer más hermosa del mundo. A mi se me subieron los humos. O al menos me sentía Cortazitar. Pesó no recuerdo cuántos gramos, pero el caso es que le di a la señorita de la oficina de correos un billete de diez euros y me devolvió la estampilla que le había solicitado y un poco de monedas. En eso quedó reducido mi billete, en una estampilla que no requería de babas para adherirse al sobre, y no más de cinco monedas, cuando siempre don Roberto decía y decía que escribir era el negocio más rentable de la historia. No escribir por escribir, aclaraba, los que escriben por escribir no hacen nada evolutivo, no son parte del curso rotativo de la historia, decía. Hay que escribir para concursar. Hay que escribir para concursar lo habré oído yo un millón de veces de boca de don Roberto en su taller de creación literaria. Y con su cuenabra circular o el verbo circular o el concepto de circular había estado presente desde un principio, ya que en últimas en el cuento que había escrito se habla de volver a lo mismo una y otra vez, en forma permanente, permanentemente terca, ilógica, si quiere pensarse. Es un volver a lo mismo. Y al decirse circular, queda perfectamente claro que lo que hay en últimas es un retorno perpetuo a las cosas iniciales, un renacer, si se desean ver las cosa de esa forma. Pensé, en primera instancia, si el título debiera titularse “Un cuento circular”, porque en últimas lo que circula es el cuento que la niña le cuenta a su abuela, pero no tenía fuerza, era un título débil. Tú los coges de las narices con el título, como cuando se coge un marrano en las ferias, y te aseguro que no sueltan tu cuento hasta que hayan digerido su última línea, había dicho siempre don Roberto en el taller de creación artística. Era bueno para hablar don Roberto. Repetía a toda hora que el título es el alma de toda obra literaria. No sólo había dicho eso, sino muchas cosas más, cosas de las cuales no nos pondremos a profundizar a estas alturas, apenas comenzando a contar lo que pasó, apenas iniciando este relato, porque nos desviaríamos del rumbo trazado y esa no es la idea. Ya habrá tiempo de hablar de don Roberto. De don Roberto y de sus cosas. Y de las cosas que decía. Bueno, el caso es que no supe muy bien porqué “Un cuento circular”, como título, carecía de fuerza, que es lo que se requiere, que tenga fuerza, pero es que no veía a alguien deleitándose con un cuento con ese título. “El cuento circular” o “Un cuento circular” no estaría nunca en los escaparates de las librerías, y de llegar a estar, caso hipotético, la gente pasaría por los andenes, ojeando de reojo, tal vez, aquella obra con ese nombre tan poco atractivo. Estuve tonteando con muchos títulos, donde siempre la palabra circular estaba presente y todos tenían el mismo problema: no agarraban. Dentro de los muchos que aparecieron por mi cabeza estaba “Una historia circular”, en cierta forma parecido a “El cuento circular”, pero con el nuevo título sentí que era diferente y la diferencia la sentí desde el primer momento. Todo cambia. No es fácil de explicar. Es como tener un dibujo en frente tuyo, un dibujo de un paisaje, hagamos de cuenta, o una fruta, una piña, por ejemplo, que son muy pintadas, qué se yo, algo, y de forma repentina cambiamos los colores. El cielo es verde y las casitas negras, o la fruta que era amarilla como son todas las piñas, con un fondo blanco, ahora es verde con fondo amarillo. Los psicólogos y los psiquiatras lo han trabajado infinidad de veces y han demostrado cómo, cambiando un fondo, creando líneas subliminales, moviendo imaginariamente las cosas de sitio, con sólo hacer eso, logramos que una cosa sea más grande de lo que realmente es, más grande dentro de la cabeza de uno, se entiende, en nuestra imaginación, y así, cuando por ejemplo tenemos dos círculos que al medirles su perímetro y sus radios resulta que son perfectamente iguales, con sólo cambiar algo, no sé explicar muy bien las razones pero el caso concreto es que todo el mundo los ve diferentes, ve un círculo más grande que el otro, o más arriba que el otro cuando están pintados sobre la misma línea. Es raro, pero es así. Hay quien no lo cree, sino hasta cuando le hacen la prueba. Y cuando le hacen la prueba en frente de sus narices, la gente dice uhhh, sin entender la magia que le hicieron, por que en el fondo es como si fuera magia. Todo eso lo explicaba don Roberto con libros de referencias, y daba nombres de científicos, para concluir que con los títulos de las obras literarias pasa exactamente lo mismo. Leemos las cosas en forma diametralmente diferente dependiendo del título que lleven. Las compramos o no las compramos en función del título, del empaque. Y por eso es que él recomendaba demorarse lo que deba demorarse uno, el tiempo necesario, sin afanes o prisas, así sean días y días, o semanas o hasta meses, para encontrar finalmente el título adecuado de una obra y no permitir que los lectores, en este caso los jurados, se vayan por otras obras con títulos más sugestivos. Don Roberto ponía muchos mas ejemplos, infinidad de ejemplos, y nos mostraba la foto de una modelo, digamos de esas italianas con la piel color aceituna y labios carnositos, y nos decía a la clase entera, desafiante, a ver díganme aprendices de escritor cómo es que se llama la modelo. Así nos decía, aprendices de escritor. Todos nos quedábamos calladitos, nadie sabía el nombre de la tal modelo y siempre es mejor quedarse callado antes que hacer el ridículo. A la modelo uno la podrá haber visto en un anuncio una vez, tal vez dos, en una revista o por la calle en la parada de un bus, pero eso no significa que uno se convierta en fan de la modelo y sepa cómo se llama. Entonces don Roberto nos azuzaba y lo empujaba a uno por la espalda, con golpes flojos, como jugando, y nos decía, simulando el acento argentino, a ver, Borgesitos, pibe, le decía a uno, a ver qué dice Borgesitos, qué nombre le ponés a este bombón, Bioicito le decía a mi vecino, un tipo alto y flaco que era lento para imaginar, decime Biocito cómo solucionamos este dilema, y al que le decía Bioicito no decía nada, se quedaba callado con los brazos cruzados y todos pensábamos que estaba pensando, cerraba los ojos con fuerza y seguía sin decir nada, calladito, Cortazitar, me decía a mi, a ver decime Cortazitar, seas divino y sorprendeme, sacame vos del apuro, anda y decime Cortazitar cómo llamamos a la modelo, che, arrastrando las dobles eles como las arrastran los argentinos, a ver los aprendices de escritor invéntense un nombre para la señorita, cómo creen que se llama, cómo creen que se debe llamar una modelo con este porte y nos mostraba otra vez la foto de la modelo que parecía que fuera su novia porque la tenía laminada en la billetera. Y era mágico, para todos la modelo se llamaba Paola, Alexandra, o Jennifer con dos enes, y nombres así todos extranjeros y de altura. O el mismo nombre de actrices conocidas. Sofía o Penélope, o hasta Scarlett, con dos letras te al final. Nadie dijo que la modelo se llamaba Azucena o Dolores. Menos aún que pudiera llamarse Pancracia o Remedios. Igual con los cuentos, sentenciaba don Roberto, un cuento con un nombre bonito se convierte en un cuento bonito. Y yo, la verdad, es que le hice caso en eso. “Una historia circular” tenía agarre, en palabras textuales de don Roberto. Ahí me agarró, Cortazitar, me decía. Es que cuando uno lograba hacer algo bueno, cuando uno se sobraba, si se hacía al menos una buena frase entera logrando emocionar con el verbo, él me decía, con todo el sentimiento, o al menos yo así lo sentía, ahí me agarró, Cortazitar, con esas mismas palabras. Y la verdad, que a uno de mocoso le digan Cortazitar, así sea en plan de chanza, bromeando, así estén jugando con la estima, así digan que uno es un Julio Cortázar reducido en una mínima expresión, que le digan eso cuando se está comenzando a escribir, cuando uno no tiene ni los veinte, apenas terminado el colegio, es como si le dijeran a una fea bien fea que es la mujer más hermosa del mundo. A mi se me subieron los humos. O al menos me sentía Cortazitar. Pesó no recuerdo cuántos gramos, pero el caso es que le di a la señorita de la oficina de correos un billete de diez euros y me devolvió la estampilla que le había solicitado y un poco de monedas. En eso quedó reducido mi billete, en una estampilla que no requería de babas para adherirse al sobre, y no más de cinco monedas, cuando siempre don Roberto decía y decía que escribir era el negocio más rentable de la historia. No escribir por escribir, aclaraba, los que escriben por escribir no hacen nada evolutivo, no son parte del curso rotativo de la historia, decía. Hay que escribir para concursar. Hay que escribir para concursar lo habré oído yo un millón de veces de boca de don Roberto en su taller de creación literaria. Y con su cuento de explicar todo con diapositivas y fotos, nos sacaba un mapa de España en donde estaban anotados con puntos rojos todos los pueblos, caseríos, ciudades y veredas en donde ofrecen concursos de cuentos. Y la verdad digo si afirmo que de tantos puntos rojos que había, no se alcanzaba a leer con claridad los nombres de las ciudades o los pueblos, o los ríos y las cordilleras, y menos aún seguirse los bordes del mapa. El mapa, prácticamente, era una mancha roja. En todas partes había concursos. Y no pagan poco, nos emocionaba. El ayuntamiento tacaño pagaba cuatrocientos euros por cuento ganador, y los generosos llegaban a dar hasta tres mil. Con dos pequeños y un grande al mes, decía pretencioso, uno puede pasar la vida lo más de agradable. Pero ojo, aclaraba, hay que maximizar los resultados. No sólo había concursos de cuentos, sino también de poesía, de ensayo y de novela, pero don Roberto se empecinaba en decir que si te pagan tres mil euros por cinco páginas de un cuento, la lógica matemática indica que si escribes una novela de quinientas páginas, deberán pagarte trescientos mil euros. Y eso no pasa. Escribir novelas no rinde, concluía. Y por eso es que en el taller de creación literaria toda la fuerza la teníamos en los cuentos que estábamos escribiendo. Un alumno al que don Roberto llamaba Cabrerita se retiró del curso porque estaba empeñado en escribir una novela, y don Roberto se empecinó en que escribiera un cuento, y Cabrerita terco como una mula a decir que él estaba ahí para aprender a ser novelista, y no cuentero como los cuenteros de la calle, de esos que cuentan historias como los juglares, hasta que un día que estaba don Roberto con la bronca rebotada puso a Cabrerita de patitas en la calle y nunca supimos más de él. Aquí se hace lo que yo digo, dijo otra vez en que estaba con la bronca rebotada. Es que era empecinado en sus cosas, don Roberto. Hay que escribir sobre lo que tenemos a la mano, sobre nuestra vida, lo que conocemos, lo que sentimos y palpamos, de lo que oímos y olemos, lo que hicimos ayer o vimos que alguien hizo ayer o sobre lo que nos contaron que alguien hizo algo ayer, y no inventar cosas que desconocemos. O usted, Cortazitar, se va a poner de Harry Potter, se va a poner a imaginar castillos imposibles con duendes inexistentes. No, decía don Roberto, sin esperar respuesta o comentario. Pise tierra, jovencito, me decía, pise tierra y aterrice. Y hablaba de cómo las grandes obras literarias de la historia no son más que autobiografías de sus autores, hablando por encima de todas y cada una de ellas, así como de las vidas y aventuras de quienes las habían escrito, y no había lugar a dudas. Todo era cosas vividas. Hay que hablar de lo que sabe uno, de lo que conoce, de lo que ha vivido, repetía en todo momento, porque uno no puede ponerse a inventar cosas. O usted, Lezamita, increpaba a un muchacho que sólo duró como alumno del taller lo que se tarda de ir del cine Luminarias a la cancha de fútbol del colegio Leoncios, nada, media hora, o hasta un poquito más. Lezamita, le decía, usted va escribir de marcianos cuando en toda su vida ha visto a un solo marciano. El muchacho a quien don Roberto había apodado Lezamita, en ilusión tal vez a Lezama Lima, le dijo que le parecía inconcebible que alguien no crea en los marcianos cuando ya medio mundo habla de los marcianos como algo real y tangible. Le contestó eso a don Roberto, franqueó la puerta haciendo bocas y no volvió más a clase. Era contestatario, el tal Lezamita. Yo pensaba mucho en todo eso que nos decía don Roberto, en lo de contar sólo sobre lo que uno sabe, lo del mundo de uno, lo propio, y tal vez por eso es que me dio por escribir sobre lo que yo oía al otro lado de mi puerta, lo que oía de la niña de doce o trece años que todos los días le narraba a su abuela una historia, una historia simple, y la abuela por lo visto se quedaba dormida o lo que fuera y al día siguiente otra vez la niña le leía a la abuela la novela que le había leído ayer, pero no desde el momento en que la dejó el día anterior, sino que comenzaba a leerla nuevamente otra vez desde ceros, desde el principio, y la niña le leía otra vez el título de la novela, “La más tierna y bella historia jamás contada”, así se llamaba, y le leía a la abuela el nombre del autor, extranjero, en inglés o algo así, con uno de esos nombres y apellidos con varias consonantes juntas, impronunciables, y le leía las dedicatorias y las notas de edición y comenzaba a leer la novela como si fuera la primera vez en su vida que le leía esa novela a su abuela, leyéndola con ganas emocionadas y pausando con la respiración. A veces me topaba con la abuela en frente de los buzones de correos, situados justo detrás de la vivienda de los porteros, y me saludaba como si nunca me hubiera saludado en su vida y me decía joven que tenga un muy buen día. Cualquiera hubiera dicho que andaba algo despistaba. La abuela tenía la piel muy blanca, casi transparente, extrañamente lisa, y los ojos eran de un color azul cielo indescriptible, no tanto porque no se pueda describir, sino porque no era el típico color azul cielo. A la nieta la vi dos o tres veces y que yo recuerde nunca me saludó, me miraba largo, y con seguridad que nunca supo que yo oía todas sus charlas, desde que ella llegaba del colegio, que sabía cuándo se había ido solita al mercado a comprar media docena de huevos y unas acelgas, algo de cilantro y carne molida, y llegaba de la compra a hacerle una sopa rica a la abuela o cocinarle algo ligerito, y le contaba cómo le había ido en la escuela, de sus amigas y las maestras. Y me puse a escribir de eso, y además que la cosa es anecdótica porque a la vez que yo escribía, oía como su nieta leía el cuento o libro tantas veces leído. Era extraño. Yo escribía en una pesada Olivetti y se oía fuerte cómo cada tecla golpeaba el rodillo. Cómprese un ordenador, así le decía, ordenador, y de esa forma puede trabajar mucho más fácil, me recriminó don Roberto cuando supo que yo escribía en la Olivetti que siempre estuvo en el apartamento que tomé en alquiler. Con el ordenador no hay que corregir nada, me aclaró, tiene hasta diccionario. Yo tomé el apartamento en arriendo, tenía una cama semi doble y la nevera conectada a la toma de luz. Esos eran todos sus muebles y lo más simpático de todo es que lo arrendaban amueblado. Y en una esquina, recostada, una máquina de escribir negra de marca Olivetti. La Olivetti la llamé yo, la Olivetti, sin más, y eso me daba altura intelectual en el grupo de aprendices de escritor, un aprendiz de escritor escribiendo como lo hicieron los grandes novelistas en épocas decimonónicas, martillando las letras. Tiempo después de yo haber tomado en arriendo el apartamento, es que se pasaron al contiguo la abuela y su nieta. Según supe, vivían todos, con los papás de la niña y la abuela en un ático de dos niveles en el último piso y tenían como renta un pequeño apartamento del primero. Ocurrió un accidente o algo así, nunca me enteré de los detalles porque yo no soy muy de esos de preguntar e indagar por los pasillos las desventuras de la gente, y la abuela tuvo que vender el ático de dos niveles con vistas y pasarse con la nieta al pequeño del primer piso, que era como el mío, de una sola habitación y con paredes que parecían de cartón porque se oía todo lo que se decía. Don Roberto era bueno en sus clases. La técnica narrativa la aprendimos al dedillo y no peco de falta de modestia si digo como lo digo que fui su alumno mas aventajado. O al menos, eso parecía. Me acuerdo bien de dos máximas suyas. Una era la del diez. Seto de explicar todo con diapositivas y fotos, nos sacaba un mapa de España en donde estaban anotados con puntos rojos todos los pueblos, caseríos, ciudades y veredas en donde ofrecen concursos de cuentos. Y la verdad digo si afirmo que de tantos puntos rojos que había, no se alcanzaba a leer con claridad los nombres de las ciudades o los pueblos, o los ríos y las cordilleras, y menos aún seguirse los bordes del mapa. El mapa, prácticamente, era una mancha roja. En todas partes había concursos. Y no pagan poco, nos emocionaba. El ayuntamiento tacaño pagaba cuatrocientos euros por cuento ganador, y los generosos llegaban a dar hasta tres mil. Con dos pequeños y un grande al mes, decía pretencioso, uno puede pasar la vida lo más de agradable. Pero ojo, aclaraba, hay que maximizar los resultados. No sólo había concursos de cuentos, sino también de poesía, de ensayo y de novela, pero don Roberto se empecinaba en decir que si te pagan tres mil euros por cinco páginas de un cuento, la lógica matemática indica que si escribes una novela de quinientas páginas, deberán pagarte trescientos mil euros. Y eso no pasa. Escribir novelas no rinde, concluía. Y por eso es que en el taller de creación literaria toda la fuerza la teníamos en los cuentos que estábamos escribiendo. Un alumno al que don Roberto llamaba Cabrerita se retiró del curso porque estaba empeñado en escribir una novela, y don Roberto se empecinó en que escribiera un cuento, y Cabrerita terco como una mula a decir que él estaba ahí para aprender a ser novelista, y no cuentero como los cuenteros de la calle, de esos que cuentan historias como los juglares, hasta que un día que estaba don Roberto con la bronca rebotada puso a Cabrerita de patitas en la calle y nunca supimos más de él. Aquí se hace lo que yo digo, dijo otra vez en que estaba con la bronca rebotada. Es que era empecinado en sus cosas, don Roberto. Hay que escribir sobre lo que tenemos a la mano, sobre nuestra vida, lo que conocemos, lo que sentimos y palpamos, de lo que oímos y olemos, lo que hicimos ayer o vimos que alguien hizo ayer o sobre lo que nos contaron que alguien hizo algo ayer, y no inventar cosas que desconocemos. O usted, Cortazitar, se va a poner de Harry Potter, se va a poner a imaginar castillos imposibles con duendes inexistentes. No, decía don Roberto, sin esperar respuesta o comentario. Pise tierra, jovencito, me decía, pise tierra y aterrice. Y hablaba de cómo las grandes obras literarias de la historia no son más que autobiografías de sus autores, hablando por encima de todas y cada una de ellas, así como de las vidas y aventuras de quienes las habían escrito, y no había lugar a dudas. Todo era cosas vividas. Hay que hablar de lo que sabe uno, de lo que conoce, de lo que ha vivido, repetía en todo momento, porque uno no puede ponerse a inventar cosas. O usted, Lezamita, increpaba a un muchacho que sólo duró como alumno del taller lo que se tarda de ir del cine Luminarias a la cancha de fútbol del colegio Leoncios, nada, media hora, o hasta un poquito más. Lezamita, le decía, usted va escribir de marcianos cuando en toda su vida ha visto a un solo marciano. El muchacho a quien don Roberto había apodado Lezamita, en ilusión tal vez a Lezama Lima, le dijo que le parecía inconcebible que alguien no crea en los marcianos cuando ya medio mundo habla de los marcianos como algo real y tangible. Le contestó eso a don Roberto, franqueó la puerta haciendo bocas y no volvió más a clase. Era contestatario, el tal Lezamita. Yo pensaba mucho en todo eso que nos decía don Roberto, en lo de contar sólo sobre lo que uno sabe, lo del mundo de uno, lo propio, y tal vez por eso es que me dio por escribir sobre lo que yo oía al otro lado de mi puerta, lo que oía de la niña de doce o trece años que todos los días le narraba a su abuela una historia, una historia simple, y la abuela por lo visto se quedaba dormida o lo que fuera y al día siguiente otra vez la niña le leía a la abuela la novela que le había leído ayer, pero no desde el momento en que la dejó el día anterior, sino que comenzaba a leerla nuevamente otra vez desde ceros, desde el principio, y la niña le leía otra vez el título de la novela, “La más tierna y bella historia jamás contada”, así se llamaba, y le leía a la abuela el nombre del autor, extranjero, en inglés o algo así, con uno de esos nombres y apellidos con varias consonantes juntas, impronunciables, y le leía las dedicatorias y las notas de edición y comenzaba a leer la novela como si fuera la primera vez en su vida que le leía esa novela a su abuela, leyéndola con ganas emocionadas y pausando con la respiración. A veces me topaba con la abuela en frente de los buzones de correos, situados justo detrás de la vivienda de los porteros, y me saludaba como si nunca me hubiera saludado en su vida y me decía joven que tenga un muy buen día. Cualquiera hubiera dicho que andaba algo despistaba. La abuela tenía la piel muy blanca, casi transparente, extrañamente lisa, y los ojos eran de un color azul cielo indescriptible, no tanto porque no se pueda describir, sino porque no era el típico color azul cielo. A la nieta la vi dos o tres veces y que yo recuerde nunca me saludó, me miraba largo, y con seguridad que nunca supo que yo oía todas sus charlas, desde que ella llegaba del colegio, que sabía cuándo se había ido solita al mercado a comprar media docena de huevos y unas acelgas, algo de cilantro y carne molida, y llegaba de la compra a hacerle una sopa rica a la abuela o cocinarle algo ligerito, y le contaba cómo le había ido en la escuela, de sus amigas y las maestras. Y me puse a escribir de eso, y además que la cosa es anecdótica porque a la vez que yo escribía, oía como su nieta leía el cuento o libro tantas veces leído. Era extraño. Yo escribía en una pesada Olivetti y se oía fuerte cómo cada tecla golpeaba el rodillo. Cómprese un ordenador, así le decía, ordenador, y de esa forma puede trabajar mucho más fácil, me recriminó don Roberto cuando supo que yo escribía en la Olivetti que siempre estuvo en el apartamento que tomé en alquiler. Con el ordenador no hay que corregir nada, me aclaró, tiene hasta diccionario. Yo tomé el apartamento en arriendo, tenía una cama semi doble y la nevera conectada a la toma de luz. Esos eran todos sus muebles y lo más simpático de todo es que lo arrendaban amueblado. Y en una esquina, recostada, una máquina de escribir negra de marca Olivetti. La Olivetti la llamé yo, la Olivetti, sin más, y eso me daba altura intelectual en el grupo de aprendices de escritor, un aprendiz de escritor escribiendo como lo hicieron los grandes novelistas en épocas decimonónicas, martillando las letras. Tiempo después de yo haber tomado en arriendo el apartamento, es que se pasaron al contiguo la abuela y su nieta. Según supe, vivían todos, con los papás de la niña y la abuela en un ático de dos niveles en el último piso y tenían como renta un pequeño apartamento del primero. Ocurrió un accidente o algo así, nunca me enteré de los detalles porque yo no soy muy de esos de preguntar e indagar por los pasillos las desventuras de la gente, y la abuela tuvo que vender el ático de dos niveles con vistas y pasarse con la nieta al pequeño del primer piso, que era como el mío, de una sola habitación y con paredes que parecían de cartón porque se oía todo lo que se decía. Don Roberto era bueno en sus clases. La técnica narrativa la aprendimos al dedillo y no peco de falta de modestia si digo como lo digo que fui su alumno mas aventajado. O al menos, eso parecía. Me acuerdo bien de dos máximas suyas. Una era la del diez. Se debe escribir a diario diez, no nueve ni once, menos aún ocho o doce. Se debe escribir diez y esa va a ser la meta del día. Diez qué, don Roberto, le preguntábamos inquietos. Diez palabras, diez líneas, diez párrafos. Diez páginas no, aprendices de escritor, porque ya dijimos que lo de la novela no es lo nuestro, nos advertía don Roberto. Entonces, si siempre escribimos diez de algo, decía, mantenemos siempre nuestra mente en permanente reto para escribir esos diez algos. Esa era la regla del diez y la verdad que nunca, en mi efímera vida de escritor, nunca la puse en práctica. Estaba más pendiente de escribir sólo diez lo que fuera, que de oír las conversaciones de la nieta y su abuela, o de intentar seguir la trama de la novela que le leía todas las noches, bueno, del comienzo de la novela que le leía, la que se titulaba “La más tierna y bella historia jamás contada”. La segunda máxima de don Roberto es la que él llamaba la del boquete abierto. Es muy simple de explicar: cuando se escribe y se da por terminada la tarea diaria, hay que dejar siempre la línea inacabada, el párrafo apenas comenzado, la idea meramente esbozada. Así, al día siguiente, todo es cosa de seguir lo ya comenzado. Es mucho más fácil de comenzar algo que ya está comenzado, nos decía, y ponía como ejemplo la gente que carga a sus espaldas bultos de arena, pesada. Si le damos un bulto de una, sin preámbulos, seguramente el carguero se resbala y cae, por el peso súbito del bulto, aclaraba en sus palabras. Sin embargo, concluía, si el carguero ya lleva el bulto a sus espaldas, no caerá. Igual escribiendo, sentenciaba, debemos comenzar a escribir, cuando el trabajo ya está comenzado, comenzado en la jornada anterior, entendemos. No entendíamos el razonamiento, y sin embargo le decíamos lo más de corteses, fácil de entender, don Roberto, fácil de entender, pero imposible de poner en práctica, y él nos advertía sabiamente que si no seguíamos las máximas dictadas, jamás llegaríamos a ser considerados como escritores. Aprendices de escritor per secula seculorum, nos decía en tono de burla. Yo escribía cuatro o cinco horas al día, juiciosamente, pendiente de lo que se decía o se dejaba de decir en el apartamento contiguo. Y era la misma rutina circular. Y con la crítica implacable y permanente de don Roberto llegué a terminar el cuento de la nieta que siempre le lee a la abuela el mismo comienzo de novela, porque parece que la abuela no está muy bien de la cabeza y como que se le olvidan las cosas. Carlos Arranz, al que don Roberto le decía Bioicito, terminó un perfecto cuento de siete páginas en el que se narra maravillosamente el robo hecho por unos gamincitos en la sacristía de una iglesia. Los gamines en el fondo eran buenos y en mitad del robo se van arrepintiendo de sus fechorías, y a medida que van caminando de salida, ya hacia la puerta, después del robo, van dejando uno a uno y sin darse cuenta los candelabros y los copones de plata. La narración era impecable, pero dejaba detrás una serie de mensajes ocultos, como si fueran enseñanzas morales. Belaúnde, de quien nunca supe su nombre de pila y a quien don Roberto llamaba Gabito, hizo un cuento de diez páginas justas sobre el ansia de un niño por subir a la cima de una montaña y poder elevar desde ahí una cometa, y todo el drama del cuento, que era dramático, es que el papá del niño no podía subir a ver a su hijo elevar la cometa, al verse postrado en una silla de ruedas. Con espejos que instalaba la gente del pueblo en las montañas, haciendo reflejar las imágenes, el papá, desde la plaza del pueblo, podía ver a su hijo elevar la cometa desde la ya conocida cima de la montaña. El cuento era lento y al niño se le llegaba a conocer de verdad. Y mi cuento, por supuesto. Terminé “La historia circular”, pero don Roberto se quedó con mi ejemplar y me dijo que aún le faltaban muchos detalles, que es como dar por terminado un vehículo en la fábrica, cuando aún le quedan faltando todos los tornillos. Y me instó a comenzar otra nueva historia, diferente, que eso de las niñas con las abuelas están tan vistas como las películas de vaqueros. Estoy mamado, nos dijo un día cualquiera Jorge Andrés Andrade, el que don Roberto llamaba Borgesitos. No se dan cuenta que el tal don Roberto nos está explotando, a que escribamos y no mostremos, que no se puede mostrar, que los otros no pueden ver sino hasta que sea perfecto. Jorge Andrés nunca volvió a clase y yo nunca lo volví a ver. Me puse de terco y logré rescribir mi cuento en la vieja Olivetti, casi idéntico al que don Roberto guardó en los cajones de su escritorio. Le saqué cuatro copias y lo envié para un concurso de cuentos en Oviedo, al norte de España. Dos mil euros por cinco páginas. No era mal comienzo en mi vida literaria. Don Roberto Belano ganó el concurso de cuentos de Oviedo con un relato titulado “La más tierna y bella historia jamás contada”. Se habló por esos días de su estructura, y don Roberto contestó en la prensa una vez, que para escribir ese cuento siempre tuvo presente dos máximas, la del diez y la del boquete abierto. Preguntado por cómo era eso de la máxima del diez y la máxima del boquete abierto, don Roberto explicó al periodista con lujo de detalles y con dibujitos que salieron en fotos en la misma prensa, cómo es que era. Nunca fui rencoroso. El título de don Roberto era mucho mejor que el mío. Tenía, en sus propias palabras, mucho mas agarre. LAS MENTIRAS DE LA GENTE - Lo que más me emberraca del español, o lo que más me molesta, me irrita, para usar palabras más suaves, es que, como bien dijo Borges, es el único elemento sobre la tierra que tiene el aplomo de quien ignora la duda. Le dije eso, y crucé la pierna. El guache me miró con cara de no entender que esa fuera una respuesta a una pregunta tan simple como que le diga por favor si me gusta España, y que qué opino de los españoles. Me miró perplejo con la esperanza de que yo fuese más claro, ignorante, como parecía serlo, de Borges, e incapaz de entender que el español es un ser que nace, se reproduce y muere, sin dudar nunca de nada. - Pues a mí si me gusta, me dijo como respu debe escribir a diario diez, no nueve ni once, menos aún ocho o doce. Se debe escribir diez y esa va a ser la meta del día. Diez qué, don Roberto, le preguntábamos inquietos. Diez palabras, diez líneas, diez párrafos. Diez páginas no, aprendices de escritor, porque ya dijimos que lo de la novela no es lo nuestro, nos advertía don Roberto. Entonces, si siempre escribimos diez de algo, decía, mantenemos siempre nuestra mente en permanente reto para escribir esos diez algos. Esa era la regla del diez y la verdad que nunca, en mi efímera vida de escritor, nunca la puse en práctica. Estaba más pendiente de escribir sólo diez lo que fuera, que de oír las conversaciones de la nieta y su abuela, o de intentar seguir la trama de la novela que le leía todas las noches, bueno, del comienzo de la novela que le leía, la que se titulaba “La más tierna y bella historia jamás contada”. La segunda máxima de don Roberto es la que él llamaba la del boquete abierto. Es muy simple de explicar: cuando se escribe y se da por terminada la tarea diaria, hay que dejar siempre la línea inacabada, el párrafo apenas comenzado, la idea meramente esbozada. Así, al día siguiente, todo es cosa de seguir lo ya comenzado. Es mucho más fácil de comenzar algo que ya está comenzado, nos decía, y ponía como ejemplo la gente que carga a sus espaldas bultos de arena, pesada. Si le damos un bulto de una, sin preámbulos, seguramente el carguero se resbala y cae, por el peso súbito del bulto, aclaraba en sus palabras. Sin embargo, concluía, si el carguero ya lleva el bulto a sus espaldas, no caerá. Igual escribiendo, sentenciaba, debemos comenzar a escribir, cuando el trabajo ya está comenzado, comenzado en la jornada anterior, entendemos. No entendíamos el razonamiento, y sin embargo le decíamos lo más de corteses, fácil de entender, don Roberto, fácil de entender, pero imposible de poner en práctica, y él nos advertía sabiamente que si no seguíamos las máximas dictadas, jamás llegaríamos a ser considerados como escritores. Aprendices de escritor per secula seculorum, nos decía en tono de burla. Yo escribía cuatro o cinco horas al día, juiciosamente, pendiente de lo que se decía o se dejaba de decir en el apartamento contiguo. Y era la misma rutina circular. Y con la crítica implacable y permanente de don Roberto llegué a terminar el cuento de la nieta que siempre le lee a la abuela el mismo comienzo de novela, porque parece que la abuela no está muy bien de la cabeza y como que se le olvidan las cosas. Carlos Arranz, al que don Roberto le decía Bioicito, terminó un perfecto cuento de siete páginas en el que se narra maravillosamente el robo hecho por unos gamincitos en la sacristía de una iglesia. Los gamines en el fondo eran buenos y en mitad del robo se van arrepintiendo de sus fechorías, y a medida que van caminando de salida, ya hacia la puerta, después del robo, van dejando uno a uno y sin darse cuenta los candelabros y los copones de plata. La narración era impecable, pero dejaba detrás una serie de mensajes ocultos, como si fueran enseñanzas morales. Belaúnde, de quien nunca supe su nombre de pila y a quien don Roberto llamaba Gabito, hizo un cuento de diez páginas justas sobre el ansia de un niño por subir a la cima de una montaña y poder elevar desde ahí una cometa, y todo el drama del cuento, que era dramático, es que el papá del niño no podía subir a ver a su hijo elevar la cometa, al verse postrado en una silla de ruedas. Con espejos que instalaba la gente del pueblo en las montañas, haciendo reflejar las imágenes, el papá, desde la plaza del pueblo, podía ver a su hijo elevar la cometa desde la ya conocida cima de la montaña. El cuento era lento y al niño se le llegaba a conocer de verdad. Y mi cuento, por supuesto. Terminé “La historia circular”, pero don Roberto se quedó con mi ejemplar y me dijo que aún le faltaban muchos detalles, que es como dar por terminado un vehículo en la fábrica, cuando aún le quedan faltando todos los tornillos. Y me instó a comenzar otra nueva historia, diferente, que eso de las niñas con las abuelas están tan vistas como las películas de vaqueros. Estoy mamado, nos dijo un día cualquiera Jorge Andrés Andrade, el que don Roberto llamaba Borgesitos. No se dan cuenta que el tal don Roberto nos está explotando, a que escribamos y no mostremos, que no se puede mostrar, que los otros no pueden ver sino hasta que sea perfecto. Jorge Andrés nunca volvió a clase y yo nunca lo volví a ver. Me puse de terco y logré rescribir mi cuento en la vieja Olivetti, casi idéntico al que don Roberto guardó en los cajones de su escritorio. Le saqué cuatro copias y lo envié para un concurso de cuentos en Oviedo, al norte de España. Dos mil euros por cinco páginas. No era mal comienzo en mi vida literaria. Don Roberto Belano ganó el concurso de cuentos de Oviedo con un relato titulado “La más tierna y bella historia jamás contada”. Se habló por esos días de su estructura, y don Roberto contestó en la prensa una vez, que para escribir ese cuento siempre tuvo presente dos máximas, la del diez y la del boquete abierto. Preguntado por cómo era eso de la máxima del diez y la máxima del boquete abierto, don Roberto explicó al periodista con lujo de detalles y con dibujitos que salieron en fotos en la misma prensa, cómo es que era. Nunca fui rencoroso. El título de don Roberto era mucho mejor que el mío. Tenía, en sus propias palabras, mucho mas agarre. LAS MENTIRAS DE LA GENTE - Lo que más me emberraca del español, o lo que más me molesta, me irrita, para usar palabras más suaves, es que, como bien dijo Borges, es el único elemento sobre la tierra que tiene el aplomo de quien ignora la duda. Le dije eso, y crucé la pierna. El guache me miró con cara de no entender que esa fuera una respuesta a una pregunta tan simple como que le diga por favor si me gusta España, y que qué opino de los españoles. Me miró perplejo con la esperanza de que yo fuese más claro, ignorante, como parecía serlo, de Borges, e incapaz de entender que el español es un ser que nace, se reproduce y muere, sin dudar nunca de nada. - Pues a mí si me gusta, me dijo como respuesta a todo, y dentro de todo lo mal, aquí se está lo mejorcito. Tomé un nuevo sorbo de mi cerveza, e interesado en el personaje que tenía en frente, le pregunté sin tapujos que por qué te viniste a España, ala. - Pues va a ser como contarle mi vida, doctor, me respondió, porque a mi me dio por el cuento de emigrar ya va a ser de eso unos diez años, o hasta más, y lo primero que me dio es pues irme a Estados Unidos, lógico, ¿no, doctor? Uno consigue su visado de turismo, y se queda a trabajar allá. Así de fácil. Llevan hablando cinco minutos. El doctor Andrade, abogado y escritor, ha visto una mesa circular ocupada por sólo una persona. Está en la Plaza Mayor de Madrid y todas las mesas están llenas. Gentilmente solicita autorización para ocupar un puesto dentro de la mesa y desde que se sienta aparecen las distancias. El uno tutea, y el otro trata de usted. El que trata de usted se dirige al otro como doctor. - Lo primero fue sacar la visa americana, y usted doctor debe saber cómo es eso. Hay que hacer cola desde la noche anterior, y la cola da vueltas en espiral alrededor de la embajada, y sólo los cincuenta primeros son atendidos. El doctor Andrade recordó las colas dentro de su país, colas para todo, colas en los bancos y en las jefaturas de policía, colas eternas, y donde se encuentra uno con cincuenta mil mujeres preñadas vendiendo por dos céntimos, cafés con leche, empanadas de pollo y cigarrillos prendidos, para corroborar en presencia viva aquel dato que siempre se niega, según el cual siete de cada diez habitantes de su gran país se dedica, cuando puede, si es que puede, a venderle a los otros tres, cafés con leche, empanadas de pollo y cigarrillos prendidos, ya no en locales con luz, sino en plena calle, con luz del día. Recordó el doctor Andrade las colas en la embajada americana, con gran cantidad de gente, esperando como él para pedir una visa y trabajar quién sabe en qué tipo de actividades ilícitas, ilegales e inmorales, que con seguridad no van a dignificar el buen nombre de la patria. Y mira siempre a uno y a otro de sus compañeros de fila, tan indios como el que tiene en frente y que le está contando de su vida, a la espera de que comience la fiesta patria en la Plaza Mayor de Madrid. y se decía ese de allá en la cola, el de la derecha, el que empuja a la señora como si le estuviera sacando la billetera, ese va de contrabandista, y este que está atrás mío seguro que va a ajustar cuentas, y el bajito de allá, al que se le ve el ombligo, está seguro que ese sí va a camellar, honradamente, sin caer en cuenta que camellar, allá en Colombia, es trabajar, trabajar en cosas normales, cuando en otras tierras camellar es transportar y vender droga. - Pues lo de la visa fue complicado, doctor, continuaba el señor explicando, y el doctor Andrade entendió perfectamente bien por qué lo de la visa es tan complicado para esa gente. No entienden, por brutos, que es necesario comprar una tarjeta telefónica para hacer una llamada, donde informan cuáles son los requisitos y exigencias para conceder una visa. Así de simple es, y la gente no entiende. Y toda la cola y las largas esperas son para eso. Para pagar noventa y nueve dólares, en dólares y no en devaluados pesos, y que te entreguen la tarjeta telefónica, junto a un papelito donde está anotado el número al cual es necesario llamar. Se paga siempre con un billete de cien. El empleado hace entrega de la tarjeta telefónica con el pequeño papelito, sin dar la vuelta de un dólar. Sólo los arrastrados esperan a que les devuelva el dólar. Hay que llamar y en inglés apenas entienden un poco de cosas, creyendo al final comprender que se tiene cita para obtener la visa el día cuatro de julio del año dos mil once. Siempre dudan que eleven sea once. - Como todos, doctor, con un poco de dinero, otro poco de palancas, enchufes se llaman aquí en España, conseguí con conocidos de aquí y allá, cita especial con el vice cónsul segundo delegado, para el día siguiente a las diez de la mañana. Que vaya bien vestido, siempre alertan. La visa fue negada en forma inmediata por el mismo empleado que decía no saber nada de ningún amigo recomendado, aunque al menos tuvo la educación de decir en español que la visa me había sido negada. Sin embargo, tras muchas llamadas y varios dineros de más, me fue devuelto el pasaporte con el visado para entrar, por diez días, en viaje de estricto turismo a los Estados Unidos. Los pobres también podemos conocer al Pato Donald, doctor. Como andaba de turista por Madrid por esos días el doctor Andrade, aprovechó para hacer unas vueltas en el consulado y, con el solo hecho de acercarse, a pocas calles, ya sintió su país. Y olía. El consulado parecía un restaurante típico de su tierra. De un vehículo aparcado junto a la puerta de entrada, salen misteriosamente todo tipo de empanadas, platos típicos, y pasteles con arequipe, junto con gaseosas importadas, Manzana Postobón y Colombiana la nuestra, y la Pony Malta a temperatura ambiente. De otro vehículo se desprende un cable que roba energía del tendido eléctrico para alimentar una fotocopiadora, mientras que en una esquina han instalado un laboratorio fotográfico, consistente en una tela soportada en un bastidor que hace las veces de fondo azul, así como una máquina Polaroid que saca en un dos por tres, fotos de tres por cuatro. - Y tuve muy buen viaje-, le dijo su compatriota, y sacándolo de sus pensamientos el doctor Andrade recordó esos vuelos de tres horas a Miami, él habrá hecho mil en su vida, vuelos sin contratiempos, donde esas gentes de visas enredadas piden cocacola cada dos segundos y preguntan a la azafata que a qué altura estamos, señorita. Nunca han montado en avión, y hacen lo necesario para que no se note que nunca han montado en avión, así que, cuando en las señales luminosas indican que es necesario colocarse el cinturón de seguridad, ellos no se lo ponen. Y cuando aterriza el avión, tienen la atrevimiento de aplaudir. En la cola de inmigración, según el relato, lo atendió muy cortésmente, y en español, un funcionario alto con la cara grisácea, en un español ya olvidado o recién aprendido, y le preguntó, como si estuviese interesado en su vida, que qué estaba haciendo ahí, en ese país. Que iba de turismo, respondió. A conocer. Nunca le dijo de planes de quedarse a trabajar. Tomé un nuevo sorbo de mi cerveza, e interesado en el personaje que tenía en frente, le pregunté sin tapujos que por qué te viniste a España, ala. - Pues va a ser como contarle mi vida, doctor, me respondió, porque a mi me dio por el cuento de emigrar ya va a ser de eso unos diez años, o hasta más, y lo primero que me dio es pues irme a Estados Unidos, lógico, ¿no, doctor? Uno consigue su visado de turismo, y se queda a trabajar allá. Así de fácil. Llevan hablando cinco minutos. El doctor Andrade, abogado y escritor, ha visto una mesa circular ocupada por sólo una persona. Está en la Plaza Mayor de Madrid y todas las mesas están llenas. Gentilmente solicita autorización para ocupar un puesto dentro de la mesa y desde que se sienta aparecen las distancias. El uno tutea, y el otro trata de usted. El que trata de usted se dirige al otro como doctor. - Lo primero fue sacar la visa americana, y usted doctor debe saber cómo es eso. Hay que hacer cola desde la noche anterior, y la cola da vueltas en espiral alrededor de la embajada, y sólo los cincuenta primeros son atendidos. El doctor Andrade recordó las colas dentro de su país, colas para todo, colas en los bancos y en las jefaturas de policía, colas eternas, y donde se encuentra uno con cincuenta mil mujeres preñadas vendiendo por dos céntimos, cafés con leche, empanadas de pollo y cigarrillos prendidos, para corroborar en presencia viva aquel dato que siempre se niega, según el cual siete de cada diez habitantes de su gran país se dedica, cuando puede, si es que puede, a venderle a los otros tres, cafés con leche, empanadas de pollo y cigarrillos prendidos, ya no en locales con luz, sino en plena calle, con luz del día. Recordó el doctor Andrade las colas en la embajada americana, con gran cantidad de gente, esperando como él para pedir una visa y trabajar quién sabe en qué tipo de actividades ilícitas, ilegales e inmorales, que con seguridad no van a dignificar el buen nombre de la patria. Y mira siempre a uno y a otro de sus compañeros de fila, tan indios como el que tiene en frente y que le está contando de su vida, a la espera de que comience la fiesta patria en la Plaza Mayor de Madrid. y se decía ese de allá en la cola, el de la derecha, el que empuja a la señora como si le estuviera sacando la billetera, ese va de contrabandista, y este que está atrás mío seguro que va a ajustar cuentas, y el bajito de allá, al que se le ve el ombligo, está seguro que ese sí va a camellar, honradamente, sin caer en cuenta que camellar, allá en Colombia, es trabajar, trabajar en cosas normales, cuando en otras tierras camellar es transportar y vender droga. - Pues lo de la visa fue complicado, doctor, continuaba el señor explicando, y el doctor Andrade entendió perfectamente bien por qué lo de la visa es tan complicado para esa gente. No entienden, por brutos, que es necesario comprar una tarjeta telefónica para hacer una llamada, donde informan cuáles son los requisitos y exigencias para conceder una visa. Así de simple es, y la gente no entiende. Y toda la cola y las largas esperas son para eso. Para pagar noventa y nueve dólares, en dólares y no en devaluados pesos, y que te entreguen la tarjeta telefónica, junto a un papelito donde está anotado el número al cual es necesario llamar. Se paga siempre con un billete de cien. El empleado hace entrega de la tarjeta telefónica con el pequeño papelito, sin dar la vuelta de un dólar. Sólo los arrastrados esperan a que les devuelva el dólar. Hay que llamar y en inglés apenas entienden un poco de cosas, creyendo al final comprender que se tiene cita para obtener la visa el día cuatro de julio del año dos mil once. Siempre dudan que eleven sea once. - Como todos, doctor, con un poco de dinero, otro poco de palancas, enchufes se llaman aquí en España, conseguí con conocidos de aquí y allá, cita especial con el vice cónsul segundo delegado, para el día siguiente a las diez de la mañana. Que vaya bien vestido, siempre alertan. La visa fue negada en forma inmediata por el mismo empleado que decía no saber nada de ningún amigo recomendado, aunque al menos tuvo la educación de decir en español que la visa me había sido negada. Sin embargo, tras muchas llamadas y varios dineros de más, me fue devuelto el pasaporte con el visado para entrar, por diez días, en viaje de estricto turismo a los Estados Unidos. Los pobres también podemos conocer al Pato Donald, doctor. Como andaba de turista por Madrid por esos días el doctor Andrade, aprovechó para hacer unas vueltas en el consulado y, con el solo hecho de acercarse, a pocas calles, ya sintió su país. Y olía. El consulado parecía un restaurante típico de su tierra. De un vehículo aparcado junto a la puerta de entrada, salen misteriosamente todo tipo de empanadas, platos típicos, y pasteles con arequipe, junto con gaseosas importadas, Manzana Postobón y Colombiana la nuestra, y la Pony Malta a temperatura ambiente. De otro vehículo se desprende un cable que roba energía del tendido eléctrico para alimentar una fotocopiadora, mientras que en una esquina han instalado un laboratorio fotográfico, consistente en una tela soportada en un bastidor que hace las veces de fondo azul, así como una máquina Polaroid que saca en un dos por tres, fotos de tres por cuatro. - Y tuve muy buen viaje-, le dijo su compatriota, y sacándolo de sus pensamientos el doctor Andrade recordó esos vuelos de tres horas a Miami, él habrá hecho mil en su vida, vuelos sin contratiempos, donde esas gentes de visas enredadas piden cocacola cada dos segundos y preguntan a la azafata que a qué altura estamos, señorita. Nunca han montado en avión, y hacen lo necesario para que no se note que nunca han montado en avión, así que, cuando en las señales luminosas indican que es necesario colocarse el cinturón de seguridad, ellos no se lo ponen. Y cuando aterriza el avión, tienen la atrevimiento de aplaudir. En la cola de inmigración, según el relato, lo atendió muy cortésmente, y en español, un funcionario alto con la cara grisácea, en un español ya olvidado o recién aprendido, y le preguntó, como si estuviese interesado en su vida, que qué estaba haciendo ahí, en ese país. Que iba de turismo, respondió. A conocer. Nunca le dijo de planes de quedarse a trabajar. - Yeah, fue todo lo que dijo el funcionario como respuesta, sin mirarlo y mirando su pasaporte. Lo analizó por todos los lados, por delante y por detrás, separando las costuras, despegando la foto, mirándolo al trasluz, colocando el pasaporte cerca de su boca, echándole su aire caliente a la firma, todo para verificar si es auténtico, si es de verdad, a ver si es original, le dicen, en inglés por primera vez, original, donde la ge suena como ye, es que no imagina de todo lo capaz que puede ser gente, le dicen para justificar sus acciones, sin entenderse bien la construcción de la frase. Le dijo, igual de atento como siempre, que si por favor vería pasar a un little cuartito allá al fondo, para analizando unos datos, solo just un segundo, con cortesía. Entendió lo que le decía o lo que quería decirle, a pesar de estar dicho en un español complicado de seguir, así que siguió dócilmente a una funcionaria, que se acercó, muy gorda, vestida con uniforme de lona azul que la hacía ver más gorda aún, quien con su pasaporte en la mano, levantado encima de su cabeza, lo guía para no perderse, tal como guían en los museos y en los estadios de fútbol a los turistas. Lo hacen entrar a un cuarto, prosigue el interesante relato. Cierran la puerta y queda solo, y oye que automáticamente se ajusta la cerradura. Mira donde está. Es un espacio pequeño, que en vez de las paredes laterales, tiene vidrios que van del piso al techo. Al lado del cuarto hay otro igual que el suyo, vale decir, sin paredes a los lados, pero con vidrios que comunican a nuevos espacios, dentro de una gran cadena de cuartos y cuartos sin paredes, pero con vidrios. Vidrios que no dejan ver con claridad, ahumados por partes, y por otras limpios, transparentes. Que se pueda ver, sin ver. Dice que es una larga fila de cuartos. - Al cabo de pocos segundos, le comenta al doctor Andrade con vivo interés y cada vez más agitado, irritado, llegó un agente que abre la puerta con una llave especial, y sin mirar siquiera, deja en mitad de la habitación mi maleta, abierta, mi maleta de viaje que me habían indicado no recogerla, cuando me sugirieron entrar al cuarto. El agente salió del cuarto sin decir nada. En el cuarto contiguo, logré ver entre los vidrios ahumados y los transparentes a un par de ancianos que miran sin chistar, dejados, cómo su pasta dentífrica es desocupada sobre el poco de cosas que permanecen en su lugar dentro de la maleta. - Hasta que siento que me llega el turno, prosigue, y que ya me podré ir, cuando oigo que insertan una llave en la cerradura. Pienso con placer que ya estarán verificados mis datos, ya estará constatada su autencidad, y ya se habrán dado cuenta que todos mis documentos son originales. Entran dos agentes, uniformados. Uno deja ver claro, en un bolsillo de la camisa, mi pasaporte. El parroquiano que habla con el doctor Andrade, dice no entender absolutamente nada de lo que dicen, y solo oye al agente que tiene su pasaporte en el bolsillo, dirigirse a él y decirle muchas cosas en un inglés trepidante. Los mira y les dice en su inglés, en su triste y pobre inglés, que no les entiende, a hacerles caer en cuenta que no sabe hablar muy bien el inglés, solo un poco, haciendo con los dedos índice y pulgar la pantomima de poco. - Veo al agente que tiene mi pasaporte en el bolsillo darle una patada a la maleta, haciendo que gran parte de sus cosas se rieguen por el piso, prosigue con cargada emoción, arqueando su espalda para estar más cerca del doctor Andrade y pueda entender perfectamente bien cada una de sus palabras, buscando complicidades. -Dos pantalones perfectamente planchados, cuatro camisas, y veo aterrado cómo el agente busca inquieto mi bolsa con las cosas de higiene. Escarba en ella, botando al piso el peine y el cepillo de dientes. Toma la crema dentífrica entre sus manos, como un tesoro, desenrosca lentamente su tapa, mientras me pregunta en inglés otra vez algo que no entiendo, pero que creo deducir, porque muy fácilmente las palabras droga y cocaína son pronunciadas. - Entiendo otra vez las palabras droga y cocaína. Pienso que ya voy captando mejor el inglés, que el dominio del idioma inglés mejora, pero no me di cuenta que las palabras que me acaba de decir me las dice prácticamente en español. Personas equivocadas en lugares que no corresponden, pensaba el doctor Andrade mientras oía el relato de su nuevo amigo, y pensó en las razones que le han llevado a estar en este preciso momento sentado alrededor de una mesa y oyendo un cuento raro de un inmigrante que imagina debe ser obrero o mesero. Y haciendo semejanzas, se acordó del aviso que había recibido esa misma semana. El aviso era vistoso. Se lo entregó un muchacho cuando salía de hacer las vueltas en el consulado. Con el aviso, le entregaron una publicidad de una oficina de abogados en donde ofrecen la agilización para la obtención del permiso de residencia, o la nacionalidad española, o la eficaz consecución de antecedentes penales, o la rápida homologación de licencias de conducción, así como adecuada y profesional asesoría jurídica en todo lo referente a la legislación de extranjería. Dobló la publicidad y el papel lleno de colores en ocho partes y lo guardó en el bolsillo de la camisa. Ya en la noche, recostado en la cama de su hotel, desdobló los papeles. Dejó a un lado la propaganda de los abogados, rosada con letras negras, y dedicó su vista al aviso. Era una invitación que formulaba la embajada para celebrar la fiesta nacional del veinte de julio, que conmemora con júbilo eterno y serpentinas tricolores otro nuevo año, aquel feliz momento en que los chapetones dejaron por siempre aquellas tierras americanas invadidas con dolor y bañadas por los océanos Pacífico y Atlántico, después de una cruenta batalla comandada por un tal Bolívar, y se festeja la llegada, al fin, de la libertad. La libertad y la independencia, por supuesto. La fiesta del veinte de julio se celebraba en la Plaza Mayor de Madrid. Lo primero que le impactó es que faltaba menos de una semana para la fiesta. El veinte de julio caía en miércoles, pero la celebración con los compatriotas residentes en Madrid, se haría el sábado veintitrés. Y por último, le sorprendió que la fiesta nacional de un país pudiera celebrarse en la plaza principal de Madrid. En la Plaza Mayor. A las ocho de la noche, era la cita. Era claro que el aviso ya había adoptado la fórmula de decir ocho de la tarde. Tocaban varios grupos de música vallenata. Ojeó su tiquete de vuelta a Colombia, y pensó que podía ir a la celebración del día patrio. Ver inmigrantes y oír historias que le dieran luces para escribir una nueva novela era, finalmente, un buen gancho. El sábado veintitrés de julio llegó temprano y desde las calles aledañas se notaba la fiesta nacm; TEXT-INDENT: 1.25cm; LINE-HEIGHT: 200%" align=justify>- Yeah, fue todo lo que dijo el funcionario como respuesta, sin mirarlo y mirando su pasaporte. Lo analizó por todos los lados, por delante y por detrás, separando las costuras, despegando la foto, mirándolo al trasluz, colocando el pasaporte cerca de su boca, echándole su aire caliente a la firma, todo para verificar si es auténtico, si es de verdad, a ver si es original, le dicen, en inglés por primera vez, original, donde la ge suena como ye, es que no imagina de todo lo capaz que puede ser gente, le dicen para justificar sus acciones, sin entenderse bien la construcción de la frase. Le dijo, igual de atento como siempre, que si por favor vería pasar a un little cuartito allá al fondo, para analizando unos datos, solo just un segundo, con cortesía. Entendió lo que le decía o lo que quería decirle, a pesar de estar dicho en un español complicado de seguir, así que siguió dócilmente a una funcionaria, que se acercó, muy gorda, vestida con uniforme de lona azul que la hacía ver más gorda aún, quien con su pasaporte en la mano, levantado encima de su cabeza, lo guía para no perderse, tal como guían en los museos y en los estadios de fútbol a los turistas. Lo hacen entrar a un cuarto, prosigue el interesante relato. Cierran la puerta y queda solo, y oye que automáticamente se ajusta la cerradura. Mira donde está. Es un espacio pequeño, que en vez de las paredes laterales, tiene vidrios que van del piso al techo. Al lado del cuarto hay otro igual que el suyo, vale decir, sin paredes a los lados, pero con vidrios que comunican a nuevos espacios, dentro de una gran cadena de cuartos y cuartos sin paredes, pero con vidrios. Vidrios que no dejan ver con claridad, ahumados por partes, y por otras limpios, transparentes. Que se pueda ver, sin ver. Dice que es una larga fila de cuartos. - Al cabo de pocos segundos, le comenta al doctor Andrade con vivo interés y cada vez más agitado, irritado, llegó un agente que abre la puerta con una llave especial, y sin mirar siquiera, deja en mitad de la habitación mi maleta, abierta, mi maleta de viaje que me habían indicado no recogerla, cuando me sugirieron entrar al cuarto. El agente salió del cuarto sin decir nada. En el cuarto contiguo, logré ver entre los vidrios ahumados y los transparentes a un par de ancianos que miran sin chistar, dejados, cómo su pasta dentífrica es desocupada sobre el poco de cosas que permanecen en su lugar dentro de la maleta. - Hasta que siento que me llega el turno, prosigue, y que ya me podré ir, cuando oigo que insertan una llave en la cerradura. Pienso con placer que ya estarán verificados mis datos, ya estará constatada su autencidad, y ya se habrán dado cuenta que todos mis documentos son originales. Entran dos agentes, uniformados. Uno deja ver claro, en un bolsillo de la camisa, mi pasaporte. El parroquiano que habla con el doctor Andrade, dice no entender absolutamente nada de lo que dicen, y solo oye al agente que tiene su pasaporte en el bolsillo, dirigirse a él y decirle muchas cosas en un inglés trepidante. Los mira y les dice en su inglés, en su triste y pobre inglés, que no les entiende, a hacerles caer en cuenta que no sabe hablar muy bien el inglés, solo un poco, haciendo con los dedos índice y pulgar la pantomima de poco. - Veo al agente que tiene mi pasaporte en el bolsillo darle una patada a la maleta, haciendo que gran parte de sus cosas se rieguen por el piso, prosigue con cargada emoción, arqueando su espalda para estar más cerca del doctor Andrade y pueda entender perfectamente bien cada una de sus palabras, buscando complicidades. -Dos pantalones perfectamente planchados, cuatro camisas, y veo aterrado cómo el agente busca inquieto mi bolsa con las cosas de higiene. Escarba en ella, botando al piso el peine y el cepillo de dientes. Toma la crema dentífrica entre sus manos, como un tesoro, desenrosca lentamente su tapa, mientras me pregunta en inglés otra vez algo que no entiendo, pero que creo deducir, porque muy fácilmente las palabras droga y cocaína son pronunciadas. - Entiendo otra vez las palabras droga y cocaína. Pienso que ya voy captando mejor el inglés, que el dominio del idioma inglés mejora, pero no me di cuenta que las palabras que me acaba de decir me las dice prácticamente en español. Personas equivocadas en lugares que no corresponden, pensaba el doctor Andrade mientras oía el relato de su nuevo amigo, y pensó en las razones que le han llevado a estar en este preciso momento sentado alrededor de una mesa y oyendo un cuento raro de un inmigrante que imagina debe ser obrero o mesero. Y haciendo semejanzas, se acordó del aviso que había recibido esa misma semana. El aviso era vistoso. Se lo entregó un muchacho cuando salía de hacer las vueltas en el consulado. Con el aviso, le entregaron una publicidad de una oficina de abogados en donde ofrecen la agilización para la obtención del permiso de residencia, o la nacionalidad española, o la eficaz consecución de antecedentes penales, o la rápida homologación de licencias de conducción, así como adecuada y profesional asesoría jurídica en todo lo referente a la legislación de extranjería. Dobló la publicidad y el papel lleno de colores en ocho partes y lo guardó en el bolsillo de la camisa. Ya en la noche, recostado en la cama de su hotel, desdobló los papeles. Dejó a un lado la propaganda de los abogados, rosada con letras negras, y dedicó su vista al aviso. Era una invitación que formulaba la embajada para celebrar la fiesta nacional del veinte de julio, que conmemora con júbilo eterno y serpentinas tricolores otro nuevo año, aquel feliz momento en que los chapetones dejaron por siempre aquellas tierras americanas invadidas con dolor y bañadas por los océanos Pacífico y Atlántico, después de una cruenta batalla comandada por un tal Bolívar, y se festeja la llegada, al fin, de la libertad. La libertad y la independencia, por supuesto. La fiesta del veinte de julio se celebraba en la Plaza Mayor de Madrid. Lo primero que le impactó es que faltaba menos de una semana para la fiesta. El veinte de julio caía en miércoles, pero la celebración con los compatriotas residentes en Madrid, se haría el sábado veintitrés. Y por último, le sorprendió que la fiesta nacional de un país pudiera celebrarse en la plaza principal de Madrid. En la Plaza Mayor. A las ocho de la noche, era la cita. Era claro que el aviso ya había adoptado la fórmula de decir ocho de la tarde. Tocaban varios grupos de música vallenata. Ojeó su tiquete de vuelta a Colombia, y pensó que podía ir a la celebración del día patrio. Ver inmigrantes y oír historias que le dieran luces para escribir una nueva novela era, finalmente, un buen gancho. El sábado veintitrés de julio llegó temprano y desde las calles aledañas se notaba la fiesta nacional. Había banderitas de papel, amarillo ancho, azul y rojo, esparcidas sobre el piso. Recordó, que de pequeño, en el colegio, aprendía de memoria el himno nacional, oh!, Gloria inmarcesible, oh!, júbilo inmortal, en surcos de dolores, el bien germina ya. Se acuerda de haber cantado el himno un millón de veces, de pie, con la mano en el pecho, sosteniendo al corazón, la frente alta, en la izada de bandera del colegio todos los viernes. - En mi pobre inglés, que ya lo siento mejor y con un vocabulario más amplio, más fluido, les informo a los de inmigración, de forma lenta y pausada, a pesar del susto que siento, del terror en los huesos, que solo quiero hacer turismo. I tourist, les dije. - Yeah, me responden, dando a entender que han comprendido perfectamente bien el caso planteado y que tengo toda la razón. Ya podré seguir mi camino. Un tipo tan importante como yo no puede verse inmiscuido en cosas tan triviales como esas. - No hay nada que hacer. Nuevamente me hablan los agentes, ésta vez los dos, y me dicen en forma más calmada, en inglés aún, entendible, que a qué voy a ese país con una visa tan corta. Una visa de diez días. Dicen que no voy de turismo. Que tampoco voy de trabajo. Entonces, ¿a qué voy?, ¿a vender qué? - Entiendo que no me van a entender nada, porque cada vez más me doy cuenta que mi inglés no es inglés, sino una mezcla de palabras en español dichas en desorden, y con acentuación aguda. Y entiendo que es risible por la cara que ponen ellos cuando intento explicar nuevamente que estoy de turismo, sin dinero, sin tarjetas plásticas, sin reserva de hotel, sin bermudas y gorro de golf, pero no entiendo que se rían también cuando escarban en las costuras de la maleta, desgarrando el forro, buscando cosas. - Han acabado. Todas las cosas de la maleta están por el piso. Algunas manchadas con crema dental, y sólo espero que coloquen las cosas en su lugar, se excusen, y me dejen marchar. - No hacen lo que espero que hagan y no creo entender lo que los agentes me están haciendo creer entender, no en forma hablada, porque ahora están hablando en un inglés rapidísimo, sino porque por los gestos que están haciendo, pareciera que me solicitan que me desvista, que me desnude. Que me empelote para ellos. A estas alturas del relato, el doctor Andrade recuerda que él estuvo una vez en Miami, en un show de mujeres que se desnudaban, con música country, y cuando intenta recordar la música, tararearla mentalmente, cae en cuenta que en la Plaza Mayor de Madrid, se están comenzando a oír vallenatos. Sale música vallenata de los parlantes, historias cantadas con acordeón. No toca ningún grupo en vivo y en directo, pero la música es alegre. La calidad no es muy nítida y quien sabe la letra, la sigue con los labios. Salen diez parejas a bailar. O serán once, o doce. Tal vez no tantas. La música copa todo el ambiente y los turistas americanos, europeos, japoneses, sentados alrededor de las mesas, miran extrañados la escena, como si el oír música popular colombiana fuera parte del ritual de esta gran ciudad. Hay muchas mesas, parte de ellas ahora desocupadas. Poco a poco la plaza fue llenada por banderitas tricolores, poco a poco, de tres en tres, y cada vez los turistas extraviados eran menos. Él oía a su gente, oía sus acentos. Pero no intervenía. La música seguía y poco a poco más gente bailaba. La fiesta, poco a poco, parece que se anima. - No hubo tiempo de dudar, doctor, le dijo, y el doctor Andrade dejó de oír la música vallenata para continuar oyendo lo que le parecía un agradable y fantasioso relato. - Nunca en mi vida me había empelotado enfrente de alguien y no tenía la más remota idea de porqué lo estaba haciendo, doctor, eso es algo muy íntimo de uno, ¿o no, doctor? - Simplemente me desnudé con una vergüenza fría y me cubrí tímidamente acá abajo con las palmas de las manos. - Dirigí la mirada al cuarto contiguo, donde antes había visto al par de ancianos, confiando en no ser visto por nadie, y pensé que había transcurrido mucho tiempo porque en ese cuarto contiguo ya no estaban los ancianos. Ahora lo ocupaba una pareja de piel muy oscura, no negra, sino color ceniza. Más oscuritos que yo, doctor. Ellos eran muy jóvenes y estaban acompañados de un niño como de diez años, tal vez un hijo. Ella lloraba y no estaban atentos de lo que estaba ocurriendo en mi cuarto y no me vieron desnudo y desvalido. - Quienes sí me ven son los agentes, que se acercan en forma intimidante, y entre los dos, tocando mi espalda con las palmas de las manos, sin fuerza, solo tocando la espalda y sin decir media palabra, hacen que incline todo mi cuerpo hacia delante, arqueando la espalda, quedando mirándome las rodillas. Como si yo fuera un muñeco de trapo, doctor. - No supe cómo ni cuándo sentí un dolor inmenso en las costillas, o en la nuca, un dolor que duró un segundo, un segundo que me trajo a la mente la sonrisa de labios apretados del padre Juan Antonio, profesor de gimnasia, allá en Aquitania, en el lago de Tota, cuando yo era chiquito, hace un buen número de años. El doctor Andrade intenta visualizar la escena que está oyendo, y mas o menos comprende algo. - Me hicieron erguir nuevamente, doctor, y me ordenaron en un español perfecto, caribeño, que me vistiera. Me ordenaron en mi misma lengua que arreglara las cosas en la maleta y que saliera. Sin acento que indique que no son hispano hablantes, me informan que mi estancia en el país no iba a ser posible, porque si no portaba drogas, tampoco iba de turismo, que no tenía pinta de turista, ¿qué tal, doctor?, y que me montaban en el siguiente avión con destino a Bogotá. Sentí una incomodidad en el ano y entendí que me acababan de hacer una inspección rectal buscando droga y cocaína. No entendí antes porqué no me hablaron en español, en su idioma, sino en ese inglés ininteligible. Tampoco entendí, por qué hasta ahora me hablaban en español, si por lo visto sabían perfectamente, los dos, hablcional. Había banderitas de papel, amarillo ancho, azul y rojo, esparcidas sobre el piso. Recordó, que de pequeño, en el colegio, aprendía de memoria el himno nacional, oh!, Gloria inmarcesible, oh!, júbilo inmortal, en surcos de dolores, el bien germina ya. Se acuerda de haber cantado el himno un millón de veces, de pie, con la mano en el pecho, sosteniendo al corazón, la frente alta, en la izada de bandera del colegio todos los viernes. - En mi pobre inglés, que ya lo siento mejor y con un vocabulario más amplio, más fluido, les informo a los de inmigración, de forma lenta y pausada, a pesar del susto que siento, del terror en los huesos, que solo quiero hacer turismo. I tourist, les dije. - Yeah, me responden, dando a entender que han comprendido perfectamente bien el caso planteado y que tengo toda la razón. Ya podré seguir mi camino. Un tipo tan importante como yo no puede verse inmiscuido en cosas tan triviales como esas. - No hay nada que hacer. Nuevamente me hablan los agentes, ésta vez los dos, y me dicen en forma más calmada, en inglés aún, entendible, que a qué voy a ese país con una visa tan corta. Una visa de diez días. Dicen que no voy de turismo. Que tampoco voy de trabajo. Entonces, ¿a qué voy?, ¿a vender qué? - Entiendo que no me van a entender nada, porque cada vez más me doy cuenta que mi inglés no es inglés, sino una mezcla de palabras en español dichas en desorden, y con acentuación aguda. Y entiendo que es risible por la cara que ponen ellos cuando intento explicar nuevamente que estoy de turismo, sin dinero, sin tarjetas plásticas, sin reserva de hotel, sin bermudas y gorro de golf, pero no entiendo que se rían también cuando escarban en las costuras de la maleta, desgarrando el forro, buscando cosas. - Han acabado. Todas las cosas de la maleta están por el piso. Algunas manchadas con crema dental, y sólo espero que coloquen las cosas en su lugar, se excusen, y me dejen marchar. - No hacen lo que espero que hagan y no creo entender lo que los agentes me están haciendo creer entender, no en forma hablada, porque ahora están hablando en un inglés rapidísimo, sino porque por los gestos que están haciendo, pareciera que me solicitan que me desvista, que me desnude. Que me empelote para ellos. A estas alturas del relato, el doctor Andrade recuerda que él estuvo una vez en Miami, en un show de mujeres que se desnudaban, con música country, y cuando intenta recordar la música, tararearla mentalmente, cae en cuenta que en la Plaza Mayor de Madrid, se están comenzando a oír vallenatos. Sale música vallenata de los parlantes, historias cantadas con acordeón. No toca ningún grupo en vivo y en directo, pero la música es alegre. La calidad no es muy nítida y quien sabe la letra, la sigue con los labios. Salen diez parejas a bailar. O serán once, o doce. Tal vez no tantas. La música copa todo el ambiente y los turistas americanos, europeos, japoneses, sentados alrededor de las mesas, miran extrañados la escena, como si el oír música popular colombiana fuera parte del ritual de esta gran ciudad. Hay muchas mesas, parte de ellas ahora desocupadas. Poco a poco la plaza fue llenada por banderitas tricolores, poco a poco, de tres en tres, y cada vez los turistas extraviados eran menos. Él oía a su gente, oía sus acentos. Pero no intervenía. La música seguía y poco a poco más gente bailaba. La fiesta, poco a poco, parece que se anima. - No hubo tiempo de dudar, doctor, le dijo, y el doctor Andrade dejó de oír la música vallenata para continuar oyendo lo que le parecía un agradable y fantasioso relato. - Nunca en mi vida me había empelotado enfrente de alguien y no tenía la más remota idea de porqué lo estaba haciendo, doctor, eso es algo muy íntimo de uno, ¿o no, doctor? - Simplemente me desnudé con una vergüenza fría y me cubrí tímidamente acá abajo con las palmas de las manos. - Dirigí la mirada al cuarto contiguo, donde antes había visto al par de ancianos, confiando en no ser visto por nadie, y pensé que había transcurrido mucho tiempo porque en ese cuarto contiguo ya no estaban los ancianos. Ahora lo ocupaba una pareja de piel muy oscura, no negra, sino color ceniza. Más oscuritos que yo, doctor. Ellos eran muy jóvenes y estaban acompañados de un niño como de diez años, tal vez un hijo. Ella lloraba y no estaban atentos de lo que estaba ocurriendo en mi cuarto y no me vieron desnudo y desvalido. - Quienes sí me ven son los agentes, que se acercan en forma intimidante, y entre los dos, tocando mi espalda con las palmas de las manos, sin fuerza, solo tocando la espalda y sin decir media palabra, hacen que incline todo mi cuerpo hacia delante, arqueando la espalda, quedando mirándome las rodillas. Como si yo fuera un muñeco de trapo, doctor. - No supe cómo ni cuándo sentí un dolor inmenso en las costillas, o en la nuca, un dolor que duró un segundo, un segundo que me trajo a la mente la sonrisa de labios apretados del padre Juan Antonio, profesor de gimnasia, allá en Aquitania, en el lago de Tota, cuando yo era chiquito, hace un buen número de años. El doctor Andrade intenta visualizar la escena que está oyendo, y mas o menos comprende algo. - Me hicieron erguir nuevamente, doctor, y me ordenaron en un español perfecto, caribeño, que me vistiera. Me ordenaron en mi misma lengua que arreglara las cosas en la maleta y que saliera. Sin acento que indique que no son hispano hablantes, me informan que mi estancia en el país no iba a ser posible, porque si no portaba drogas, tampoco iba de turismo, que no tenía pinta de turista, ¿qué tal, doctor?, y que me montaban en el siguiente avión con destino a Bogotá. Sentí una incomodidad en el ano y entendí que me acababan de hacer una inspección rectal buscando droga y cocaína. No entendí antes porqué no me hablaron en español, en su idioma, sino en ese inglés ininteligible. Tampoco entendí, por qué hasta ahora me hablaban en español, si por lo visto sabían perfectamente, los dos, hablar español. No entendí por qué los agentes me hablaron siempre en inglés, si hablaban, como yo, el español. Creí sentirme ofendido. - Mientras me dice lo de ordenar la maleta, el que tenía el pasaporte en el bolsillo de la camisa se quita un guante de látex que tenía puesto en su mano izquierda, lo bota en una caneca, y me devuelve con una enorme sonrisa el pasaporte. - ¿Ya me puedo ir?, les pregunté como una bola por primera vez en nuestro propio idioma, inocentemente. - Yeah, fue la respuesta. Cuando esté listo, lo acompañamos al avión. - Los agentes salieron, y mientras me vestía, sentí del cuarto contiguo los ojos del niño de piel oscura, no negra, sino ceniza, que me miraban compartiendo todo su dolor. Su profundo dolor en el alma. El doctor Andrade piensa que todo no es más que imaginaciones perversas del individuo que le habla, una lección preaprendida, mentiras y embustes, y cree confirmarlo cuando el sujeto le dice, agitado, que más al fondo, doctor, en otros cuartos como el mío, entre transparencias y opacidades, sin lograr enfocar con claridad la vista, creí ver a unas gentes con capuchas o bolsas de papel cubriéndole las caras. Todos parecían tener plásticos de embalaje y cabuyas que les amarraban por detrás las muñecas. La música vallenata se apagó, en el mismo instante en que el relator espontáneo terminaba su relato, y sólo se oía el murmullo de la gente. Por una media hora dejó de sonar y sólo se veía a una gente discutiendo en la tarima principal. Manoteaban. Por pocos minutos se reanudó la música, un minuto o dos, media canción, apenas un gota de la Gota Fría, y la gente, sorprendentemente, respondió cantando su himno nacional, confundiéndose la breve música de fondo con el cántico popular. Los que antes bailaban retomaron sus parejas. La música se apagó nuevamente y otra vez se juntó un pequeño grupo en la tarima, de los que sobresalían unos disfrazados con unas prendas desconocidas. A los pocos minutos cambió la música. Se apagó el vallenato y comenzó el chotís, un baile madrileño que ha debido ser bailado por virreyes y apostadores. Los que andaban con vestimentas extrañas, comenzaron a bailar, como un ritual medieval, con tres pequeños pasos a la izquierda, tres a la derecha, pasos minúsculos, casi invisibles, como si fuera un juego de niños, una variante de Rayuela, sin ritmo, bailando un chulapo, acompañado de su chulapa, vistiendo trajes decimonónicos, con pañuelos y solapas, clásicos. La gente que aireaba banderas o antes bailaba, no entendía, y comenzó a chiflar, a rechistar, cuando la cosa era demasiado sencilla: No habría fiesta nacional. Poco a poco se iban retirando, hablando mal de todo, quejándose. Miré a mi compañero de mesa, de una edad muy parecida a la mía, con el rostro cansado, sin saber si había dado por terminado su amargo relato. Me levanté, tal como estaban comenzando a hacer mis compatriotas en las otras mesas, enfadados, estafados, engañados, y con una amable sonrisa quise estrechar su mano, para despedirme. Este se limitó a entregarme la suya, posando sobre la mía sus dedos, dócilmente, sin hacer presión. -Andrés Andrade, un amigo más-, le dijo educadamente, disponiéndome a continuación a abandonar la Plaza Mayor. Pensé que el relato que había oído, interesante si se mira de una forma, contenía las suficientes mentiras y disparates como para no ser tomado jamás en serio, y concluí que una cosa es la ficción, pero otra bien diferente la demencia y los delirios. A medida que me retiraba, noté que la pregunta inicial se había quedado sin respuesta. Había preguntado que por qué se vino a España, y el sujeto había soltado un incongruente relato de desmanes de las autoridades americanas. - ¿Y la pregunta?, le dije en voz alta. No me contestó porqué se vino a España. El otro me miró a tres metros de distancia, y me dijo en voz muy baja que no podía responder bien a la pregunta, porque él estaba en España como venezolano, -que a esos no les hace falta visa, como tienen petróleo, ¿o no, doctor?, y que él compró su pasaporte en San Antonio del Táchira, no sin antes haberse deshecho de sus documentos colombianos. - Todo legal, doctor, le aclaró. Sonreí nuevamente a mi compatriota, entendiendo que ya no es compatriota mío al cien por cien, y entendiendo también que es de los muchos incapaces de obtener un visado legal y se ven obligados a comprar pasaportes falsos e identidades de mentiras. Me di media vuelta con destino a la calle Mayor, pensando que no he oído sino mentiras y embustes, cuando alcanzo a oír a mi contertulio que grita con toda la potencia de su voz: - Pero doctor, aquí, al menos, nunca nadie me ha metido los dedos por el culo. DUDAS DE UN ESCRIBIDOR Me ha llamado Heriberto Antaño, mi compañero de aventuras en Madrid, con quien me vine ya hace siete años, junto con su mujer, buscando todos sueños y creyendo en promesas. Me llamó al celular y me tuvo colgado del aparato como un mico. Yo veía el tiempo pasar en las sombras de mi pequeño estudio, oyendo todos los cuentos que me soltaba, y hable que hable él, eternidades, y yo pasando el teléfono de mano a mano y separándolo de la oreja para que no irrite, inquieto además, como he sido siempre, de los eventuales riesgos que producen las ondas y rayos electro magnéticos y malignos de esos aparatos, los teléfonos celulares que, en caso de no producir daños irreparables e inoperables, cosa que pongo seriamente en duda, sí son capaces, como mínimo, de desbalancear el adecuado equilibrio del cuerpo y el espíritu, alterando en forma notoria y negativa, he oído decir o leído en alguna par español. No entendí por qué los agentes me hablaron siempre en inglés, si hablaban, como yo, el español. Creí sentirme ofendido. - Mientras me dice lo de ordenar la maleta, el que tenía el pasaporte en el bolsillo de la camisa se quita un guante de látex que tenía puesto en su mano izquierda, lo bota en una caneca, y me devuelve con una enorme sonrisa el pasaporte. - ¿Ya me puedo ir?, les pregunté como una bola por primera vez en nuestro propio idioma, inocentemente. - Yeah, fue la respuesta. Cuando esté listo, lo acompañamos al avión. - Los agentes salieron, y mientras me vestía, sentí del cuarto contiguo los ojos del niño de piel oscura, no negra, sino ceniza, que me miraban compartiendo todo su dolor. Su profundo dolor en el alma. El doctor Andrade piensa que todo no es más que imaginaciones perversas del individuo que le habla, una lección preaprendida, mentiras y embustes, y cree confirmarlo cuando el sujeto le dice, agitado, que más al fondo, doctor, en otros cuartos como el mío, entre transparencias y opacidades, sin lograr enfocar con claridad la vista, creí ver a unas gentes con capuchas o bolsas de papel cubriéndole las caras. Todos parecían tener plásticos de embalaje y cabuyas que les amarraban por detrás las muñecas. La música vallenata se apagó, en el mismo instante en que el relator espontáneo terminaba su relato, y sólo se oía el murmullo de la gente. Por una media hora dejó de sonar y sólo se veía a una gente discutiendo en la tarima principal. Manoteaban. Por pocos minutos se reanudó la música, un minuto o dos, media canción, apenas un gota de la Gota Fría, y la gente, sorprendentemente, respondió cantando su himno nacional, confundiéndose la breve música de fondo con el cántico popular. Los que antes bailaban retomaron sus parejas. La música se apagó nuevamente y otra vez se juntó un pequeño grupo en la tarima, de los que sobresalían unos disfrazados con unas prendas desconocidas. A los pocos minutos cambió la música. Se apagó el vallenato y comenzó el chotís, un baile madrileño que ha debido ser bailado por virreyes y apostadores. Los que andaban con vestimentas extrañas, comenzaron a bailar, como un ritual medieval, con tres pequeños pasos a la izquierda, tres a la derecha, pasos minúsculos, casi invisibles, como si fuera un juego de niños, una variante de Rayuela, sin ritmo, bailando un chulapo, acompañado de su chulapa, vistiendo trajes decimonónicos, con pañuelos y solapas, clásicos. La gente que aireaba banderas o antes bailaba, no entendía, y comenzó a chiflar, a rechistar, cuando la cosa era demasiado sencilla: No habría fiesta nacional. Poco a poco se iban retirando, hablando mal de todo, quejándose. Miré a mi compañero de mesa, de una edad muy parecida a la mía, con el rostro cansado, sin saber si había dado por terminado su amargo relato. Me levanté, tal como estaban comenzando a hacer mis compatriotas en las otras mesas, enfadados, estafados, engañados, y con una amable sonrisa quise estrechar su mano, para despedirme. Este se limitó a entregarme la suya, posando sobre la mía sus dedos, dócilmente, sin hacer presión. -Andrés Andrade, un amigo más-, le dijo educadamente, disponiéndome a continuación a abandonar la Plaza Mayor. Pensé que el relato que había oído, interesante si se mira de una forma, contenía las suficientes mentiras y disparates como para no ser tomado jamás en serio, y concluí que una cosa es la ficción, pero otra bien diferente la demencia y los delirios. A medida que me retiraba, noté que la pregunta inicial se había quedado sin respuesta. Había preguntado que por qué se vino a España, y el sujeto había soltado un incongruente relato de desmanes de las autoridades americanas. - ¿Y la pregunta?, le dije en voz alta. No me contestó porqué se vino a España. El otro me miró a tres metros de distancia, y me dijo en voz muy baja que no podía responder bien a la pregunta, porque él estaba en España como venezolano, -que a esos no les hace falta visa, como tienen petróleo, ¿o no, doctor?, y que él compró su pasaporte en San Antonio del Táchira, no sin antes haberse deshecho de sus documentos colombianos. - Todo legal, doctor, le aclaró. Sonreí nuevamente a mi compatriota, entendiendo que ya no es compatriota mío al cien por cien, y entendiendo también que es de los muchos incapaces de obtener un visado legal y se ven obligados a comprar pasaportes falsos e identidades de mentiras. Me di media vuelta con destino a la calle Mayor, pensando que no he oído sino mentiras y embustes, cuando alcanzo a oír a mi contertulio que grita con toda la potencia de su voz: - Pero doctor, aquí, al menos, nunca nadie me ha metido los dedos por el culo. DUDAS DE UN ESCRIBIDOR Me ha llamado Heriberto Antaño, mi compañero de aventuras en Madrid, con quien me vine ya hace siete años, junto con su mujer, buscando todos sueños y creyendo en promesas. Me llamó al celular y me tuvo colgado del aparato como un mico. Yo veía el tiempo pasar en las sombras de mi pequeño estudio, oyendo todos los cuentos que me soltaba, y hable que hable él, eternidades, y yo pasando el teléfono de mano a mano y separándolo de la oreja para que no irrite, inquieto además, como he sido siempre, de los eventuales riesgos que producen las ondas y rayos electro magnéticos y malignos de esos aparatos, los teléfonos celulares que, en caso de no producir daños irreparables e inoperables, cosa que pongo seriamente en duda, sí son capaces, como mínimo, de desbalancear el adecuado equilibrio del cuerpo y el espíritu, alterando en forma notoria y negativa, he oído decir o leído en alguna parte, la correcta coordinación de los sentidos, así como el ritmo de la vida. Eso al menos creo yo. Hablamos hasta que la batería de quién sabe cuál de los dos teléfonos celulares, el mío o el de él, dijo hasta aquí llegamos y sacó la mano. Es que las cosas no están hechas para siempre y no pueden durar toda la vida, pienso yo. Se descomunicó. Así, tal cual, sin emitir ningún ruido, una señal audible que indique que la batería está a punto de sacar la mano, el típico pito que avisa que va a estirar la pata. Después de no sé cuánto tiempo de estar hablando, horas eternas, por decir poco, al menos tengo la conciencia tranquila de saber que yo no fui el que colgó. Los teléfonos perecieron de físico cansancio, agotados. Heriberto parece que no tiene nada más que hacer, como si viviera de la renta, da a entender, como si los billetes emergieran de las ramas de los árboles y las monedas pudieran confundirse con las piedrecillas del Parque del Retiro, como si todo fuera así de fácil, y que tiene todo el tiempo libre del mundo para hablar con esa llamada larguísima que me hizo, cuando la inmensa mayoría de los compatriotas que conocemos aquí en Madrid, siendo corticos y benévolos con las cifras y los porcentajes, no puede darse el gustazo de gastarse no sé cuántos euros en llamadas interminables. Eso, realmente, no lo entiende nadie. O, al menos, eso pienso yo. Ring, ring, ring, sonó de repente en mitad del silencio. Yo me levanté, aburrido de tener que levantarme a contestar, y enojado porque me cortaba las ideas que estaban comenzando a pasar por mi cabeza y que iban a solucionar mi problema: Escribir un cuento, un relato, no muy largo, más bien corto, me dijeron, de dos o tres folios, para publicar en el suplemento dominical de la revista “Inmigrantes en Madrid”, que don Foncio dirige y quien me dijo que, si el cuento resulta interesante, se publica. -¡Joder!, pensé yo, eso sería maravilloso: Un cuento mío publicado en el suplemento dominical. Eso es un buen gancho para después escribir cosas de más peso, novelas y todo eso-. Que me separo, me dijo Heriberto cuando descolgué el teléfono, y me lo dijo sin saludarme siquiera, ni decirme buenos días, ¿en qué andas tú?, ¿en qué anda usted?, porque nosotros seguimos hablándonos de usted, o cualquier fórmula entradora, o al menos verificar si estaba hablando conmigo, confirmar que ha pulsado bien los números, ¿qué se yo?. De una vez, sin preámbulos, me vino con que se iba a separar. Yo me quedé callado porque no sabía qué decirle, pensando que es mucho mejor no decir de una qué piensa uno de todo. No le dije nada. Mejor, y eso he pensado siempre, es en un comienzo no tomar partido. Según se vayan dando las cosas, con conocimiento profundo del tema, uno va opinando, y así no se mete la pata y no le vienen a uno después con recriminaciones de que usted dijo esto, o usted dijo aquello. Eso, al menos, es lo que pienso yo, no por cinismo o que me guste lo fácil, sino por puro asunto práctico. Además, que con la información que me estaba dando Heriberto, no lograba yo obtener mayor cosa, ya que separarse puede tener muy diferentes significados, y eso lo sabe uno porque es abogado. De un lado, uno puede decir que me estoy separando, y lo que se hace es hacer referencia a una separación fáctica, de hecho, donde cada cual coge sus maletas y se dispone a montar rancho aparte. Ésa sería una separación, digamos, ilegal, no porque esté prohibida, sino porque no está cobijada en la legalidad. También, cuando se dice que uno se está separando, se puede estar diciendo que la separación es legal, ahí sí, vale decir, ante jueces y con abogados y papeleo, y con un fundamento, que es lo importante, legal. Y siendo legal, puede ser de malas mañas o de común acuerdo. Y en uno u otro caso, la separación puede ser de bienes o de cuerpos. O sea, que la cosa resulta siendo un embrollo, no es tan simple, de tal forma que si no le hablan a uno de qué tipo de separación se trata, difícilmente se puede opinar. Además, yo no estaba realmente muy interesado en saber de sus problemas, sus separaciones y sus cosas, cuando en ese preciso momento el tema mío era determinante, ya lo he dicho y otra vez repito: Escribir el cuento que me encargó don Foncio. Pero antes de escribir el cuento, debería pensar en el tema, ya que de momento no se me había ocurrido ninguno. Mentira: Sí había pensado en un tema, que es un asesinato de alguien rico, donde aparece el muerto un día cualquiera y alguien, un detective, o algo así, va averiguando quién fue el que lo mató. El tema estaba a la moda, pero tal vez era muy complicado, pensé entonces. Había pensado en más temas, y al ver lo complicado que es que lleguen las ideas a la cabeza, me decía chapeau por los escritores, chapeau por los novelistas, chapeau!, chapeau también para los escribidores, porque eso de escribir no es tan fácil como parece ser en un principio. Es que realmente, hoy en día, no hay sobre qué escribir y yo llegaría hasta afirmar que todos los temas están cubiertos. Yo pensaba en todo eso cuando se produjo la inesperada llamada de Heriberto. Que la Flora me botó, mano, como un trapo, me aclaró, dándome elementos para comenzar una conversación, sintiéndosele, al fondo, que la voz le flaqueaba. Borré por un momento lo del tema de mi cuento, y pensé en lo que acababa de oír. Me puse en la piel de Heriberto, quien es psicólogo, y pensé: Heriberto me está proporcionando dos puntos elementales para que yo tenga en cuenta. En primer lugar, me está diciendo que lo botaron, agravándome el caso, ya que admite que lo botaron. Me explico: Una cosa es que lo boten a uno, y otra bien diferente y más grave aún, es admitir que lo botan a uno. Y Heriberto admitía que lo botaron a él. O sea, que si la separación fue de hecho, a él le pusieron las maletas bajo el marco de la puerta, cerca del ascensor; y si la separación fue legal, los argumentos jurídicos estaban a favor de Flora. Y segundo elemento, que fue tratado como un trapo, o como una mierda, como dicen aquí en España. Siendo Heriberto psicólogo, saqué una conclusión preliminar, vale decir, un mensaje que él quería enviarme, no en forma directa, sino más bien indirecta: A Heriberto, la Flora lo botó feo, y pensé en las diferentes formas de separación que hay, y concluí, sin mayores juicios, que simplemente a Heriberto le pusieron, no ya las maletas, sino un maletín con sus calzoncillos y sus medias en la puerta de la casa, diciéndole Flora algo así como usted mijito esta casa no la vuelve a pisar. Guardé silencio porque pensé que de momento no tenía mayores elementos con los cuales decir algo, porque si llegaba a decir algo de lo que estaba pensando con seguridad que el tipo se me iba a sentir. Además, que hablando claro, mi amigo ya no es psicólogo. En Madrid puede ser mil vainas, sonambulista o encantador de serpientes, pero sin su título homologado, jamás será psicólogo. Aquí no somos doctores. Y si a lo anterior le sumamos que Heriberto estaba a punto de llorarme, debo decir que mi silencio fue mayor, porque no soporto hombres de verdad lloriqueando como gallinas. Así que no dije nada. ¿Tiene tiempo para que hablemos? ¡Joder! Sentí que me suplicaba, sabiendo él, que el que no tiene mayor tiempo para haarte, la correcta coordinación de los sentidos, así como el ritmo de la vida. Eso al menos creo yo. Hablamos hasta que la batería de quién sabe cuál de los dos teléfonos celulares, el mío o el de él, dijo hasta aquí llegamos y sacó la mano. Es que las cosas no están hechas para siempre y no pueden durar toda la vida, pienso yo. Se descomunicó. Así, tal cual, sin emitir ningún ruido, una señal audible que indique que la batería está a punto de sacar la mano, el típico pito que avisa que va a estirar la pata. Después de no sé cuánto tiempo de estar hablando, horas eternas, por decir poco, al menos tengo la conciencia tranquila de saber que yo no fui el que colgó. Los teléfonos perecieron de físico cansancio, agotados. Heriberto parece que no tiene nada más que hacer, como si viviera de la renta, da a entender, como si los billetes emergieran de las ramas de los árboles y las monedas pudieran confundirse con las piedrecillas del Parque del Retiro, como si todo fuera así de fácil, y que tiene todo el tiempo libre del mundo para hablar con esa llamada larguísima que me hizo, cuando la inmensa mayoría de los compatriotas que conocemos aquí en Madrid, siendo corticos y benévolos con las cifras y los porcentajes, no puede darse el gustazo de gastarse no sé cuántos euros en llamadas interminables. Eso, realmente, no lo entiende nadie. O, al menos, eso pienso yo. Ring, ring, ring, sonó de repente en mitad del silencio. Yo me levanté, aburrido de tener que levantarme a contestar, y enojado porque me cortaba las ideas que estaban comenzando a pasar por mi cabeza y que iban a solucionar mi problema: Escribir un cuento, un relato, no muy largo, más bien corto, me dijeron, de dos o tres folios, para publicar en el suplemento dominical de la revista “Inmigrantes en Madrid”, que don Foncio dirige y quien me dijo que, si el cuento resulta interesante, se publica. -¡Joder!, pensé yo, eso sería maravilloso: Un cuento mío publicado en el suplemento dominical. Eso es un buen gancho para después escribir cosas de más peso, novelas y todo eso-. Que me separo, me dijo Heriberto cuando descolgué el teléfono, y me lo dijo sin saludarme siquiera, ni decirme buenos días, ¿en qué andas tú?, ¿en qué anda usted?, porque nosotros seguimos hablándonos de usted, o cualquier fórmula entradora, o al menos verificar si estaba hablando conmigo, confirmar que ha pulsado bien los números, ¿qué se yo?. De una vez, sin preámbulos, me vino con que se iba a separar. Yo me quedé callado porque no sabía qué decirle, pensando que es mucho mejor no decir de una qué piensa uno de todo. No le dije nada. Mejor, y eso he pensado siempre, es en un comienzo no tomar partido. Según se vayan dando las cosas, con conocimiento profundo del tema, uno va opinando, y así no se mete la pata y no le vienen a uno después con recriminaciones de que usted dijo esto, o usted dijo aquello. Eso, al menos, es lo que pienso yo, no por cinismo o que me guste lo fácil, sino por puro asunto práctico. Además, que con la información que me estaba dando Heriberto, no lograba yo obtener mayor cosa, ya que separarse puede tener muy diferentes significados, y eso lo sabe uno porque es abogado. De un lado, uno puede decir que me estoy separando, y lo que se hace es hacer referencia a una separación fáctica, de hecho, donde cada cual coge sus maletas y se dispone a montar rancho aparte. Ésa sería una separación, digamos, ilegal, no porque esté prohibida, sino porque no está cobijada en la legalidad. También, cuando se dice que uno se está separando, se puede estar diciendo que la separación es legal, ahí sí, vale decir, ante jueces y con abogados y papeleo, y con un fundamento, que es lo importante, legal. Y siendo legal, puede ser de malas mañas o de común acuerdo. Y en uno u otro caso, la separación puede ser de bienes o de cuerpos. O sea, que la cosa resulta siendo un embrollo, no es tan simple, de tal forma que si no le hablan a uno de qué tipo de separación se trata, difícilmente se puede opinar. Además, yo no estaba realmente muy interesado en saber de sus problemas, sus separaciones y sus cosas, cuando en ese preciso momento el tema mío era determinante, ya lo he dicho y otra vez repito: Escribir el cuento que me encargó don Foncio. Pero antes de escribir el cuento, debería pensar en el tema, ya que de momento no se me había ocurrido ninguno. Mentira: Sí había pensado en un tema, que es un asesinato de alguien rico, donde aparece el muerto un día cualquiera y alguien, un detective, o algo así, va averiguando quién fue el que lo mató. El tema estaba a la moda, pero tal vez era muy complicado, pensé entonces. Había pensado en más temas, y al ver lo complicado que es que lleguen las ideas a la cabeza, me decía chapeau por los escritores, chapeau por los novelistas, chapeau!, chapeau también para los escribidores, porque eso de escribir no es tan fácil como parece ser en un principio. Es que realmente, hoy en día, no hay sobre qué escribir y yo llegaría hasta afirmar que todos los temas están cubiertos. Yo pensaba en todo eso cuando se produjo la inesperada llamada de Heriberto. Que la Flora me botó, mano, como un trapo, me aclaró, dándome elementos para comenzar una conversación, sintiéndosele, al fondo, que la voz le flaqueaba. Borré por un momento lo del tema de mi cuento, y pensé en lo que acababa de oír. Me puse en la piel de Heriberto, quien es psicólogo, y pensé: Heriberto me está proporcionando dos puntos elementales para que yo tenga en cuenta. En primer lugar, me está diciendo que lo botaron, agravándome el caso, ya que admite que lo botaron. Me explico: Una cosa es que lo boten a uno, y otra bien diferente y más grave aún, es admitir que lo botan a uno. Y Heriberto admitía que lo botaron a él. O sea, que si la separación fue de hecho, a él le pusieron las maletas bajo el marco de la puerta, cerca del ascensor; y si la separación fue legal, los argumentos jurídicos estaban a favor de Flora. Y segundo elemento, que fue tratado como un trapo, o como una mierda, como dicen aquí en España. Siendo Heriberto psicólogo, saqué una conclusión preliminar, vale decir, un mensaje que él quería enviarme, no en forma directa, sino más bien indirecta: A Heriberto, la Flora lo botó feo, y pensé en las diferentes formas de separación que hay, y concluí, sin mayores juicios, que simplemente a Heriberto le pusieron, no ya las maletas, sino un maletín con sus calzoncillos y sus medias en la puerta de la casa, diciéndole Flora algo así como usted mijito esta casa no la vuelve a pisar. Guardé silencio porque pensé que de momento no tenía mayores elementos con los cuales decir algo, porque si llegaba a decir algo de lo que estaba pensando con seguridad que el tipo se me iba a sentir. Además, que hablando claro, mi amigo ya no es psicólogo. En Madrid puede ser mil vainas, sonambulista o encantador de serpientes, pero sin su título homologado, jamás será psicólogo. Aquí no somos doctores. Y si a lo anterior le sumamos que Heriberto estaba a punto de llorarme, debo decir que mi silencio fue mayor, porque no soporto hombres de verdad lloriqueando como gallinas. Así que no dije nada. ¿Tiene tiempo para que hablemos? ¡Joder! Sentí que me suplicaba, sabiendo él, que el que no tiene mayor tiempo para hablar es él mismo, quien se la pasa diciendo que no le da el tiempo para nada, que se la pasa ocupadísimo y haciendo cien mil carajadas a la vez. O eso es, al menos, la idea de su vida aquí en Madrid que nos ha querido transmitir. Yo, con el cuento éste que ando ahora de escribir historias y novelas, o más que alta literatura, sí el cuento que me encargó don Foncio, al menos ese para arrancar, y darme tiempo para pensar, pues finalmente tengo mucho tiempo libre porque me la paso divagando y divagando pensando en qué cuento voy a escribir y sobre qué va a tratar. ¿Oiga, me va a hacer caso, o no? Ahí me di cuenta que no le había dicho nada, ya que mientras él me preguntaba si tenía tiempo para hablar, si yo le podía dedicar mi tiempo, o peor aún, desde que comenzó la conversación, yo había permanecido en silencio, callado, pensando en mis cosas y en el cuento que tengo que escribir y que prometí entregar a don Foncio. No le había dicho nada a Heriberto, y solo había dejado pasar el tiempo. Por eso, apenas me preguntó si le iba a hacer caso, me apresuré a contestarle al menos algo, lo que fuera, y le dije que sí, que lo estaba oyendo, que me contara cómo pasó todo, para que el tipo se hiciera a la idea que sus problemas me interesan. –Pero, eso sí, no me venga a lloriquear-, creo recordar que le dejé dicho bien claro. Es que otra vez salió por todas partes la propaganda de la franquicia española, ¿ya la vió? Por supuesto que la había visto y que todos la habíamos visto. ¿quién no la habrá visto?, pero no entendía que tenía que ver la propaganda para poder montar con poca inversión un taller de marcos en Madrid, con que se fueran a separar Heriberto y Flora. -Sí, en el casillero me dejaron un volante-, le contesté. Sólo le contesté eso, porque sólo me preguntaba eso, manteniendo mi férrea postura de no tomar partido, para que después, como ya he dicho de forma clara, no vengan a decir usted dijo esto, o usted dijo aquello, para acabar uno crucificado. Ajá, me dijo. Solo me dijo ajá, y me dieron ganas de pegarle. Ya llevábamos veinte minutos de estúpida conversación, o hasta más tiempo aún, tiempo mágico para mí, y el tipo sólo me dice ajá. Para pegarle. Me dio rabia con su respuesta y me quedé callado a ver qué decía. ¿Y qué decía? Ese era Heriberto. Interesadísimo en un tema, y de repente el tema parece que no importa, que es secundario, porque es como si comenzaran los pajaritos a hacerle nidos en la cabeza. Y pregunta huevonadas. ¿Que qué decía la propaganda que él ya había visto y que todos habían visto? Me está contando lo de su separación, o mejor, lo de la puesta en la puerta de sus maletas, o la botada de sus chiros en una bolsa plástica, y me pregunta que qué decía la propaganda de la franquicia de la tienda de cuadros. Ese es Heriberto, y seguramente, por ser como es, es que lo bota la Flora. –Pues lo de siempre, gran huevón, que con poca plata se puede montar un tienda de marcos en Madrid, una marquetería, como nosotros decimos, que la plata está garantizada y que es un negocio redondo-, le contesté. ¿Y usted qué opina de lo de montar una marquetería? A veces, cuando uno hablaba con Heriberto, no sabia si tomarlo en serio o en plan de broma, de pura mamadera de gallo. No supe si me preguntó que qué opinaba yo del negocio en serio, para que yo le respondiera en serio, o en plan de broma, de tomarme el pelo. Conociendo a Heriberto, hacía la pregunta completamente en serio, esperando, de verdad y sinceramente, una respuesta. Además, esperaba mi respuesta seria porque todo este cuento tenía algo que ver con su separación con Flora. –Pues que es un robo-, le dije, aclarándole mi posición aún más: -Usted sabe que yo siempre he pensado que esas franquicias con españoles son un robo, o como dicen aquí, que son unos chorizos-. Pero si usted fue uno de los que nos recomendó lo de la franquicia cuando con Flora estábamos pensando en ir a España, me increpó, sintiendo yo que me estaba retando, hasta tal vez echándome la culpa de su separación, y dando argumentos a lo que siempre digo: Uno opina y después le salen con que usted dijo esto o usted dijo aquello. Y el tipo me dijo lo que me dijo en un tonito agrio, de prepotente y de inmamable a más no poder. Yo sí había dicho éso, si vamos a decir la verdad y a ser sinceros, pero todo tiene una explicación, y aquí la explico para que no haya malentendidos. Cuando me consultaron sobre lo que yo pensaba de la franquicia, y me acuerdo que de eso ya han pasado un buen número de años, era simplemente opinar de un negocio que consistía en montar en Madrid una tienda de marcos como franquicia de una cosa bien grande. Los españoles llegaron a Bogotá a emocionarlo a uno con el negocio y lo bueno que era y el platal que se ganaba, en pesetas de las de entonces, donde uno ponía un cero de más para pasarlo a pesos, y siempre veía uno que la gente que se metía en ese tipo de negocios se cuadraba de por vida. Así, cuando me lo consultaron, sinceramente, en ese entonces me parecía que era una buena cosa. Pero decía que era un buen negocio, no porque yo lo supiera de primera fuente, sino porque terceros me lo decían. Una vez que ya pude tener mi opinión, vale decir, habiendo transcurrido el tiempo, sí pensé que el negocio que proponían los de la franquicia era malo, que era un robo. -Como todo el mundo-, me limité a responderle a Heriberto, y sentí que me estaba defendiendo de un ataque suyo. Todo el mundo pensaba, en un primer momento, que era un buen negocio, hasta usted también, huevón. Todos pensábamos eso porque no conocíamos cómo son los españoles, le rematé para que las cosas quedaran claras. … Heriberto se quedaba callado, y sentía que aún estaba ahí porque alcanzaba a oír su respiración. Yo también me quedé callado, porque asumí que todo esto era como un careo: Uno pregunta, y el otro responde. Yo ya había respondido. Es más: me había defendido Él estaría pensando como seguir jodiendo la vida. Me estaba queriendo decir, además, que mi respuesta no había sido de su satisfacción y estaba pensando como contraatacar, sabiendo él, perfectamente, que todo el mundo pensó en su momento que lo de invertir en las franquicias era un buen negocio. Pues la Flora se me emberracó otra vez por lo de la franquicia, me dijo como dando por zanjado ya el tema de los reproches hacia mí y declarándome inocente y otra vez su amigo del almblar es él mismo, quien se la pasa diciendo que no le da el tiempo para nada, que se la pasa ocupadísimo y haciendo cien mil carajadas a la vez. O eso es, al menos, la idea de su vida aquí en Madrid que nos ha querido transmitir. Yo, con el cuento éste que ando ahora de escribir historias y novelas, o más que alta literatura, sí el cuento que me encargó don Foncio, al menos ese para arrancar, y darme tiempo para pensar, pues finalmente tengo mucho tiempo libre porque me la paso divagando y divagando pensando en qué cuento voy a escribir y sobre qué va a tratar. ¿Oiga, me va a hacer caso, o no? Ahí me di cuenta que no le había dicho nada, ya que mientras él me preguntaba si tenía tiempo para hablar, si yo le podía dedicar mi tiempo, o peor aún, desde que comenzó la conversación, yo había permanecido en silencio, callado, pensando en mis cosas y en el cuento que tengo que escribir y que prometí entregar a don Foncio. No le había dicho nada a Heriberto, y solo había dejado pasar el tiempo. Por eso, apenas me preguntó si le iba a hacer caso, me apresuré a contestarle al menos algo, lo que fuera, y le dije que sí, que lo estaba oyendo, que me contara cómo pasó todo, para que el tipo se hiciera a la idea que sus problemas me interesan. –Pero, eso sí, no me venga a lloriquear-, creo recordar que le dejé dicho bien claro. Es que otra vez salió por todas partes la propaganda de la franquicia española, ¿ya la vió? Por supuesto que la había visto y que todos la habíamos visto. ¿quién no la habrá visto?, pero no entendía que tenía que ver la propaganda para poder montar con poca inversión un taller de marcos en Madrid, con que se fueran a separar Heriberto y Flora. -Sí, en el casillero me dejaron un volante-, le contesté. Sólo le contesté eso, porque sólo me preguntaba eso, manteniendo mi férrea postura de no tomar partido, para que después, como ya he dicho de forma clara, no vengan a decir usted dijo esto, o usted dijo aquello, para acabar uno crucificado. Ajá, me dijo. Solo me dijo ajá, y me dieron ganas de pegarle. Ya llevábamos veinte minutos de estúpida conversación, o hasta más tiempo aún, tiempo mágico para mí, y el tipo sólo me dice ajá. Para pegarle. Me dio rabia con su respuesta y me quedé callado a ver qué decía. ¿Y qué decía? Ese era Heriberto. Interesadísimo en un tema, y de repente el tema parece que no importa, que es secundario, porque es como si comenzaran los pajaritos a hacerle nidos en la cabeza. Y pregunta huevonadas. ¿Que qué decía la propaganda que él ya había visto y que todos habían visto? Me está contando lo de su separación, o mejor, lo de la puesta en la puerta de sus maletas, o la botada de sus chiros en una bolsa plástica, y me pregunta que qué decía la propaganda de la franquicia de la tienda de cuadros. Ese es Heriberto, y seguramente, por ser como es, es que lo bota la Flora. –Pues lo de siempre, gran huevón, que con poca plata se puede montar un tienda de marcos en Madrid, una marquetería, como nosotros decimos, que la plata está garantizada y que es un negocio redondo-, le contesté. ¿Y usted qué opina de lo de montar una marquetería? A veces, cuando uno hablaba con Heriberto, no sabia si tomarlo en serio o en plan de broma, de pura mamadera de gallo. No supe si me preguntó que qué opinaba yo del negocio en serio, para que yo le respondiera en serio, o en plan de broma, de tomarme el pelo. Conociendo a Heriberto, hacía la pregunta completamente en serio, esperando, de verdad y sinceramente, una respuesta. Además, esperaba mi respuesta seria porque todo este cuento tenía algo que ver con su separación con Flora. –Pues que es un robo-, le dije, aclarándole mi posición aún más: -Usted sabe que yo siempre he pensado que esas franquicias con españoles son un robo, o como dicen aquí, que son unos chorizos-. Pero si usted fue uno de los que nos recomendó lo de la franquicia cuando con Flora estábamos pensando en ir a España, me increpó, sintiendo yo que me estaba retando, hasta tal vez echándome la culpa de su separación, y dando argumentos a lo que siempre digo: Uno opina y después le salen con que usted dijo esto o usted dijo aquello. Y el tipo me dijo lo que me dijo en un tonito agrio, de prepotente y de inmamable a más no poder. Yo sí había dicho éso, si vamos a decir la verdad y a ser sinceros, pero todo tiene una explicación, y aquí la explico para que no haya malentendidos. Cuando me consultaron sobre lo que yo pensaba de la franquicia, y me acuerdo que de eso ya han pasado un buen número de años, era simplemente opinar de un negocio que consistía en montar en Madrid una tienda de marcos como franquicia de una cosa bien grande. Los españoles llegaron a Bogotá a emocionarlo a uno con el negocio y lo bueno que era y el platal que se ganaba, en pesetas de las de entonces, donde uno ponía un cero de más para pasarlo a pesos, y siempre veía uno que la gente que se metía en ese tipo de negocios se cuadraba de por vida. Así, cuando me lo consultaron, sinceramente, en ese entonces me parecía que era una buena cosa. Pero decía que era un buen negocio, no porque yo lo supiera de primera fuente, sino porque terceros me lo decían. Una vez que ya pude tener mi opinión, vale decir, habiendo transcurrido el tiempo, sí pensé que el negocio que proponían los de la franquicia era malo, que era un robo. -Como todo el mundo-, me limité a responderle a Heriberto, y sentí que me estaba defendiendo de un ataque suyo. Todo el mundo pensaba, en un primer momento, que era un buen negocio, hasta usted también, huevón. Todos pensábamos eso porque no conocíamos cómo son los españoles, le rematé para que las cosas quedaran claras. … Heriberto se quedaba callado, y sentía que aún estaba ahí porque alcanzaba a oír su respiración. Yo también me quedé callado, porque asumí que todo esto era como un careo: Uno pregunta, y el otro responde. Yo ya había respondido. Es más: me había defendido Él estaría pensando como seguir jodiendo la vida. Me estaba queriendo decir, además, que mi respuesta no había sido de su satisfacción y estaba pensando como contraatacar, sabiendo él, perfectamente, que todo el mundo pensó en su momento que lo de invertir en las franquicias era un buen negocio. Pues la Flora se me emberracó otra vez por lo de la franquicia, me dijo como dando por zanjado ya el tema de los reproches hacia mí y declarándome inocente y otra vez su amigo del alma. Ya no estaba interesado en seguir con su tontería, así que no le dije nada. Me quedé callado a la espera de que él hablara. Pues imagínese que llegué anoche con un volante que muestra lo bueno que es meterse ahora en el negocio de la franquicia, y le dije lo más de emocionado a Flora que el negocio ahora era más interesante que antes, que no es tan caro como hace años, y le pregunté que qué opinaba si metíamos lo que nos queda de plata en asociarnos con otra gente para montar una nueva tienda de marcos. Yo esperaba que siguiera con el cuento. Y no más le digo eso, la Flora me hace una cara que ni se imagina, como si me odiara, y comenzó a echarme toda una retahíla de vainas, y que yo era un inconsciente, un descerebrado, como dicen acá, un niñato y no sé qué más groserías y que si no me acordaba cómo nos fue con nuestra primera aventura comercial con esos españoles, y mil ataques más. Que nos robaron cien mil dólares, me dijo toda excitada. Me acordaba perfectamente qué les pasó y decidí que era mejor no ahondar mucho en el tema. Les hicieron el timo perfecto y cayeron como cobayas. Montaron una tienda en un sitio donde el arriendo costaba una barbaridad, y transcurrían los meses y los meses y el negocio no arrancaba, poca venta y nula presencia de los españoles a quienes ya se les había pagado todo. Como a los seis meses cerraron después de perder toda la inversión. ¿Me oye? Mmm, me limité a decirle, mientras me acordaba de la plata que después gastaron en abogados y juicios. Ah, bueno. Pues resulta que la Flora comenzó a decirme que por culpa mía, ¿cómo la ve?, por culpa mia y por no haberme enfrentado a los españoles, es que nos habían demandado y habían procedido al embargo de su sueldo. Que por culpa mía. ¿Cómo la ve? No dije nada, y solo me acordaba. Y me dijo que aún todavía le tienen embargado el sueldo, cosa de la cual yo no tenía la más mínima idea. ¿pueden tener embargado un sueldo por cuatro años? Usted como abogado debe saber. Yo pensaba que ya estaba pagado todo. Bueno, se metió al cuarto nuestro yo pensé que a lloriquear, cerrando con un portazo y yo esperando a que se calmara, cuando salió al cabo de no sé cuántos minutos con una maleta y los ojos hinchados, diciendo que me fuera para la mierda, que ella por su lado se iba a buscar la vida y que ni se me ocurriera llamarla. Que me olvidara de ella, me dijo. Me quedé callado y recordando que aquí yo tampoco soy ningún abogado. Tengo un diploma que no vale. Y de la separación, y de decirme que él si pensaba que no era tan mal negocio replantear lo de montar nuevamente la franquicia, de comentarme que Flora había vuelto solo a retirar sus matas y unos discos, sin haberle dirigido una palabra, pasamos a hablar, ya para calmarlo y que se le olvidaran las cosas, de la remodelación que le está haciendo el alcalde de Madrid al río Manzanares y de las leyes sociales de Zapatero. Finalmente, a él se le olvidó el tema de la llamada, el tema de Flora, y pasando a hablar cosas de Colombia, me dijo que alguien le había dicho que había leído en la prensa que iba a haber ahora elecciones y que no había por quién votar, a lo que yo le agregué un comentario que alguna vez leí, donde se afirma que Colombia tiene la particularidad de que cada presidente es peor que el anterior. Cuando estábamos en esas, en el tema de Colombia, yo le comenté que Kapuscinski había dicho que no sabría comparar Colombia con ningún otro país. Que si se viera obligado a hacerlo, si se viese obligado a señalar alguno igual de desesperadamente desgarrado, se inclinaría por Sudán o por el Congo, cuyo estado de desintegración, unido a un enfrentamiento continuo y sangriento y a la destrucción del Estado y del entramado social, se asemeja a lo que él tuvo ocasión de observar en Colombia. Heriberto no sabía quien era Kapuscinski, no ubicaba bien a Sudán o el Congo en el mapa, y cuando estaba comenzando a explicarle de la importancia de ese periodista polaco, es que la comunicación se cortó, tal como ya expliqué en un principio. Fue un descanso, la verdad. Mas tarde, pensé en escribir sobre el caso de Heriberto y Flora, hacer el cuento sobre ellos y su separación, y el fallido negocio de la tienda de marcos, pero, pensándolo mejor, decidí que ya la literatura, desde épocas muy remotas, ha tratado el tema de los amores, sus engaños y desengaños, en obras maestras ya famosas, premiadas y leídas, y pensé que difícilmente un tema de esos gusta hoy en día, cuando lo que atrae son cosas más movidas: eso es llover sobre mojado, me dije, y seguí dejando divagar mi cabeza para encontrar un tema interesante que contar, con personajes, uno cuerdo y otro no tanto, y comenzar a trabajar en él para poder decirle a don Foncio, una vez me llame (que debe estar a punto de ello), tranquilo don Foncio que el cuento ya está en el horno. Ya en la noche, con la cabeza redonda de tanto pensar, logro al fin terminar un cuento corto sobre Flora, que nunca supe cómo acabó casándose con Heriberto si ella está más buena que el pan. El cuento acabó con un portazo y con el novio, a quien le puse como nombre Humberto, al que acababan de botar, llorando dentro del cuarto del baño. Mandé directamente por correo electrónico y desde el computador el cuento a don Foncio, que es amigo de una tía mía que trabaja en el Consulado, y encantado con lo hecho me quedé esperando a que llamara. A la mañana siguiente me llamó y me dijo que mi cuento era demasiado morboso, que describía demasiado a mi personaje Flora, y que no la empelotara tan a menudo. - A ese cuento suyo le falta un muerto, me dijo don Foncio antes de colgar. Si quiere que lo publiquemos, métale sangre, me aclaró. No supe en ese momento muy bien cómo es que en el cuento iba a matar a Humberto o cómo iba a vestir un poco más a Flora. Miré al lado mio, en la cama, y me limité a cubrir con las cobijas el cuerpo espléndido de Flora, quien estaba plácidamente dormida. Ya no estaba interesado en seguir con su tontería, así que no le dije nada. Me quedé callado a la espera de que él hablara. Pues imagínese que llegué anoche con un volante que muestra lo bueno que es meterse ahora en el negocio de la franquicia, y le dije lo más de emocionado a Flora que el negocio ahora era más interesante que antes, que no es tan caro como hace años, y le pregunté que qué opinaba si metíamos lo que nos queda de plata en asociarnos con otra gente para montar una nueva tienda de marcos. Yo esperaba que siguiera con el cuento. Y no más le digo eso, la Flora me hace una cara que ni se imagina, como si me odiara, y comenzó a echarme toda una retahíla de vainas, y que yo era un inconsciente, un descerebrado, como dicen acá, un niñato y no sé qué más groserías y que si no me acordaba cómo nos fue con nuestra primera aventura comercial con esos españoles, y mil ataques más. Que nos robaron cien mil dólares, me dijo toda excitada. Me acordaba perfectamente qué les pasó y decidí que era mejor no ahondar mucho en el tema. Les hicieron el timo perfecto y cayeron como cobayas. Montaron una tienda en un sitio donde el arriendo costaba una barbaridad, y transcurrían los meses y los meses y el negocio no arrancaba, poca venta y nula presencia de los españoles a quienes ya se les había pagado todo. Como a los seis meses cerraron después de perder toda la inversión. ¿Me oye? Mmm, me limité a decirle, mientras me acordaba de la plata que después gastaron en abogados y juicios. Ah, bueno. Pues resulta que la Flora comenzó a decirme que por culpa mía, ¿cómo la ve?, por culpa mia y por no haberme enfrentado a los españoles, es que nos habían demandado y habían procedido al embargo de su sueldo. Que por culpa mía. ¿Cómo la ve? No dije nada, y solo me acordaba. Y me dijo que aún todavía le tienen embargado el sueldo, cosa de la cual yo no tenía la más mínima idea. ¿pueden tener embargado un sueldo por cuatro años? Usted como abogado debe saber. Yo pensaba que ya estaba pagado todo. Bueno, se metió al cuarto nuestro yo pensé que a lloriquear, cerrando con un portazo y yo esperando a que se calmara, cuando salió al cabo de no sé cuántos minutos con una maleta y los ojos hinchados, diciendo que me fuera para la mierda, que ella por su lado se iba a buscar la vida y que ni se me ocurriera llamarla. Que me olvidara de ella, me dijo. Me quedé callado y recordando que aquí yo tampoco soy ningún abogado. Tengo un diploma que no vale. Y de la separación, y de decirme que él si pensaba que no era tan mal negocio replantear lo de montar nuevamente la franquicia, de comentarme que Flora había vuelto solo a retirar sus matas y unos discos, sin haberle dirigido una palabra, pasamos a hablar, ya para calmarlo y que se le olvidaran las cosas, de la remodelación que le está haciendo el alcalde de Madrid al río Manzanares y de las leyes sociales de Zapatero. Finalmente, a él se le olvidó el tema de la llamada, el tema de Flora, y pasando a hablar cosas de Colombia, me dijo que alguien le había dicho que había leído en la prensa que iba a haber ahora elecciones y que no había por quién votar, a lo que yo le agregué un comentario que alguna vez leí, donde se afirma que Colombia tiene la particularidad de que cada presidente es peor que el anterior. Cuando estábamos en esas, en el tema de Colombia, yo le comenté que Kapuscinski había dicho que no sabría comparar Colombia con ningún otro país. Que si se viera obligado a hacerlo, si se viese obligado a señalar alguno igual de desesperadamente desgarrado, se inclinaría por Sudán o por el Congo, cuyo estado de desintegración, unido a un enfrentamiento continuo y sangriento y a la destrucción del Estado y del entramado social, se asemeja a lo que él tuvo ocasión de observar en Colombia. Heriberto no sabía quien era Kapuscinski, no ubicaba bien a Sudán o el Congo en el mapa, y cuando estaba comenzando a explicarle de la importancia de ese periodista polaco, es que la comunicación se cortó, tal como ya expliqué en un principio. Fue un descanso, la verdad. Mas tarde, pensé en escribir sobre el caso de Heriberto y Flora, hacer el cuento sobre ellos y su separación, y el fallido negocio de la tienda de marcos, pero, pensándolo mejor, decidí que ya la literatura, desde épocas muy remotas, ha tratado el tema de los amores, sus engaños y desengaños, en obras maestras ya famosas, premiadas y leídas, y pensé que difícilmente un tema de esos gusta hoy en día, cuando lo que atrae son cosas más movidas: eso es llover sobre mojado, me dije, y seguí dejando divagar mi cabeza para encontrar un tema interesante que contar, con personajes, uno cuerdo y otro no tanto, y comenzar a trabajar en él para poder decirle a don Foncio, una vez me llame (que debe estar a punto de ello), tranquilo don Foncio que el cuento ya está en el horno. Ya en la noche, con la cabeza redonda de tanto pensar, logro al fin terminar un cuento corto sobre Flora, que nunca supe cómo acabó casándose con Heriberto si ella está más buena que el pan. El cuento acabó con un portazo y con el novio, a quien le puse como nombre Humberto, al que acababan de botar, llorando dentro del cuarto del baño. Mandé directamente por correo electrónico y desde el computador el cuento a don Foncio, que es amigo de una tía mía que trabaja en el Consulado, y encantado con lo hecho me quedé esperando a que llamara. A la mañana siguiente me llamó y me dijo que mi cuento era demasiado morboso, que describía demasiado a mi personaje Flora, y que no la empelotara tan a menudo. - A ese cuento suyo le falta un muerto, me dijo don Foncio antes de colgar. Si quiere que lo publiquemos, métale sangre, me aclaró. No supe en ese momento muy bien cómo es que en el cuento iba a matar a Humberto o cómo iba a vestir un poco más a Flora. Miré al lado mio, en la cama, y me limité a cubrir con las cobijas el cuerpo espléndido de Flora, quien estaba plácidamente dormida. BODAS DE PLATA Han transcurrido diez minutos y Francisca sigue en el baño, llorando con seguridad, sintiéndose triste porque no le han dicho que la quieren, con lo fácil que resulta decir un te quiero, un simple te quiero. No ha tenido un buen día, Fachantoná en agosto es una mierda, piensa, y no sabe qué hacer con su vida, o al menos eso pasa por su cabeza en esos momentos de drama. La inconfundible música tecno que indica el recibo de mensajes a su teléfono celular comienza a sonar. Está al lado suyo, siempre está al lado suyo su teléfono celular, inseparables. “q si q tq y tu lo sbs”, dice el mensaje. Mientras gira el pomo de la puerta del baño, piensa en lo fácil que a veces pueden ser las cosas. LA CHISPA DE LA VIDA Arcancio Robledo Toro nació en la clínica de la Divina Concepción y, al cumplir dieciocho, su madre ya le había conseguido, con ayuda del tío Arcadio, un empleo en la oficina de correos. - Aquí tiene mijo, y que le dure toda la vida, fue lo único que le dijo su tío al presentarle su asiento, su escritorio y su sello. Pensó que si comenzaba a trabajar desde ya, tal como le repetían y repetían, ahorraría un buen dinero en poco tiempo para poder dar una buena cuota inicial del apartamentito que tenía visto con Lucinda, su novia, en el barrio La Alameda del Real, cerca del nuevo centro comercial y donde están haciendo muchos edificios nuevos. De igual forma, ya con puesto oficial, al rellenar la solicitud del crédito hipotecario, podría indicar con propiedad los espacios de cargo actual y sueldo. Así, la propuesta de su mamá, en el sentido de comenzar a trabajar ya en un puesto que te conseguí con tu tío Arcadio, le pareció como un regalo muy especial. El tío Arcadio fue compañero de estudios del doctor Sánscrito Piechacón, e hicieron todo el bachillerato juntos en el colegio de los santos sagrados padres martinianos de la buena fe y benemérita bondad, acá en Fachantoná, y hoy, el doctor Piechacón es director operativo de la división de planeación y desarrollo de la sección de cartas enviadas del ministerio de comunicaciones y relaciones interpersonales, allá en la capital; y con una llamada del doctor Piechacón hecha a la subdirección de Fachantoná, consiguió el puesto para Arcancio. Con una sola llamada. Con una orden, mejor dicho. La llamada se hizo tras innumerables rogadas y porfaveadas del tío Arcadio, que si no te acordás Chaconeto de cuando estábamos en quinto y te soplé la respuesta a la pregunta esa sobre la teoría de la diagramación de los clones bélicos en la biosfera, que yo sí la sabía porque yo sí estudié, y tu estabas, que me acuerdo bien, en la inopia; y el doctor Piechacón diciendo, hombre, por favor, dígame con quien tengo el gusto y placer de hablar, y el tío Arcadio a decirle hombre pues, no seás desagradecido, no te las dés de mucho, si yo era el que te daba en los recreos el sándwich de atún que mi mamá me preparaba, porque a vos en tu casa no te hacían ni un vaso de agua, que me acuerdo perfectamente que no llegabas con lonchera como todos llegábamos, con el sandwichito y el juguito para las medias nueves, sino que vos llegabas con las manos en los bolsillos de lo arrastrada que era tu familia, hombre, y el doctor Piechacón a decir como si se fuera la onda del teléfono y no pudiera ya oír bien, aló, aló, aló, por favor hable mas alto que no le oigo, aló, aló, aló, y colgaba. Y el tío Arcadio se quedaba sin tener qué más decir, en silencio, oyendo el bip bip bip que daba la línea. Y así durante meses, durante casi un año, el doctor Piechacón poco a poco se iba acordando de cositas olvidadas de su amigo Arcadio, y el tío Arcadio a la misma velocidad se fue dando cuenta que si en vez de decirle Chaconeto, como le dijo en un puro principio y tal como le dijo en el colegio toda la vida, le decía ahora don Sánscrito, algo afinaba el oído el doctor Piechacón; pero si lograba decirle doctor a su amigo el doctor Piechacón, y a tratarle de usted, ya se encontraba con un trapo de seda empavonado que ahí sí, le decía, hombre chino cuéntame que ha sido de tu vida, y no me digás que tu sigues viviendo en ese pueblucho de cuatro casas, y el tío Arcadio a decirle sí hombre, y el doctor Piechacón a decir aló, aló, aló, que no estoy oyendo bien, y por fortuna el tío Arcadio se acordaba de cómo tenía que decirle y enseguida cambiaba y le decía sí doctor Piechacón, aquí sigo viviendo, y el doctor Piechacón a decirle si chino ya te oigo bien, y el tío Arcadio a comentarle que no hablés así de feo de Fachantoná, hombre, que esta es tu ciudad, y el otro nuevamente con el aló, aló, aló que no oigo bien y el tío Arcadio a corregirse y decirle excúseme doctor Piechacón que yo no quise decir éso, pero sí mi respetado doctor tenga en cuenta que ya la avenida de los comuneros, ¿ se acuerda usted?, pues esa ya la pavimentaron y hasta le pusieron luces. - ¿Un puesto para quién, me decías? - Para mi sobrino, respetado y venerado doctor. Tal como le dije a usted ayer, mi sobrino Arcancio... - ¿Arcadio?, cómo tú, chino. ¿Qué casualidad, no? No será que tu tienes algo que ver con la paternidad de muchachito, ¿ah? - No doctor, él se llama Arcancio. Yo Arcadio. Él, como le decía, terminó de estudiar, y ella, mi cuñada, quiere que comience a trabajar desde ya, porque el muchacho, si bien es bueno y responsable,! éso si pa´qué!, usted puede dejar un billete de cien chichas encima de una mesa, y él ni las toca. Más todavía: Ni las mira, no se atreve. Como le decía, doctor, que el muchacho es honrado, pero el pobre no da para mucho, ¿sí, doctor? - Y el chino es0cm; PAGE-BREAK-BEFORE: always; TEXT-INDENT: 1.25cm; LINE-HEIGHT: 200%" align=center>BODAS DE PLATA Han transcurrido diez minutos y Francisca sigue en el baño, llorando con seguridad, sintiéndose triste porque no le han dicho que la quieren, con lo fácil que resulta decir un te quiero, un simple te quiero. No ha tenido un buen día, Fachantoná en agosto es una mierda, piensa, y no sabe qué hacer con su vida, o al menos eso pasa por su cabeza en esos momentos de drama. La inconfundible música tecno que indica el recibo de mensajes a su teléfono celular comienza a sonar. Está al lado suyo, siempre está al lado suyo su teléfono celular, inseparables. “q si q tq y tu lo sbs”, dice el mensaje. Mientras gira el pomo de la puerta del baño, piensa en lo fácil que a veces pueden ser las cosas. LA CHISPA DE LA VIDA Arcancio Robledo Toro nació en la clínica de la Divina Concepción y, al cumplir dieciocho, su madre ya le había conseguido, con ayuda del tío Arcadio, un empleo en la oficina de correos. - Aquí tiene mijo, y que le dure toda la vida, fue lo único que le dijo su tío al presentarle su asiento, su escritorio y su sello. Pensó que si comenzaba a trabajar desde ya, tal como le repetían y repetían, ahorraría un buen dinero en poco tiempo para poder dar una buena cuota inicial del apartamentito que tenía visto con Lucinda, su novia, en el barrio La Alameda del Real, cerca del nuevo centro comercial y donde están haciendo muchos edificios nuevos. De igual forma, ya con puesto oficial, al rellenar la solicitud del crédito hipotecario, podría indicar con propiedad los espacios de cargo actual y sueldo. Así, la propuesta de su mamá, en el sentido de comenzar a trabajar ya en un puesto que te conseguí con tu tío Arcadio, le pareció como un regalo muy especial. El tío Arcadio fue compañero de estudios del doctor Sánscrito Piechacón, e hicieron todo el bachillerato juntos en el colegio de los santos sagrados padres martinianos de la buena fe y benemérita bondad, acá en Fachantoná, y hoy, el doctor Piechacón es director operativo de la división de planeación y desarrollo de la sección de cartas enviadas del ministerio de comunicaciones y relaciones interpersonales, allá en la capital; y con una llamada del doctor Piechacón hecha a la subdirección de Fachantoná, consiguió el puesto para Arcancio. Con una sola llamada. Con una orden, mejor dicho. La llamada se hizo tras innumerables rogadas y porfaveadas del tío Arcadio, que si no te acordás Chaconeto de cuando estábamos en quinto y te soplé la respuesta a la pregunta esa sobre la teoría de la diagramación de los clones bélicos en la biosfera, que yo sí la sabía porque yo sí estudié, y tu estabas, que me acuerdo bien, en la inopia; y el doctor Piechacón diciendo, hombre, por favor, dígame con quien tengo el gusto y placer de hablar, y el tío Arcadio a decirle hombre pues, no seás desagradecido, no te las dés de mucho, si yo era el que te daba en los recreos el sándwich de atún que mi mamá me preparaba, porque a vos en tu casa no te hacían ni un vaso de agua, que me acuerdo perfectamente que no llegabas con lonchera como todos llegábamos, con el sandwichito y el juguito para las medias nueves, sino que vos llegabas con las manos en los bolsillos de lo arrastrada que era tu familia, hombre, y el doctor Piechacón a decir como si se fuera la onda del teléfono y no pudiera ya oír bien, aló, aló, aló, por favor hable mas alto que no le oigo, aló, aló, aló, y colgaba. Y el tío Arcadio se quedaba sin tener qué más decir, en silencio, oyendo el bip bip bip que daba la línea. Y así durante meses, durante casi un año, el doctor Piechacón poco a poco se iba acordando de cositas olvidadas de su amigo Arcadio, y el tío Arcadio a la misma velocidad se fue dando cuenta que si en vez de decirle Chaconeto, como le dijo en un puro principio y tal como le dijo en el colegio toda la vida, le decía ahora don Sánscrito, algo afinaba el oído el doctor Piechacón; pero si lograba decirle doctor a su amigo el doctor Piechacón, y a tratarle de usted, ya se encontraba con un trapo de seda empavonado que ahí sí, le decía, hombre chino cuéntame que ha sido de tu vida, y no me digás que tu sigues viviendo en ese pueblucho de cuatro casas, y el tío Arcadio a decirle sí hombre, y el doctor Piechacón a decir aló, aló, aló, que no estoy oyendo bien, y por fortuna el tío Arcadio se acordaba de cómo tenía que decirle y enseguida cambiaba y le decía sí doctor Piechacón, aquí sigo viviendo, y el doctor Piechacón a decirle si chino ya te oigo bien, y el tío Arcadio a comentarle que no hablés así de feo de Fachantoná, hombre, que esta es tu ciudad, y el otro nuevamente con el aló, aló, aló que no oigo bien y el tío Arcadio a corregirse y decirle excúseme doctor Piechacón que yo no quise decir éso, pero sí mi respetado doctor tenga en cuenta que ya la avenida de los comuneros, ¿ se acuerda usted?, pues esa ya la pavimentaron y hasta le pusieron luces. - ¿Un puesto para quién, me decías? - Para mi sobrino, respetado y venerado doctor. Tal como le dije a usted ayer, mi sobrino Arcancio... - ¿Arcadio?, cómo tú, chino. ¿Qué casualidad, no? No será que tu tienes algo que ver con la paternidad de muchachito, ¿ah? - No doctor, él se llama Arcancio. Yo Arcadio. Él, como le decía, terminó de estudiar, y ella, mi cuñada, quiere que comience a trabajar desde ya, porque el muchacho, si bien es bueno y responsable,! éso si pa´qué!, usted puede dejar un billete de cien chichas encima de una mesa, y él ni las toca. Más todavía: Ni las mira, no se atreve. Como le decía, doctor, que el muchacho es honrado, pero el pobre no da para mucho, ¿sí, doctor? - Y el chino este, como se llame, ¿habla inglés? - Arcancio, doctor, él se llama Arcancio. Y el inglés parece que si lo habla. El hizo un curso donde el Enano, una muy respetable academia por acá cerca de Fachantoná, que la dirige un ciudadano norteamericano, ni más ni menos. Todo un mister de por allá arriba. El Arcancio hizo un curso de lo que en esa prestigiosa escuela llaman de inmersión total y, según me contaron, el muchacho como que ya habla el inglés. Arcancio se puso para el primer día de trabajo el mismo vestido que su mamá le compró para recibir el grado de bachiller, azul oscuro de rayitas blancas, rayitas no muy rectas, como pintadas con tiza, de la tiza de los colegios, camisa blanca sin bolsillos, y una corbata cuyo nudo no era más grande que un cucarrón de los que vuelan. Encajonador, fue su primer cargo, y en él duró dos años, siete meses y veintiún días. El trabajo era muy simple: Al lado izquierdo de su escritorio, que era angosto y alargado, había dos cajas que cubrían, cada una, casi toda la mitad de la mesa. Una, la de su izquierda, tenía un gran letrero que decía In; La otra, tenía otro gran letrero que decía Out. Al lado izquierdo de la oficina había una gran puerta con vidrio que decía Go in; y a su derecha otra que indicaba Go Out. Sin recibir explicaciones ni razones, después de que su tío Arcadio hablara con un señor gordito cuya oficina decía Jefe, y su tío Arcadio le indicaba a ese señor con el dedo supuestamente su figura, y que el tío Arcadio saliera de la oficina dejando al señor que la ocupaba en su mismo puesto, Arcancio oyó que su tío, antes de irse, le dijo: - Aquí tiene mijo, y que le dure toda la vida, indicándole con el dedo el asiento, el escritorio y un sello. Eran pasadas las ocho de la mañana. Arcancio se sentó en su asiento, colocando los codos sobre el escritorio, y miraba con ojos inquietos el sello, hasta que pasado un rato se acerca un empleado con una carretilla, que sin saludar siquiera, vierte su contenido en el piso. En total le desocuparon no menos de cinco carretillas llenas de cartas y de sobres. Comenzó a mirar a su alrededor, y notó que todos los empleados estaban como sin hacer nada, mirando al techo o al piso, espichando contra sus escritorios el resorte de los bolígrafos para que salten tres centímetros, como los cohetes. Y miró al fondo, donde estaba el jefe, y lo vio que tenía la puerta cerrada y los ojos también cerrados y pensó Arcancio que debía estar cansadísimo del trabajo y le dió como pena con él al verlo tan dormido y a esas horas tan tempranas. Arcancio se levantó de la silla, se agachó al piso y se hizo a un sobre grande que colocó en frente suyo cuando otra vez estuvo sentado frente a su escritorio. Se estiró hacia su sello y lo tomó y, en acto de absoluta posesión, golpeó el sobre con el sello por la parte de atrás, que era blanca, sin nada escrito. Retiró lentamente el sello y vio para su sorpresa que no se había marcado nada. No vió que hubiera cojincitos con tinta para su sello, porque su escritorio no tenía cajones, y al ver su sello de cerca, intentando indagar porqué no marcó nada, notó que estaba negro de tinta seca y no pudo descifrar qué decía. Selló fuertemente contra el sobre, otra vez, más fuerte que la primera, haciendo mucha presión, e intentó dejarla el máximo de tiempo que pudo. Cuando creyó que era suficiente, levantó el sello. No había dejado ninguna marca de tinta sobre el sobre. Intentó ver al trasluz y realmente no se veía nada. Volteó el sobre que tenía en las manos. Tenía tres estampillas pequeñas de unos barcos y no supo entender de qué país era. Iba dirigido a una señora de Fachantoná. Como si quemara, lo tiró al piso, junto con todos los demás sobres. Miró su reloj y se dio cuenta que eran las diez pasadas y, haciendo una primera y rápida conclusión previa sobre su trabajo nuevo, creyó intuir que no era muy interesante, a pesar de que más o menos se ganaba bien. Se estaba durmiendo. O al menos los ojos se le cerraban. Los ojos le pesaban. Arcancio se despertó de un grito que venía de atrás. Era el señor que era el jefe, el gordito, el mismo que había hablado antes con su tío Arcadio, quien a punto de voceríos que a Arcancio no le parecieron muy corteses, porque, entre otras cosas, al hablar botaba saliva y se le ponía roja la frente, le preguntaba cuándo el señorito, así le dijo, en esos términos tan fuertes, cuándo el señorito iba a comenzar a trabajar. Arcancio, con el sueño todavía en las sienes, miraba al señor que era el jefe sin saber muy bien si responder o no, y en caso de responder, sin saber muy bien qué decir. Prefirió guardar silencio y miró alrededor de la oficina, y le llamó la atención que todos los empleados, todos, sin excepción, estaban pendientes del curso de la conversación que se estaba desarrollando, como cotillas, en vez de estar metidos en sus asuntos. Pasado el regaño, donde el señor que era el jefe le dijo que no entendía la juventud de ahora, que está pendiente siempre de que el trabajo salga facilito, con cuidado que no sude mucho y sin que me haga muchas ampollas, hablando en un tono que a Arcancio le pareció despectivo, le encargaron a un señor que ocupaba otro escritorio, junto al suyo, a que le indicara en qué consistía su trabajo. - Tú sabes inglés, ¿verdad?, porque este trabajo es para un bilingüe, le preguntó su nuevo compañero una vez el jefe se hubo ido haciendo caras y gestos. - Yo estudié donde el Gringo. Hice el curso de inmersión total, le respondió Arcancio. - Ah, bueno, entonces no hay problemas. Una prima mía también estuvo allá y como que aprendió mucho. Eso me dijo, al menos. - ¿Ves los letreros de In y Out que hay en tu mesa? - Si. -... Y sabes,te, como se llame, ¿habla inglés? - Arcancio, doctor, él se llama Arcancio. Y el inglés parece que si lo habla. El hizo un curso donde el Enano, una muy respetable academia por acá cerca de Fachantoná, que la dirige un ciudadano norteamericano, ni más ni menos. Todo un mister de por allá arriba. El Arcancio hizo un curso de lo que en esa prestigiosa escuela llaman de inmersión total y, según me contaron, el muchacho como que ya habla el inglés. Arcancio se puso para el primer día de trabajo el mismo vestido que su mamá le compró para recibir el grado de bachiller, azul oscuro de rayitas blancas, rayitas no muy rectas, como pintadas con tiza, de la tiza de los colegios, camisa blanca sin bolsillos, y una corbata cuyo nudo no era más grande que un cucarrón de los que vuelan. Encajonador, fue su primer cargo, y en él duró dos años, siete meses y veintiún días. El trabajo era muy simple: Al lado izquierdo de su escritorio, que era angosto y alargado, había dos cajas que cubrían, cada una, casi toda la mitad de la mesa. Una, la de su izquierda, tenía un gran letrero que decía In; La otra, tenía otro gran letrero que decía Out. Al lado izquierdo de la oficina había una gran puerta con vidrio que decía Go in; y a su derecha otra que indicaba Go Out. Sin recibir explicaciones ni razones, después de que su tío Arcadio hablara con un señor gordito cuya oficina decía Jefe, y su tío Arcadio le indicaba a ese señor con el dedo supuestamente su figura, y que el tío Arcadio saliera de la oficina dejando al señor que la ocupaba en su mismo puesto, Arcancio oyó que su tío, antes de irse, le dijo: - Aquí tiene mijo, y que le dure toda la vida, indicándole con el dedo el asiento, el escritorio y un sello. Eran pasadas las ocho de la mañana. Arcancio se sentó en su asiento, colocando los codos sobre el escritorio, y miraba con ojos inquietos el sello, hasta que pasado un rato se acerca un empleado con una carretilla, que sin saludar siquiera, vierte su contenido en el piso. En total le desocuparon no menos de cinco carretillas llenas de cartas y de sobres. Comenzó a mirar a su alrededor, y notó que todos los empleados estaban como sin hacer nada, mirando al techo o al piso, espichando contra sus escritorios el resorte de los bolígrafos para que salten tres centímetros, como los cohetes. Y miró al fondo, donde estaba el jefe, y lo vio que tenía la puerta cerrada y los ojos también cerrados y pensó Arcancio que debía estar cansadísimo del trabajo y le dió como pena con él al verlo tan dormido y a esas horas tan tempranas. Arcancio se levantó de la silla, se agachó al piso y se hizo a un sobre grande que colocó en frente suyo cuando otra vez estuvo sentado frente a su escritorio. Se estiró hacia su sello y lo tomó y, en acto de absoluta posesión, golpeó el sobre con el sello por la parte de atrás, que era blanca, sin nada escrito. Retiró lentamente el sello y vio para su sorpresa que no se había marcado nada. No vió que hubiera cojincitos con tinta para su sello, porque su escritorio no tenía cajones, y al ver su sello de cerca, intentando indagar porqué no marcó nada, notó que estaba negro de tinta seca y no pudo descifrar qué decía. Selló fuertemente contra el sobre, otra vez, más fuerte que la primera, haciendo mucha presión, e intentó dejarla el máximo de tiempo que pudo. Cuando creyó que era suficiente, levantó el sello. No había dejado ninguna marca de tinta sobre el sobre. Intentó ver al trasluz y realmente no se veía nada. Volteó el sobre que tenía en las manos. Tenía tres estampillas pequeñas de unos barcos y no supo entender de qué país era. Iba dirigido a una señora de Fachantoná. Como si quemara, lo tiró al piso, junto con todos los demás sobres. Miró su reloj y se dio cuenta que eran las diez pasadas y, haciendo una primera y rápida conclusión previa sobre su trabajo nuevo, creyó intuir que no era muy interesante, a pesar de que más o menos se ganaba bien. Se estaba durmiendo. O al menos los ojos se le cerraban. Los ojos le pesaban. Arcancio se despertó de un grito que venía de atrás. Era el señor que era el jefe, el gordito, el mismo que había hablado antes con su tío Arcadio, quien a punto de voceríos que a Arcancio no le parecieron muy corteses, porque, entre otras cosas, al hablar botaba saliva y se le ponía roja la frente, le preguntaba cuándo el señorito, así le dijo, en esos términos tan fuertes, cuándo el señorito iba a comenzar a trabajar. Arcancio, con el sueño todavía en las sienes, miraba al señor que era el jefe sin saber muy bien si responder o no, y en caso de responder, sin saber muy bien qué decir. Prefirió guardar silencio y miró alrededor de la oficina, y le llamó la atención que todos los empleados, todos, sin excepción, estaban pendientes del curso de la conversación que se estaba desarrollando, como cotillas, en vez de estar metidos en sus asuntos. Pasado el regaño, donde el señor que era el jefe le dijo que no entendía la juventud de ahora, que está pendiente siempre de que el trabajo salga facilito, con cuidado que no sude mucho y sin que me haga muchas ampollas, hablando en un tono que a Arcancio le pareció despectivo, le encargaron a un señor que ocupaba otro escritorio, junto al suyo, a que le indicara en qué consistía su trabajo. - Tú sabes inglés, ¿verdad?, porque este trabajo es para un bilingüe, le preguntó su nuevo compañero una vez el jefe se hubo ido haciendo caras y gestos. - Yo estudié donde el Gringo. Hice el curso de inmersión total, le respondió Arcancio. - Ah, bueno, entonces no hay problemas. Una prima mía también estuvo allá y como que aprendió mucho. Eso me dijo, al menos. - ¿Ves los letreros de In y Out que hay en tu mesa? - Si. -... Y sabes, me imagino, qué significa In? - Que está a la moda, ¿no? - También es. Pero in de dentro, ¿sabes qué significa? - No - Y out. - Tampoco. Eso no lo vi en mi curso de inglés. Su trabajo era muy simple, como se dijo. De todas las cartas que le eran tiradas en el piso, tenía que ver, una a una, a donde estaban dirigidas. Si su destino era Fachantoná (hagamos de cuenta que la carta tuviere como destino la ciudad de Fachantoná, sólo hagamos de cuenta, ¿me entiende, joven?, le indicaba clara y diáfanamente Fernández, quien fue el encargado por el señor gordo que era el jefe para que este inepto sepa qué hacer y cómo, y haga su trabajo y no me interrumpa el normal desarrollo de esta oficina), las debería colocar en el cajón que decía In, como si fuera adentro de la ciudad de Fachantoná, ¿me entiende, joven? Al cajón con el letrero Out iban todas las otras cartas, es decir, le aclaró Fernández, las que tienen un lugar de destino diferente a Fachantoná, y las ponemos en el de Out porque Out es afuera en inglés, ¿me entiende, joven?, son cartas que van dirigidas para afuera de Fachantoná. - Y por todo esto es que para este cargo siempre se ha requerido de una persona bilingüe, que sepa inglés, ¿me entiende, joven? Arcancio vio que los demás funcionarios le miraban y confiaban que entendiera, y se iban acomodando cuando se dieron cuenta que Arcancio iba a comenzar a trabajar. Y comenzó a trabajar. Pronto se dio cuenta que la cosa era más simple aún de lo pensado. No había que mirar todo el sobre, como le indicó Fernández, (usted mira con detalle todo lo que está escrito en el sobre, ¿me entiende joven?), ya que bastaba una mirada rápida para ver si estaba escrita la palabra Fachantoná, o algo parecido a Fachantoná, porque la gente ni te imaginas lo feo que escribe, y se coloca el sobre en el cajón de la izquierda; y al de la derecha el resto. Y comenzó a una velocidad asombrosa un trabajo que le pareció simpático, y ya al cabo de media hora no colocaba suavemente el sobre pertinente en la bandeja de In o Out, sino que ya lo lanzaba con propiedad, haciendo que hiciera una parábola, acertando casi siempre. Y simuló mentalmente una partida de baloncesto: Fachantoná contra el resto del mundo, y cada vez que un sobre caía en la caja In, eran dos puntos para Fachantoná. Si el sobre iba a la caja Out, eran dos puntos para el equipo resto del mundo. Si el sobre caía por error al piso, no había puntos para ningún equipo. Los sobres destinados a Fachantoná siempre caían en la caja In. No siempre acertaba en la caja Out. No había problema con los sobres que se caían al piso, porque iban a parar al mismo piso donde estaban todos los demás sobres que aún no habían sido catalogados. Arcancio se extrañó al ver que ahora sí, todos sus demás compañeros, incluyendo a Fernández, estaban trabajando. Faltando poco para las doce, casi había logrado dejar el piso libre de sobres, y Fachantoná ganaba el partido sobradamente, e iban pasando junto a él todos sus nuevos compañeros, quienes en tono animoso, lo invitaban a ser parte del grupo para ir a almorzar. Se unió a ellos, dejando en el piso los pocos sobres que faltaban por clasificar. A las doce en punto salieron. Pidió un almuerzo ejecutivo, que pagó con la plata que su mamá le dio en la mañana para que almuerce mijo mientras le entra su primer sueldo. Sopa de lentejas de entrada. Y como plato principal se podía escoger entre estofado de ternera o espaguetis a la marinara. Escogió los espaguetis a pesar de la sugerencia que le formuló su compañero Fernández, quien infructuosamente quiso hacerle entrar en razón que no tenía sentido pedir un plato con mariscos en una ciudad que no tiene aeropuerto y está ubicada a mas de mil kilómetros del mar, ¿me entiende, joven?. De todas formas, le parecieron ricos los espaguetis acompañados de coca cola. A las doce y cincuenta y algo, todos pidieron la cuenta, como si fuera diferente a la del día anterior, como si el valor del almuerzo ejecutivo fuera diferente día a día, cuando todos sabían perfectamente bien que el precio del almuerzo ejecutivo se mantiene intacto todo el año, y es subido únicamente el día primero de enero, conforme haya sido el porcentaje de aumento autorizado por el gobierno sobre el galón de gasolina, como sí, había dicho siempre Fernández todos los primeros de enero, el valor de la libra de arroz tuviera algo que ver con el del galón de gasolina. Antecitos de la una ya estaban todos apurándose unos a otros, diciéndole Fernández a Arcancio, pilas que llegamos tarde, ¿me entiende, joven?, y entrando todos como en tropa, exactamente a la una menos un minuto, y saludando todos a Rastras, que estaba sentado en un escritorio contiguo al acceso a los ascensores. Su escritorio estaba tal y como lo había dejado antes de ir a almorzar, y había unas nuevas compañeras de trabajo retirando de las cajas los sobres ya clasificados. Los sobres del piso seguían ahí. No eran muchos. En la tarde habrá tiempo suficiente para analizarlos y meterlos en la canasta uno o dos. Más bien en la dos, pensó, y para ese caso es mejor no hacer un partido. Arcancio se sentó a esperar a que el almuerzo haga un poco de reposo, y estuvo mirando su sello durante media hora, intentando descifrar por qué no tenía tinta. A la vez que cavila con su sello y el partido, nota que llegan nuevamente sus nuevos compañeros de trabajo con las carretillas llenas de sobres y se disgusta un poco cuando ve que sobre los sobres no clasificados aún que estaban en el piso, le caen nuevos sobres que tendrán que ser clasificados. Pensó en el partido La tarde fue mas tranquila que la mañana. El señor gordo que era el jefe no fue a trabajar. A las cinco y veintialgo ya todos sus nuevos compañeros se estaban levantando de sus asientos y, a y media exactas, todos tomaron el ascensor hacia la salida. - Que está a la moda, ¿no? - También es. Pero in de dentro, ¿sabes qué significa? - No - Y out. - Tampoco. Eso no lo vi en mi curso de inglés. Su trabajo era muy simple, como se dijo. De todas las cartas que le eran tiradas en el piso, tenía que ver, una a una, a donde estaban dirigidas. Si su destino era Fachantoná (hagamos de cuenta que la carta tuviere como destino la ciudad de Fachantoná, sólo hagamos de cuenta, ¿me entiende, joven?, le indicaba clara y diáfanamente Fernández, quien fue el encargado por el señor gordo que era el jefe para que este inepto sepa qué hacer y cómo, y haga su trabajo y no me interrumpa el normal desarrollo de esta oficina), las debería colocar en el cajón que decía In, como si fuera adentro de la ciudad de Fachantoná, ¿me entiende, joven? Al cajón con el letrero Out iban todas las otras cartas, es decir, le aclaró Fernández, las que tienen un lugar de destino diferente a Fachantoná, y las ponemos en el de Out porque Out es afuera en inglés, ¿me entiende, joven?, son cartas que van dirigidas para afuera de Fachantoná. - Y por todo esto es que para este cargo siempre se ha requerido de una persona bilingüe, que sepa inglés, ¿me entiende, joven? Arcancio vio que los demás funcionarios le miraban y confiaban que entendiera, y se iban acomodando cuando se dieron cuenta que Arcancio iba a comenzar a trabajar. Y comenzó a trabajar. Pronto se dio cuenta que la cosa era más simple aún de lo pensado. No había que mirar todo el sobre, como le indicó Fernández, (usted mira con detalle todo lo que está escrito en el sobre, ¿me entiende joven?), ya que bastaba una mirada rápida para ver si estaba escrita la palabra Fachantoná, o algo parecido a Fachantoná, porque la gente ni te imaginas lo feo que escribe, y se coloca el sobre en el cajón de la izquierda; y al de la derecha el resto. Y comenzó a una velocidad asombrosa un trabajo que le pareció simpático, y ya al cabo de media hora no colocaba suavemente el sobre pertinente en la bandeja de In o Out, sino que ya lo lanzaba con propiedad, haciendo que hiciera una parábola, acertando casi siempre. Y simuló mentalmente una partida de baloncesto: Fachantoná contra el resto del mundo, y cada vez que un sobre caía en la caja In, eran dos puntos para Fachantoná. Si el sobre iba a la caja Out, eran dos puntos para el equipo resto del mundo. Si el sobre caía por error al piso, no había puntos para ningún equipo. Los sobres destinados a Fachantoná siempre caían en la caja In. No siempre acertaba en la caja Out. No había problema con los sobres que se caían al piso, porque iban a parar al mismo piso donde estaban todos los demás sobres que aún no habían sido catalogados. Arcancio se extrañó al ver que ahora sí, todos sus demás compañeros, incluyendo a Fernández, estaban trabajando. Faltando poco para las doce, casi había logrado dejar el piso libre de sobres, y Fachantoná ganaba el partido sobradamente, e iban pasando junto a él todos sus nuevos compañeros, quienes en tono animoso, lo invitaban a ser parte del grupo para ir a almorzar. Se unió a ellos, dejando en el piso los pocos sobres que faltaban por clasificar. A las doce en punto salieron. Pidió un almuerzo ejecutivo, que pagó con la plata que su mamá le dio en la mañana para que almuerce mijo mientras le entra su primer sueldo. Sopa de lentejas de entrada. Y como plato principal se podía escoger entre estofado de ternera o espaguetis a la marinara. Escogió los espaguetis a pesar de la sugerencia que le formuló su compañero Fernández, quien infructuosamente quiso hacerle entrar en razón que no tenía sentido pedir un plato con mariscos en una ciudad que no tiene aeropuerto y está ubicada a mas de mil kilómetros del mar, ¿me entiende, joven?. De todas formas, le parecieron ricos los espaguetis acompañados de coca cola. A las doce y cincuenta y algo, todos pidieron la cuenta, como si fuera diferente a la del día anterior, como si el valor del almuerzo ejecutivo fuera diferente día a día, cuando todos sabían perfectamente bien que el precio del almuerzo ejecutivo se mantiene intacto todo el año, y es subido únicamente el día primero de enero, conforme haya sido el porcentaje de aumento autorizado por el gobierno sobre el galón de gasolina, como sí, había dicho siempre Fernández todos los primeros de enero, el valor de la libra de arroz tuviera algo que ver con el del galón de gasolina. Antecitos de la una ya estaban todos apurándose unos a otros, diciéndole Fernández a Arcancio, pilas que llegamos tarde, ¿me entiende, joven?, y entrando todos como en tropa, exactamente a la una menos un minuto, y saludando todos a Rastras, que estaba sentado en un escritorio contiguo al acceso a los ascensores. Su escritorio estaba tal y como lo había dejado antes de ir a almorzar, y había unas nuevas compañeras de trabajo retirando de las cajas los sobres ya clasificados. Los sobres del piso seguían ahí. No eran muchos. En la tarde habrá tiempo suficiente para analizarlos y meterlos en la canasta uno o dos. Más bien en la dos, pensó, y para ese caso es mejor no hacer un partido. Arcancio se sentó a esperar a que el almuerzo haga un poco de reposo, y estuvo mirando su sello durante media hora, intentando descifrar por qué no tenía tinta. A la vez que cavila con su sello y el partido, nota que llegan nuevamente sus nuevos compañeros de trabajo con las carretillas llenas de sobres y se disgusta un poco cuando ve que sobre los sobres no clasificados aún que estaban en el piso, le caen nuevos sobres que tendrán que ser clasificados. Pensó en el partido La tarde fue mas tranquila que la mañana. El señor gordo que era el jefe no fue a trabajar. A las cinco y veintialgo ya todos sus nuevos compañeros se estaban levantando de sus asientos y, a y media exactas, todos tomaron el ascensor hacia la salida. Al otro día en la mañana, Arcancio se sentía un poco cansado, por lo que su mamá demoró no menos de una hora en sacarlo de la cama, que se levante mijo que se le enfría el desayuno, que mire que tiene que llegar temprano allá a su trabajo, que tenga presente que el que está respondiendo es su tío Arcadio. Llegó a la oficina pasadas las ocho de la mañana y se encontró sentado en un escritorio frente al ascensor al señor que el día de ayer cuando llegaron de almorzar llamaban el Rastras. Lo miró no más y subió al ascensor. Todos sus compañeros ya estaban listos en sus puestos, esperando, con seguridad, a que él comenzase a trabajar, y se sintió indispensable. En efecto, la mitad del trabajo de la oficina, si no más, comenzaba con lo que hacía el encajonador. Notó con desagrado que ya el piso estaba lleno de sobres y cartas, y recordó que del día anterior le habían quedado sin clasificar un buen número de ellos, que estarían abajo de los que acababan de botar. Pasado el mes, Fernández lo invitó a tomar un tintico, para tratar unos punticos que el jefe quiere que hable con usted, ¿me entiende joven? Arcancio se levantó de la silla, se ajustó la corbata y se puso el saco, viendo para su asombro que Fernández no hacía nada de éso: La invitación a tomar un tinto era para ser tomado aquí sobre mi escritorio, ¿me entiende joven?, que ya debe estar por pasar Aurelia con los tintos y le decimos que el suyo lo deje aquí en mi mesa. Había un poco de quejas sobre el desempeño del nuevo encajonador, y Arcancio se sintió bien al oír su cargo, y para explicar las quejas, Fernández se levantó de su silla y abrió con una llave un gran caja que tenía un letrero con el mismo tipo y tamaño de letra que las cajas de In y Out, que decía Devolution. Le explicó que todo sobre que no lograba ser cumplimentado con éxito en las oficinas, ¿me entiende joven?, era botado en esa caja para nuevamente retomar su rumbo original. La caja estaba repleta de sobres. - La palabra devolution viene del inglés y explica todo esto que le estoy diciendo, ¿me entiende joven?, le dijo Fernández adoptando poses de pedagogo. Y ahí, con el ejemplo al frente, y no teorizando, ¿me entiende joven?, le sacaba un manojo de cartas y le explicaba que las cartas escritas y remitidas desde la misma ciudad de Fachantoná, con destino a la misma ciudad de Fachantoná (hagamos de cuenta que usted me envía desde su casa una carta a mi, a mi casa, sólo hagamos de cuenta, ¿me entiende joven?), no tienen por costumbre anotada la ciudad Fachantoná como destino, sino que se indica simplemente La Ciudad, para que el cartero entienda que va destinada a la misma ciudad. Ahí entendió un poco Arcancio porqué le costaba tanto trabajo ganar las partidas de baloncesto al equipo de Fachantoná, y no supo recordar el gran número de cartas que iban dirigidas a La Ciudad y que él, pensando que pertenecían a la caja Out, las había lanzado ahí, y muchas de ellas habían casualmente caído nuevamente al piso. De igual forma, le dijo Fernández con su calma, que el jefe le había dicho que a él le habían dicho que había gran cantidad de sobres que en esos días habían caído en la bandeja de In, y que no estaban dirigidos a Fachantoná, sino mire usted, le muestro con el ejemplo al frente, y no teorizando, ¿me entiende joven?, que esta carta va dirigida a Francia, seguramente escrita por un fachantonés que tiene un amigo o conocido por esas tierras donde se habla el francés, y esta de acá va dirigida a Finlandia, cerca a Francia, debe ser, y esta otra a Filipinas, que también debe quedar por ahí, y esta mire usted va dirigida a Spain, que quedará me imagino por ahí también, pues vea, usted las ha colocado en la bandeja equivocada, como si estuvieran dirigidas a Fachantoná, y mientras Arcancio se acordaba de cómo a veces los partidos de baloncesto estaban tan igualados que si el destino indicado en el sobre de cualquier carta comenzaba por la letra efe de Fachantoná, o una que se le pareciera, como la ese, o a veces la be cuando el partido se estaba perdiendo, el sobre caería a la bandeja de In, sin indagar mucho. Arcancio le dijo que entendía la queja, pero que en su opinión y para él, no era tan grave y para hacer tanto ruido También Fernández le dijo que el jefe le había dicho que le dijera que en la jefatura del departamento de personal le habían dicho que el Rastras había dicho que Arcancio llegaba todos los días tarde a la oficina, en las mañanas; que se tomaba siempre mas de una hora en almorzar, y que, para colmo, salía casi todos los días antes de las cinco y media, y ahí es cuando Arcancio se da cuenta que el Rastras, que tan amablemente se inclinaba y anotaba algo cada vez que lo veía, y que el pensaba que lo que hacía era hacerle una venia, era realmente el encargado de anotar la puntualidad de los empleados, o mas concretamente, su impuntualidad. Así, cada vez que un empleado entraba o salía a deshoras, ese hecho era anotado en una agenda escolar que una vez a la semana era revisada por el jefe de personal. Pilas Arcancio, pilas, que si no llega puntual y no cumple los horarios lo anota el Rastras, ¿me entiende joven? Arcancio le dijo entender, pero le comentó que la culpa era de la mamá, porque no lo despertaba a la hora. Le dijo a Fernández que tranquilo, que él le decía a su mamá. Además, Fernández le comentó de una serie de puntos y asuntos que el jefe gordo le había dicho que le dijera, y que a entender de Fernández eran supremamente delicados, pilas, Arcancio, pilas, que los de arriba están inquietos ¿me entiende joven? A Arcancio le parecieron inquietudes o dudas de poca importancia, de carácter menor, sobre las que realmente no han debido preocuparse, pero que si agradecía lo que comentaban sobre su presencia los de arriba y le dijo a Fernández que le iba a comentar a su mamá que tal vez era hora de lavar y planchar el vestido de la fiesta de grado. - Intentaré no traer mas la ruana, le dijo, pero es que aquí hace un poco de frío. De encajonador pasó a ser estampillador junior, y solo ahí supo que su sello, que infructuosamente no pintaba nada en su primer día de trabajo y que debió utilizar para firmar el cambio de puesto, decía "Encajonador" dentro de un letrero que sostenía en sus garras un cóndor parecido al del escudo que lleva la bandera. Con el tiempo supo, también, que el sello servía patify>Al otro día en la mañana, Arcancio se sentía un poco cansado, por lo que su mamá demoró no menos de una hora en sacarlo de la cama, que se levante mijo que se le enfría el desayuno, que mire que tiene que llegar temprano allá a su trabajo, que tenga presente que el que está respondiendo es su tío Arcadio. Llegó a la oficina pasadas las ocho de la mañana y se encontró sentado en un escritorio frente al ascensor al señor que el día de ayer cuando llegaron de almorzar llamaban el Rastras. Lo miró no más y subió al ascensor. Todos sus compañeros ya estaban listos en sus puestos, esperando, con seguridad, a que él comenzase a trabajar, y se sintió indispensable. En efecto, la mitad del trabajo de la oficina, si no más, comenzaba con lo que hacía el encajonador. Notó con desagrado que ya el piso estaba lleno de sobres y cartas, y recordó que del día anterior le habían quedado sin clasificar un buen número de ellos, que estarían abajo de los que acababan de botar. Pasado el mes, Fernández lo invitó a tomar un tintico, para tratar unos punticos que el jefe quiere que hable con usted, ¿me entiende joven? Arcancio se levantó de la silla, se ajustó la corbata y se puso el saco, viendo para su asombro que Fernández no hacía nada de éso: La invitación a tomar un tinto era para ser tomado aquí sobre mi escritorio, ¿me entiende joven?, que ya debe estar por pasar Aurelia con los tintos y le decimos que el suyo lo deje aquí en mi mesa. Había un poco de quejas sobre el desempeño del nuevo encajonador, y Arcancio se sintió bien al oír su cargo, y para explicar las quejas, Fernández se levantó de su silla y abrió con una llave un gran caja que tenía un letrero con el mismo tipo y tamaño de letra que las cajas de In y Out, que decía Devolution. Le explicó que todo sobre que no lograba ser cumplimentado con éxito en las oficinas, ¿me entiende joven?, era botado en esa caja para nuevamente retomar su rumbo original. La caja estaba repleta de sobres. - La palabra devolution viene del inglés y explica todo esto que le estoy diciendo, ¿me entiende joven?, le dijo Fernández adoptando poses de pedagogo. Y ahí, con el ejemplo al frente, y no teorizando, ¿me entiende joven?, le sacaba un manojo de cartas y le explicaba que las cartas escritas y remitidas desde la misma ciudad de Fachantoná, con destino a la misma ciudad de Fachantoná (hagamos de cuenta que usted me envía desde su casa una carta a mi, a mi casa, sólo hagamos de cuenta, ¿me entiende joven?), no tienen por costumbre anotada la ciudad Fachantoná como destino, sino que se indica simplemente La Ciudad, para que el cartero entienda que va destinada a la misma ciudad. Ahí entendió un poco Arcancio porqué le costaba tanto trabajo ganar las partidas de baloncesto al equipo de Fachantoná, y no supo recordar el gran número de cartas que iban dirigidas a La Ciudad y que él, pensando que pertenecían a la caja Out, las había lanzado ahí, y muchas de ellas habían casualmente caído nuevamente al piso. De igual forma, le dijo Fernández con su calma, que el jefe le había dicho que a él le habían dicho que había gran cantidad de sobres que en esos días habían caído en la bandeja de In, y que no estaban dirigidos a Fachantoná, sino mire usted, le muestro con el ejemplo al frente, y no teorizando, ¿me entiende joven?, que esta carta va dirigida a Francia, seguramente escrita por un fachantonés que tiene un amigo o conocido por esas tierras donde se habla el francés, y esta de acá va dirigida a Finlandia, cerca a Francia, debe ser, y esta otra a Filipinas, que también debe quedar por ahí, y esta mire usted va dirigida a Spain, que quedará me imagino por ahí también, pues vea, usted las ha colocado en la bandeja equivocada, como si estuvieran dirigidas a Fachantoná, y mientras Arcancio se acordaba de cómo a veces los partidos de baloncesto estaban tan igualados que si el destino indicado en el sobre de cualquier carta comenzaba por la letra efe de Fachantoná, o una que se le pareciera, como la ese, o a veces la be cuando el partido se estaba perdiendo, el sobre caería a la bandeja de In, sin indagar mucho. Arcancio le dijo que entendía la queja, pero que en su opinión y para él, no era tan grave y para hacer tanto ruido También Fernández le dijo que el jefe le había dicho que le dijera que en la jefatura del departamento de personal le habían dicho que el Rastras había dicho que Arcancio llegaba todos los días tarde a la oficina, en las mañanas; que se tomaba siempre mas de una hora en almorzar, y que, para colmo, salía casi todos los días antes de las cinco y media, y ahí es cuando Arcancio se da cuenta que el Rastras, que tan amablemente se inclinaba y anotaba algo cada vez que lo veía, y que el pensaba que lo que hacía era hacerle una venia, era realmente el encargado de anotar la puntualidad de los empleados, o mas concretamente, su impuntualidad. Así, cada vez que un empleado entraba o salía a deshoras, ese hecho era anotado en una agenda escolar que una vez a la semana era revisada por el jefe de personal. Pilas Arcancio, pilas, que si no llega puntual y no cumple los horarios lo anota el Rastras, ¿me entiende joven? Arcancio le dijo entender, pero le comentó que la culpa era de la mamá, porque no lo despertaba a la hora. Le dijo a Fernández que tranquilo, que él le decía a su mamá. Además, Fernández le comentó de una serie de puntos y asuntos que el jefe gordo le había dicho que le dijera, y que a entender de Fernández eran supremamente delicados, pilas, Arcancio, pilas, que los de arriba están inquietos ¿me entiende joven? A Arcancio le parecieron inquietudes o dudas de poca importancia, de carácter menor, sobre las que realmente no han debido preocuparse, pero que si agradecía lo que comentaban sobre su presencia los de arriba y le dijo a Fernández que le iba a comentar a su mamá que tal vez era hora de lavar y planchar el vestido de la fiesta de grado. - Intentaré no traer mas la ruana, le dijo, pero es que aquí hace un poco de frío. De encajonador pasó a ser estampillador junior, y solo ahí supo que su sello, que infructuosamente no pintaba nada en su primer día de trabajo y que debió utilizar para firmar el cambio de puesto, decía "Encajonador" dentro de un letrero que sostenía en sus garras un cóndor parecido al del escudo que lleva la bandera. Con el tiempo supo, también, que el sello servía para tramitar permisos para entrar o salir a deshoras, y que con los sellos de otras dependencias más altas, todos con el cóndor sosteniendo el letrero con el cargo correspondiente, podía entrar o salir fuera del horario, entregándole al Rastras el permiso correspondiente. Después fue despachador internacional, y supo de ciudades como Calcuta, y hacía la rima y se decía Calcuta como una puta, riendo como un tonto, y leyó Budapest en una carta y cantaba Budapest y dame tres, y vio París en un sobre y se dijo Paris y me hago pis. No lo pasaba tan bien como en los trabajos anteriores. En total, trabajó durante tres años y veinticuatro días en la oficina de correos. Se hizo amigo del Rastras y Fernández le invitó especialmente una vez a su casa para asistir a la primera comunión de un hijo suyo, ¿me entiende joven? Hasta que los rumores y el run run cotidiano fueron verdaderos, y se confirmó lo que ya todos sabían, que no era más que el hecho irreversible de la jubilación anticipada de todos los empleados de la oficina estatal. Hasta ahí supo Arcancio. Fernández si llegó a saber, además, que en las oficinas principales en la capital hubo mítines y pancartas. Y que los trabajadores habían tirado piedra contra la policía. El rastras contó una vez en el ascensor a quien quisiera oír que todo obedecía a una política de modernización del estado. - Estamos en plena globalización, decía, con cara de saber lo que decía. El jefe gordo dicen que dijo para que dijeran que había dicho, que todo hacía parte de un plan para colocar las comunicaciones acordes con las del resto del planeta, y para ello se habían puesto la mano en el bolsillo. - Es el progreso, la modernización, decían que dijo que dijeran que él había dicho. Un día cualquiera llegaron los técnicos que hablaban en inglés y mandaron sacar a todo el personal a la calle. Llegaron con unas cajas donde había robots inteligentes. Arcancio hizo cola con todos los demás empleados, donde les daban un papel numerado y fechado, que en inglés decían que decía que tocaba ir a la capital a firmar unos papeles. Muchos pensaron que era un robo, el Rastras entre ellos, y le decían al que atendía la cola, en inglés aprendido en la school de el Gringo, que la capital quedaba muy lejos y que si no era mejor que trajeran los documentos de todos los empleados a Fachantoná. El que atendía la cola hizo cara de no entender y le dijo al Rastras y a los que estaban a su alrededor unas cosas en inglés que no entendieron. Le dieron poder a un abogado que estaba ahí mismo ofreciendo sus servicios. El doctor Sánscrito Piechacón, que ya se había prejubilado hacía un mes, recibió gustoso los poderes y dijo hacer lo posible para conciliar los santos y sagrados derechos de estos humildes trabajadores. - Cobra carísimo, dijo el Rastras, pero parece que es de lo mejorcito que hay. Arcancio fue de los pocos que no contrató sus servicios. A eso de las once de la mañana salió con su papelito que tenía un número de seis dígitos y una fecha, y se fue a su casa a preguntarle a su mamá qué opinaba de todo eso. Su mamá estaba en su cuarto y le dijo que ya salía, que esperara un momentito en el salón. Salió al cabo de un rato con el tío Arcadio, quienes cuando dijeron que habían entendido todo lo que Arcancio les había dicho que había ocurrido dijeron no saber muy bien que camino tomar. Como al cabo de un mes llegó Fernández con nuevas sobre los trámites de la jubilación anticipada. - Es fácil, dijo. Hay que obtener la partida eclesiástica de confirmación, refrendada por el jefe de parroquias, el Obispo y Su Santidad, en latín original, ¿me entiende joven? Arcancio aplazó otra vez su matrimonio y fue a preguntarles a los del apartamento del barrio de La Alameda del Real si le devolvían el dinero de la cuota inicial. Mientras oía la respuesta, intentaba entender lo que su novia Lucinda le decía al oído en voz bajita, cuchicheando algo así como que una nueva invasión contra el terrorismo mundial había hecho que se hundiera un pozo de petróleo, causando un corto circuito en el mar Muerto, y dejando en últimas sin baterías a los robots que trabajaban en la antigua oficina de correos. - Como que es el caos, le dijo Lucinda. Las cartas están tiradas hasta en el piso. SABER ES SABER El doctor Álvaro López Jota Jaramillo fue mi profesor de derecho constitucional y lo primero que de él me impactó fue su cara. No sólo lo primero. Lo primero y único que de él le impactó fue su cara. Tenía cara de perro y dientes de perro, de esos perros con la cabeza cuadrada y ñatos de nariz, y que tienen los ojos hundidos dentro de unos cachetes muy altos. Casi no tenía orejas. Y el pelo cortico, como el de un puercoespín, con las puntas afiladas hacia arriba. Además, era bien bajito y panzón. Vestía con vestido entero, gris, siempre gris, triste, camisa blanca y corbata morada. Y todo le quedaba grande. Hasta la corbata le quedaba grande. Apenas entró a clase la primera vez que lo vi, con un poco de libros bajo un brazo, sosteniendo con los dedos índice y medio el listado de alumnos inscritos en el curso, notamos que con esa cara y esas pintas tenía que ser un tipo buena gente. Y lo era. Era buena gente. Después fue despachador internacional, y supo de ciudades como Calcuta, y hacía la rima y se decía Calcuta como una puta, riendo como un tonto, y leyó Budapest en una carta y cantaba Budapest y dame tres, y vio París en un sobre y se dijo Paris y me hago pis. No lo pasaba tan bien como en los trabajos anteriores. En total, trabajó durante tres años y veinticuatro días en la oficina de correos. Se hizo amigo del Rastras y Fernández le invitó especialmente una vez a su casa para asistir a la primera comunión de un hijo suyo, ¿me entiende joven? Hasta que los rumores y el run run cotidiano fueron verdaderos, y se confirmó lo que ya todos sabían, que no era más que el hecho irreversible de la jubilación anticipada de todos los empleados de la oficina estatal. Hasta ahí supo Arcancio. Fernández si llegó a saber, además, que en las oficinas principales en la capital hubo mítines y pancartas. Y que los trabajadores habían tirado piedra contra la policía. El rastras contó una vez en el ascensor a quien quisiera oír que todo obedecía a una política de modernización del estado. - Estamos en plena globalización, decía, con cara de saber lo que decía. El jefe gordo dicen que dijo para que dijeran que había dicho, que todo hacía parte de un plan para colocar las comunicaciones acordes con las del resto del planeta, y para ello se habían puesto la mano en el bolsillo. - Es el progreso, la modernización, decían que dijo que dijeran que él había dicho. Un día cualquiera llegaron los técnicos que hablaban en inglés y mandaron sacar a todo el personal a la calle. Llegaron con unas cajas donde había robots inteligentes. Arcancio hizo cola con todos los demás empleados, donde les daban un papel numerado y fechado, que en inglés decían que decía que tocaba ir a la capital a firmar unos papeles. Muchos pensaron que era un robo, el Rastras entre ellos, y le decían al que atendía la cola, en inglés aprendido en la school de el Gringo, que la capital quedaba muy lejos y que si no era mejor que trajeran los documentos de todos los empleados a Fachantoná. El que atendía la cola hizo cara de no entender y le dijo al Rastras y a los que estaban a su alrededor unas cosas en inglés que no entendieron. Le dieron poder a un abogado que estaba ahí mismo ofreciendo sus servicios. El doctor Sánscrito Piechacón, que ya se había prejubilado hacía un mes, recibió gustoso los poderes y dijo hacer lo posible para conciliar los santos y sagrados derechos de estos humildes trabajadores. - Cobra carísimo, dijo el Rastras, pero parece que es de lo mejorcito que hay. Arcancio fue de los pocos que no contrató sus servicios. A eso de las once de la mañana salió con su papelito que tenía un número de seis dígitos y una fecha, y se fue a su casa a preguntarle a su mamá qué opinaba de todo eso. Su mamá estaba en su cuarto y le dijo que ya salía, que esperara un momentito en el salón. Salió al cabo de un rato con el tío Arcadio, quienes cuando dijeron que habían entendido todo lo que Arcancio les había dicho que había ocurrido dijeron no saber muy bien que camino tomar. Como al cabo de un mes llegó Fernández con nuevas sobre los trámites de la jubilación anticipada. - Es fácil, dijo. Hay que obtener la partida eclesiástica de confirmación, refrendada por el jefe de parroquias, el Obispo y Su Santidad, en latín original, ¿me entiende joven? Arcancio aplazó otra vez su matrimonio y fue a preguntarles a los del apartamento del barrio de La Alameda del Real si le devolvían el dinero de la cuota inicial. Mientras oía la respuesta, intentaba entender lo que su novia Lucinda le decía al oído en voz bajita, cuchicheando algo así como que una nueva invasión contra el terrorismo mundial había hecho que se hundiera un pozo de petróleo, causando un corto circuito en el mar Muerto, y dejando en últimas sin baterías a los robots que trabajaban en la antigua oficina de correos. - Como que es el caos, le dijo Lucinda. Las cartas están tiradas hasta en el piso. SABER ES SABER El doctor Álvaro López Jota Jaramillo fue mi profesor de derecho constitucional y lo primero que de él me impactó fue su cara. No sólo lo primero. Lo primero y único que de él le impactó fue su cara. Tenía cara de perro y dientes de perro, de esos perros con la cabeza cuadrada y ñatos de nariz, y que tienen los ojos hundidos dentro de unos cachetes muy altos. Casi no tenía orejas. Y el pelo cortico, como el de un puercoespín, con las puntas afiladas hacia arriba. Además, era bien bajito y panzón. Vestía con vestido entero, gris, siempre gris, triste, camisa blanca y corbata morada. Y todo le quedaba grande. Hasta la corbata le quedaba grande. Apenas entró a clase la primera vez que lo vi, con un poco de libros bajo un brazo, sosteniendo con los dedos índice y medio el listado de alumnos inscritos en el curso, notamos que con esa cara y esas pintas tenía que ser un tipo buena gente. Y lo era. Era buena gente. Fue mi profesor en tercer semestre de universidad y era bastante malo como profesor, de lo peor que tuve, porque era de los que comienzan a dictar la clase con sus verdades en la cabeza, bien pocas, por cierto, y sus preceptos de lo bueno y lo malo, del buen derecho y del mal derecho. Francia, decía, maneja un derecho adecuado a los tiempos modernos, y el doctor López Jota Jaramillo hablaba en francés frases corridas que nadie entendía, frases larguísimas y, cuando finalmente pasaba al español lo hablaba trabado, y la letra erre se le enredaba en la lengua y la lengua le soltaba cosas impensadas. El Doctor López Jota Jaramillo decía que vivió en Paris en el famoso mayo de mil novecientos sesenta y ocho, y todos en clase se miraban preguntándose qué es eso de mayo de mil novecientos sesenta y ocho. Yo si me acuerdo de ello y me acuerdo de Daniel el rojo y las fotos de Cartier-Bresson, por que el tema me interesó desde que estaba en el colegio en Fachantoná, y la verdad es que nunca vi ni imaginé siquiera en mi cabeza al doctor López Jota Jaramillo hablando con los obreros de la fábrica Renault sobre la unión de la lucha obrero estudiantil, o tirando piedras a la policía en cualquier manif de la plaza de Bastilla a la plaza de República, o discutiendo en la universidad de Nanterre acerca de la seriedad en afirmar que se es marxista, tendencia Groucho. No. El doctor López Jota Jaramillo no vivió en París por esa época. Con seguridad que eran cuentos suyos. Al doctor López Jota Jaramillo cualquier opinión diferente lo contrariaba. No aceptaba discusiones y cuando éstas se armaban, no las lograba controlar. No era ágil. Pero era muy conocido. Su familia era muy conocida. El doctor López Jota Jaramillo era bisnieto, nieto e hijo de presidente, y por las fotos que aparecían en los periódicos y en los libros de historia patria, todos los Gutiérrez tenían la misma cara de perro. Y tenía una columna de opinión en “El clamor de la patria”, tal como su padre tenía una, y la de él, que tenía la oportuna ocurrencia de llamarse “la tercera vía”, pensando tal vez que nadie sabía de los pensamientos políticos de la social democracia europea, como en efecto, seguramente, casi nadie sabía. Una vez a la semana en “la tercera vía”, daba rienda suelta a sus novedosas teorías políticas, y escribía sobre constituyentes y referéndums, y hablaba de globalizaciones y crecimientos económicos, con total y absoluto dominio, como si nadie supiera, como en efecto nadie sabía, pero todo el mundo pensaba, sospechaba (o sabía, en últimas), que todo lo escrito eran burdas copias traducidas casi al dedillo de artículos de opinión publicados en los principales diarios del mundo y, así, con total impunidad, traducía un artículo publicado, digamos, hace tres meses en Le Monde, o en Le Figaro, y lo hacía propio, con su firma, trayendo a colación, al final, cualquier ejemplo nacional. Lo hacía descaradamente. Varios días estuvo el país analizando las recomendaciones y comentarios del doctor López Jota Jaramillo sobre un tema tan delicado como el terrorismo, cuando se preguntaba a sí mismo en un corto pero tenso artículo, cómo combatirlo, cuáles eran sus puntos de vista, para responderse acto seguido y sin dar lugar a introducciones, que en primer lugar, es muy importante no confundir árabe con terrorismo. En segundo lugar, afirmaba, hay que intentar una política de aproximación que se caracterice por la lealtad de las intenciones y de los procedimientos. En tercer lugar, añadía, no hay que olvidar que occidente tiene en el pasado crímenes semejantes a aquellos de los que hoy es víctima. En cuarto lugar, dijo su escrito, hay que tener siempre presentes las palabras de Ricoeur, cuando afirma el otro es como yo y tiene derecho de decir yo. Y en quinto y último lugar, escribió que tal vez haya una solución al problema, pero que ésa no la conocía. Y puso punto final a su artículo. El país entero, de costa a costa, de extremo a extremo, analizó sus palabras, y estudió de qué forma eran predicables para el terrorismo ejercido por las guerrillas y los paramilitares, y fue aplaudida su lógica demoledora, preguntándose unos y otros quién era Ricoeur, y estudiándose en las facultades de filosofía y letras el alcance de su quinto y último argumento, aquel en el cual decía que tal vez haya una solución, pero ésa no la conozco. Nunca nadie supo nunca que las cinco reflexiones no provenían de él, no eran de su cosecha, ni siquiera una sola, sino que hacían parte todas, sin excepción o coma, de una entrevista sobre el terrorismo que el diario El País de Madrid le hiciera al novelista portugués José Saramago. Y el doctor López Jota Jaramillo dio charlas sobre lo escrito en albergues juveniles y centros culturales, sin jamás cuestionar que hubiera otra mente detrás de la suya. Tuvo la enorme desfachatez de comenzar un artículo suyo, el siguiente al anterior, que decía que cuánto más viejo, se sentía más libre. Y cuánto más libre, más radical. No tuvo la sana ocurrencia de decir que esas palabras no eran suyas, sino que provenían del mismo Saramago, dichas el mismo día, frente a la misma entrevista y ante el mismo periodista. Igualmente inquietó a las bolsas cuando comentó por radio de la urgente necesidad de implantar la moneda única latinoamericana, “el latino”, la llamó, proponiendo que comenzara a cotizarse, desde un primer momento, a la par del euro, su prima hermana, De igual forma, con el mismo descaro y la misma frescura, el país político e intelectual divagó durante días después de leer un artículo suyo, un extenso y arduo artículo suyo, donde proponía con total destreza argumental, cartesianamente, que rebatía las críticas más feroces y soeces, la elaboración de una gran constitución (obra magna latina, la llamó él) latinoamericana, que supiera recoger (se leía así: recoger), a la vez, los pensamientos y enseñanzas de Bolívar y San Martín. Opinó todo el mundo sobre el particular y hubo foros abiertos en las universidades públicas y privadas para trabajar el tema, se propuso en periódicos de fronteras insospechadas, igualmente, recoger (así decíany>Fue mi profesor en tercer semestre de universidad y era bastante malo como profesor, de lo peor que tuve, porque era de los que comienzan a dictar la clase con sus verdades en la cabeza, bien pocas, por cierto, y sus preceptos de lo bueno y lo malo, del buen derecho y del mal derecho. Francia, decía, maneja un derecho adecuado a los tiempos modernos, y el doctor López Jota Jaramillo hablaba en francés frases corridas que nadie entendía, frases larguísimas y, cuando finalmente pasaba al español lo hablaba trabado, y la letra erre se le enredaba en la lengua y la lengua le soltaba cosas impensadas. El Doctor López Jota Jaramillo decía que vivió en Paris en el famoso mayo de mil novecientos sesenta y ocho, y todos en clase se miraban preguntándose qué es eso de mayo de mil novecientos sesenta y ocho. Yo si me acuerdo de ello y me acuerdo de Daniel el rojo y las fotos de Cartier-Bresson, por que el tema me interesó desde que estaba en el colegio en Fachantoná, y la verdad es que nunca vi ni imaginé siquiera en mi cabeza al doctor López Jota Jaramillo hablando con los obreros de la fábrica Renault sobre la unión de la lucha obrero estudiantil, o tirando piedras a la policía en cualquier manif de la plaza de Bastilla a la plaza de República, o discutiendo en la universidad de Nanterre acerca de la seriedad en afirmar que se es marxista, tendencia Groucho. No. El doctor López Jota Jaramillo no vivió en París por esa época. Con seguridad que eran cuentos suyos. Al doctor López Jota Jaramillo cualquier opinión diferente lo contrariaba. No aceptaba discusiones y cuando éstas se armaban, no las lograba controlar. No era ágil. Pero era muy conocido. Su familia era muy conocida. El doctor López Jota Jaramillo era bisnieto, nieto e hijo de presidente, y por las fotos que aparecían en los periódicos y en los libros de historia patria, todos los Gutiérrez tenían la misma cara de perro. Y tenía una columna de opinión en “El clamor de la patria”, tal como su padre tenía una, y la de él, que tenía la oportuna ocurrencia de llamarse “la tercera vía”, pensando tal vez que nadie sabía de los pensamientos políticos de la social democracia europea, como en efecto, seguramente, casi nadie sabía. Una vez a la semana en “la tercera vía”, daba rienda suelta a sus novedosas teorías políticas, y escribía sobre constituyentes y referéndums, y hablaba de globalizaciones y crecimientos económicos, con total y absoluto dominio, como si nadie supiera, como en efecto nadie sabía, pero todo el mundo pensaba, sospechaba (o sabía, en últimas), que todo lo escrito eran burdas copias traducidas casi al dedillo de artículos de opinión publicados en los principales diarios del mundo y, así, con total impunidad, traducía un artículo publicado, digamos, hace tres meses en Le Monde, o en Le Figaro, y lo hacía propio, con su firma, trayendo a colación, al final, cualquier ejemplo nacional. Lo hacía descaradamente. Varios días estuvo el país analizando las recomendaciones y comentarios del doctor López Jota Jaramillo sobre un tema tan delicado como el terrorismo, cuando se preguntaba a sí mismo en un corto pero tenso artículo, cómo combatirlo, cuáles eran sus puntos de vista, para responderse acto seguido y sin dar lugar a introducciones, que en primer lugar, es muy importante no confundir árabe con terrorismo. En segundo lugar, afirmaba, hay que intentar una política de aproximación que se caracterice por la lealtad de las intenciones y de los procedimientos. En tercer lugar, añadía, no hay que olvidar que occidente tiene en el pasado crímenes semejantes a aquellos de los que hoy es víctima. En cuarto lugar, dijo su escrito, hay que tener siempre presentes las palabras de Ricoeur, cuando afirma el otro es como yo y tiene derecho de decir yo. Y en quinto y último lugar, escribió que tal vez haya una solución al problema, pero que ésa no la conocía. Y puso punto final a su artículo. El país entero, de costa a costa, de extremo a extremo, analizó sus palabras, y estudió de qué forma eran predicables para el terrorismo ejercido por las guerrillas y los paramilitares, y fue aplaudida su lógica demoledora, preguntándose unos y otros quién era Ricoeur, y estudiándose en las facultades de filosofía y letras el alcance de su quinto y último argumento, aquel en el cual decía que tal vez haya una solución, pero ésa no la conozco. Nunca nadie supo nunca que las cinco reflexiones no provenían de él, no eran de su cosecha, ni siquiera una sola, sino que hacían parte todas, sin excepción o coma, de una entrevista sobre el terrorismo que el diario El País de Madrid le hiciera al novelista portugués José Saramago. Y el doctor López Jota Jaramillo dio charlas sobre lo escrito en albergues juveniles y centros culturales, sin jamás cuestionar que hubiera otra mente detrás de la suya. Tuvo la enorme desfachatez de comenzar un artículo suyo, el siguiente al anterior, que decía que cuánto más viejo, se sentía más libre. Y cuánto más libre, más radical. No tuvo la sana ocurrencia de decir que esas palabras no eran suyas, sino que provenían del mismo Saramago, dichas el mismo día, frente a la misma entrevista y ante el mismo periodista. Igualmente inquietó a las bolsas cuando comentó por radio de la urgente necesidad de implantar la moneda única latinoamericana, “el latino”, la llamó, proponiendo que comenzara a cotizarse, desde un primer momento, a la par del euro, su prima hermana, De igual forma, con el mismo descaro y la misma frescura, el país político e intelectual divagó durante días después de leer un artículo suyo, un extenso y arduo artículo suyo, donde proponía con total destreza argumental, cartesianamente, que rebatía las críticas más feroces y soeces, la elaboración de una gran constitución (obra magna latina, la llamó él) latinoamericana, que supiera recoger (se leía así: recoger), a la vez, los pensamientos y enseñanzas de Bolívar y San Martín. Opinó todo el mundo sobre el particular y hubo foros abiertos en las universidades públicas y privadas para trabajar el tema, se propuso en periódicos de fronteras insospechadas, igualmente, recoger (así decían también: recoger) los dictados de O´Higgins y de Belgrano, las comunidades indígenas designaron ponentes (occidentales) para expresar sus opiniones, y decían por intermedio de éstos que ellos también habían sido libertados porque con el español se sufría mucho, afirmaban, y traían a colación a De Las Casas y sus métodos de enseñanza. Hubo quien, sin entender lo que se estaba discutiendo, propuso crear una muralla para separar al nuevo mundo libre del Imperio, y abolir la enseñanza del inglés. Se hicieron listados de los pensamientos de cada libertador, añadiéndose también a Iturbide, y se hizo votación secreta para añadir de los ya dichos a Sucre, a Miranda y a Hidalgo, y cada cual proponía el suyo, y llegaban faxes y correos electrónicos de toda América aplaudiendo tan loable tarea, y se hizo de cada libertador un profundo y sesudo estudio a doble columna, donde a la izquierda se indicaba el nombre del libertador, con unas pequeñas banderas de los países que agradecían su liberación, y a la derecha se anotaban sus teorías políticas, y se propuso incluir también las teorías políticas, sociales y religiosas de otros libertadores, como Santander, propuesto por una historiadora con cara de ángel, para al cabo de pocos días, cuando ya estaban otros entusiastas pidiendo incluir al listado de libertadores los nombres de Perón y de Chávez, el tema irse diluyendo, e ir pasando a ser tratado en pequeñas coletillas periodísticas, casi siempre en tono de broma y burla, y acabar mezclado con las noticias deportivas que daban cuenta de la buena nueva por la obtención de una medalla reluciente por parte de un deportista que nadie conocía en una importante competencia de una ciudad que nadie ubicaba y de donde todos aseguraban constituía un éxito sin precedentes que demostraba, una vez más, la templanza y el coraje, a más del tesón, el empeño y la voluntad, de nuestros deportistas nacionales, que salidos de la más mísera pobreza han logrado codearse con los grandes medallistas mundiales que han tenido, ellos sí, todas las oportunidades del mundo para salir adelante. Pocos supieron que el presidente francés Valerie Giscard D´Estaing, con la misma destreza argumental, y casi en sus mismas palabras, tan las mismas que nadie sabía quien copiaba a quien, había propuesto en iguales términos años antes en la prensa francesa la promulgación de una constitución europea. Y las clases del doctor López Jota Jaramillo en la universidad, si bien eran malas, por dictarlas sin haberlas preparado con anterioridad, por repetir tonta y malamente lo que los libros decían, por ser enemigo a crear discusiones que no lograba dominar, eran bien divertidas porque se gozaba en ellas de los chistes de todo color, primordialmente verde, que oportunamente el doctor López Jota Jaramillo decía. En el momento preciso soltaba el chiste adecuado, que contenía siempre un cura malicioso, una señorita joven y voluptuosa, y su enseñanza y corolario. El doctor López Jota Jaramillo también era senador. A los dieciocho años se hizo senador por el partido liberal y progresista, partido que hizo presidente a sus antepasados. Hoy, tenía ya algo mas de cincuenta años y en su cabeza comenzaban a rondar las ideas para pronto convocar a sus amigos dentro del partido, ex presidentes, ex ministros de estado y ex jueces de la altísima corte celestial, todos grandes hombres públicos, grises políticos, dedicados cuando hay que servir al Estado, sirviendo al Estado, o si no, haciendo uso del sano ejercicio de la abogacía, interponiendo millonarias y gigantescas demandas contra el Estado en sus oficinas particulares, todos, de todas formas, articulistas de “El clamor de la Patria”, y hacerles notar la urgente necesidad de su lanzamiento como candidato oficial del partido para la presidencia de la república, con el fin de salvar a este maltrecho país, que cada tanto aumentaba en forma inquietante su deuda pública y donde siempre, y por años y años, se decía que la quiebra de su sistema de salud y pensiones no aguantaba un año más. Mientras tanto, mientras fuera hora de salvar el mundo, mientras fuera el momento de decir que el pueblo ha tocado la puerta de mi casa para que guíe su camino y su destino, él seguía siendo senador. PADRE VIP La fama de su hijo le cambió. Para cuando la esposa del doctor Benemérito González González pensaba que a su hijo le estaría yendo muy bien en esa universidad a la que fue en la capital, que debería estar muy contento con todo lo que pensaba que estaba aprendiendo, porque imaginó que su muchacho estaría aprendiendo mucho con lo juicioso que es, y porque cuando vino hace dos diciembres se le veía muy desenvuelto, para cuando ella pensaba todo eso, el doctor Benemérito González González ya sabía en detalle de las hazañas que su hijo Guillermito estaba logrando en la capital, allá, con la gente que toca. Su mujer no supo nunca nada. El fue el primero en enterarse de los logros de su hijo allá en la capital, y si bien su alegría era inmensa, no lograba identificar con exactitud cuál era el candidato López Jota Jaramillo que ya era a le vez senador para el cual trabajaba e intentaba repasar mentalmente las fotos de los políticos de la capital que aparecen en “El clamor de la patria”, y sí creía recordar el perfil de un López Jota Jaramillo, pero no sabía si el que creía reconocer era el político candidato, el político presidente, el político periodista, el político intelectual o el político empresario. Todos tenían la misma cara de perro. - De todas formas es gente de bien, se dijo. Si los destinos del país han sido manejados por esta gente por años y años, es que debe ser gente de bien, sentenció. Quien sí supo de buenas a primeras de quien se trataba el personaje, qué t también: recoger) los dictados de O´Higgins y de Belgrano, las comunidades indígenas designaron ponentes (occidentales) para expresar sus opiniones, y decían por intermedio de éstos que ellos también habían sido libertados porque con el español se sufría mucho, afirmaban, y traían a colación a De Las Casas y sus métodos de enseñanza. Hubo quien, sin entender lo que se estaba discutiendo, propuso crear una muralla para separar al nuevo mundo libre del Imperio, y abolir la enseñanza del inglés. Se hicieron listados de los pensamientos de cada libertador, añadiéndose también a Iturbide, y se hizo votación secreta para añadir de los ya dichos a Sucre, a Miranda y a Hidalgo, y cada cual proponía el suyo, y llegaban faxes y correos electrónicos de toda América aplaudiendo tan loable tarea, y se hizo de cada libertador un profundo y sesudo estudio a doble columna, donde a la izquierda se indicaba el nombre del libertador, con unas pequeñas banderas de los países que agradecían su liberación, y a la derecha se anotaban sus teorías políticas, y se propuso incluir también las teorías políticas, sociales y religiosas de otros libertadores, como Santander, propuesto por una historiadora con cara de ángel, para al cabo de pocos días, cuando ya estaban otros entusiastas pidiendo incluir al listado de libertadores los nombres de Perón y de Chávez, el tema irse diluyendo, e ir pasando a ser tratado en pequeñas coletillas periodísticas, casi siempre en tono de broma y burla, y acabar mezclado con las noticias deportivas que daban cuenta de la buena nueva por la obtención de una medalla reluciente por parte de un deportista que nadie conocía en una importante competencia de una ciudad que nadie ubicaba y de donde todos aseguraban constituía un éxito sin precedentes que demostraba, una vez más, la templanza y el coraje, a más del tesón, el empeño y la voluntad, de nuestros deportistas nacionales, que salidos de la más mísera pobreza han logrado codearse con los grandes medallistas mundiales que han tenido, ellos sí, todas las oportunidades del mundo para salir adelante. Pocos supieron que el presidente francés Valerie Giscard D´Estaing, con la misma destreza argumental, y casi en sus mismas palabras, tan las mismas que nadie sabía quien copiaba a quien, había propuesto en iguales términos años antes en la prensa francesa la promulgación de una constitución europea. Y las clases del doctor López Jota Jaramillo en la universidad, si bien eran malas, por dictarlas sin haberlas preparado con anterioridad, por repetir tonta y malamente lo que los libros decían, por ser enemigo a crear discusiones que no lograba dominar, eran bien divertidas porque se gozaba en ellas de los chistes de todo color, primordialmente verde, que oportunamente el doctor López Jota Jaramillo decía. En el momento preciso soltaba el chiste adecuado, que contenía siempre un cura malicioso, una señorita joven y voluptuosa, y su enseñanza y corolario. El doctor López Jota Jaramillo también era senador. A los dieciocho años se hizo senador por el partido liberal y progresista, partido que hizo presidente a sus antepasados. Hoy, tenía ya algo mas de cincuenta años y en su cabeza comenzaban a rondar las ideas para pronto convocar a sus amigos dentro del partido, ex presidentes, ex ministros de estado y ex jueces de la altísima corte celestial, todos grandes hombres públicos, grises políticos, dedicados cuando hay que servir al Estado, sirviendo al Estado, o si no, haciendo uso del sano ejercicio de la abogacía, interponiendo millonarias y gigantescas demandas contra el Estado en sus oficinas particulares, todos, de todas formas, articulistas de “El clamor de la Patria”, y hacerles notar la urgente necesidad de su lanzamiento como candidato oficial del partido para la presidencia de la república, con el fin de salvar a este maltrecho país, que cada tanto aumentaba en forma inquietante su deuda pública y donde siempre, y por años y años, se decía que la quiebra de su sistema de salud y pensiones no aguantaba un año más. Mientras tanto, mientras fuera hora de salvar el mundo, mientras fuera el momento de decir que el pueblo ha tocado la puerta de mi casa para que guíe su camino y su destino, él seguía siendo senador. PADRE VIP La fama de su hijo le cambió. Para cuando la esposa del doctor Benemérito González González pensaba que a su hijo le estaría yendo muy bien en esa universidad a la que fue en la capital, que debería estar muy contento con todo lo que pensaba que estaba aprendiendo, porque imaginó que su muchacho estaría aprendiendo mucho con lo juicioso que es, y porque cuando vino hace dos diciembres se le veía muy desenvuelto, para cuando ella pensaba todo eso, el doctor Benemérito González González ya sabía en detalle de las hazañas que su hijo Guillermito estaba logrando en la capital, allá, con la gente que toca. Su mujer no supo nunca nada. El fue el primero en enterarse de los logros de su hijo allá en la capital, y si bien su alegría era inmensa, no lograba identificar con exactitud cuál era el candidato López Jota Jaramillo que ya era a le vez senador para el cual trabajaba e intentaba repasar mentalmente las fotos de los políticos de la capital que aparecen en “El clamor de la patria”, y sí creía recordar el perfil de un López Jota Jaramillo, pero no sabía si el que creía reconocer era el político candidato, el político presidente, el político periodista, el político intelectual o el político empresario. Todos tenían la misma cara de perro. - De todas formas es gente de bien, se dijo. Si los destinos del país han sido manejados por esta gente por años y años, es que debe ser gente de bien, sentenció. Quien sí supo de buenas a primeras de quien se trataba el personaje, qué tan importante era, qué tan benéfica y provechosa era esa relación para Guillermito, logrando identificar punto a punto, escalón por escalón, toda su carrera política, desde cuando a los catorce años el doctor López Jota Jaramillo fue designado representante y delegado por parte del curso de su colegio a la gran convención de juventudes del partido liberal y progresista, allá por los años sesentas, fue su amigo y juez Javier Guernica Pans, quien simplemente le dijo mi doctor Benemérito tente duro, ala, porque tu hijo se acaba de montar en un cohete de propulsión a chorro. - Yo, a tu hijo, mi estimado doctor, lo veo de ministro en cinco años, le decía mientras le daba un guiño con el ojo. Como por arte de magia, se multiplicaron todos los amigos del doctor Benemérito González González, apareciéndose en todas partes y en todos los rincones, y salían de los ascensores o en la esquina de la calle con grandes felicidades y abrazos descomunales, y en los pasillos de los juzgados, y le explicaban sin haber él pedido explicación, con lujo de detalles, si no te acordás doctor que tú me comentaste hace unos días que tenías un problemita para integrar un litis consorcio en un pleito. - Pues cuando quieras voy a tu oficina, si quieres ahorita mismo que tengo un tiempo libre, y te comento todo lo que hay que comentar sobre ese espinoso tema, el del litis consorcio, que me lo he estudiado para ti, le decían. Específicamente para ti. Y se aparecían en su oficina sin preguntar antes, con libros de consulta y códigos comentados bajo el brazo, recién sacados de la biblioteca municipal de Fachantoná, y sin mirar maliciosamente a su secretaria Janeth, tal como siempre lo habían hecho, y sin decirle niña bonita que ese vestidito te queda divino, le decían ahora con respeto y lejanía excúseme señorita, sin apartar los ojos de sus ojos, sin mirarle algo diferente a los ojos no vaya a ser que el doctor González González se me sienta por pensar que le estoy gallinaciando a la niña, y se sentaban al lado del doctor Benemérito González González, codo a codo, como en las épocas de universidad, y le explicaba con gráficos y dibujitos y flechitas cómo es eso del litis consorcio, y como es la mejor forma para tu caso y dame el expediente de tu pleito y déjame a ver mirar cómo es que hacemos, y cogían máquina de escribir y escribían tecleando con los dedos índices erectos y los demás recogidos en la palma de la mano el memorial que tenés que presentarlo mi doctor máximo el martes entrante en el juzgado, y mira tú que debes firmar el memorial acá donde te puse una equis, y con lápiz hacían una pequeña equis en el espacio reservado para la firma, para ya al final de la explicación y de la ayuda, comentarle lo contento que estoy con el noticionón de lo de tu hijo, hombre, que es mas o menos como casarlo con muchacha rica, le decían entre risotadas. - No te podés olvidar de tus amigos cuando seas el papá de un famosote, ¿ah?, porque tenés que acordarte de quién te hacía los favores. Y se retiraban de su oficina en forma sigilosa, educadamente, cerrando tras de si la puerta con pausa, con un permiso me retiro, y se encontraban nuevamente en el recibidor con Janeth, la secretaria del doctor Benemérito González González, y ahí sí no decían chanzas ni nada, ni le miraban con hambre absoluta el comienzo de su escote, ni se atrevían a decirle mamacita linda que rica que estás hoy, soltándole cualquier piropo ofensivo, tal como lo habían hecho siempre, sino que simplemente mirándole solo el centro de sus ojos, y solamente el centro de sus ojos, le decían excúseme su educación señorita que yo me retiro, y caminaban como con miedo hasta la puerta de la oficina, y la abrían lentamente para no despertar los sueños y salían haciendo creer que nadie hubiera entrado allí nunca. Y ahí se iban enterando, uno a uno, todos los abogados, jueces y tinterillos de Fachantoná, los secretarios de los juzgados y los escribientes, así como los notificadores y calígrafos, que el hijo del doctor Benemérito González González, aquel que fue el mejor bachiller del país, ¿te acordás?, el que se fue a estudiar becado a la capital, el pepa ese, pues te cuento que dicen que anda de jefe de campaña del doctor López Jota Jaramillo, el que es senador y ahora anda de candidato a senador, otra vez. - Ese muchacho se montó al bus de la fama, decían todos. La mamá de Guillermito imaginó que algo raro estaba pasando por el comportamiento de su marido. El doctor Benemérito González González llegaba a su casa por esos días a horas tempranas, nada mas cerrar su oficina, cosa que nunca hacía, sin darle ahora tampoco conversación a la Janeth, su secretaria, sin decirle cosas sobre lo bonita que se te ven las piernas hoy, mi niña, ni apurarla porque tenemos que llegar rapidito a las residencias, donde están en promoción de dos por uno, muerto de la risa, como siempre. Ahora salía de su oficina casi sin despedirse de Janeth, como castigado. Y el recorrido hacia el parqueadero en busca de su vehículo lo hacía lentamente, mirando al piso, paso a paso, para no caerse o resbalarse, parecía, por lo lento del caminado al asentar cada pie. Y hacía parecer que con cada paso buscaba hormiguitas para espicharlas con la suela del zapato, cuando en realidad estaba absorto en pensamientos que conducían todos, de una u otra forma, a las nuevas actividades de su hijo en la capital, a lo bien que le estaba yendo, bien merecido, por cierto, y a como todo el éxito de su hijo repercutía en él, donde ya al fin comenzaría a ser reconocido como un buen y respetado abogado de Fachantoná. Pasaban las muchachas a su lado en la calle, y eran ellas ahora las que se alarmaban por ver al doctor González González tan serio y tan meditabundo, tan metido en sus cosas, que no nos dice ninguna de las cochinadas que nos dice todos los días. Y se dirigía el doctor González González a su casa como un robot, por la Avenida de los Comuneros, parando en cada semáforo, y viendo sin ver a todos los pobres que a su ventanilla se asoman, pidiendo un centavito no más, por favor, sin impresionarse por lo muchos que eran ni por lo pobres y desarrapados que estaban, tal como nunca se impresionó. Ahora tal vez sí se atrevía a mirarlos, porque ahora tal vez sí no los miraba, veía ahora sí sombras de gente alrededor de su vehículo, cuyos susurros suplicantes se confundían con la música que salía de los parlantes de su equipo de sonido, música suave, tal vez un bossa nova, el mismo tipo de música que se oye mal de fondo en los aeropuertos y en los consultorios odontológicos, cuando su sonsonete se confunde con el aviso de llegada de un avión procedente de Lima, o con la fresa. - Yo, a tu hijo, mi estimado doctor, lo veo de ministro en cinco años, le decía mientras le daba un guiño con el ojo. Como por arte de magia, se multiplicaron todos los amigos del doctor Benemérito González González, apareciéndose en todas partes y en todos los rincones, y salían de los ascensores o en la esquina de la calle con grandes felicidades y abrazos descomunales, y en los pasillos de los juzgados, y le explicaban sin haber él pedido explicación, con lujo de detalles, si no te acordás doctor que tú me comentaste hace unos días que tenías un problemita para integrar un litis consorcio en un pleito. - Pues cuando quieras voy a tu oficina, si quieres ahorita mismo que tengo un tiempo libre, y te comento todo lo que hay que comentar sobre ese espinoso tema, el del litis consorcio, que me lo he estudiado para ti, le decían. Específicamente para ti. Y se aparecían en su oficina sin preguntar antes, con libros de consulta y códigos comentados bajo el brazo, recién sacados de la biblioteca municipal de Fachantoná, y sin mirar maliciosamente a su secretaria Janeth, tal como siempre lo habían hecho, y sin decirle niña bonita que ese vestidito te queda divino, le decían ahora con respeto y lejanía excúseme señorita, sin apartar los ojos de sus ojos, sin mirarle algo diferente a los ojos no vaya a ser que el doctor González González se me sienta por pensar que le estoy gallinaciando a la niña, y se sentaban al lado del doctor Benemérito González González, codo a codo, como en las épocas de universidad, y le explicaba con gráficos y dibujitos y flechitas cómo es eso del litis consorcio, y como es la mejor forma para tu caso y dame el expediente de tu pleito y déjame a ver mirar cómo es que hacemos, y cogían máquina de escribir y escribían tecleando con los dedos índices erectos y los demás recogidos en la palma de la mano el memorial que tenés que presentarlo mi doctor máximo el martes entrante en el juzgado, y mira tú que debes firmar el memorial acá donde te puse una equis, y con lápiz hacían una pequeña equis en el espacio reservado para la firma, para ya al final de la explicación y de la ayuda, comentarle lo contento que estoy con el noticionón de lo de tu hijo, hombre, que es mas o menos como casarlo con muchacha rica, le decían entre risotadas. - No te podés olvidar de tus amigos cuando seas el papá de un famosote, ¿ah?, porque tenés que acordarte de quién te hacía los favores. Y se retiraban de su oficina en forma sigilosa, educadamente, cerrando tras de si la puerta con pausa, con un permiso me retiro, y se encontraban nuevamente en el recibidor con Janeth, la secretaria del doctor Benemérito González González, y ahí sí no decían chanzas ni nada, ni le miraban con hambre absoluta el comienzo de su escote, ni se atrevían a decirle mamacita linda que rica que estás hoy, soltándole cualquier piropo ofensivo, tal como lo habían hecho siempre, sino que simplemente mirándole solo el centro de sus ojos, y solamente el centro de sus ojos, le decían excúseme su educación señorita que yo me retiro, y caminaban como con miedo hasta la puerta de la oficina, y la abrían lentamente para no despertar los sueños y salían haciendo creer que nadie hubiera entrado allí nunca. Y ahí se iban enterando, uno a uno, todos los abogados, jueces y tinterillos de Fachantoná, los secretarios de los juzgados y los escribientes, así como los notificadores y calígrafos, que el hijo del doctor Benemérito González González, aquel que fue el mejor bachiller del país, ¿te acordás?, el que se fue a estudiar becado a la capital, el pepa ese, pues te cuento que dicen que anda de jefe de campaña del doctor López Jota Jaramillo, el que es senador y ahora anda de candidato a senador, otra vez. - Ese muchacho se montó al bus de la fama, decían todos. La mamá de Guillermito imaginó que algo raro estaba pasando por el comportamiento de su marido. El doctor Benemérito González González llegaba a su casa por esos días a horas tempranas, nada mas cerrar su oficina, cosa que nunca hacía, sin darle ahora tampoco conversación a la Janeth, su secretaria, sin decirle cosas sobre lo bonita que se te ven las piernas hoy, mi niña, ni apurarla porque tenemos que llegar rapidito a las residencias, donde están en promoción de dos por uno, muerto de la risa, como siempre. Ahora salía de su oficina casi sin despedirse de Janeth, como castigado. Y el recorrido hacia el parqueadero en busca de su vehículo lo hacía lentamente, mirando al piso, paso a paso, para no caerse o resbalarse, parecía, por lo lento del caminado al asentar cada pie. Y hacía parecer que con cada paso buscaba hormiguitas para espicharlas con la suela del zapato, cuando en realidad estaba absorto en pensamientos que conducían todos, de una u otra forma, a las nuevas actividades de su hijo en la capital, a lo bien que le estaba yendo, bien merecido, por cierto, y a como todo el éxito de su hijo repercutía en él, donde ya al fin comenzaría a ser reconocido como un buen y respetado abogado de Fachantoná. Pasaban las muchachas a su lado en la calle, y eran ellas ahora las que se alarmaban por ver al doctor González González tan serio y tan meditabundo, tan metido en sus cosas, que no nos dice ninguna de las cochinadas que nos dice todos los días. Y se dirigía el doctor González González a su casa como un robot, por la Avenida de los Comuneros, parando en cada semáforo, y viendo sin ver a todos los pobres que a su ventanilla se asoman, pidiendo un centavito no más, por favor, sin impresionarse por lo muchos que eran ni por lo pobres y desarrapados que estaban, tal como nunca se impresionó. Ahora tal vez sí se atrevía a mirarlos, porque ahora tal vez sí no los miraba, veía ahora sí sombras de gente alrededor de su vehículo, cuyos susurros suplicantes se confundían con la música que salía de los parlantes de su equipo de sonido, música suave, tal vez un bossa nova, el mismo tipo de música que se oye mal de fondo en los aeropuertos y en los consultorios odontológicos, cuando su sonsonete se confunde con el aviso de llegada de un avión procedente de Lima, o con la fresa. Al entrar a su casa se espanta al ver el desorden y se limita a preguntarle a gritos a su mujer qué carajos pasa en esta casa que está toda patas arriba. En efecto, su mujer estaba aspirando la sala y estaba el tapete principal encima de la mesa del comedor y todos los muebles de la sala alrededor de la mesa del comedor y la mesa auxiliar patas arriba en el pasillo que comunicaba con los cuartos. No estaba aún conectada la aspiradora. - ¿Le parece que es buena hora para mantener la casa así de desordenada?, le pregunto el doctor Benemérito González González a su mujer una vez hubo recibido la justificación del desorden. Su mujer lo miró a la boca, sin responder nada y solo queriéndole decir que solo quería decirle que tal vez mi amor estaba aspirando la casa como lo hago todos los miércoles, y todo está patas arriba para que quede el piso bien limpio como a usted le gusta. Pero no le dijo nada. - Más bien vaya para la cocina y me prepara algo para almorzar, que tengo hambre, fue toda la respuesta del doctor Benemérito González González al silencio de su mujer, mientras se iba para su cuarto y le decía mientras caminaba y a punta de grito que mas valiera que el control del televisor estuviera donde tiene que estar Llegó a su cuarto. Se desnudó en el baño y no en el cuarto, con la puerta cerrada y con guarda, por física vergüenza de ser visto, tal vez porque hacía muchos años que no se desnudaba enfrente de su mujer. Salió con pijama azul con rayas blancas, agua de colonia en el cuello y talco en el pecho, para meterse directamente a la cama, gritándole a su mujer que seguía aún en la cocina -dónde carajos está mija esa comida y dónde carajos está el control del televisor-, y su mujer llegaba en dos segundos y le decía mire mi amor, no se me altere que ya le traigo mismito su comidita, y mire que el control está donde está todos los días, mijito, aquí en su mesita de noche, y tomaba el control que estaba en la mesa de noche del doctor González González, a menos de medio metro suyo, y le decía tome mi amor, prenda la televisión, y vea el noticiero que yo ya vengo con su comidita. Después de comer, su mujer le retiraba la bandeja con los platos y cubiertos sucios para llevarla a la cocina, preguntándole si la comida estuvo bien calientita, mi amor, y cuando volvía de lavar los trastos, como ella decía, se encontraba a la vuelta a su marido profundamente dormido y con el control del televisor agarrado fuertemente entre sus manos, sin poderle preguntar porqué usted mi amor está tan raro por estos días, que lo veo meditabundo, mientras él seguramente soñaba con su hijo dando discursos de políticos, con micrófonos y banderas y banderitas, y serpentinas tricolores, y mucha gente aplaudiendo. Y en el sueño, al lado del hijo, aparecía él, haciendo la be de la victoria. Ella, su mujer, se metía en la cama a ver el programa de televisión que ya estaba sintonizado, sin poder cambiar de canal y ver esa novela que Sarita la peluquera le había comentado, que está buenísima, y miraba el control de refilón, y su marido lo seguía sosteniendo fuerte y ella solo se preguntaba qué estarán dando en los otros canales, creyendo recordar que tal vez no sería muy diferente a lo que estaba viendo en ese momento. Al poco rato cayó dormida y no soñó en nada. . El doctor Benemérito González González también se sentía estar en otro mundo. En un mundo feliz, prometedor, pero inquietante. Todos sus antiguos conocidos lo saludaban con unas simpatías que nunca habían tenido, y le felicitaban sin razón porque me contaron que tu hijo Guillermito anda ahora de importante en la capital. Ya ni se preocupaba por los casos que a su cargo tenía en los juzgados, sus pleitos, porque a donde estuviera se le aparecía cualquier conocido a decirle que vi tu caso, vi ese asunto que tienes en el juzgado octavo, el del tecnicismo paralelo de vasos coadyuvantes, que imagínate que sacó el juez un auto negando la clemencia pueril de tu contraparte, y te he redactado este memorial para presentarlo mañana, y le extendía un papel para firmar, donde en el espacio de la equis marcada con lápiz para firmar, estaba escrito su nombre y el número de su tarjeta profesional de abogado expedida por el ministerio de la justicia ética y demás sueños etéreos. - Acuérdate, cuando sean los momentos de acordarse, de los amigos que se acordaban de ti, le decían gritando al final del largo pasillo del edificio de los juzgados. Pasó en esos días, de forma repentina, del agradable anonimato, que no supo qué tan agradable era sino hasta que lo perdió, a ser considerado cliente vip. Antes, el teléfono celular no era útil y simplemente pesaba dentro del bolsillo, interfiriendo con el equilibrio del cuerpo, incomodando al sentarse, haciendo bultos en la ropa, y sólo inquietando un poco porque sus ondas y rayos electro malignos, alteran, eso dicen, la adecuada coordinación de los sentidos y el correcto ritmo de la vida. Ahora era cliente vip, denominado así por las compañías de telefonía celular, cliente vip, decían los correos, ser very important people, gente muy importante, traduciendo, regalándole minutos y segundos, cuatrocientos noventa y nueve segundos de regalo para ser utilizados en llamadas a Tokio y París, y ser molestado en todo momento por los timbres de marchas marciales, escogidos por él, que hacen que todas las miradas se dirijan hacia donde debe estar ubicado el teléfono, su pequeño intruso con cámara de fotos incorporado y sistema de navegación aéreo, que, a falta de marcha marcial, hace sonar a veces una polca con tambores. Ahora, sus viejos nuevos amigos, antes de importunarlo con observaciones varias, antes de decirle lo merecido y justo que ha sido todo con su hijo, que bien merecido lo tiene, deben esperar a que él atienda su teléfono celular tridimensional de última generación y reciba de una señorita generosa en adjetivos todas las indicaciones para poder acumular sus puntos vip del mes anterior con los puntos vip del mes que corre, y así poder participar en una cena benéfica de gente vip, allá en la capital. Al entrar a su casa se espanta al ver el desorden y se limita a preguntarle a gritos a su mujer qué carajos pasa en esta casa que está toda patas arriba. En efecto, su mujer estaba aspirando la sala y estaba el tapete principal encima de la mesa del comedor y todos los muebles de la sala alrededor de la mesa del comedor y la mesa auxiliar patas arriba en el pasillo que comunicaba con los cuartos. No estaba aún conectada la aspiradora. - ¿Le parece que es buena hora para mantener la casa así de desordenada?, le pregunto el doctor Benemérito González González a su mujer una vez hubo recibido la justificación del desorden. Su mujer lo miró a la boca, sin responder nada y solo queriéndole decir que solo quería decirle que tal vez mi amor estaba aspirando la casa como lo hago todos los miércoles, y todo está patas arriba para que quede el piso bien limpio como a usted le gusta. Pero no le dijo nada. - Más bien vaya para la cocina y me prepara algo para almorzar, que tengo hambre, fue toda la respuesta del doctor Benemérito González González al silencio de su mujer, mientras se iba para su cuarto y le decía mientras caminaba y a punta de grito que mas valiera que el control del televisor estuviera donde tiene que estar Llegó a su cuarto. Se desnudó en el baño y no en el cuarto, con la puerta cerrada y con guarda, por física vergüenza de ser visto, tal vez porque hacía muchos años que no se desnudaba enfrente de su mujer. Salió con pijama azul con rayas blancas, agua de colonia en el cuello y talco en el pecho, para meterse directamente a la cama, gritándole a su mujer que seguía aún en la cocina -dónde carajos está mija esa comida y dónde carajos está el control del televisor-, y su mujer llegaba en dos segundos y le decía mire mi amor, no se me altere que ya le traigo mismito su comidita, y mire que el control está donde está todos los días, mijito, aquí en su mesita de noche, y tomaba el control que estaba en la mesa de noche del doctor González González, a menos de medio metro suyo, y le decía tome mi amor, prenda la televisión, y vea el noticiero que yo ya vengo con su comidita. Después de comer, su mujer le retiraba la bandeja con los platos y cubiertos sucios para llevarla a la cocina, preguntándole si la comida estuvo bien calientita, mi amor, y cuando volvía de lavar los trastos, como ella decía, se encontraba a la vuelta a su marido profundamente dormido y con el control del televisor agarrado fuertemente entre sus manos, sin poderle preguntar porqué usted mi amor está tan raro por estos días, que lo veo meditabundo, mientras él seguramente soñaba con su hijo dando discursos de políticos, con micrófonos y banderas y banderitas, y serpentinas tricolores, y mucha gente aplaudiendo. Y en el sueño, al lado del hijo, aparecía él, haciendo la be de la victoria. Ella, su mujer, se metía en la cama a ver el programa de televisión que ya estaba sintonizado, sin poder cambiar de canal y ver esa novela que Sarita la peluquera le había comentado, que está buenísima, y miraba el control de refilón, y su marido lo seguía sosteniendo fuerte y ella solo se preguntaba qué estarán dando en los otros canales, creyendo recordar que tal vez no sería muy diferente a lo que estaba viendo en ese momento. Al poco rato cayó dormida y no soñó en nada. . El doctor Benemérito González González también se sentía estar en otro mundo. En un mundo feliz, prometedor, pero inquietante. Todos sus antiguos conocidos lo saludaban con unas simpatías que nunca habían tenido, y le felicitaban sin razón porque me contaron que tu hijo Guillermito anda ahora de importante en la capital. Ya ni se preocupaba por los casos que a su cargo tenía en los juzgados, sus pleitos, porque a donde estuviera se le aparecía cualquier conocido a decirle que vi tu caso, vi ese asunto que tienes en el juzgado octavo, el del tecnicismo paralelo de vasos coadyuvantes, que imagínate que sacó el juez un auto negando la clemencia pueril de tu contraparte, y te he redactado este memorial para presentarlo mañana, y le extendía un papel para firmar, donde en el espacio de la equis marcada con lápiz para firmar, estaba escrito su nombre y el número de su tarjeta profesional de abogado expedida por el ministerio de la justicia ética y demás sueños etéreos. - Acuérdate, cuando sean los momentos de acordarse, de los amigos que se acordaban de ti, le decían gritando al final del largo pasillo del edificio de los juzgados. Pasó en esos días, de forma repentina, del agradable anonimato, que no supo qué tan agradable era sino hasta que lo perdió, a ser considerado cliente vip. Antes, el teléfono celular no era útil y simplemente pesaba dentro del bolsillo, interfiriendo con el equilibrio del cuerpo, incomodando al sentarse, haciendo bultos en la ropa, y sólo inquietando un poco porque sus ondas y rayos electro malignos, alteran, eso dicen, la adecuada coordinación de los sentidos y el correcto ritmo de la vida. Ahora era cliente vip, denominado así por las compañías de telefonía celular, cliente vip, decían los correos, ser very important people, gente muy importante, traduciendo, regalándole minutos y segundos, cuatrocientos noventa y nueve segundos de regalo para ser utilizados en llamadas a Tokio y París, y ser molestado en todo momento por los timbres de marchas marciales, escogidos por él, que hacen que todas las miradas se dirijan hacia donde debe estar ubicado el teléfono, su pequeño intruso con cámara de fotos incorporado y sistema de navegación aéreo, que, a falta de marcha marcial, hace sonar a veces una polca con tambores. Ahora, sus viejos nuevos amigos, antes de importunarlo con observaciones varias, antes de decirle lo merecido y justo que ha sido todo con su hijo, que bien merecido lo tiene, deben esperar a que él atienda su teléfono celular tridimensional de última generación y reciba de una señorita generosa en adjetivos todas las indicaciones para poder acumular sus puntos vip del mes anterior con los puntos vip del mes que corre, y así poder participar en una cena benéfica de gente vip, allá en la capital. TE A LAS CINCO Ir donde Antonia ya no tiene gracia. Primero salió con el cuento de dejar la leche entera por la desnatada, que dice que es buena para las arterias. - Bueno, le dije yo, pensando que en Fachantoná no hay nada más que hacer. Después, cuando iba, estaba con atuendo deportivo y a animarme a que yo me pusiera a trotar. - A ver si nos ponemos en forma, me decía ella. Y yo sígale la cuerda con todo. Y ahora anda organizando con sus amiguetes del colegio, a los que nunca veía antes, unas reuniones a las cinco, donde se sirven galletas y pastelitos, y les da por tomar té. El té de las cinco, lo llaman. Y a éso sí que no me invita. SUERTE LLAMA A SUERTE - Le tengo la de la suerte, doctor. Roncancio miró al vendedor con cara de perplejidad y susto, notándosele un poco, por la expresión de la cara, el tremendo terror que sentía. Subió un poco más la ventanilla de su automóvil, lo suficiente para que este infeliz no alcance a meter la mano y robarse quién sabe qué cosas. Quiso constatar rápidamente que el seguro de la puerta del copiloto estuviera debidamente bajado, para que tampoco se metan al vehículo sus compinches. - Doctor, le tengo el número de su placa, reiteró el vendedor, aumentando el volumen de su voz al pensar que ya no le oye muy bien por haber subido él la ventana. El cero cinco seis cinco, doctor. Roncancio por primera vez miró al vendedor. Antes veía una sombra oscura de algo. Ahora lo miró de lejos. Era bajito y la panza le había reventado dos o tres botones de la camisa a la altura del ombligo, dejándolo descubierto, y el ombligo se le veía como a punto de abrirse, con la piel muy estirada. Aunque no lo parecía a simple vista, Roncancio pensó que tenía una agilidad asombrosa. En solo una mano, el vendedor llevaba un cartón de cigarrillos Marlboro y otro de cigarrillos Kool y, entre los paquetes, aparecían arrinconados chicles, frunas y cajas de fósforos. Sostenía entre los dedos índice y pulgar un amarrado de billetes sueltos. Eso en solo una mano. En la otra, llevaba no menos de diez cartones de cigarrillos, de tres o cuatro marcas. A la espalda portaba un pequeño morral. - Mire doctor que se lo tengo, y pasándose un paquete de cigarrillos de una mano a la otra y escurriendo los dedos regordetes entre todo tipo de bolsillos, logró sacar de uno de la camisa una fracción de un billete de lotería con el número cero cinco seis cinco. El número de su placa, doctor. Eso solo significa que la suerte lo acompaña. Roncancio miró sin entender mucho. - La placa de su carro, doctor, tiene los mismos números. Y se lo tengo en todas las series, doctor. Le tengo el billete entero. Ya el semáforo había pasado a verde y de atrás pitaban. - Cincuenta mil millones de chichas, doctor. Con eso consigue unas viejas bien chuscas y agraciadas y se va a vivir con ellas a la costa y les puede enjabonar la espalda con espuma todos los días. Roncancio miró al vendedor, le pareció desagradable todo lo que dijo, pero al oírlo se acordó de Julia, su mujer, y se acordó de la última vez que fue a la costa, que fue la primera, la única y la última vez que fue a la costa, con su mujer, Julia, en el viaje de bodas. Fueron a Aruba, de eso ya hace un buen tiempo, y no salieron del cuarto. - ¿Cuánto vale? Se lo preguntó seco, hosco. - A quinientos la fracción, doctor. El billete entero le vale cincuenta mil. - Y para ganarme toda la plata que me dijo, ¿qué debo comprar? - El billete entero, doctor. Con una fracción le dan quinientos millones, que es mucha plata, eso si pa´qué, pero solo le alcanza para llevarse a la playa una vieja bien chusca y vivir con ella en un apartamento un poco mas chiquito. Jubilado de todas formas, pero no en la mansión que se puede comprar con cincuenta mil millones. ¿Se imagina, doctor? Al estilo futbolista. A Roncancio le pareció nuevamente fuera de tono y momento el comentario del vendedor. Además le pareció ofensivo. Cincuenta mil era bastante dinero. Roncancio miró el semáforo y notó que otra vez estaba en rojo, pero ya todos los vehículos habían hecho la forma de una barriga embarazada a su alrededor y seguían pitando, ahora seguramente al semáforo. Por casualidad, por simple casualidad, tenía algo así como sesenta mil en el bolsillo. Miró al vendedor y le miró el ombligo. - Démelo, que me lo llevo, le dijo, mientras se metía la mano en el bolsillo del pantalón para sacar el dinero. Mientras, el vendedor estiró una mano y sacó, Roncancio no supo cómo ni de dónde, el billete entero de lotería: cien pequeñas fracciones impresas en una gran hoja, llena de pequeñísimas perforaciones que permitían individualizar cada una de ellas. El vendedor las desplegó y con una rapidez y agilidad asombrosas, nuevamente recogió todo para dárselo a Roncancio. Actuaba como un mago de circo. - Dios le dé suerte, doctor. class="entry"> TE A LAS CINCO Ir donde Antonia ya no tiene gracia. Primero salió con el cuento de dejar la leche entera por la desnatada, que dice que es buena para las arterias. - Bueno, le dije yo, pensando que en Fachantoná no hay nada más que hacer. Después, cuando iba, estaba con atuendo deportivo y a animarme a que yo me pusiera a trotar. - A ver si nos ponemos en forma, me decía ella. Y yo sígale la cuerda con todo. Y ahora anda organizando con sus amiguetes del colegio, a los que nunca veía antes, unas reuniones a las cinco, donde se sirven galletas y pastelitos, y les da por tomar té. El té de las cinco, lo llaman. Y a éso sí que no me invita. SUERTE LLAMA A SUERTE - Le tengo la de la suerte, doctor. Roncancio miró al vendedor con cara de perplejidad y susto, notándosele un poco, por la expresión de la cara, el tremendo terror que sentía. Subió un poco más la ventanilla de su automóvil, lo suficiente para que este infeliz no alcance a meter la mano y robarse quién sabe qué cosas. Quiso constatar rápidamente que el seguro de la puerta del copiloto estuviera debidamente bajado, para que tampoco se metan al vehículo sus compinches. - Doctor, le tengo el número de su placa, reiteró el vendedor, aumentando el volumen de su voz al pensar que ya no le oye muy bien por haber subido él la ventana. El cero cinco seis cinco, doctor. Roncancio por primera vez miró al vendedor. Antes veía una sombra oscura de algo. Ahora lo miró de lejos. Era bajito y la panza le había reventado dos o tres botones de la camisa a la altura del ombligo, dejándolo descubierto, y el ombligo se le veía como a punto de abrirse, con la piel muy estirada. Aunque no lo parecía a simple vista, Roncancio pensó que tenía una agilidad asombrosa. En solo una mano, el vendedor llevaba un cartón de cigarrillos Marlboro y otro de cigarrillos Kool y, entre los paquetes, aparecían arrinconados chicles, frunas y cajas de fósforos. Sostenía entre los dedos índice y pulgar un amarrado de billetes sueltos. Eso en solo una mano. En la otra, llevaba no menos de diez cartones de cigarrillos, de tres o cuatro marcas. A la espalda portaba un pequeño morral. - Mire doctor que se lo tengo, y pasándose un paquete de cigarrillos de una mano a la otra y escurriendo los dedos regordetes entre todo tipo de bolsillos, logró sacar de uno de la camisa una fracción de un billete de lotería con el número cero cinco seis cinco. El número de su placa, doctor. Eso solo significa que la suerte lo acompaña. Roncancio miró sin entender mucho. - La placa de su carro, doctor, tiene los mismos números. Y se lo tengo en todas las series, doctor. Le tengo el billete entero. Ya el semáforo había pasado a verde y de atrás pitaban. - Cincuenta mil millones de chichas, doctor. Con eso consigue unas viejas bien chuscas y agraciadas y se va a vivir con ellas a la costa y les puede enjabonar la espalda con espuma todos los días. Roncancio miró al vendedor, le pareció desagradable todo lo que dijo, pero al oírlo se acordó de Julia, su mujer, y se acordó de la última vez que fue a la costa, que fue la primera, la única y la última vez que fue a la costa, con su mujer, Julia, en el viaje de bodas. Fueron a Aruba, de eso ya hace un buen tiempo, y no salieron del cuarto. - ¿Cuánto vale? Se lo preguntó seco, hosco. - A quinientos la fracción, doctor. El billete entero le vale cincuenta mil. - Y para ganarme toda la plata que me dijo, ¿qué debo comprar? - El billete entero, doctor. Con una fracción le dan quinientos millones, que es mucha plata, eso si pa´qué, pero solo le alcanza para llevarse a la playa una vieja bien chusca y vivir con ella en un apartamento un poco mas chiquito. Jubilado de todas formas, pero no en la mansión que se puede comprar con cincuenta mil millones. ¿Se imagina, doctor? Al estilo futbolista. A Roncancio le pareció nuevamente fuera de tono y momento el comentario del vendedor. Además le pareció ofensivo. Cincuenta mil era bastante dinero. Roncancio miró el semáforo y notó que otra vez estaba en rojo, pero ya todos los vehículos habían hecho la forma de una barriga embarazada a su alrededor y seguían pitando, ahora seguramente al semáforo. Por casualidad, por simple casualidad, tenía algo así como sesenta mil en el bolsillo. Miró al vendedor y le miró el ombligo. - Démelo, que me lo llevo, le dijo, mientras se metía la mano en el bolsillo del pantalón para sacar el dinero. Mientras, el vendedor estiró una mano y sacó, Roncancio no supo cómo ni de dónde, el billete entero de lotería: cien pequeñas fracciones impresas en una gran hoja, llena de pequeñísimas perforaciones que permitían individualizar cada una de ellas. El vendedor las desplegó y con una rapidez y agilidad asombrosas, nuevamente recogió todo para dárselo a Roncancio. Actuaba como un mago de circo. - Dios le dé suerte, doctor. Roncancio bajó un poquito su ventana, y estirando los dedos pagó al vendedor con cinco billetes y recogió su compra, que se la puso en el bolsillo de la camisa. Subió nuevamente la ventana. Otra vez estaban pitando de atrás. El semáforo estaba en verde, y al ver el color verde de la luz del semáforo se acordó que cuando se casó, de eso ya hace mucho tiempo: él estaba verde de la dicha. Julia, su esposa, estaba en la cocina. Eso lo supo porque era el único sitio de la casa del cual salía luz. Fue al cuarto, prendiendo tras de sí todos los bombillos que le guiaban en el camino. Se quitó la chaqueta que colocó al respaldo de una silla, se soltó el nudo de la corbata, se descalzó y se recostó en la cama a ver televisión haciendo un bulto con almohadas a la altura de su nuca. No encontró el mando encima de cualquiera de las dos mesitas de noche, por lo que le grita a su mujer: - Julia, ¿Usted sabe donde está el mando de la televisión que no lo veo? Sintió los pasos de Julia a través del apartamento. El apartamento era realmente pequeño. - Pero miren quien llegó del gran trabajo. Acaba de hacer su aparición el presidente de la república que quiere ver las noticias. Corramos a buscarle el control, corramos, porque debe estar cansadísimo del arduo trabajo que ha tenido hoy. Roncancio vio de mala gana a su mujer, Julia. Cerró los ojos como diciendo no joda más, mujer, que si no ve que acabo de llegar. Los abrió nuevamente, y la vio otra vez. Era alta y muy flaca. Un poco narizona. Su piel era blanca, muy blanca y acartonada. Ella se devolvió a la cocina. Roncancio se durmió con la camisa puesta y sin poder ver el noticiero de las nueve de la noche. Pudo ya ver, antes de dormirse, la telenovela de las diez que su mujer, Julia, sintonizó cuando llegó al cuarto a meterse en la cama después de haber limpiado la cocina, que es lo que imaginó Roncancio que ella estaba haciendo allá, al oírse el ruido de trastos y el chorro del agua. Ella encontró el control de la televisión en uno de los cajones de su lado del armario y Roncancio se acordó que cuando se casó, Julia, su mujer, tomó desde el primer día, en el cuarto del hotel, el control del televisor. - A ver si se apura y sale rapidito, que usted no es ningún senador para poderse dar el lujo de llegar tarde a su trabajo, ¿ah? Roncancio de mala gana se acabó de ajustar el nudo de la corbata y salió de su casa sin decir nada, siendo cuidadoso de seguir con la misma camisa del día anterior, que estaba ligeramente arrugada, y pasó por su cabeza en forma repentina que hace muchos años, el día de su matrimonio, él también durmió con la camisa y corbata puestas. Julia, su mujer, con el control de la televisión en la mano, le dijo que tranquilo, que ya mañana tendremos tiempo para esas cosas. Camino a la oficina, otra vez en su carro, con el trancón de todos los días, Roncancio se detiene en las pausas de los semáforos a mirar todo lo que le pasa por los ojos, a mirar con ojos cansados la gente y sus paraguas, a mirar las vitrinas al fondo de la calle. Una panadería que ya ha abierto, y recuerda que no ha desayunado, una droguería cerrada y no sabe si le duele la cabeza, y una agencia de viajes también cerrada, de la cual fue cliente tiempo atrás, que tiene avisos pegados con adhesivo a las ventanas, donde muestran parejas jóvenes tomadas de la mano a la orilla de la playa y donde se le explica a los clientes con grandes letras que si no viajas hoy en primera clase, tus hijos lo harán después con tu dinero: “Viajes Fachantoná, el mundo al alcance de tu mano”. Se acuerda del viaje de luna de miel con Julia, su mujer. Mira nuevamente el local contiguo, la droguería aún cerrada, y alcanza a ver una propaganda de una crema bronceadora, que muestra a un perro mordiendo, jalando, el pantalón de baño de un niño, viéndose en la foto de forma clara que la piel recién descubierta del niño está muy blanca, cuando la piel de la pierna está bronceada. Se acuerda ahora, con más nitidez, del viaje de luna de miel con Julia, su mujer, ya de eso hace muchos años. El trabajo en la oficina de correos está suave. El jefe no ha aparecido en toda la mañana y no hay presiones. Roncancio baja a almorzar a mediodía con sus compañeros de oficina, tal como ha hecho siempre desde que entró a trabajar en la oficina de correos, almorzando abajo, en la esquina oriental de la plaza de armas donde el almuerzo ejecutivo está muy decente, por cantidad y precio. Recuerda que hace años, en su luna de miel, consiguió un buen almorzadero a precios completamente razonables, y almorzó y comió ahí, con Julia, su mujer, todos los días. El plan que tomaron para la luna de miel tenía incluido sólo la habitación y el desayuno. No incluía comidas. “El gordo cae en Fachantoná”. Es lo que alcanza a leer de la primera página del diario “La Tarde” que alguien al frente suyo tiene. Alguien que tiene los pies cruzados y está leyendo las páginas internas del periódico, dejando ver a quien esté en frente suyo la primera y la última. A Roncancio se le vienen en forma abrupta todos los números de la placa de su vehículo, en desorden, y los confunde con el número de teléfono de su casa, y recuerda el ombligo del vendedor de lotería, e intenta mirar con detenimiento los números que están en esa primera página, a tres columnas, como a tres o cuatro metros de distancia, para ver si concuerdan con los que tiene en desorden en su cabeza y cuando cree que ya está todo Roncancio bajó un poquito su ventana, y estirando los dedos pagó al vendedor con cinco billetes y recogió su compra, que se la puso en el bolsillo de la camisa. Subió nuevamente la ventana. Otra vez estaban pitando de atrás. El semáforo estaba en verde, y al ver el color verde de la luz del semáforo se acordó que cuando se casó, de eso ya hace mucho tiempo: él estaba verde de la dicha. Julia, su esposa, estaba en la cocina. Eso lo supo porque era el único sitio de la casa del cual salía luz. Fue al cuarto, prendiendo tras de sí todos los bombillos que le guiaban en el camino. Se quitó la chaqueta que colocó al respaldo de una silla, se soltó el nudo de la corbata, se descalzó y se recostó en la cama a ver televisión haciendo un bulto con almohadas a la altura de su nuca. No encontró el mando encima de cualquiera de las dos mesitas de noche, por lo que le grita a su mujer: - Julia, ¿Usted sabe donde está el mando de la televisión que no lo veo? Sintió los pasos de Julia a través del apartamento. El apartamento era realmente pequeño. - Pero miren quien llegó del gran trabajo. Acaba de hacer su aparición el presidente de la república que quiere ver las noticias. Corramos a buscarle el control, corramos, porque debe estar cansadísimo del arduo trabajo que ha tenido hoy. Roncancio vio de mala gana a su mujer, Julia. Cerró los ojos como diciendo no joda más, mujer, que si no ve que acabo de llegar. Los abrió nuevamente, y la vio otra vez. Era alta y muy flaca. Un poco narizona. Su piel era blanca, muy blanca y acartonada. Ella se devolvió a la cocina. Roncancio se durmió con la camisa puesta y sin poder ver el noticiero de las nueve de la noche. Pudo ya ver, antes de dormirse, la telenovela de las diez que su mujer, Julia, sintonizó cuando llegó al cuarto a meterse en la cama después de haber limpiado la cocina, que es lo que imaginó Roncancio que ella estaba haciendo allá, al oírse el ruido de trastos y el chorro del agua. Ella encontró el control de la televisión en uno de los cajones de su lado del armario y Roncancio se acordó que cuando se casó, Julia, su mujer, tomó desde el primer día, en el cuarto del hotel, el control del televisor. - A ver si se apura y sale rapidito, que usted no es ningún senador para poderse dar el lujo de llegar tarde a su trabajo, ¿ah? Roncancio de mala gana se acabó de ajustar el nudo de la corbata y salió de su casa sin decir nada, siendo cuidadoso de seguir con la misma camisa del día anterior, que estaba ligeramente arrugada, y pasó por su cabeza en forma repentina que hace muchos años, el día de su matrimonio, él también durmió con la camisa y corbata puestas. Julia, su mujer, con el control de la televisión en la mano, le dijo que tranquilo, que ya mañana tendremos tiempo para esas cosas. Camino a la oficina, otra vez en su carro, con el trancón de todos los días, Roncancio se detiene en las pausas de los semáforos a mirar todo lo que le pasa por los ojos, a mirar con ojos cansados la gente y sus paraguas, a mirar las vitrinas al fondo de la calle. Una panadería que ya ha abierto, y recuerda que no ha desayunado, una droguería cerrada y no sabe si le duele la cabeza, y una agencia de viajes también cerrada, de la cual fue cliente tiempo atrás, que tiene avisos pegados con adhesivo a las ventanas, donde muestran parejas jóvenes tomadas de la mano a la orilla de la playa y donde se le explica a los clientes con grandes letras que si no viajas hoy en primera clase, tus hijos lo harán después con tu dinero: “Viajes Fachantoná, el mundo al alcance de tu mano”. Se acuerda del viaje de luna de miel con Julia, su mujer. Mira nuevamente el local contiguo, la droguería aún cerrada, y alcanza a ver una propaganda de una crema bronceadora, que muestra a un perro mordiendo, jalando, el pantalón de baño de un niño, viéndose en la foto de forma clara que la piel recién descubierta del niño está muy blanca, cuando la piel de la pierna está bronceada. Se acuerda ahora, con más nitidez, del viaje de luna de miel con Julia, su mujer, ya de eso hace muchos años. El trabajo en la oficina de correos está suave. El jefe no ha aparecido en toda la mañana y no hay presiones. Roncancio baja a almorzar a mediodía con sus compañeros de oficina, tal como ha hecho siempre desde que entró a trabajar en la oficina de correos, almorzando abajo, en la esquina oriental de la plaza de armas donde el almuerzo ejecutivo está muy decente, por cantidad y precio. Recuerda que hace años, en su luna de miel, consiguió un buen almorzadero a precios completamente razonables, y almorzó y comió ahí, con Julia, su mujer, todos los días. El plan que tomaron para la luna de miel tenía incluido sólo la habitación y el desayuno. No incluía comidas. “El gordo cae en Fachantoná”. Es lo que alcanza a leer de la primera página del diario “La Tarde” que alguien al frente suyo tiene. Alguien que tiene los pies cruzados y está leyendo las páginas internas del periódico, dejando ver a quien esté en frente suyo la primera y la última. A Roncancio se le vienen en forma abrupta todos los números de la placa de su vehículo, en desorden, y los confunde con el número de teléfono de su casa, y recuerda el ombligo del vendedor de lotería, e intenta mirar con detenimiento los números que están en esa primera página, a tres columnas, como a tres o cuatro metros de distancia, para ver si concuerdan con los que tiene en desorden en su cabeza y cuando cree que ya está todo en orden, cuando cree que ya ha ordenado los números de la placa de su vehículo que han de coincidir con la lotería que ha comprado, o al menos deberían coincidir según lo que le dijo el vendedor de lotería, y los ha intentado coordinar con los números impresos, cuando los mira nuevamente para verificar lo que aún no está verificado, se da cuenta para su horror que quien lee el periódico lo ha desdoblado para avanzar de página, juntando la primera y la última páginas, cara con cara, para darse cuenta Roncancio que cuando nuevamente retoma la lectura en la nueva página, determinado tema del periódico ha resultado de sumo interés para el lector que ha hecho que éste lo doble en cuatro y se dedique detenidamente a leer ese artículo. - Vamos Roncancio que llegamos tarde, vamos. Eran sus compañeros que le daban palmaditas en la espalda. Y Roncancio es arrastrado por sus amigos, intentando él ver lo que no pudo ver, que era ver nuevamente el periódico desdoblado para ver con calma los números de la lotería que ha caído en Fachantoná y que él pensó, tal vez erráticamente, que coincidían con los números de la lotería que tenía en el bolsillo de su camisa. Sin oponer resistencia ni explicar lo que sucede, sin pedirle a sus compañeros espérenme un momento a que yo verifique una cosa, para pedirle al señor que está sentado si por favor desdobla nuevamente el periódico y me deja analizar con detenimiento los números de la lotería que creo que me la he ganado, sin hacer nada de eso, cuando piensa que es lo que ha debido hacer, lo que debe hacer, va saliendo detrás de sus compañeros mirando desesperadamente al lector, en espera de que desdoble por una última vez el periódico y le ofrezca una última oportunidad. En la tarde llegó el jefe y puso un poco de tensión en la oficina. Solo un poco. En la oficina de correos el jefe solo pone un poco de tensión. Cuando sale a la calle, ya a las seis, va corriendo al puesto de prensa para comprar el diario “La Tarde”. Está agotado y él lo sabía. No porque haya tenido gran venta. Simplemente está agotado a esa hora. El diario “La Tarde” es un periódico de poco tiraje y escasa circulación que se consigue con dificultad a su hora de salida, mas o menos a las doce del día. Muy rara vez, si no nunca, se consigue a las seis de la tarde. En forma estúpida se devuelve corriendo al edificio donde se encuentra su oficina, para ya en la puerta enfocar su caminar hacia el restaurante donde ha almorzado por años y años. Apura el paso. Entra confiando en encontrar al lector del periódico, pensando seguro que después de cinco horas seguirá en su misma posición, para decir el lector, una vez lo vea, mire señor le presto mi periódico, que creo que usted quiere ver los resultados de la lotería que cayó en Fachantoná. Hay dos o tres mesas ocupadas por otra gente, tomando cerveza directamente de la botella. Tal como esperaba, el lector del medio día ya no está. Y tampoco dejó el periódico desdoblado encima de la mesa. Sale de ahí creyéndose estar desesperado. Sin pensar se esculca los bolsillos de su chaqueta en búsqueda de las llaves de su vehículo y toca también las de su vivienda. Piensa en Julia, su mujer, y la cita que tiene ella mañana con el médico. Sale a paso rápido en busca de su vehículo, que aguarda todos los días en un parqueadero público cerquita a la oficina de correos, en donde, cuando lo deja, no le entregan recibo alguno. - Sin facturas ni recibos, usted paga menos doctor, y yo me gano unas chichitas facilitas. Pero eso sí, tranquilo doctor que aquí queda bien su carro, bien cuidadito, que no le pasa nada. Llega al parqueadero cerca de las siete y media. Ya está desocupado. Solo queda su vehículo por retirar. El dependiente lo regaña por recoger su vehículo tan tarde, ya que según afirma está a punto de pasar el propietario del parqueadero y si llega a ver un carro sin factura me despide fulminantemente. Roncancio se siente el único responsable y le pide perdón, que le aseguro caballero que no volverá a ocurrir. Ya en la calle, vira a la derecha y a la siguiente a la izquierda, para tomar la avenida de los comuneros hacia su casa. La misma ruta de siempre que siempre ha hecho por años y años. Treinta minutos si el tráfico está ágil y bueno. A las seis, a la hora que siempre ha salido, hay un trancón de mil demonios. Pareciera que todo Fachantoná trabaja en el centro y que todo Fachantoná vive en las afueras, cerca del club de El Country, donde hay árboles y vigilantes y muchos conjuntos nuevos, hacia el norte, cuando ya se va acabando la avenida de los comuneros. Siente menos trancón que todos los días. El tráfico fluye un poco mejor, y sin embargo el anda bien despacio buscando al vendedor de lotería, que no vendía lotería sino cigarrillos. No recordaba de él mucha cosa. Tenía las manos regordetas y se le veía el ombligo. Buscó a su vendedor con los vidrios cerrados, ya que es mejor no dar papaya con esta inseguridad tan espantosa. Pero no sabia donde buscar. No recordaba con exactitud el sitio donde compró su lotería. Por la avenida de los comuneros, de la oficina a su casa, había al menos cincuenta cruces de calles con semáforo. La calle estaba llena de vendedores. De cada semáforo emergían vendedores por todas partes y vendiendo todo tipo de productos. Nunca se había detenido a mirar. Cuando alguien se acercaba a su vehículo, él ya tenía asegurado tener las puertas con el seguro y los vidrios levantados. Y no mirar. Sobretodo no mirar. No mirar al que se acerca con cara de hambre a pedir veinte centavos o una chicha, o al niño que instintivamente le limpia el espejo retrovisor con un trapito sucio humedecido seguramente con saliva. Nunca había mirado la selva, ya que, en los semáforos, al ver acercarse la sombra oscura, cualquier sombra sucia, simplemente hacía un no nervioso con la mano, un no se me acerque que ladro, manteniendo fija la vista en el bombillo rojo del semáforo o el rojo de la luz del stop del vehículo de adelante. Ahora buscaba él. Y miraba. Nunca pensó que pudieran reunirse juntos tantos niños. Y mujeres embarazadas con sus niños. Y vio un enjambre de pobres, que envuelven los vehículos que paran con manos abiertas y pedigüeñas. Los que no pedían, vendían todo tipo de cosas. Cigarrillos sueltos y en paquetes. Y chocolatinas. Y galletas. Y si no se lograen orden, cuando cree que ya ha ordenado los números de la placa de su vehículo que han de coincidir con la lotería que ha comprado, o al menos deberían coincidir según lo que le dijo el vendedor de lotería, y los ha intentado coordinar con los números impresos, cuando los mira nuevamente para verificar lo que aún no está verificado, se da cuenta para su horror que quien lee el periódico lo ha desdoblado para avanzar de página, juntando la primera y la última páginas, cara con cara, para darse cuenta Roncancio que cuando nuevamente retoma la lectura en la nueva página, determinado tema del periódico ha resultado de sumo interés para el lector que ha hecho que éste lo doble en cuatro y se dedique detenidamente a leer ese artículo. - Vamos Roncancio que llegamos tarde, vamos. Eran sus compañeros que le daban palmaditas en la espalda. Y Roncancio es arrastrado por sus amigos, intentando él ver lo que no pudo ver, que era ver nuevamente el periódico desdoblado para ver con calma los números de la lotería que ha caído en Fachantoná y que él pensó, tal vez erráticamente, que coincidían con los números de la lotería que tenía en el bolsillo de su camisa. Sin oponer resistencia ni explicar lo que sucede, sin pedirle a sus compañeros espérenme un momento a que yo verifique una cosa, para pedirle al señor que está sentado si por favor desdobla nuevamente el periódico y me deja analizar con detenimiento los números de la lotería que creo que me la he ganado, sin hacer nada de eso, cuando piensa que es lo que ha debido hacer, lo que debe hacer, va saliendo detrás de sus compañeros mirando desesperadamente al lector, en espera de que desdoble por una última vez el periódico y le ofrezca una última oportunidad. En la tarde llegó el jefe y puso un poco de tensión en la oficina. Solo un poco. En la oficina de correos el jefe solo pone un poco de tensión. Cuando sale a la calle, ya a las seis, va corriendo al puesto de prensa para comprar el diario “La Tarde”. Está agotado y él lo sabía. No porque haya tenido gran venta. Simplemente está agotado a esa hora. El diario “La Tarde” es un periódico de poco tiraje y escasa circulación que se consigue con dificultad a su hora de salida, mas o menos a las doce del día. Muy rara vez, si no nunca, se consigue a las seis de la tarde. En forma estúpida se devuelve corriendo al edificio donde se encuentra su oficina, para ya en la puerta enfocar su caminar hacia el restaurante donde ha almorzado por años y años. Apura el paso. Entra confiando en encontrar al lector del periódico, pensando seguro que después de cinco horas seguirá en su misma posición, para decir el lector, una vez lo vea, mire señor le presto mi periódico, que creo que usted quiere ver los resultados de la lotería que cayó en Fachantoná. Hay dos o tres mesas ocupadas por otra gente, tomando cerveza directamente de la botella. Tal como esperaba, el lector del medio día ya no está. Y tampoco dejó el periódico desdoblado encima de la mesa. Sale de ahí creyéndose estar desesperado. Sin pensar se esculca los bolsillos de su chaqueta en búsqueda de las llaves de su vehículo y toca también las de su vivienda. Piensa en Julia, su mujer, y la cita que tiene ella mañana con el médico. Sale a paso rápido en busca de su vehículo, que aguarda todos los días en un parqueadero público cerquita a la oficina de correos, en donde, cuando lo deja, no le entregan recibo alguno. - Sin facturas ni recibos, usted paga menos doctor, y yo me gano unas chichitas facilitas. Pero eso sí, tranquilo doctor que aquí queda bien su carro, bien cuidadito, que no le pasa nada. Llega al parqueadero cerca de las siete y media. Ya está desocupado. Solo queda su vehículo por retirar. El dependiente lo regaña por recoger su vehículo tan tarde, ya que según afirma está a punto de pasar el propietario del parqueadero y si llega a ver un carro sin factura me despide fulminantemente. Roncancio se siente el único responsable y le pide perdón, que le aseguro caballero que no volverá a ocurrir. Ya en la calle, vira a la derecha y a la siguiente a la izquierda, para tomar la avenida de los comuneros hacia su casa. La misma ruta de siempre que siempre ha hecho por años y años. Treinta minutos si el tráfico está ágil y bueno. A las seis, a la hora que siempre ha salido, hay un trancón de mil demonios. Pareciera que todo Fachantoná trabaja en el centro y que todo Fachantoná vive en las afueras, cerca del club de El Country, donde hay árboles y vigilantes y muchos conjuntos nuevos, hacia el norte, cuando ya se va acabando la avenida de los comuneros. Siente menos trancón que todos los días. El tráfico fluye un poco mejor, y sin embargo el anda bien despacio buscando al vendedor de lotería, que no vendía lotería sino cigarrillos. No recordaba de él mucha cosa. Tenía las manos regordetas y se le veía el ombligo. Buscó a su vendedor con los vidrios cerrados, ya que es mejor no dar papaya con esta inseguridad tan espantosa. Pero no sabia donde buscar. No recordaba con exactitud el sitio donde compró su lotería. Por la avenida de los comuneros, de la oficina a su casa, había al menos cincuenta cruces de calles con semáforo. La calle estaba llena de vendedores. De cada semáforo emergían vendedores por todas partes y vendiendo todo tipo de productos. Nunca se había detenido a mirar. Cuando alguien se acercaba a su vehículo, él ya tenía asegurado tener las puertas con el seguro y los vidrios levantados. Y no mirar. Sobretodo no mirar. No mirar al que se acerca con cara de hambre a pedir veinte centavos o una chicha, o al niño que instintivamente le limpia el espejo retrovisor con un trapito sucio humedecido seguramente con saliva. Nunca había mirado la selva, ya que, en los semáforos, al ver acercarse la sombra oscura, cualquier sombra sucia, simplemente hacía un no nervioso con la mano, un no se me acerque que ladro, manteniendo fija la vista en el bombillo rojo del semáforo o el rojo de la luz del stop del vehículo de adelante. Ahora buscaba él. Y miraba. Nunca pensó que pudieran reunirse juntos tantos niños. Y mujeres embarazadas con sus niños. Y vio un enjambre de pobres, que envuelven los vehículos que paran con manos abiertas y pedigüeñas. Los que no pedían, vendían todo tipo de cosas. Cigarrillos sueltos y en paquetes. Y chocolatinas. Y galletas. Y si no se lograba establecer la relación cliente – vendedor, vale decir, si no se compraba, pedían dinero. También había el que lanza fuego por la boca y los que hacen saltos de trapecista. Y entre todos ellos no estaba su vendedor de lotería. O si estaba no vio a nadie con el ombligo a la vista, y mientras buscaba ombligos al descubierto por todas parte, se acordaba de Julia, su mujer, que le decía en la playa el primer día que pisaron la arena que dejara de mirar a las mujeres como las estaba mirando, que parecía un violador. Volvió a encontrarse, ya a su mano derecha, la misma agencia de viajes de la mañana y la droguería contigua. Fachantoná es pequeña, pensó. Miró fijamente la palabra viajes del letrero de la agencia de viajes y pensó en Julia, su mujer. También pensó en la hora que era y no supo si iba a llegar tarde a algo. Miró el reloj, vio que ya eran pasadas las ocho y media y viendo cómo comenzaba a llover nuevamente pensó en Aruba, en el Caribe, en su luna de miel, ya de eso hizo mucho tiempo. Y vio la droguería y pensó lo mismo. Nunca en toda su vida de casado había llegado más allá de las seis y cuarenta y cinco. Una vez llegó a las siete cuando festejaron a la salida del trabajo el cumpleaños de alguien. Seguramente el cumpleaños de un jefe. Cosa rara porque siempre los festejos se hacen a media mañana, con ponqué y velitas y cantando durante no más de dos minutos happy birthday to you, happy birthday to you, happy birthday to you, que los cumplas feliz hasta el año tres mil. Ese día que llegó tarde, Julia, su mujer, lo miró feo. Vio un limosnero que se le acercaba, con una llaga no supo o no quiso saber dónde, y se acordó otra vez de Julia, su mujer. Y se acordó que ella le echa la culpa de toda su vida miserable a él, sólo a él, así dice ella. Le echa la culpa a él, injustamente a él. - Que ven corazón, le dijo ya hace muchos años, cuando él todavía tenía pelo y se hacía veinte abdominales seguidas. Hay muchas nubes y podemos salir a la playa. Y ven nos sentamos aquí cerquitica al mar y espérame aquí y voy al bar y pido unos caipirinhas, que con este calor nos entra divino. Y cuando llegó con las copas de caipirinha, y su cereza y su sombrillita de paja, y su pitillo en forma de corazón, ella estaba ya dormida. Decidió irse a su casa. Había dado vueltas y vueltas y no había visto a su vendedor. Llegó pasadas las nueve. No pudo entrar. La llave entraba en la cerradura, la llave daba la vuelta dentro de la cerradura, pero desde adentro su mujer, Julia, seguramente ella, porque sino quién más, puso el pasador de acero contra los ladrones que logran abrir la puerta. Abres la puerta, pero con ese sistema novedoso que trajo el gringo una vez a Fachantoná, made in Korea, hace que gracias a una cadena súper resistente los amantes de lo ajeno no entran. Decide timbrar tímidamente en un principio. Al ver que no le abren, timbra más insistentemente, hundiendo el dedo hasta el fondo. Como al cabo de diez minutos siente los pasos de Julia, su mujer. La siente venir del cuarto. Siente que atraviesa el salón comedor. Siente que se acerca a la puerta y sin preguntar quién es quita el pasador anti robo. Siente que abre la puerta y lo mira al fondo de los ojos y sólo le dice: - Bonitas las horas de llegar, ¿no? No siente que sea tan tarde y que justifique la escena melodramática que está armando Julia, su mujer, como tampoco lo justificó cuando hace mucho tiempo, allá en su luna de miel, ella armó una escena parecida al despertarse después de haber dormido cinco o seis horas en la playa y después de haber tomado Roncancio no menos de cinco o seis caipirinhas, escudándose en la sombrilla del fuerte sol. Ella se despertó, y al cruzar unas pocas palabras con Roncancio se dio cuenta que estaba muy tomado porque se le enredaba la lengua con todo lo que decía, y Roncancio notó que las caipirinhas no son jugos de toronja, sino una bebida deliciosa a base de ron y quién sabe cuántos más tragos que se sube deliciosamente a la cabeza. Ella le miró los ojos bailando y se notó quemada su piel. La sombrilla la había reservado Roncancio para él. Sólo para él. - Eres un miserable egoísta, le dijo siempre. Julia durmió bajo los rayos del sol, sin protección. Julia, su mujer, le dejó entrar en la casa. Encontró cerrada por dentro la puerta de su cuarto y oyó el televisor prendido. Se acurrucó como bien pudo en el sofá de la sala comedor, tal como hizo hace muchos años, en su luna de miel, en su segunda noche de bodas, porque en la primera noche, Julia, su mujer, con el control de la televisión en la mano, le había dicho por lo tarde que era y lo cansados que estaban y lo entonado que estaba Roncancio con los traguitos, que ya mañana tendremos tiempo para esas cosas. - Cada cosa en su momento, le dijo entonces. - Que pareces un acordeón Se lo dijeron todos sus compañeros de oficina en chanza, bromeando, y la verdad era que la camisa de Roncancio sí parecía un acordeón. Y estaba sin afeitar. Y a pesar de lo mal que estaba, de lo mal vestido, de parecer desaliñado, con barba de tres días, a pesar de todo, se dispuso en pensar en salir a la calle para averiguar de una buena vez por todas cuánto se había ganado en la lotería. Y se fue directamente a la oficina de personal y ahí, le indicaron claro y con detalle, que para poder solicitar permiso para ausentarse del trabajo requería cumplir una serie de trámites que Roncancio comenzó a diligenciar a primera hora de la mañana. En primer lugar, debía solicitar de la jefatura de personal el formulario cero cero uno, pero para solicitarlo era imprescindible rellenar el foba establecer la relación cliente – vendedor, vale decir, si no se compraba, pedían dinero. También había el que lanza fuego por la boca y los que hacen saltos de trapecista. Y entre todos ellos no estaba su vendedor de lotería. O si estaba no vio a nadie con el ombligo a la vista, y mientras buscaba ombligos al descubierto por todas parte, se acordaba de Julia, su mujer, que le decía en la playa el primer día que pisaron la arena que dejara de mirar a las mujeres como las estaba mirando, que parecía un violador. Volvió a encontrarse, ya a su mano derecha, la misma agencia de viajes de la mañana y la droguería contigua. Fachantoná es pequeña, pensó. Miró fijamente la palabra viajes del letrero de la agencia de viajes y pensó en Julia, su mujer. También pensó en la hora que era y no supo si iba a llegar tarde a algo. Miró el reloj, vio que ya eran pasadas las ocho y media y viendo cómo comenzaba a llover nuevamente pensó en Aruba, en el Caribe, en su luna de miel, ya de eso hizo mucho tiempo. Y vio la droguería y pensó lo mismo. Nunca en toda su vida de casado había llegado más allá de las seis y cuarenta y cinco. Una vez llegó a las siete cuando festejaron a la salida del trabajo el cumpleaños de alguien. Seguramente el cumpleaños de un jefe. Cosa rara porque siempre los festejos se hacen a media mañana, con ponqué y velitas y cantando durante no más de dos minutos happy birthday to you, happy birthday to you, happy birthday to you, que los cumplas feliz hasta el año tres mil. Ese día que llegó tarde, Julia, su mujer, lo miró feo. Vio un limosnero que se le acercaba, con una llaga no supo o no quiso saber dónde, y se acordó otra vez de Julia, su mujer. Y se acordó que ella le echa la culpa de toda su vida miserable a él, sólo a él, así dice ella. Le echa la culpa a él, injustamente a él. - Que ven corazón, le dijo ya hace muchos años, cuando él todavía tenía pelo y se hacía veinte abdominales seguidas. Hay muchas nubes y podemos salir a la playa. Y ven nos sentamos aquí cerquitica al mar y espérame aquí y voy al bar y pido unos caipirinhas, que con este calor nos entra divino. Y cuando llegó con las copas de caipirinha, y su cereza y su sombrillita de paja, y su pitillo en forma de corazón, ella estaba ya dormida. Decidió irse a su casa. Había dado vueltas y vueltas y no había visto a su vendedor. Llegó pasadas las nueve. No pudo entrar. La llave entraba en la cerradura, la llave daba la vuelta dentro de la cerradura, pero desde adentro su mujer, Julia, seguramente ella, porque sino quién más, puso el pasador de acero contra los ladrones que logran abrir la puerta. Abres la puerta, pero con ese sistema novedoso que trajo el gringo una vez a Fachantoná, made in Korea, hace que gracias a una cadena súper resistente los amantes de lo ajeno no entran. Decide timbrar tímidamente en un principio. Al ver que no le abren, timbra más insistentemente, hundiendo el dedo hasta el fondo. Como al cabo de diez minutos siente los pasos de Julia, su mujer. La siente venir del cuarto. Siente que atraviesa el salón comedor. Siente que se acerca a la puerta y sin preguntar quién es quita el pasador anti robo. Siente que abre la puerta y lo mira al fondo de los ojos y sólo le dice: - Bonitas las horas de llegar, ¿no? No siente que sea tan tarde y que justifique la escena melodramática que está armando Julia, su mujer, como tampoco lo justificó cuando hace mucho tiempo, allá en su luna de miel, ella armó una escena parecida al despertarse después de haber dormido cinco o seis horas en la playa y después de haber tomado Roncancio no menos de cinco o seis caipirinhas, escudándose en la sombrilla del fuerte sol. Ella se despertó, y al cruzar unas pocas palabras con Roncancio se dio cuenta que estaba muy tomado porque se le enredaba la lengua con todo lo que decía, y Roncancio notó que las caipirinhas no son jugos de toronja, sino una bebida deliciosa a base de ron y quién sabe cuántos más tragos que se sube deliciosamente a la cabeza. Ella le miró los ojos bailando y se notó quemada su piel. La sombrilla la había reservado Roncancio para él. Sólo para él. - Eres un miserable egoísta, le dijo siempre. Julia durmió bajo los rayos del sol, sin protección. Julia, su mujer, le dejó entrar en la casa. Encontró cerrada por dentro la puerta de su cuarto y oyó el televisor prendido. Se acurrucó como bien pudo en el sofá de la sala comedor, tal como hizo hace muchos años, en su luna de miel, en su segunda noche de bodas, porque en la primera noche, Julia, su mujer, con el control de la televisión en la mano, le había dicho por lo tarde que era y lo cansados que estaban y lo entonado que estaba Roncancio con los traguitos, que ya mañana tendremos tiempo para esas cosas. - Cada cosa en su momento, le dijo entonces. - Que pareces un acordeón Se lo dijeron todos sus compañeros de oficina en chanza, bromeando, y la verdad era que la camisa de Roncancio sí parecía un acordeón. Y estaba sin afeitar. Y a pesar de lo mal que estaba, de lo mal vestido, de parecer desaliñado, con barba de tres días, a pesar de todo, se dispuso en pensar en salir a la calle para averiguar de una buena vez por todas cuánto se había ganado en la lotería. Y se fue directamente a la oficina de personal y ahí, le indicaron claro y con detalle, que para poder solicitar permiso para ausentarse del trabajo requería cumplir una serie de trámites que Roncancio comenzó a diligenciar a primera hora de la mañana. En primer lugar, debía solicitar de la jefatura de personal el formulario cero cero uno, pero para solicitarlo era imprescindible rellenar el formulario de justificación de uso del formulario cero cero uno. Lo hizo. Solo demoró unos segundos de más, mientras pensaba qué colocar en el espacio reservado para “motivo de la solicitud del formulario cero cero uno”. Ni siquiera pensó en algo referente a la lotería. Puso visita médica. Al formulario cero cero uno debía adjuntar original y copia del formulario erre te cero uno, en donde su jefe indicaba el rendimiento de trabajo del empleado y, si en su concepto, en concepto de su jefe inmediato, era viable conceder el permiso solicitado. El jefe, como el día anterior, tampoco estuvo en la mañana, lo que permitió que Roncancio rellenara con calma y paciencia el formulario cero cero uno. Preguntaba muchos datos que Roncancio no tenía a la mano con precisión, como por ejemplo: Fecha de ingreso, último sueldo devengado, fecha del último permiso otorgado, fecha de las últimas vacaciones concedidas y la información más complicada de dar: “Motivo por el cual la diligencia a realizarse no puede efectuarse en horario fuera de oficina”. Ahí, Roncancio, después de pensarlo mucho, indicó en el pequeño espacio que se habilitaba para justificarse, que el doctor al cual acudía su mujer era un doctor particular que solo atendía en las tardes y solamente el día para el cual ella había pedido cita, porque el doctor tenía su despacho y residencia en la capital y solo iba a Fachantoná los días martes y miércoles de la primera semana de cada mes. Anotó, con letra ya mas pequeña, que su mujer tenía que acudir a ese doctor porque los doctores de la seguridad social no habían dado con lo que su mujer tenía y en letra más pequeña aún y acabándosele el espacio dijo que su mujer tenía un serio problema cutáneo. –Mi mujer tiene la piel un poco quemada-, anotó al final, en letra ya muy pequeña y casi ilegible, y mientras iba anotando todo, cuidando bien de respetar los espacios que tenía, recordaba lo quemaditas y chuscas que estaban todas las muchachas cuando fue a la playa, ya hace mucho de eso, morenitas y bonitas, que contrastaban con el blanco como el papel de Julia, su mujer, un color blanco que cuando pasó la siesta bajo el sol, adquirió rápidamente un color rosáceo para en la noche tomar un tono rojo quemado. Aprovechó que Julia, su mujer, estaba en cita con el médico, un médico que le costaba una fortuna, y aprovechó que ella estaba en cita donde el médico para poder llamar desde su casa a quien fuera y como fuera, en Fachantoná o allá en la capital, a los periódicos o hasta la lotería misma, para averiguar en qué número cayó la lotería. No creyó cuando sus compañeros de oficina le comentaban ayer mismo que los resultados los publicaban en la capital y que quien se ganó la lotería tenía que viajar hasta allá a hacer efectivo el premio. Y todos hablaban que la lotería cayó en Fachantoná. - Cinco cero cinco seis, señor. - Espere señorita por favor un momentito y me consigo un esfero. Y corrió como un loco hasta su cuarto, y se consiguió un lápiz y un papel y retomó el mango del teléfono con avidez. - ¿Cómo decía? - Cinco cero cinco seis, señor. ¿Desea algo más? Y mientras anotaba los números le decía a la señorita no gracias señorita que ya va siendo todo por el momento. Y colgó. Seguro de ser el ganador, pensaba en viajar mientras recordaba el comienzo del viaje en su luna de miel, hace años. Y recordó que la fiesta duró como hasta las tres de la mañana, y les tocó esperar en la estación de buses hasta las seis, cuando salía el primer viaje hacia la capital. De la terminal de buses, ya en la capital, les tocó coger un taxi que los llevara al aeropuerto y de ahí tomar el avión con rumbo a Aruba. A la luna de miel. ¡Qué ganas tenían! Por lo corto del vuelo no hubo ni tiempo de echar una cabeceadita. Aeropuerto en Aruba, y al hotel en taxi. Al hotel al lado de la playa. Y mientras desplegaba el gran billete de lotería comprobó unos números con otros, el primero con el primero, el segundo con el segundo, y así todos los números, y se repetía en voz alta el número ganador, de corrido, y leía el que tenía en su mano, para nuevamente confrontar el primero contra el primero, el segundo contra el segundo, el tercero contra el tercero y el cuarto con el último. Se percató poco a poco que él no fue el que se ganó la lotería. Palpó los billetes y notó que la impresión estaba corrida y se aseguró además que los billetes con seguridad eran falsificados. Burdamente falsificados. No tardaría en llegar Julia, su mujer, de la cita con el médico. Estaría furiosa. El le juró que estaría puntual en el consultorio médico. Fue a su cuarto, colocó la chaqueta en el espaldar de una silla y se recostó en la cama. No se atrevió a prender el televisor. CON EL PUEBLO, POR EL PUEBLO, PARA EL PUEBLO La segunda letra “p” quedó un poco más arriba que las otras. Unos pocos centímetros más arriba, pero si uno es quisquilloso, siempre va a notar que la segunda letra “p” está más arriba que las otras letras letras “p”, y nunca quedará contento cuando mire el letrero y vea que la letra “p” de la mitad quedó más arriba que las dos otras letras “p”, como si el letrero estuviera desbalanceado o lo hubieran puesto hace mucho tiempo. A pesar del desagrado que le produjo el trabajo de esos tipos, unos igualados coqueteando con la Janeth, con ropa de trabajo sucia y mantecuda, que piensan que el mundo es de todos por igual y que todos pueden pisar las mismas cosas, cuando deberían saber que no es así, cuando lo que no saben es que unas cosas son de unos y otras cosas son de otros, y que comienzan a decirle a la Janeth, delante de uno y sin el más mínimo respeto a mi persona, que mamacita linda que cómo está de buena, que qué chusca está, que usted está para enjabonarle la espalda y todo tipo de pesadeces de mal gusto, del peor de los gustos, como de ellos, chistes de gente del pueblo, a pesar de todo, les pago. rmulario de justificación de uso del formulario cero cero uno. Lo hizo. Solo demoró unos segundos de más, mientras pensaba qué colocar en el espacio reservado para “motivo de la solicitud del formulario cero cero uno”. Ni siquiera pensó en algo referente a la lotería. Puso visita médica. Al formulario cero cero uno debía adjuntar original y copia del formulario erre te cero uno, en donde su jefe indicaba el rendimiento de trabajo del empleado y, si en su concepto, en concepto de su jefe inmediato, era viable conceder el permiso solicitado. El jefe, como el día anterior, tampoco estuvo en la mañana, lo que permitió que Roncancio rellenara con calma y paciencia el formulario cero cero uno. Preguntaba muchos datos que Roncancio no tenía a la mano con precisión, como por ejemplo: Fecha de ingreso, último sueldo devengado, fecha del último permiso otorgado, fecha de las últimas vacaciones concedidas y la información más complicada de dar: “Motivo por el cual la diligencia a realizarse no puede efectuarse en horario fuera de oficina”. Ahí, Roncancio, después de pensarlo mucho, indicó en el pequeño espacio que se habilitaba para justificarse, que el doctor al cual acudía su mujer era un doctor particular que solo atendía en las tardes y solamente el día para el cual ella había pedido cita, porque el doctor tenía su despacho y residencia en la capital y solo iba a Fachantoná los días martes y miércoles de la primera semana de cada mes. Anotó, con letra ya mas pequeña, que su mujer tenía que acudir a ese doctor porque los doctores de la seguridad social no habían dado con lo que su mujer tenía y en letra más pequeña aún y acabándosele el espacio dijo que su mujer tenía un serio problema cutáneo. –Mi mujer tiene la piel un poco quemada-, anotó al final, en letra ya muy pequeña y casi ilegible, y mientras iba anotando todo, cuidando bien de respetar los espacios que tenía, recordaba lo quemaditas y chuscas que estaban todas las muchachas cuando fue a la playa, ya hace mucho de eso, morenitas y bonitas, que contrastaban con el blanco como el papel de Julia, su mujer, un color blanco que cuando pasó la siesta bajo el sol, adquirió rápidamente un color rosáceo para en la noche tomar un tono rojo quemado. Aprovechó que Julia, su mujer, estaba en cita con el médico, un médico que le costaba una fortuna, y aprovechó que ella estaba en cita donde el médico para poder llamar desde su casa a quien fuera y como fuera, en Fachantoná o allá en la capital, a los periódicos o hasta la lotería misma, para averiguar en qué número cayó la lotería. No creyó cuando sus compañeros de oficina le comentaban ayer mismo que los resultados los publicaban en la capital y que quien se ganó la lotería tenía que viajar hasta allá a hacer efectivo el premio. Y todos hablaban que la lotería cayó en Fachantoná. - Cinco cero cinco seis, señor. - Espere señorita por favor un momentito y me consigo un esfero. Y corrió como un loco hasta su cuarto, y se consiguió un lápiz y un papel y retomó el mango del teléfono con avidez. - ¿Cómo decía? - Cinco cero cinco seis, señor. ¿Desea algo más? Y mientras anotaba los números le decía a la señorita no gracias señorita que ya va siendo todo por el momento. Y colgó. Seguro de ser el ganador, pensaba en viajar mientras recordaba el comienzo del viaje en su luna de miel, hace años. Y recordó que la fiesta duró como hasta las tres de la mañana, y les tocó esperar en la estación de buses hasta las seis, cuando salía el primer viaje hacia la capital. De la terminal de buses, ya en la capital, les tocó coger un taxi que los llevara al aeropuerto y de ahí tomar el avión con rumbo a Aruba. A la luna de miel. ¡Qué ganas tenían! Por lo corto del vuelo no hubo ni tiempo de echar una cabeceadita. Aeropuerto en Aruba, y al hotel en taxi. Al hotel al lado de la playa. Y mientras desplegaba el gran billete de lotería comprobó unos números con otros, el primero con el primero, el segundo con el segundo, y así todos los números, y se repetía en voz alta el número ganador, de corrido, y leía el que tenía en su mano, para nuevamente confrontar el primero contra el primero, el segundo contra el segundo, el tercero contra el tercero y el cuarto con el último. Se percató poco a poco que él no fue el que se ganó la lotería. Palpó los billetes y notó que la impresión estaba corrida y se aseguró además que los billetes con seguridad eran falsificados. Burdamente falsificados. No tardaría en llegar Julia, su mujer, de la cita con el médico. Estaría furiosa. El le juró que estaría puntual en el consultorio médico. Fue a su cuarto, colocó la chaqueta en el espaldar de una silla y se recostó en la cama. No se atrevió a prender el televisor. CON EL PUEBLO, POR EL PUEBLO, PARA EL PUEBLO La segunda letra “p” quedó un poco más arriba que las otras. Unos pocos centímetros más arriba, pero si uno es quisquilloso, siempre va a notar que la segunda letra “p” está más arriba que las otras letras letras “p”, y nunca quedará contento cuando mire el letrero y vea que la letra “p” de la mitad quedó más arriba que las dos otras letras “p”, como si el letrero estuviera desbalanceado o lo hubieran puesto hace mucho tiempo. A pesar del desagrado que le produjo el trabajo de esos tipos, unos igualados coqueteando con la Janeth, con ropa de trabajo sucia y mantecuda, que piensan que el mundo es de todos por igual y que todos pueden pisar las mismas cosas, cuando deberían saber que no es así, cuando lo que no saben es que unas cosas son de unos y otras cosas son de otros, y que comienzan a decirle a la Janeth, delante de uno y sin el más mínimo respeto a mi persona, que mamacita linda que cómo está de buena, que qué chusca está, que usted está para enjabonarle la espalda y todo tipo de pesadeces de mal gusto, del peor de los gustos, como de ellos, chistes de gente del pueblo, a pesar de todo, les pago. Les pago por un trabajo mal hecho, porque la letra “p” de la mitad quedó mas arriba que las otras y se demoraron en hacer esa chambonada una eternidad de tiempo. Y sin embargo, les pago, cuando lo que he debido hacer es denunciarlos con cuatro artículos del código penal y demandarlos por cuatro millones. Y una vez pagados lo que intento hacer es despacharlos lo más rápido posible, a ver si se van rapidito de las oficinas. Y Dios quiera que todo el ambiente no se haya quedado impregnado de los olores de esas gentes, olores que se confunden entre el sudor, el cigarrillo, la pintura y la falta de un baño que no se dan al menos hace tres generaciones. Hubiera querido que corrigieran el trabajo para que las letras quedaran debidamente ordenadas, a la misma altura, con la letra de la mitad en su debido lugar. Pero para eso tocaba que otra vez los obreros se pusieran nuevamente sus sucios overoles, y otra vez comenzaran sus jodas con la Janeth, mi secretaria, y a decirle chanzas a la niña, tocaba que rehicieran ese andamio ficticio, con latas y tablones, ahora si de mala gana y haciendo jetas, porque no se va a pagar más por un trabajo que quedó mal hecho. Tocaba también que se subieran a las alturas y uno sin saber si un tipo de estos llega y se cae y se mata a quien va a joder la viuda después, esas viejas son capaces de demandarlo a uno, y toca igualmente que desclaven la letra “p” de la mitad y la vuelvan a clavar, haciendo otra vez suciedad y mugre, para que con seguridad completa y total quede otra vez todo igual, con una de las letras desorbitada. Los tipos esos y sus olores se fueron, y salí a la calle con la Janeth detrás. Nos colocamos frente al edificio donde queda la oficina, y vimos, con enorme placer, al menos yo, el gran aviso en letras tricolores. A la altura de la oficina se alzó una enorme bandera nacional y abajito de ella aparecían las tres letras “p” seguiditas, con la segunda letra un poco chocante, porque como he dicho y repetido, quedó un poco más arriba que las otras letras. Debajo de esas grandes letras aparecía: “con el Pueblo, por el Pueblo, para el Pueblo– Sede de campaña”, esas palabras y sus letras, ésas sí, colocadas bien, a la misma altura, niveladas, tal vez porque la frase completa estaba fundida en un solo bloque. Sólo espero que la letra “p” del medio no me quite votos, le dije a mi secretaria Janeth, dándole una sonora palmada en toda la nalga. Y le dije: ve cerrando la oficina porque esto tenemos que festejarlo, mirándola con esos ojos que ponía yo cada vez que quería que Janeth me acompañara un ratico no más a las residencias de acá al lado. - Vamos rapidito y no nos demoramos ni un tris, le decía, con mi enorme y sonora carcajada. Ella también se reía, sin decir nada. LAS CONEJITAS DEL PARAISO “Las conejitas del paraíso” quedaba a unos quince minutos del centro de Fachantoná, y a cinco de la última estación de servicio de la ciudad. Arcancio conocía el sitio de nombre, era bien conocido, de cuando estudiaba en el colegio. A cada rato se oía de él, porque era persistente el rumor de que algunos padres del colegio escogían los días viernes a los alumnos aventajados en las cosas de la vida, casi siempre de último curso, para irse a “Las conejitas del paraíso” a relajar la mente y asentar el cuerpo, decían. - Bueno, bájate ya que comenzó la fiesta. Arcancio se quedó mirando a su padre, sin decirle nada y sin entender nada. - Bájate, hombre, bájate, que pareces un atontado, le dijo, dándole un golpe con la palma de la mano en la pierna izquierda. Arcancio descendió del vehículo, lentamente, como si estuviera cansado, y sin entender de momento ese regalo tan especial que su padre le tenía. - Hoy cumples dieciocho, y éso hay que celebrarlo, muchacho, fue lo único que le dijo durante el desayuno. Fue un día común y corriente. Lo único es que los abuelos llegaron a almorzar y le felicitaron por su cumpleaños. Ya en de la tarde, cuando los abuelos ya se habían ido, su padre le obligó a vestirse adecuadamente porque vamos a festejar tu cumpleaños, muchacho. Su madre solo miraba. Su madre solía guardar silencio. Una vez con pie en tierra, esperó al lado de la puerta a que su padre colocara el seguro anti robo, que era un largo tubo de metal que cogía en sus extremos el timón, de un lado, y los pedales, del otro. Y caminó su padre, con largas zancadas, hacia la entrada de Las conejitas del paraíso, con el pecho en alto y total dominio de sus pasos, seguido a menos de un metro por Arcancio, quien ve el local: Gran puerta de como mínimo cuatro metros de alto de color rosado soacha, con un marco azul turquesa, sosteniendo todo una gran figura troquelada de plástico amarillo, que representa una pareja sentada, cara a cara, con las piernas plegadas, y los cuerpos juntos y las narices tocándose y, a la entrada, un vigilante, de saco y corbata, chiquito y musculoso, con el ombligo al aire, que cuando los visitantes están a un metro de la entrada, empuja la gran puerta hacia adentro. - Bienvenido y adelante, doctor, que está en su casa. Es un gran placer verlo por acá de nuevo. Hubiera querido que corrigieran el trabajo para que las letras quedaran debidamente ordenadas, a la misma altura, con la letra de la mitad en su debido lugar. Pero para eso tocaba que otra vez los obreros se pusieran nuevamente sus sucios overoles, y otra vez comenzaran sus jodas con la Janeth, mi secretaria, y a decirle chanzas a la niña, tocaba que rehicieran ese andamio ficticio, con latas y tablones, ahora si de mala gana y haciendo jetas, porque no se va a pagar más por un trabajo que quedó mal hecho. Tocaba también que se subieran a las alturas y uno sin saber si un tipo de estos llega y se cae y se mata a quien va a joder la viuda después, esas viejas son capaces de demandarlo a uno, y toca igualmente que desclaven la letra “p” de la mitad y la vuelvan a clavar, haciendo otra vez suciedad y mugre, para que con seguridad completa y total quede otra vez todo igual, con una de las letras desorbitada. Los tipos esos y sus olores se fueron, y salí a la calle con la Janeth detrás. Nos colocamos frente al edificio donde queda la oficina, y vimos, con enorme placer, al menos yo, el gran aviso en letras tricolores. A la altura de la oficina se alzó una enorme bandera nacional y abajito de ella aparecían las tres letras “p” seguiditas, con la segunda letra un poco chocante, porque como he dicho y repetido, quedó un poco más arriba que las otras letras. Debajo de esas grandes letras aparecía: “con el Pueblo, por el Pueblo, para el Pueblo– Sede de campaña”, esas palabras y sus letras, ésas sí, colocadas bien, a la misma altura, niveladas, tal vez porque la frase completa estaba fundida en un solo bloque. Sólo espero que la letra “p” del medio no me quite votos, le dije a mi secretaria Janeth, dándole una sonora palmada en toda la nalga. Y le dije: ve cerrando la oficina porque esto tenemos que festejarlo, mirándola con esos ojos que ponía yo cada vez que quería que Janeth me acompañara un ratico no más a las residencias de acá al lado. - Vamos rapidito y no nos demoramos ni un tris, le decía, con mi enorme y sonora carcajada. Ella también se reía, sin decir nada. LAS CONEJITAS DEL PARAISO “Las conejitas del paraíso” quedaba a unos quince minutos del centro de Fachantoná, y a cinco de la última estación de servicio de la ciudad. Arcancio conocía el sitio de nombre, era bien conocido, de cuando estudiaba en el colegio. A cada rato se oía de él, porque era persistente el rumor de que algunos padres del colegio escogían los días viernes a los alumnos aventajados en las cosas de la vida, casi siempre de último curso, para irse a “Las conejitas del paraíso” a relajar la mente y asentar el cuerpo, decían. - Bueno, bájate ya que comenzó la fiesta. Arcancio se quedó mirando a su padre, sin decirle nada y sin entender nada. - Bájate, hombre, bájate, que pareces un atontado, le dijo, dándole un golpe con la palma de la mano en la pierna izquierda. Arcancio descendió del vehículo, lentamente, como si estuviera cansado, y sin entender de momento ese regalo tan especial que su padre le tenía. - Hoy cumples dieciocho, y éso hay que celebrarlo, muchacho, fue lo único que le dijo durante el desayuno. Fue un día común y corriente. Lo único es que los abuelos llegaron a almorzar y le felicitaron por su cumpleaños. Ya en de la tarde, cuando los abuelos ya se habían ido, su padre le obligó a vestirse adecuadamente porque vamos a festejar tu cumpleaños, muchacho. Su madre solo miraba. Su madre solía guardar silencio. Una vez con pie en tierra, esperó al lado de la puerta a que su padre colocara el seguro anti robo, que era un largo tubo de metal que cogía en sus extremos el timón, de un lado, y los pedales, del otro. Y caminó su padre, con largas zancadas, hacia la entrada de Las conejitas del paraíso, con el pecho en alto y total dominio de sus pasos, seguido a menos de un metro por Arcancio, quien ve el local: Gran puerta de como mínimo cuatro metros de alto de color rosado soacha, con un marco azul turquesa, sosteniendo todo una gran figura troquelada de plástico amarillo, que representa una pareja sentada, cara a cara, con las piernas plegadas, y los cuerpos juntos y las narices tocándose y, a la entrada, un vigilante, de saco y corbata, chiquito y musculoso, con el ombligo al aire, que cuando los visitantes están a un metro de la entrada, empuja la gran puerta hacia adentro. - Bienvenido y adelante, doctor, que está en su casa. Es un gran placer verlo por acá de nuevo. Pasan la puerta y entran al local. A Arcancio le golpea el cambio de luces. De la luz de la calle y el reflejo del sol, pasó de repente a la oscuridad del local, totalmente oscuro en un principio, donde no ve nada, para sentir de golpe la música, en inglés, música country, a muy alto nivel, y poco a poco se le va esclareciendo el local, poco a poco se enfoca el ambiente, y ve un gran espacio lleno de mesas redondas, con una vela encendida sobre cada mesa, y ve a dos o tres muchachas bailando en el centro de todo, alrededor de una varilla de color aluminio que va del techo al piso, sobre la cual se apoyan las bailarinas con una mano para girar sobre ella. Su padre, poseído del papel de guía, se sienta en una mesa en frente de las muchachas que están bailando en el centro. Arcancio solo mira a su padre y finalmente procede a sentarse. Ahí mira con algo de detenimiento el local y se da cuenta que está completamente desocupado. Ninguna mesa está ocupada. - Es mejor llegar temprano, te lo digo por experiencia, le dice el padre, golpeándole nuevamente con la palma de la mano su pierna. Ya sentados, torpemente se acerca una camarera, en patines ultra modernos y con un minúsculo bikini rojo, con rayas blancas y estrellas azules, muy pequeñito, quien se limita a preguntar. - ¿Qué van a tomar los señores? - Danos unos vasos con hielo y una botella de whisky, con estampilla, responde don Arcancio. Cuando la camarera se hubo ido con el recado y sus patines, don Arcancio le dice a su hijo: - En este tipo de sitios, debes poner mucho ojo y pedir siempre el trago con estampilla. Y exige siempre que te abran la botella en tu presencia, en tus ojos, que tu veas cómo se rompe el papel de la estampilla. Te lo recomiendo para cuando ya vengas solo, o con tus amiguetes. Los que no tienen estampilla están tan adulterados que te pueden dejar hasta ciego. Arcancio no dice nada. Mira en un primer momento la vela sobre la mesa y se da cuenta que no es de cera, sino eléctrica, porque de cada mesa salen cables que serpentean por el piso. Levanta la vista y se limita a mirar a la muchacha que baila. Tiene una pequeña camisetica que le llega hasta el ombligo y una minifalda muy cortica. Baila descalza. Le mira mientras baila. Su padre mira cómo él la mira a ella. - Te gusta, ¿eh? Pues tienes buen gusto, Arcancio, porque te cuento, para que te enteres, que esa es de las mejorcitas que hay aquí, y mientras dice esto le pega una nueva palmada contra la pierna. Arcancio no responde, y se da cuenta cómo la bailarina que está enfrente suyo está bailando para él y solo para él, dedicada a él, quien con movimientos rítmicos lo sigue mirando, mientras se toca el estómago con las dos manos, apretándolas hacia el vientre y estirando las palmas de las manos hacia fuera. - No están bailando todavía. Están como calentando para mas tarde. Ya en un rato comienza a llegar la gente, luego, siéntete halagado por el show que te está dando esta muchacha, ¿ah, Arcancio?, le dice el padre con una enorme cara de satisfacción y con una nueva palmada en la sentida pierna izquierda. En esas llega la mesera de los patines, sosteniendo una bandeja que parece de plástico, troquelada, y con la misma figura de la pareja de la puerta de la entrada, dos cuerpos frente a frente, sentados y con las piernas arqueadas, cara a cara, y llevando en ella una botella de whisky marca Johnnie Walker sello rojo, cerrada y con estampilla. - Ya eres un hombre, muchacho, bebe tranquilo, y le sirve su padre la bebida, generosamente, en un vaso largo. Con el segundo sorbo, ya Arcancio estaba algo mareado, y lo único que le entran son ganas de irse. - Bueno muchacho, llegó la hora de enfilar baterías, le dijo su padre mientras le pegaba nuevamente una palmada contra su pierna. Arcancio se levantó, ligeramente mareado, y se dirigió a la puerta. Ya estaba cansado y quería irse a su casa a dormir. Y sentía arder su pierna izquierda. - ¿Tú para donde vas, muchacho?, le preguntó su padre. -¿Tú para donde vas?, si la fiesta apenas está comenzando. Y lo abrazó del cuello, cerrando el cuello con su brazo, y lo llevó al fondo, detrás de una puerta giratoria. Arcancio se dejó llevar. - Sentémonos aquí y esperemos, le dijo su padre, señalando un sofá de cuero verde que estaba en una pequeña sala frente a un televisor, que estaba prendido y sintonizando la novela de la tarde. Hacía mucho calor, y ya se había quitado Arcancio el saco. Quería quitarse también el suéter, pero le daba algo. Su padre seguía con el vestido entero puesto. Arcancio se sentó y enfocó su vista al televisor. Ya estaban en propagandas. La música americana de vaqueros que sonaba fuertísimo en todo el ambiente no dejaba oírlo, aunque, paradójicamente, la televisión estaba encendida con un nivel muy alto de volumen y, entre los dos, la música de la propaganda de cereales bajos en grasa y con efecto retardante, y los sonidos de guitarras y armónicas, se lograba acumular tal cúmulo de ruidos que a cualquiera enloquecerían. Algo intuía Arcancio de lo que ahí estaba haciendo, y notó que su padre estaba inquieto. Miró alrededor del televisor. Pasan la puerta y entran al local. A Arcancio le golpea el cambio de luces. De la luz de la calle y el reflejo del sol, pasó de repente a la oscuridad del local, totalmente oscuro en un principio, donde no ve nada, para sentir de golpe la música, en inglés, música country, a muy alto nivel, y poco a poco se le va esclareciendo el local, poco a poco se enfoca el ambiente, y ve un gran espacio lleno de mesas redondas, con una vela encendida sobre cada mesa, y ve a dos o tres muchachas bailando en el centro de todo, alrededor de una varilla de color aluminio que va del techo al piso, sobre la cual se apoyan las bailarinas con una mano para girar sobre ella. Su padre, poseído del papel de guía, se sienta en una mesa en frente de las muchachas que están bailando en el centro. Arcancio solo mira a su padre y finalmente procede a sentarse. Ahí mira con algo de detenimiento el local y se da cuenta que está completamente desocupado. Ninguna mesa está ocupada. - Es mejor llegar temprano, te lo digo por experiencia, le dice el padre, golpeándole nuevamente con la palma de la mano su pierna. Ya sentados, torpemente se acerca una camarera, en patines ultra modernos y con un minúsculo bikini rojo, con rayas blancas y estrellas azules, muy pequeñito, quien se limita a preguntar. - ¿Qué van a tomar los señores? - Danos unos vasos con hielo y una botella de whisky, con estampilla, responde don Arcancio. Cuando la camarera se hubo ido con el recado y sus patines, don Arcancio le dice a su hijo: - En este tipo de sitios, debes poner mucho ojo y pedir siempre el trago con estampilla. Y exige siempre que te abran la botella en tu presencia, en tus ojos, que tu veas cómo se rompe el papel de la estampilla. Te lo recomiendo para cuando ya vengas solo, o con tus amiguetes. Los que no tienen estampilla están tan adulterados que te pueden dejar hasta ciego. Arcancio no dice nada. Mira en un primer momento la vela sobre la mesa y se da cuenta que no es de cera, sino eléctrica, porque de cada mesa salen cables que serpentean por el piso. Levanta la vista y se limita a mirar a la muchacha que baila. Tiene una pequeña camisetica que le llega hasta el ombligo y una minifalda muy cortica. Baila descalza. Le mira mientras baila. Su padre mira cómo él la mira a ella. - Te gusta, ¿eh? Pues tienes buen gusto, Arcancio, porque te cuento, para que te enteres, que esa es de las mejorcitas que hay aquí, y mientras dice esto le pega una nueva palmada contra la pierna. Arcancio no responde, y se da cuenta cómo la bailarina que está enfrente suyo está bailando para él y solo para él, dedicada a él, quien con movimientos rítmicos lo sigue mirando, mientras se toca el estómago con las dos manos, apretándolas hacia el vientre y estirando las palmas de las manos hacia fuera. - No están bailando todavía. Están como calentando para mas tarde. Ya en un rato comienza a llegar la gente, luego, siéntete halagado por el show que te está dando esta muchacha, ¿ah, Arcancio?, le dice el padre con una enorme cara de satisfacción y con una nueva palmada en la sentida pierna izquierda. En esas llega la mesera de los patines, sosteniendo una bandeja que parece de plástico, troquelada, y con la misma figura de la pareja de la puerta de la entrada, dos cuerpos frente a frente, sentados y con las piernas arqueadas, cara a cara, y llevando en ella una botella de whisky marca Johnnie Walker sello rojo, cerrada y con estampilla. - Ya eres un hombre, muchacho, bebe tranquilo, y le sirve su padre la bebida, generosamente, en un vaso largo. Con el segundo sorbo, ya Arcancio estaba algo mareado, y lo único que le entran son ganas de irse. - Bueno muchacho, llegó la hora de enfilar baterías, le dijo su padre mientras le pegaba nuevamente una palmada contra su pierna. Arcancio se levantó, ligeramente mareado, y se dirigió a la puerta. Ya estaba cansado y quería irse a su casa a dormir. Y sentía arder su pierna izquierda. - ¿Tú para donde vas, muchacho?, le preguntó su padre. -¿Tú para donde vas?, si la fiesta apenas está comenzando. Y lo abrazó del cuello, cerrando el cuello con su brazo, y lo llevó al fondo, detrás de una puerta giratoria. Arcancio se dejó llevar. - Sentémonos aquí y esperemos, le dijo su padre, señalando un sofá de cuero verde que estaba en una pequeña sala frente a un televisor, que estaba prendido y sintonizando la novela de la tarde. Hacía mucho calor, y ya se había quitado Arcancio el saco. Quería quitarse también el suéter, pero le daba algo. Su padre seguía con el vestido entero puesto. Arcancio se sentó y enfocó su vista al televisor. Ya estaban en propagandas. La música americana de vaqueros que sonaba fuertísimo en todo el ambiente no dejaba oírlo, aunque, paradójicamente, la televisión estaba encendida con un nivel muy alto de volumen y, entre los dos, la música de la propaganda de cereales bajos en grasa y con efecto retardante, y los sonidos de guitarras y armónicas, se lograba acumular tal cúmulo de ruidos que a cualquiera enloquecerían. Algo intuía Arcancio de lo que ahí estaba haciendo, y notó que su padre estaba inquieto. Miró alrededor del televisor. Muchas puertas, todas cerradas. Una foto de las torres gemelas de Nueva York adherida a las paredes con cinta pegante, junto a un afiche de Enrique Iglesias posando con el torso desnudo, ése sí enmarcado con una moldura muy delgada de aluminio. Nada más. Una puerta fue abierta, y entró la niña de los patines, montando en patines, como si estuviera en una pista de hielo. Salió sin decir nada. Al cabo de un rato un par de niños, niño y niña, como de ocho años, o un poquito más, tal vez, tras medio abrir una puerta asomaron sus cabecitas al salón donde estaba Arcancio con su padre. Los miraron fijo y a los ojos, conociéndolos. Sin decir nada entre ellos, cerraron la puerta. El televisor estaba colocado en una estantería adherida a la pared, como en los cuartos de hospital. Y entre el sillón de cuero verde y el televisor, solo había una larga mesa muy bajita, que tenía dos o tres revistas encima. Eran revistas de programación de televisión. Arcancio tomó una con desgano, y se cayó al piso el afiche plegable de la mitad. Arcancio lo recogió y lo abrió. Era igual que el de Enrique Iglesias, plegable de tres partes, sino que esta vez la que posaba en un escritorio, haciendo ademán de leer un libro, era la presentadora del show de Cristina. Miró las otras revistas y no vio ningún afiche plegable. No habían pasado ni dos minutos, y para Arcancio habían pasado cinco horas. Abren una puerta, la misma de la que habían asomado sus cabezas los dos niños, y sale una mujer robusta, de pelo corto y gran escote, como de cincuenta años mal llevados, portando con el calor que hace un abrigo peludo y largo, que le llega a los tobillos, quien le dice a don Arcancio unas cosas que Arcancio no entiende, y don Arcancio le responde y Arcancio dirige su mirada al televisor que está ahora en una propaganda de compresas de mujer. La mujer sale nuevamente, dejando entreabierta la puerta y al cabo de nada vuelve con siete muchachas mal vestidas atrás suyo, que se colocan en fila contra la pared donde está la foto de las torres gemelas de Nueva York. No sabía mucho de edades Arcancio, pero al verlas pensó que ninguna de ellas tendría mas de quince años. Eran niñas. Una parecía como de treinta. - Escoge muchacho. Y por ser tu cumpleaños puedes escoger hasta dos, le dijo su padre, dándole en su pierna la conocida palmada. Arcancio no sabía, pero sí sabía o imaginaba saber, de qué iba todo esto. El día que Arcancio vio a su madre saliendo del cuarto de baño, llevando alrededor del cuerpo un enorme sujetador negro, fue un día que marcó su existencia. Nunca la había imaginado en esas fachas. Era su madre. Y punto. Pero la vio de repente, sin buscarla. Ella estaba saliendo del cuarto de baño, pero no había salido todavía. Es más, estaba aún en el cuarto de baño, lista para salir y, en esas, pensando que estaba desocupado, entró Arcancio. Y la vio. Le vio los brazos enormes, blancos y desnudos, que intentaban tapar todo. Y la vio, aunque no quisiera, con un grandísimo sujetador de encajes negro y le impactó el ombligo, grande, como un gran hueco dentro de una flácida barriga, que daba la vuelta, lentamente, a través de su cuerpo. Nunca había visto una mujer desnuda y, si bien no vio a su madre desnuda, sino al revés, tal vez más vestida que desnuda, para Arcancio ver otra mujer desnuda, así estuviera tan vestida como su madre, se convertía en un reto para cuyo cumplimiento no hacía nada efectivo. Arcancio tenía entonces dieciséis años. Lo máximo que hizo en su búsqueda de mujeres desnudas, era, cuando pasaba por la farmacia, cerca de su casa, ver al fondo el stand de revistas. Ya sabía donde estaban. Sabía que primero estaban los semanarios que tratan la actualidad política, aquellos que en su portada afirman que con lo que pasó la semana pasada todo va a cambiar, posando mientras esto afirma un ministro de marras. Más atrás, las revistas del corazón, que copian fotos y comentarios de las otras revistas del corazón y donde siempre dicen que dicen por ahí. Más atrás aún, aparecen las revistas de vehículos y motos, y de arte y manualidades. Detrás de éstas, las de salud, y más atrás, al fondo, escondidas pero visibles, las revistas que él busca. Le gustaba cuando su madre lo mandaba a cualquier mandado, ve Arcancito a la farmacia y me compras unas tiritas, pero no te demores, e iba a su vuelta feliz y muy inquieto, con temblorcillos en las piernas, y ya al fin podía acercarse a la vitrina, y cuando el farmaceuta o la niña que atendía también, tal vez su hija, se adentraban a buscar lo pedido en cajones grandes, él lograba enfocar la vista hacia las revistas del pecado, tal como eran definidas por sus profesores del colegio en los retiros espirituales, y lograba ver allá, como a dos metros, las carátulas con leyendas en inglés de unas revistas que mostraban a unas señoritas con unos pechos muy grandes, que casi siempre se los cubrían con las manos. Siempre llegaba el de la farmacia con lo que había pedido, mirándolo como si supiera lo que estaba haciendo, como si supiera con certeza que él estaba mirando revistas feas, ify>Muchas puertas, todas cerradas. Una foto de las torres gemelas de Nueva York adherida a las paredes con cinta pegante, junto a un afiche de Enrique Iglesias posando con el torso desnudo, ése sí enmarcado con una moldura muy delgada de aluminio. Nada más. Una puerta fue abierta, y entró la niña de los patines, montando en patines, como si estuviera en una pista de hielo. Salió sin decir nada. Al cabo de un rato un par de niños, niño y niña, como de ocho años, o un poquito más, tal vez, tras medio abrir una puerta asomaron sus cabecitas al salón donde estaba Arcancio con su padre. Los miraron fijo y a los ojos, conociéndolos. Sin decir nada entre ellos, cerraron la puerta. El televisor estaba colocado en una estantería adherida a la pared, como en los cuartos de hospital. Y entre el sillón de cuero verde y el televisor, solo había una larga mesa muy bajita, que tenía dos o tres revistas encima. Eran revistas de programación de televisión. Arcancio tomó una con desgano, y se cayó al piso el afiche plegable de la mitad. Arcancio lo recogió y lo abrió. Era igual que el de Enrique Iglesias, plegable de tres partes, sino que esta vez la que posaba en un escritorio, haciendo ademán de leer un libro, era la presentadora del show de Cristina. Miró las otras revistas y no vio ningún afiche plegable. No habían pasado ni dos minutos, y para Arcancio habían pasado cinco horas. Abren una puerta, la misma de la que habían asomado sus cabezas los dos niños, y sale una mujer robusta, de pelo corto y gran escote, como de cincuenta años mal llevados, portando con el calor que hace un abrigo peludo y largo, que le llega a los tobillos, quien le dice a don Arcancio unas cosas que Arcancio no entiende, y don Arcancio le responde y Arcancio dirige su mirada al televisor que está ahora en una propaganda de compresas de mujer. La mujer sale nuevamente, dejando entreabierta la puerta y al cabo de nada vuelve con siete muchachas mal vestidas atrás suyo, que se colocan en fila contra la pared donde está la foto de las torres gemelas de Nueva York. No sabía mucho de edades Arcancio, pero al verlas pensó que ninguna de ellas tendría mas de quince años. Eran niñas. Una parecía como de treinta. - Escoge muchacho. Y por ser tu cumpleaños puedes escoger hasta dos, le dijo su padre, dándole en su pierna la conocida palmada. Arcancio no sabía, pero sí sabía o imaginaba saber, de qué iba todo esto. El día que Arcancio vio a su madre saliendo del cuarto de baño, llevando alrededor del cuerpo un enorme sujetador negro, fue un día que marcó su existencia. Nunca la había imaginado en esas fachas. Era su madre. Y punto. Pero la vio de repente, sin buscarla. Ella estaba saliendo del cuarto de baño, pero no había salido todavía. Es más, estaba aún en el cuarto de baño, lista para salir y, en esas, pensando que estaba desocupado, entró Arcancio. Y la vio. Le vio los brazos enormes, blancos y desnudos, que intentaban tapar todo. Y la vio, aunque no quisiera, con un grandísimo sujetador de encajes negro y le impactó el ombligo, grande, como un gran hueco dentro de una flácida barriga, que daba la vuelta, lentamente, a través de su cuerpo. Nunca había visto una mujer desnuda y, si bien no vio a su madre desnuda, sino al revés, tal vez más vestida que desnuda, para Arcancio ver otra mujer desnuda, así estuviera tan vestida como su madre, se convertía en un reto para cuyo cumplimiento no hacía nada efectivo. Arcancio tenía entonces dieciséis años. Lo máximo que hizo en su búsqueda de mujeres desnudas, era, cuando pasaba por la farmacia, cerca de su casa, ver al fondo el stand de revistas. Ya sabía donde estaban. Sabía que primero estaban los semanarios que tratan la actualidad política, aquellos que en su portada afirman que con lo que pasó la semana pasada todo va a cambiar, posando mientras esto afirma un ministro de marras. Más atrás, las revistas del corazón, que copian fotos y comentarios de las otras revistas del corazón y donde siempre dicen que dicen por ahí. Más atrás aún, aparecen las revistas de vehículos y motos, y de arte y manualidades. Detrás de éstas, las de salud, y más atrás, al fondo, escondidas pero visibles, las revistas que él busca. Le gustaba cuando su madre lo mandaba a cualquier mandado, ve Arcancito a la farmacia y me compras unas tiritas, pero no te demores, e iba a su vuelta feliz y muy inquieto, con temblorcillos en las piernas, y ya al fin podía acercarse a la vitrina, y cuando el farmaceuta o la niña que atendía también, tal vez su hija, se adentraban a buscar lo pedido en cajones grandes, él lograba enfocar la vista hacia las revistas del pecado, tal como eran definidas por sus profesores del colegio en los retiros espirituales, y lograba ver allá, como a dos metros, las carátulas con leyendas en inglés de unas revistas que mostraban a unas señoritas con unos pechos muy grandes, que casi siempre se los cubrían con las manos. Siempre llegaba el de la farmacia con lo que había pedido, mirándolo como si supiera lo que estaba haciendo, como si supiera con certeza que él estaba mirando revistas feas, antes de que él pudiera enfocar la vista. Y nunca logró enfocar detenidamente algo. A veces, en el colegio, hablaban sus compañeros de enamoradas y novias, y que en el cine, para que no te agarre el acomodador, decía el que sabía, hay que hacerse no en la última fila, que ahí es donde lo agarran a uno, sino en las esquinas de atrás, detrás de los pilares. Arcancio oía sin opinar. Nunca le gustó ir a cine. Arcancio miró a su padre, creyendo entender eso de que él podía escoger a dos. - Mejor otro día, papá, le dijo. Se levantó del sofá de cuero y abandonó Las conejitas del paraíso, contento de haberle dicho no a su padre e inquieto por no saber muy bien qué le hubiera deparado el haberse quedado en aquel lugar. Comenzó a andar por una carretera pavimentada a trozos. Su casa quedaba lejos. YA NO HAY SOBRE QUÉ ESCRIBIR Me ha llamado Heriberto, y me tuvo colgado del aparato como un mico. Yo veía el tiempo pasar en las sombras de mi casa, y hable que hable hasta que la batería de quién sabe cuál de los dos teléfonos, el mío o el de él, dijo hasta aquí llegamos y sacó la mano. Se descomunicó, sin emitir ningún ruido, después de no sé cuánto tiempo de estar hablando, pero al menos tengo la conciencia tranquila de saber que yo no fui el que colgó. Heriberto parece que no tiene nada que hacer, y que tiene tiempo libre para hablar, cuando la mitad de Fachantoná está para psicoanalizarse. Eso, realmente, no lo entiende nadie. Ring, ring, ring, sonó de repente en mitad del silencio. Yo me levanté, aburrido de tener que levantarme a contestar, y aburrido porque me cortaba las ideas que estaban comenzando a pasar por mi cabeza y que iban a solucionar mi problema: Escribir un cuento, no muy largo, más bien corto, para publicar en el suplemento dominical que don Foncio dirige y quien me dijo que, si el cuento resultaba interesante, se publicaría. -¡Joder!, pensé yo, eso sería maravilloso: Un cuento mío publicado en el suplemento dominical-. Que me separo, me dijo Heriberto cuando descolgué el teléfono, y me lo dijo sin saludarme siquiera, ni decirme buenos días, ¿en qué andas tú?, o cualquier fórmula entradora, o al menos verificar si estaba hablando conmigo. De una vez, sin preámbulos, me vino con que se iba a separar. Yo me quedé callado porque no sabía qué decirle, pensando que es mucho mejor no decir de una qué piensa uno de todo. No le dije nada. Mejor, y eso he pensado siempre, es en un comienzo no tomar partido. Según se vayan dando las cosas, uno va opinando, y así no se mete la pata y no le vienen a uno después con recriminaciones de que usted dijo esto, o usted dijo aquello. Eso al menos, es lo que pienso yo, no por cinismo o que me guste lo fácil, sino por puro asunto práctico. Además, que con la información que me estaba dando Heriberto, no lograba yo obtener mayor cosa, ya que separarse puede tener muy diferentes significados, y eso lo sabe uno porque es abogado. De un lado, uno puede decir que me estoy separando, y lo que se hace es hacer referencia a una separación fáctica, de hecho, donde cada cual coge sus maletas y se dispone a montar rancho aparte. Ésa sería una separación, digamos, ilegal, no porque esté prohibida, sino porque no está cobijada en la legalidad. También, cuando se dice que uno se está separando, se puede estar diciendo que la separación es legal, ahí sí, vale decir, ante jueces y con abogados y papeleo, y con un fundamento, que es lo importante, legal. Y siendo legal, puede ser de malas mañas o de común acuerdo. Y en uno u otro caso, la separación puede ser de bienes o de cuerpos. O sea, que la cosa resulta siendo un embrollo, no es tan simple, de tal forma que si no le hablan a uno de qué tipo de separación se trata, difícilmente se puede opinar. Además, yo no estaba realmente muy interesado en saber de sus problemas, sus separaciones y sus cosas, cuando en ese preciso momento el tema mío era determinante: Escribir el cuento que me encargó don Foncio. Pero antes de escribir el cuento, debería pensar en el tema, ya que de momento no se me había ocurrido ninguno. Mentira: Sí había pensado en un tema, que es un asesinato de alguien rico, donde aparece el muerto un día cualquiera y alguien, un detective, o algo así, va averiguando quién fue el que lo mató. El tema estaba a la moda, pero tal vez era muy complicado, pensé entonces. Que la Flora me botó, como un trapo, me aclaró, dándome elementos para comenzar una conversación, sintiéndosele, al fondo, que la voz le flaqueaba. Me puse en la piel de Heriberto, quien es psicólogo, y pensé: Heriberto me está proporcionando dos puntos elementales para que yo tenga en cuenta. En primer lugar, me está diciendo que lo botaron, agravándome el caso, ya que admite que lo botaron. Me explico: Una cosa es que lo boten a uno, y otra bien diferente y más grave, es admitir que lo botan a uno. Y Heriberto admitía que lo botaron a él. O sea, que si la separación fue de hecho, a él le pusieron las maletas bajo el marco de la puerta, cerca del ascensor; y si la separación fue legal, los argumentos jurídicos estaban a favor de Flora. Y segundo elemento, que fue tratado como un trapo. Siendo Heriberto psicólogo, saqué una conclusión preliminar, vale decir, un mensaje que él quería enviarme, no en forma directa, sino más bien indirecta: A Heriberto, la Flora lo botó feo, y pensé en las diferentes formas de separación que hay, y concluí, sin mayores juicios, que simplemente a Heriberto le pusieron, no ya las maletas, sino un maletín con sus calzoncillos y sus medias en la puerta de la casa, diciéndole Flora algo así como usted mijito esta casa no la vuelve a pisar. Guardé silencio porque pensé que de momento no tenía mayores elementos con los cuales decir algo, porque si llegaba a decir algo de lo que estaba pensando con seguridad que el antes de que él pudiera enfocar la vista. Y nunca logró enfocar detenidamente algo. A veces, en el colegio, hablaban sus compañeros de enamoradas y novias, y que en el cine, para que no te agarre el acomodador, decía el que sabía, hay que hacerse no en la última fila, que ahí es donde lo agarran a uno, sino en las esquinas de atrás, detrás de los pilares. Arcancio oía sin opinar. Nunca le gustó ir a cine. Arcancio miró a su padre, creyendo entender eso de que él podía escoger a dos. - Mejor otro día, papá, le dijo. Se levantó del sofá de cuero y abandonó Las conejitas del paraíso, contento de haberle dicho no a su padre e inquieto por no saber muy bien qué le hubiera deparado el haberse quedado en aquel lugar. Comenzó a andar por una carretera pavimentada a trozos. Su casa quedaba lejos. YA NO HAY SOBRE QUÉ ESCRIBIR Me ha llamado Heriberto, y me tuvo colgado del aparato como un mico. Yo veía el tiempo pasar en las sombras de mi casa, y hable que hable hasta que la batería de quién sabe cuál de los dos teléfonos, el mío o el de él, dijo hasta aquí llegamos y sacó la mano. Se descomunicó, sin emitir ningún ruido, después de no sé cuánto tiempo de estar hablando, pero al menos tengo la conciencia tranquila de saber que yo no fui el que colgó. Heriberto parece que no tiene nada que hacer, y que tiene tiempo libre para hablar, cuando la mitad de Fachantoná está para psicoanalizarse. Eso, realmente, no lo entiende nadie. Ring, ring, ring, sonó de repente en mitad del silencio. Yo me levanté, aburrido de tener que levantarme a contestar, y aburrido porque me cortaba las ideas que estaban comenzando a pasar por mi cabeza y que iban a solucionar mi problema: Escribir un cuento, no muy largo, más bien corto, para publicar en el suplemento dominical que don Foncio dirige y quien me dijo que, si el cuento resultaba interesante, se publicaría. -¡Joder!, pensé yo, eso sería maravilloso: Un cuento mío publicado en el suplemento dominical-. Que me separo, me dijo Heriberto cuando descolgué el teléfono, y me lo dijo sin saludarme siquiera, ni decirme buenos días, ¿en qué andas tú?, o cualquier fórmula entradora, o al menos verificar si estaba hablando conmigo. De una vez, sin preámbulos, me vino con que se iba a separar. Yo me quedé callado porque no sabía qué decirle, pensando que es mucho mejor no decir de una qué piensa uno de todo. No le dije nada. Mejor, y eso he pensado siempre, es en un comienzo no tomar partido. Según se vayan dando las cosas, uno va opinando, y así no se mete la pata y no le vienen a uno después con recriminaciones de que usted dijo esto, o usted dijo aquello. Eso al menos, es lo que pienso yo, no por cinismo o que me guste lo fácil, sino por puro asunto práctico. Además, que con la información que me estaba dando Heriberto, no lograba yo obtener mayor cosa, ya que separarse puede tener muy diferentes significados, y eso lo sabe uno porque es abogado. De un lado, uno puede decir que me estoy separando, y lo que se hace es hacer referencia a una separación fáctica, de hecho, donde cada cual coge sus maletas y se dispone a montar rancho aparte. Ésa sería una separación, digamos, ilegal, no porque esté prohibida, sino porque no está cobijada en la legalidad. También, cuando se dice que uno se está separando, se puede estar diciendo que la separación es legal, ahí sí, vale decir, ante jueces y con abogados y papeleo, y con un fundamento, que es lo importante, legal. Y siendo legal, puede ser de malas mañas o de común acuerdo. Y en uno u otro caso, la separación puede ser de bienes o de cuerpos. O sea, que la cosa resulta siendo un embrollo, no es tan simple, de tal forma que si no le hablan a uno de qué tipo de separación se trata, difícilmente se puede opinar. Además, yo no estaba realmente muy interesado en saber de sus problemas, sus separaciones y sus cosas, cuando en ese preciso momento el tema mío era determinante: Escribir el cuento que me encargó don Foncio. Pero antes de escribir el cuento, debería pensar en el tema, ya que de momento no se me había ocurrido ninguno. Mentira: Sí había pensado en un tema, que es un asesinato de alguien rico, donde aparece el muerto un día cualquiera y alguien, un detective, o algo así, va averiguando quién fue el que lo mató. El tema estaba a la moda, pero tal vez era muy complicado, pensé entonces. Que la Flora me botó, como un trapo, me aclaró, dándome elementos para comenzar una conversación, sintiéndosele, al fondo, que la voz le flaqueaba. Me puse en la piel de Heriberto, quien es psicólogo, y pensé: Heriberto me está proporcionando dos puntos elementales para que yo tenga en cuenta. En primer lugar, me está diciendo que lo botaron, agravándome el caso, ya que admite que lo botaron. Me explico: Una cosa es que lo boten a uno, y otra bien diferente y más grave, es admitir que lo botan a uno. Y Heriberto admitía que lo botaron a él. O sea, que si la separación fue de hecho, a él le pusieron las maletas bajo el marco de la puerta, cerca del ascensor; y si la separación fue legal, los argumentos jurídicos estaban a favor de Flora. Y segundo elemento, que fue tratado como un trapo. Siendo Heriberto psicólogo, saqué una conclusión preliminar, vale decir, un mensaje que él quería enviarme, no en forma directa, sino más bien indirecta: A Heriberto, la Flora lo botó feo, y pensé en las diferentes formas de separación que hay, y concluí, sin mayores juicios, que simplemente a Heriberto le pusieron, no ya las maletas, sino un maletín con sus calzoncillos y sus medias en la puerta de la casa, diciéndole Flora algo así como usted mijito esta casa no la vuelve a pisar. Guardé silencio porque pensé que de momento no tenía mayores elementos con los cuales decir algo, porque si llegaba a decir algo de lo que estaba pensando con seguridad que el tipo se me iba a sentir. Y si a lo anterior le sumamos que Heriberto estaba a punto de llorarme, debo decir que mi silencio fue mayor, porque no soporto hombres de verdad lloriqueando como gallinas. ¿Tiene tiempo para que hablemos? ¡Joder! Sentí que me suplicaba, sabiendo él, que el que no tiene mayor tiempo para hablar es él mismo, quien tiene la consulta llena de gente todo el tiempo, como hasta las siete de la tarde y desde muy temprano. O eso es al menos lo que se la pasa diciendo. Yo, con el cuento éste de escribir historias, o más que historias el cuento que me encargó don Foncio, y darme tiempo para pensar, pues finalmente tengo mucho tiempo libre porque me la paso divagando y divagando pensando en qué cuento voy a escribir y sobre qué va a tratar. ¿Oiga, me va a hacer caso, o no? Ahí me di cuenta que no le había dicho nada, ya que mientras él me preguntaba si tenía tiempo para hablar, si yo le podía dedicar mi tiempo, o peor aún, desde que comenzó la conversación, yo me quedé callado pensando en mis cosas y en el cuento que tengo que escribir y prometí entregarle a don Foncio. No le había dicho nada a Heriberto, y solo había dejado pasar el tiempo. Por eso, apenas me preguntó si le iba a hacer caso, me apresuré a contestarle al menos algo, lo que fuera, y le dije que sí, que lo estaba oyendo, que me contara cómo pasó todo, para que el tipo se hiciera a la idea que sus problemas me interesaban. –Pero, eso sí, no me venga a lloriquear-, le dejé dicho bien claro. Es que otra vez salió por todas partes la propaganda del gringo, ¿ya la vió? Por supuesto que la había visto y que toda Fachantoná la había visto, ¿quién no la habrá visto?, pero no entendía que tenía que ver la propaganda de un segundo curso de profundización en lengua inglesa, dictado en la escuela del enano, con que se fueran a separar Heriberto y Flora. -Sí, en el casillero me dejaron un volante-, le contesté. Sólo le contesté eso, porque sólo me preguntaba eso. Ajá, me dijo. Solo me dijo ajá, y me dieron ganas de pegarle. Ya llevábamos diez minutos de estúpida conversación, o hasta más tiempo, y el tipo sólo me dice ajá. Para pegarle. Me dio rabia con su respuesta y me quedé callado a ver qué decía. ¿Y qué decía? Ese era Heriberto. Interesadísimo en un tema, y de repente el tema parece que no importara, que es secundario, porque parece que comienzan los pajaritos a hacerle nidos en la cabeza. Y pregunta huevonadas. ¿Que qué decía la propaganda que él ya había visto y que todos habían visto? Me está contando lo de su separación, o mejor, lo de la puesta en la puerta de sus maletas, o la botada de sus chiros en una bolsa plástica, y me pregunta que qué decía la propaganda de la escuela de inmersión total. Ese es Heriberto. –Pues lo de las clases del gringo, gran huevón-, le contesté. ¿Y usted qué opina de lo de las clases? A veces, cuando uno hablaba con Heriberto, no sabia si tomarlo en serio o en plan de broma, de pura mamadera de gallo. No supe si me preguntó que qué opinaba yo de las clases en serio, para que yo le respondiera en serio, o en plan de broma, de tomarme el pelo. Conociendo, como conocíamos todos a Heriberto, hacía la pregunta completamente en serio, esperando, de verdad y sinceramente, una respuesta. Además, esperaba mi respuesta seria porque todo este cuento tenía algo que ver con su separación con Flora. –Pues que son un robo-, le dije, aclarándole mi posición aún más: -Usted sabe que yo siempre he pensado que esas clases son un robo-. Pero si usted fue uno de los que nos recomendó lo de las clases del gringo cuando con Flora estábamos pensando en ir, me increpó, sintiendo yo que me estaba retando, hasta tal vez echándome la culpa de su separación, y dando argumentos a lo que siempre digo: Uno opina y después le salen con que usted dijo esto o usted dijo aquello. Y el tipo me dijo lo que me dijo en un tonito agrio, de prepotente y de inmamable a más no poder. Yo sí había dicho éso, si vamos a decir la verdad y a ser sinceros, pero todo tiene una explicación, y aquí la explico para que no haya malentendidos. Cuando me consultaron lo que yo pensaba de las clases donde el gringo, y me acuerdo que fue hace ya un buen número de años, cuando el gringo llegó a Fachantoná por primera vez, que yo acababa de ir como alumno allá, que decían que eran de inmersión total y que con, no recuerdo cuántas, con no sé cuántas clases uno ya hablaba inglés, eso decían, y siempre veía uno que la gente aprendía inglés de esa manera, cuando me lo consultaron, sinceramente, en ese entonces me parecía que eran buenas. Pero decía que eran buenas, no porque yo lo supiera de primera fuente, sino porque terceros me lo decían, y además que, apenas llegué yo de las clases, más o menos sentía que hablaba bien el inglés. Me acuerdo que llegaba a mi casa, ponía música en inglés, y la entendía y hasta tarareaba la letra. Una vez que ya pude tener mi opinión, vale decir, habiendo transcurrido el tiempo, sí pensé que la escuela era mala, que era un robo. -Como todo el mundo-, me limité a responderle a Heriberto, y sentí que me estaba defendiendo de un ataque suyo. … Heriberto se quedaba callado, y sentía que aún estaba ahí porque sentía su respiración. Yo también me quedé callado, porque asumí que todo esto era como un careo: Uno pregunta, y el otro responde. Yo ya había respondido. Es más: me había defendido Él estaría pensando como seguir jodiendo la vida. Me estaba queriendo decir, además, que mi respuesta no había sido de su satisfacción. ¿Tiene tiempo para que hablemos? ¡Joder! Sentí que me suplicaba, sabiendo él, que el que no tiene mayor tiempo para hablar es él mismo, quien tiene la consulta llena de gente todo el tiempo, como hasta las siete de la tarde y desde muy temprano. O eso es al menos lo que se la pasa diciendo. Yo, con el cuento éste de escribir historias, o más que historias el cuento que me encargó don Foncio, y darme tiempo para pensar, pues finalmente tengo mucho tiempo libre porque me la paso divagando y divagando pensando en qué cuento voy a escribir y sobre qué va a tratar. ¿Oiga, me va a hacer caso, o no? Ahí me di cuenta que no le había dicho nada, ya que mientras él me preguntaba si tenía tiempo para hablar, si yo le podía dedicar mi tiempo, o peor aún, desde que comenzó la conversación, yo me quedé callado pensando en mis cosas y en el cuento que tengo que escribir y prometí entregarle a don Foncio. No le había dicho nada a Heriberto, y solo había dejado pasar el tiempo. Por eso, apenas me preguntó si le iba a hacer caso, me apresuré a contestarle al menos algo, lo que fuera, y le dije que sí, que lo estaba oyendo, que me contara cómo pasó todo, para que el tipo se hiciera a la idea que sus problemas me interesaban. –Pero, eso sí, no me venga a lloriquear-, le dejé dicho bien claro. Es que otra vez salió por todas partes la propaganda del gringo, ¿ya la vió? Por supuesto que la había visto y que toda Fachantoná la había visto, ¿quién no la habrá visto?, pero no entendía que tenía que ver la propaganda de un segundo curso de profundización en lengua inglesa, dictado en la escuela del enano, con que se fueran a separar Heriberto y Flora. -Sí, en el casillero me dejaron un volante-, le contesté. Sólo le contesté eso, porque sólo me preguntaba eso. Ajá, me dijo. Solo me dijo ajá, y me dieron ganas de pegarle. Ya llevábamos diez minutos de estúpida conversación, o hasta más tiempo, y el tipo sólo me dice ajá. Para pegarle. Me dio rabia con su respuesta y me quedé callado a ver qué decía. ¿Y qué decía? Ese era Heriberto. Interesadísimo en un tema, y de repente el tema parece que no importara, que es secundario, porque parece que comienzan los pajaritos a hacerle nidos en la cabeza. Y pregunta huevonadas. ¿Que qué decía la propaganda que él ya había visto y que todos habían visto? Me está contando lo de su separación, o mejor, lo de la puesta en la puerta de sus maletas, o la botada de sus chiros en una bolsa plástica, y me pregunta que qué decía la propaganda de la escuela de inmersión total. Ese es Heriberto. –Pues lo de las clases del gringo, gran huevón-, le contesté. ¿Y usted qué opina de lo de las clases? A veces, cuando uno hablaba con Heriberto, no sabia si tomarlo en serio o en plan de broma, de pura mamadera de gallo. No supe si me preguntó que qué opinaba yo de las clases en serio, para que yo le respondiera en serio, o en plan de broma, de tomarme el pelo. Conociendo, como conocíamos todos a Heriberto, hacía la pregunta completamente en serio, esperando, de verdad y sinceramente, una respuesta. Además, esperaba mi respuesta seria porque todo este cuento tenía algo que ver con su separación con Flora. –Pues que son un robo-, le dije, aclarándole mi posición aún más: -Usted sabe que yo siempre he pensado que esas clases son un robo-. Pero si usted fue uno de los que nos recomendó lo de las clases del gringo cuando con Flora estábamos pensando en ir, me increpó, sintiendo yo que me estaba retando, hasta tal vez echándome la culpa de su separación, y dando argumentos a lo que siempre digo: Uno opina y después le salen con que usted dijo esto o usted dijo aquello. Y el tipo me dijo lo que me dijo en un tonito agrio, de prepotente y de inmamable a más no poder. Yo sí había dicho éso, si vamos a decir la verdad y a ser sinceros, pero todo tiene una explicación, y aquí la explico para que no haya malentendidos. Cuando me consultaron lo que yo pensaba de las clases donde el gringo, y me acuerdo que fue hace ya un buen número de años, cuando el gringo llegó a Fachantoná por primera vez, que yo acababa de ir como alumno allá, que decían que eran de inmersión total y que con, no recuerdo cuántas, con no sé cuántas clases uno ya hablaba inglés, eso decían, y siempre veía uno que la gente aprendía inglés de esa manera, cuando me lo consultaron, sinceramente, en ese entonces me parecía que eran buenas. Pero decía que eran buenas, no porque yo lo supiera de primera fuente, sino porque terceros me lo decían, y además que, apenas llegué yo de las clases, más o menos sentía que hablaba bien el inglés. Me acuerdo que llegaba a mi casa, ponía música en inglés, y la entendía y hasta tarareaba la letra. Una vez que ya pude tener mi opinión, vale decir, habiendo transcurrido el tiempo, sí pensé que la escuela era mala, que era un robo. -Como todo el mundo-, me limité a responderle a Heriberto, y sentí que me estaba defendiendo de un ataque suyo. … Heriberto se quedaba callado, y sentía que aún estaba ahí porque sentía su respiración. Yo también me quedé callado, porque asumí que todo esto era como un careo: Uno pregunta, y el otro responde. Yo ya había respondido. Es más: me había defendido Él estaría pensando como seguir jodiendo la vida. Me estaba queriendo decir, además, que mi respuesta no había sido de su satisfacción. Pues la Flora se me emberracó otra vez por lo de las clases, me dijo como dando por zanjado ya el tema de los reproches hacia mí y declarándome inocente y otra vez su amigo del alma. Ya no estaba interesado en seguir con su tontería, así que no le dije nada. Me quedé callado a la espera de que él hablara. Pues imagínese que llegué anoche con un volante de las clases nuevas de inglés en la escuela del gringo y le dije lo más de emocionado a Flora que las habían reabierto, y le pregunté que qué opinaba si nos inscribíamos. Yo esperaba que siguiera con el cuento. Y no más le digo eso, la Flora me hace una cara que ni se imagina, como si me odiara, y comenzó a echarme toda una retahíla de vainas, y que yo era un inconsciente, un niñato y no sé qué más groserías y que si no me acordaba de cómo nos fue la primera vez que tomamos el curso de inglés donde el gringo. Me acordaba perfectamente qué les pasó y decidí que era mejor no ahondar mucho en el tema. ¿Me oye? Mmm, me limité a decirle. Ah, bueno. Pues resulta que la Flora comenzó a decirme que por culpa mía, ¿cómo la ve?, por culpa mia y por no haberme enfrentado al gringo, es que nos habían demandado y habían procedido al embargo de su sueldo. Que por culpa mía. ¿Cómo la ve? No dije nada, y solo me acordaba. Y me dijo que aún todavía le tienen embargado el sueldo, cosa de la cual yo no tenía la más mínima idea. ¿pueden tener embargado un sueldo por cuatro años? Usted como abogado debe saber. Yo pensaba que ya estaba pagado todo. Bueno, se metió al cuarto nuestro yo pensé que a lloriquear, cerrando con un portazo y yo esperando a que se calmara, cuando salió al cabo de no sé cuántos minutos con una maleta y los ojos hinchados, diciendo que me fuera para la mierda, que ella se iba a la casa de sus papás y que ni se me ocurriera llamarla. Que me olvidara de ella, me dijo. Me quedé callado. Y de la separación, y de decirme que él si pensaba ahora tomar otra vez las clases de inglés donde el gringo, a ver si ahora sí, con un poco de bases, aprendía bien el inglés, de comentarme que Flora había vuelto solo a retirar sus matas y unos discos, sin haberle dirigido una palabra, pasamos a hablar, ya para calmarlo y que se le olvidaran las cosas, de la remodelación que le está haciendo la alcaldía a la avenida de los comuneros, donde han puesto unos bolardos para impedir que los vehículos se estacionen dentro del parque. Me dijo que alguien le había dicho que había leído en la prensa que el de los bolardos era un primo del alcalde y que ahí se estaban volviendo todos millonarios. Más o menos, cuando estábamos hablando de eso, es que la comunicación se cortó. Mas tarde, pensé en escribir sobre el caso de Heriberto y Flora, hacer el cuento sobre ellos y su separación, pero, pensándolo mejor, decidí que ya la literatura, desde épocas muy remotas, ha tratado el tema de los amores, sus engaños y desengaños, en obras maestras ya famosas, premiadas y leídas, y pensé que difícilmente un tema de esos gusta hoy en día, cuando lo que gusta son cosas más movidas: eso es llover sobre mojado, me dije, y seguí dejando divagar mi cabeza para encontrar un tema interesante que contar, con personajes, uno cuerdo y otro no tanto, y comenzar a trabajar en él para poder decirle a don Foncio, una vez me llame (que debe estar a punto de ello), tranquilo don Foncio que el cuento ya está en el horno. Ya en la noche, con la cabeza redonda de tanto pensar, logro al fin terminar un cuento corto sobre Flora, que nunca supe cómo acabó viviendo con Heriberto si ella está más buena que el pan. El cuento acabó con un portazo y con el novio, al que acababan de botar, llorando dentro del cuarto del baño. Mandé directamente por fax y desde el computador el cuento a don Foncio, y encantado con lo hecho me quedé esperando a que llamara. A la mañana siguiente me llamó y me dijo que mi cuento era demasiado morboso, que describía demasiado a mi personaje Flora, y que no la empelotara tan a menudo. - A ese cuento suyo le falta un muerto, me dijo don Foncio antes de colgar. Si quiere que lo publiquemos, métale sangre, me aclaró. No supe en ese momento muy bien cómo es que en el cuento iba a matar a Heriberto o cómo iba a vestir un poco más a Flora. Miré al lado mío, en la cama, y me limité a cubrir con las cobijas el cuerpo espléndido de Flora, quien estaba plácidamente dormida. LA JUSTICIA DIVINA, EN POCAS PALABRAS Dime si quieres que te diga lo que me dijeron que dijo que decía Armando, aquel que es cojito, porque, la verdad, lo que dijo me dejó hecha polvo. Es que ni te imaginas lo mala que puede ser la gente. Te hablo de Armando, el marido de la Sole, si es que a éso se lify>Pues la Flora se me emberracó otra vez por lo de las clases, me dijo como dando por zanjado ya el tema de los reproches hacia mí y declarándome inocente y otra vez su amigo del alma. Ya no estaba interesado en seguir con su tontería, así que no le dije nada. Me quedé callado a la espera de que él hablara. Pues imagínese que llegué anoche con un volante de las clases nuevas de inglés en la escuela del gringo y le dije lo más de emocionado a Flora que las habían reabierto, y le pregunté que qué opinaba si nos inscribíamos. Yo esperaba que siguiera con el cuento. Y no más le digo eso, la Flora me hace una cara que ni se imagina, como si me odiara, y comenzó a echarme toda una retahíla de vainas, y que yo era un inconsciente, un niñato y no sé qué más groserías y que si no me acordaba de cómo nos fue la primera vez que tomamos el curso de inglés donde el gringo. Me acordaba perfectamente qué les pasó y decidí que era mejor no ahondar mucho en el tema. ¿Me oye? Mmm, me limité a decirle. Ah, bueno. Pues resulta que la Flora comenzó a decirme que por culpa mía, ¿cómo la ve?, por culpa mia y por no haberme enfrentado al gringo, es que nos habían demandado y habían procedido al embargo de su sueldo. Que por culpa mía. ¿Cómo la ve? No dije nada, y solo me acordaba. Y me dijo que aún todavía le tienen embargado el sueldo, cosa de la cual yo no tenía la más mínima idea. ¿pueden tener embargado un sueldo por cuatro años? Usted como abogado debe saber. Yo pensaba que ya estaba pagado todo. Bueno, se metió al cuarto nuestro yo pensé que a lloriquear, cerrando con un portazo y yo esperando a que se calmara, cuando salió al cabo de no sé cuántos minutos con una maleta y los ojos hinchados, diciendo que me fuera para la mierda, que ella se iba a la casa de sus papás y que ni se me ocurriera llamarla. Que me olvidara de ella, me dijo. Me quedé callado. Y de la separación, y de decirme que él si pensaba ahora tomar otra vez las clases de inglés donde el gringo, a ver si ahora sí, con un poco de bases, aprendía bien el inglés, de comentarme que Flora había vuelto solo a retirar sus matas y unos discos, sin haberle dirigido una palabra, pasamos a hablar, ya para calmarlo y que se le olvidaran las cosas, de la remodelación que le está haciendo la alcaldía a la avenida de los comuneros, donde han puesto unos bolardos para impedir que los vehículos se estacionen dentro del parque. Me dijo que alguien le había dicho que había leído en la prensa que el de los bolardos era un primo del alcalde y que ahí se estaban volviendo todos millonarios. Más o menos, cuando estábamos hablando de eso, es que la comunicación se cortó. Mas tarde, pensé en escribir sobre el caso de Heriberto y Flora, hacer el cuento sobre ellos y su separación, pero, pensándolo mejor, decidí que ya la literatura, desde épocas muy remotas, ha tratado el tema de los amores, sus engaños y desengaños, en obras maestras ya famosas, premiadas y leídas, y pensé que difícilmente un tema de esos gusta hoy en día, cuando lo que gusta son cosas más movidas: eso es llover sobre mojado, me dije, y seguí dejando divagar mi cabeza para encontrar un tema interesante que contar, con personajes, uno cuerdo y otro no tanto, y comenzar a trabajar en él para poder decirle a don Foncio, una vez me llame (que debe estar a punto de ello), tranquilo don Foncio que el cuento ya está en el horno. Ya en la noche, con la cabeza redonda de tanto pensar, logro al fin terminar un cuento corto sobre Flora, que nunca supe cómo acabó viviendo con Heriberto si ella está más buena que el pan. El cuento acabó con un portazo y con el novio, al que acababan de botar, llorando dentro del cuarto del baño. Mandé directamente por fax y desde el computador el cuento a don Foncio, y encantado con lo hecho me quedé esperando a que llamara. A la mañana siguiente me llamó y me dijo que mi cuento era demasiado morboso, que describía demasiado a mi personaje Flora, y que no la empelotara tan a menudo. - A ese cuento suyo le falta un muerto, me dijo don Foncio antes de colgar. Si quiere que lo publiquemos, métale sangre, me aclaró. No supe en ese momento muy bien cómo es que en el cuento iba a matar a Heriberto o cómo iba a vestir un poco más a Flora. Miré al lado mío, en la cama, y me limité a cubrir con las cobijas el cuerpo espléndido de Flora, quien estaba plácidamente dormida. LA JUSTICIA DIVINA, EN POCAS PALABRAS Dime si quieres que te diga lo que me dijeron que dijo que decía Armando, aquel que es cojito, porque, la verdad, lo que dijo me dejó hecha polvo. Es que ni te imaginas lo mala que puede ser la gente. Te hablo de Armando, el marido de la Sole, si es que a éso se le puede llamar marido. Ese que dizque trabaja con el ayuntamiento de Fachantoná. Por la cara que me pones yo diría que ni siquiera estás al tanto de ella, la que nunca nadie supo muy bien de donde salió, esa que es como negrita, quien precisamente andaba con un cabreo que ni te cuento, porque decía que su hijo el Félix no le había pegado a su mujer, como todos decían, sino que dizque la buena señora lo que hizo fue resbalarse en la ducha que le dejó la cara como se la dejó. A mi no me pellizques la lengua porque yo en esas cosas del maltrato a la mujer no me meto, que eso si que es muy delicado. Pero como te decía, que la pobre mujer, la del Félix, se apareció con una cara que ni te lo puedes creer, llena de moretones y rojos, y con gafas oscuras, pero no te digo yo que se lo tenga merecido, Dios me libre, pero es que dicen por todas partes que el Rafita, el niñito ese que tiene como algo como que no se muy bien qué es, no es hijo del Félix como todos creíamos, sino fruto de un desliz de esa señora venga a saber con quién. Que no es que lo diga yo, ¿me entiendes?, sino que lo dice todo el mundo, es el run run por todo Fachantoná, y andan además con que el hijo que está esperando tampoco es de él. Como que es de feria, la buena señora. ¿Me entiendes? Y preciso ayer oí sin querer que la mujer del Félix está que no aguanta más, que se van a separar, que el buen hombre no es que sea de esos que pegan porque sí, sino que parece que todo viene de infancia, ya que dicen por ahí, imagínate!, que el Armando, con esa carita de yo no fui que tiene, le pegaba al Felicito cuando era pequeñín porque sí y porque no, con el puño cerrado, sólo piensa cómo duele éso, y todo porque parece que tiene problemas de esos de cama, que no ..., bueno, tu sabes lo que te quiero decir. Es que en resumen, mi querida, que esa buena familia no anda por el sendero del Señor. El uno flojito de lo que sabemos, el otro no se contiene para soltar la mano, la otra, una aparecida y ésta, que se comporta como una de la calle. Y del chiquitín, del Félix, no sé qué decirte. Y tiene Armando la desvergüenza de decir que mi hijo es un golfo y un bueno para nada, cuando las veces que ha estado en la cárcel, tu lo sabes muy bien, ha sido por error de los jueces. LA MÁS TIERNA Y BELLA HISTORIA JAMÁS CONTADA Doña Soledad tomó su corta siesta, de no más de media hora. Ya despierta y avivada, se dispuso a comenzar a leer una novela que estaba colocada en sitio visible en su mesita, novela que allá en el salón de belleza le dijeron hace un tiempo que tenía que leer, que le iba a gustar mucho, y que hablaba de una mujer fuerte y aguerrida que salía adelante en la lucha de la vida, a pesar de todos los tropezones que se pudieran encontrar. -Además que la novela es corta y no se va a cansar, le aclararon-. Sónsoles, su nieta, vio con sus ojos de trece años a su abuela tomar el libro, con sus hojas un poco gastadas, como creyendo saber ya de él, como si fuera un viejo amigo, y leer en voz alta, lentamente, su título y el nombre del autor. El título hacía referencia a algo de la vida y el autor era extranjero y la abuela no supo pronunciar correctamente su apellido. Mientras Sónsoles iba a su cuarto, sentía cómo la abuela pasaba las páginas iniciales de su novela, con propiedad pero sin detenerse mayormente en ellas, y leyendo en voz cada vez más baja lo que ahí decía. Leía lo anotado en las notas de edición, en los derechos de autor y de traducción, leía el título y el nombre del autor, nuevamente, y pasaba páginas en blanco para leer finalmente la dedicatoria con una nota filosófica acerca del éxito en la vida, para al cabo de cuatro o cinco pasadas de páginas muertas, detenerse para comenzar a leer las primeras líneas de una historia -que le va a gustar mucho, doña Soledad, va a ver que le va a gustar mucho-. Ya en su habitación y en sus cosas, Sónsoles sentía el silencio de la casa, mientras su abuela en el salón pasaba con una linda sonrisa en los labios que ella no veía, la primera página leída. 2 - Pero si yo nunca he leído mujer, le dijo doña Soledad a Sarita, su peluquera. -Nunca he leído un libro en mi vida, y no va a ser ahora, ya de vieja, que me ponga a leer libros. Además que los ojos ya no dan. Tengo la vista cansada-, le dijo, o eso al menos es lo que los médicos me han dicho. Doña Soledad era terca, o al menos doña Soledad era terca como una mula para Sarita, quien nunca logró convencerla para modificar un tris su corte de pelo, -sólo un poquito y va a ver cómo cambia-, respondiendo siempre doña Soledad con un -no, no, no-. -Que se deje echar un poco de tinte y verá cómo le damos brillo a su cabello y sacamos esos pelos blancos que la hacen ver tan triste-, para doña Soledad volver otra vez con el -no, no, no-. -Que déjeme y le echo unos polvos en la cara y le damos luz a su cutis-, y déle nuevamente ella con su -no, no, no-. - Permítame las manos y le hacemos las uñas. Nada. La respuesta siempre fue el -no, no, no-, y si Sarita no entendía o no quería entender, concluía su argumento con un -déjame así como estoy que así estoy bien, porque no hacen falta muchos ojos para darse cuenta que conmigo ya no hay arreglo-, diciéndolo con una sonrisa fácil que no permitía contestación. Nunca pudo Sarita hacer algo diferente a peinar como bien pudiera los desordenados pelos canosos de doña Soledad. Igual, el -no, no, no- se repetía incansablemente cuando Sarita intentaba comenzar con el cuento de que -he leído que usted tiene que leer algo interesante para activar el cerebro, doña Soledad, y mire usted que mi sobrino Jorge Armando, que estudia letras en la universidad, me dijo que esta novela que tanto le digo a usted le va a gustar mucho. Es más, yo ya me la he leído, y le cuento que no pude soltarla antes de terminarla. Es buenísima, doña Soledad-. Doña Soledad solo aceptaba el mismo corte de pee puede llamar marido. Ese que dizque trabaja con el ayuntamiento de Fachantoná. Por la cara que me pones yo diría que ni siquiera estás al tanto de ella, la que nunca nadie supo muy bien de donde salió, esa que es como negrita, quien precisamente andaba con un cabreo que ni te cuento, porque decía que su hijo el Félix no le había pegado a su mujer, como todos decían, sino que dizque la buena señora lo que hizo fue resbalarse en la ducha que le dejó la cara como se la dejó. A mi no me pellizques la lengua porque yo en esas cosas del maltrato a la mujer no me meto, que eso si que es muy delicado. Pero como te decía, que la pobre mujer, la del Félix, se apareció con una cara que ni te lo puedes creer, llena de moretones y rojos, y con gafas oscuras, pero no te digo yo que se lo tenga merecido, Dios me libre, pero es que dicen por todas partes que el Rafita, el niñito ese que tiene como algo como que no se muy bien qué es, no es hijo del Félix como todos creíamos, sino fruto de un desliz de esa señora venga a saber con quién. Que no es que lo diga yo, ¿me entiendes?, sino que lo dice todo el mundo, es el run run por todo Fachantoná, y andan además con que el hijo que está esperando tampoco es de él. Como que es de feria, la buena señora. ¿Me entiendes? Y preciso ayer oí sin querer que la mujer del Félix está que no aguanta más, que se van a separar, que el buen hombre no es que sea de esos que pegan porque sí, sino que parece que todo viene de infancia, ya que dicen por ahí, imagínate!, que el Armando, con esa carita de yo no fui que tiene, le pegaba al Felicito cuando era pequeñín porque sí y porque no, con el puño cerrado, sólo piensa cómo duele éso, y todo porque parece que tiene problemas de esos de cama, que no ..., bueno, tu sabes lo que te quiero decir. Es que en resumen, mi querida, que esa buena familia no anda por el sendero del Señor. El uno flojito de lo que sabemos, el otro no se contiene para soltar la mano, la otra, una aparecida y ésta, que se comporta como una de la calle. Y del chiquitín, del Félix, no sé qué decirte. Y tiene Armando la desvergüenza de decir que mi hijo es un golfo y un bueno para nada, cuando las veces que ha estado en la cárcel, tu lo sabes muy bien, ha sido por error de los jueces. LA MÁS TIERNA Y BELLA HISTORIA JAMÁS CONTADA Doña Soledad tomó su corta siesta, de no más de media hora. Ya despierta y avivada, se dispuso a comenzar a leer una novela que estaba colocada en sitio visible en su mesita, novela que allá en el salón de belleza le dijeron hace un tiempo que tenía que leer, que le iba a gustar mucho, y que hablaba de una mujer fuerte y aguerrida que salía adelante en la lucha de la vida, a pesar de todos los tropezones que se pudieran encontrar. -Además que la novela es corta y no se va a cansar, le aclararon-. Sónsoles, su nieta, vio con sus ojos de trece años a su abuela tomar el libro, con sus hojas un poco gastadas, como creyendo saber ya de él, como si fuera un viejo amigo, y leer en voz alta, lentamente, su título y el nombre del autor. El título hacía referencia a algo de la vida y el autor era extranjero y la abuela no supo pronunciar correctamente su apellido. Mientras Sónsoles iba a su cuarto, sentía cómo la abuela pasaba las páginas iniciales de su novela, con propiedad pero sin detenerse mayormente en ellas, y leyendo en voz cada vez más baja lo que ahí decía. Leía lo anotado en las notas de edición, en los derechos de autor y de traducción, leía el título y el nombre del autor, nuevamente, y pasaba páginas en blanco para leer finalmente la dedicatoria con una nota filosófica acerca del éxito en la vida, para al cabo de cuatro o cinco pasadas de páginas muertas, detenerse para comenzar a leer las primeras líneas de una historia -que le va a gustar mucho, doña Soledad, va a ver que le va a gustar mucho-. Ya en su habitación y en sus cosas, Sónsoles sentía el silencio de la casa, mientras su abuela en el salón pasaba con una linda sonrisa en los labios que ella no veía, la primera página leída. 2 - Pero si yo nunca he leído mujer, le dijo doña Soledad a Sarita, su peluquera. -Nunca he leído un libro en mi vida, y no va a ser ahora, ya de vieja, que me ponga a leer libros. Además que los ojos ya no dan. Tengo la vista cansada-, le dijo, o eso al menos es lo que los médicos me han dicho. Doña Soledad era terca, o al menos doña Soledad era terca como una mula para Sarita, quien nunca logró convencerla para modificar un tris su corte de pelo, -sólo un poquito y va a ver cómo cambia-, respondiendo siempre doña Soledad con un -no, no, no-. -Que se deje echar un poco de tinte y verá cómo le damos brillo a su cabello y sacamos esos pelos blancos que la hacen ver tan triste-, para doña Soledad volver otra vez con el -no, no, no-. -Que déjeme y le echo unos polvos en la cara y le damos luz a su cutis-, y déle nuevamente ella con su -no, no, no-. - Permítame las manos y le hacemos las uñas. Nada. La respuesta siempre fue el -no, no, no-, y si Sarita no entendía o no quería entender, concluía su argumento con un -déjame así como estoy que así estoy bien, porque no hacen falta muchos ojos para darse cuenta que conmigo ya no hay arreglo-, diciéndolo con una sonrisa fácil que no permitía contestación. Nunca pudo Sarita hacer algo diferente a peinar como bien pudiera los desordenados pelos canosos de doña Soledad. Igual, el -no, no, no- se repetía incansablemente cuando Sarita intentaba comenzar con el cuento de que -he leído que usted tiene que leer algo interesante para activar el cerebro, doña Soledad, y mire usted que mi sobrino Jorge Armando, que estudia letras en la universidad, me dijo que esta novela que tanto le digo a usted le va a gustar mucho. Es más, yo ya me la he leído, y le cuento que no pude soltarla antes de terminarla. Es buenísima, doña Soledad-. Doña Soledad solo aceptaba el mismo corte de pelo, sin variaciones ni modas, y se empeñaba en no recibirle a Sarita su libro. Hasta que Sarita un día cualquiera, después de un corte de pelo más de todos los cortes que semanalmente le hacía, le dijo: - Sea como sea, aquí le traje un ejemplar del libro que le he comentado. Se lo dijo con mala cara, en un día en el cual seguramente le había pasado algo malo porque Sarita ese día andaba con cara de pocas pulgas y ninguna amiga. Miró mal a doña Soledad cuando acabó su trabajo y le dijo que -cuando lo acabe de leer, y lo acabará de leer sólo cuando lo haya comenzado a leer, cuando lo acabe de leer, le repito, me lo pasa. Y tómese el tiempo que quiera, léalo con calma, que no tengo prisa ni afanes-. Y le largó el libro con enfado, bruscamente, no alargando el brazo con suavidad, sino en forma hosca, como si le fuera a dar un golpe. Doña Soledad no tuvo alternativa diferente a recibirlo. Nunca en su vida había estado tan rara y creía que todo el mundo la estaba mirando. Con seguridad se hubiera sentido mejor, si en vez de ese libro bajo el brazo anduviera con rulos en el pelo y en ropa de dormir, o con una minifalda de esas que llevan las jovencitas. Pensaba que los ojos de todos estaban en su libro y se sintió en un primer momento rara, extraña, mirada como una extraterrestre. Esa fue la primera impresión, porque al cabo de pocos segundos creyó tener tibio el brazo, la mano, los dedos, y pensó sin saber porqué que llevaba algo muy importante, como una joya, y sintió ahora sí miradas de envidia, como cuando ella miraba a otra gente que se veía que era gente culta y refinada. Y caminó el corto recorrido entre el salón de belleza y su casa con el cuerpo firme y la quijada alta, sabiendo que todo el mundo estaba pendiente de ella. De ella y su libro. Llegó a su casa y se encontró a Sónsoles, su nieta, que había estado toda la tarde en casa y nada más verla le dijo -mira lo que traigo aquí, que es un libro que me voy a leer, que me lo han prestado en el salón de belleza-. Sónsoles miró a su abuela con sus ojos de trece años y no entendió porqué le mostraba como novedoso un libro que ella ya había creído ver. Sin embargo, le expresó con su sonrisa que le parecía muy bonito el libro. - Ojalá te guste, abuela, le dijo. A mi también me gustan mucho los libros. 3 Comenzó a leer y vio todo mucho más fácil de lo que pensó en un principio que pudiera resultar. Las letras de la novela eran grandes y los párrafos cortos. Además, la historia estaba muy bien contada, porque con facilidad logró doña Soledad establecer cuáles eran los personajes centrales de la obra, cuál el contorno y en qué consistía el tema central de la historia. Con lo tarde que se estaba haciendo, sin darse cuenta, al pasar una hoja más de la novela, se percató que pasaba a una página en blanco y luego a otra que se titulaba capítulo segundo. Contó la página en que estaba y vio que era la número veinte. Palpó la última página y anotó su numeración: La última página de la novela era la ochenta y ocho. Se sintió contenta. Estaba cansada y quería dormir ya. Calculó, haciendo un rápido conteo de páginas y días, que en más o menos una semana terminaría la novela. Le había gustado mucho y el drama ahí contado lo había sentido como propio, como que por sus venas pasase y concluyó que el que había escrito esa novela debería ser un muy buen escritor. Cerró el libro e intentó leer nuevamente el nombre del autor y le siguió pareciendo de muy complicada pronunciación, porque era un apellido de un lado muy largo y, de otro, tenía muchas consonantes juntas. En esos mismos momentos, Sónsoles salió de su cuarto y le preguntó a la abuela si le parecía que ya era hora de comer, y la abuela le respondió que por supuesto que sí, que ya debería ser tardísimo. Sónsoles preparó un caldo caliente muy reconfortante para estos fríos que están haciendo y de segundo un pequeño trozo de pescado. Mientras comían, la abuela entusiasta le contaba a Sónsoles que estaba leyendo un libro maravilloso, un libro que tenía la más tierna y bella historia jamás contada, le dijo, y le informó que cuando lo acabara se lo pasaba para que lo leyera. Comenzó a contarle que el libro trata de una niña que mira qué casualidad se llama como tú, Sónsoles, y que de pequeña ha sufrido mucho porque nació sin padres, bueno, no exactamente que nació sin padres, sino que ellos murieron en un accidente a los pocos días de nacer ella. Y le dijo que de momento un juez debe tomar una de dos decisiones: O se va con unos tíos avaros que quieren quedarse con ella pero solo para hacerse cargo de su herencia, o le hace caso a una defensora del menor que se huele que los tíos son malos y que cree que es mejor que la niña se quede en un orfanato muy bonito que ella conoce y a donde va de vez en cuando con ocasión de su trabajo. Sónsoles miraba absorta a su abuela contar la historia, sin perder detalle. De igual forma, no dejaba que acabase una frase o una idea, porque en forma fulminante le preguntaba cosas de la niña, -que si en el libro dice porqué le pusieron Sónsoles, que qué dice el libro de los papás de ella, los que murieron en el accidente, que cómo fue abuelita el accidente en el que ellos murieron, ¿y sufrieron mucho?, que el papá qué hacía y que si la mamá era bonita, que porqué motivos o razones la señorita de los menores piensa que los tíos son malos, y que si tú abuela sabes porqué piensa ella que ellos son malos, y que perfectamente no son malos sino que ella se piensa que son malos, pero realmente no son malos-. La abuela miraba con desconsuelo a su nieta y quería contestarle las preguntas que le formulaba, si por ella fuera, una por una y con calma. Pero se las hacía muy rápidamente y cuando la abuela estaba pensando en la respuesta, o comenzaba a responder una pregunta, venía la nieta con la nueva pregunta y llegaban momentos en que tenía cuatro o cinco preguntas sin resolver, y así en todo momento y le dijo la abuela que el libro no decía más cosas que las que ella le dijo durante la comida, y se lo dijo para no enredarse mas la cabeza con respuestas o porque así era de verdad. Le insistió que tocaba esperar a mañana para ver cómo sigue la historia, -porque has de cuenta que esto es como si fuera una telenovela, en que por capítulos te van contando una historia-. - Ahí me quedé. Quise leer más, pero los ojos se me caían, le dijo la abuela ya cansada, como si se estuviera excusando por no contestar todo lo que la niña le preguntlo, sin variaciones ni modas, y se empeñaba en no recibirle a Sarita su libro. Hasta que Sarita un día cualquiera, después de un corte de pelo más de todos los cortes que semanalmente le hacía, le dijo: - Sea como sea, aquí le traje un ejemplar del libro que le he comentado. Se lo dijo con mala cara, en un día en el cual seguramente le había pasado algo malo porque Sarita ese día andaba con cara de pocas pulgas y ninguna amiga. Miró mal a doña Soledad cuando acabó su trabajo y le dijo que -cuando lo acabe de leer, y lo acabará de leer sólo cuando lo haya comenzado a leer, cuando lo acabe de leer, le repito, me lo pasa. Y tómese el tiempo que quiera, léalo con calma, que no tengo prisa ni afanes-. Y le largó el libro con enfado, bruscamente, no alargando el brazo con suavidad, sino en forma hosca, como si le fuera a dar un golpe. Doña Soledad no tuvo alternativa diferente a recibirlo. Nunca en su vida había estado tan rara y creía que todo el mundo la estaba mirando. Con seguridad se hubiera sentido mejor, si en vez de ese libro bajo el brazo anduviera con rulos en el pelo y en ropa de dormir, o con una minifalda de esas que llevan las jovencitas. Pensaba que los ojos de todos estaban en su libro y se sintió en un primer momento rara, extraña, mirada como una extraterrestre. Esa fue la primera impresión, porque al cabo de pocos segundos creyó tener tibio el brazo, la mano, los dedos, y pensó sin saber porqué que llevaba algo muy importante, como una joya, y sintió ahora sí miradas de envidia, como cuando ella miraba a otra gente que se veía que era gente culta y refinada. Y caminó el corto recorrido entre el salón de belleza y su casa con el cuerpo firme y la quijada alta, sabiendo que todo el mundo estaba pendiente de ella. De ella y su libro. Llegó a su casa y se encontró a Sónsoles, su nieta, que había estado toda la tarde en casa y nada más verla le dijo -mira lo que traigo aquí, que es un libro que me voy a leer, que me lo han prestado en el salón de belleza-. Sónsoles miró a su abuela con sus ojos de trece años y no entendió porqué le mostraba como novedoso un libro que ella ya había creído ver. Sin embargo, le expresó con su sonrisa que le parecía muy bonito el libro. - Ojalá te guste, abuela, le dijo. A mi también me gustan mucho los libros. 3 Comenzó a leer y vio todo mucho más fácil de lo que pensó en un principio que pudiera resultar. Las letras de la novela eran grandes y los párrafos cortos. Además, la historia estaba muy bien contada, porque con facilidad logró doña Soledad establecer cuáles eran los personajes centrales de la obra, cuál el contorno y en qué consistía el tema central de la historia. Con lo tarde que se estaba haciendo, sin darse cuenta, al pasar una hoja más de la novela, se percató que pasaba a una página en blanco y luego a otra que se titulaba capítulo segundo. Contó la página en que estaba y vio que era la número veinte. Palpó la última página y anotó su numeración: La última página de la novela era la ochenta y ocho. Se sintió contenta. Estaba cansada y quería dormir ya. Calculó, haciendo un rápido conteo de páginas y días, que en más o menos una semana terminaría la novela. Le había gustado mucho y el drama ahí contado lo había sentido como propio, como que por sus venas pasase y concluyó que el que había escrito esa novela debería ser un muy buen escritor. Cerró el libro e intentó leer nuevamente el nombre del autor y le siguió pareciendo de muy complicada pronunciación, porque era un apellido de un lado muy largo y, de otro, tenía muchas consonantes juntas. En esos mismos momentos, Sónsoles salió de su cuarto y le preguntó a la abuela si le parecía que ya era hora de comer, y la abuela le respondió que por supuesto que sí, que ya debería ser tardísimo. Sónsoles preparó un caldo caliente muy reconfortante para estos fríos que están haciendo y de segundo un pequeño trozo de pescado. Mientras comían, la abuela entusiasta le contaba a Sónsoles que estaba leyendo un libro maravilloso, un libro que tenía la más tierna y bella historia jamás contada, le dijo, y le informó que cuando lo acabara se lo pasaba para que lo leyera. Comenzó a contarle que el libro trata de una niña que mira qué casualidad se llama como tú, Sónsoles, y que de pequeña ha sufrido mucho porque nació sin padres, bueno, no exactamente que nació sin padres, sino que ellos murieron en un accidente a los pocos días de nacer ella. Y le dijo que de momento un juez debe tomar una de dos decisiones: O se va con unos tíos avaros que quieren quedarse con ella pero solo para hacerse cargo de su herencia, o le hace caso a una defensora del menor que se huele que los tíos son malos y que cree que es mejor que la niña se quede en un orfanato muy bonito que ella conoce y a donde va de vez en cuando con ocasión de su trabajo. Sónsoles miraba absorta a su abuela contar la historia, sin perder detalle. De igual forma, no dejaba que acabase una frase o una idea, porque en forma fulminante le preguntaba cosas de la niña, -que si en el libro dice porqué le pusieron Sónsoles, que qué dice el libro de los papás de ella, los que murieron en el accidente, que cómo fue abuelita el accidente en el que ellos murieron, ¿y sufrieron mucho?, que el papá qué hacía y que si la mamá era bonita, que porqué motivos o razones la señorita de los menores piensa que los tíos son malos, y que si tú abuela sabes porqué piensa ella que ellos son malos, y que perfectamente no son malos sino que ella se piensa que son malos, pero realmente no son malos-. La abuela miraba con desconsuelo a su nieta y quería contestarle las preguntas que le formulaba, si por ella fuera, una por una y con calma. Pero se las hacía muy rápidamente y cuando la abuela estaba pensando en la respuesta, o comenzaba a responder una pregunta, venía la nieta con la nueva pregunta y llegaban momentos en que tenía cuatro o cinco preguntas sin resolver, y así en todo momento y le dijo la abuela que el libro no decía más cosas que las que ella le dijo durante la comida, y se lo dijo para no enredarse mas la cabeza con respuestas o porque así era de verdad. Le insistió que tocaba esperar a mañana para ver cómo sigue la historia, -porque has de cuenta que esto es como si fuera una telenovela, en que por capítulos te van contando una historia-. - Ahí me quedé. Quise leer más, pero los ojos se me caían, le dijo la abuela ya cansada, como si se estuviera excusando por no contestar todo lo que la niña le preguntaba. -Mañana sigo leyendo y te voy contando que más va pasando. ¿Te parece?- Sónsoles, la nieta, no quedó contenta con la solución salomónica de su abuela, y le estuvo todo el postre insistiendo en que por favor abuela -cuéntame porqué la abogada dice que los tíos son malos, pero dime abuelita los papás de la niña qué hacían porque con seguridad que el libro tiene que decir algo de eso-. No fue fácil convencer a la niña de lavar los platos y que te laves los dientes y que te pongas el pijama y que te metas en la cama que mañana hay que madrugar. Preguntaba y preguntaba aún cosas de la niña de la historia que su abuela ya no supo responder. 4 Al otro día, Doña Soledad se levantó muy temprano y lo primero que hizo fue despertar a su nieta. A media mañana, después del aseo de rigor, después de hacer las camas, doña Soledad salió con su nieta a hacer unas compras, y para ello tomaron por la avenida de los comuneros calle abajo, como yendo hacia la plaza del mercado. Sónsoles miraba todo con ojos de intriga. Ya de vuelta, siendo pasado el mediodía, Sónsoles preparó, con la guía de la abuela, una sopita de verduras que te hace mucha falta para que crezcas. Después de la corta siesta, la abuela pensó que su nieta estaría en su habitación y en sus cosas, porque no se oía nada y en esas vio un libro que reposaba sobre la mesita donde a veces colocaba el tejido. Lo abrió, y pasó páginas en forma lenta, hasta detenerse en la primera línea de una novela que según había recién sabido le iba a gustar mucho. Y pasaba páginas ávidamente, con interés, metida en una historia que la estaba envolviendo con deleite, hasta que, al pasar una página, después de un punto aparte, ya algo fatigada, lee que comienza el capítulo segundo. Se nota cansada, que los ojos le pesan, y decide parar la lectura del libro ahí, que ya mañana continuaré. Se levanta entusiasmada y llama en voz alta a su nieta, quien aparece repentinamente y le dice a su abuela que está muerta de hambre. Calientan lo que quedó de la sopa del mediodía y la niña prepara, con la ayuda de la abuela, unos huevos fritos con arroz. A medida que van comiendo, la abuela le cuenta feliz a su nieta que está leyendo un libro encantador que tiene en sí misma relatada la más tierna y bella historia jamás contada, y comenzó a contarle que trata de una niña, -que mira qué casualidad se llama precisamente como tú, Sónsoles, pero con dos enes, que de pequeña lo pasó mal porque sus padres fallecieron en un accidente a los pocos días de nacer ella y hay de momento grandes dudas: O se queda con unos tíos que parece que no la quieren mucho y lo que quieren es la herencia de los padres de la niña, que parece que eran muy ricos, o se queda en un orfanato porque una señorita abogada muy joven le ha cogido mucho cariño-. Sónsoles miró a su abuela y por la cara que puso parece que no entendía qué estaba pasando, porque cuando la abuela comenzó a decir lo de la novela que estaba leyendo, ella estaba segura que la abuela iba a comenzar con el seguimiento de la historia y le contaría al menos si la niña iba a vivir con los tíos o en el orfanato, y le contaría, imaginaba, todo el resto de la historia. Y cuando la abuela comenzó a contar lo que ella ya sabía, que era lo mismo que le había contado ayer, pensó Sónsoles que la abuela estaba dando un repaso corto de la historia del día anterior para comenzar con la nueva historia, la de hoy, que sería continuación de la anterior, como las telenovelas. Al guardar silencio la abuela, creyó Sónsoles que ella estaba pensando en cómo hilar la nueva historia que debería haber contado y se quedó mirando a su abuela con ojos de intriga en espera ansiosa del desenlace del cuento. La abuela la miró con una hermosa sonrisa, se levantó de su silla llevando en sus manos su plato y los cubiertos, y le preguntó a Sónsoles: - ¿Lavas la loza? Sónsoles se fue a dormir, con la boca seca y sin entender muchas cosas, cumpliendo ciegamente todas las instrucciones que su abuela le iba dando: Lávate los dientes, ponte el pijama, acuéstate a dormir. 5 Al día siguiente, al caer la noche, llegaron por Sónsoles. Pero momentos antes de ser recogida, después de tomar la siesta y leer un poco, la abuela la llamó. Sónsoles se sentó al lado de ella junto al sofá de cuero y le dijo que ese día se iba a su casa. La abuela le preguntó si lo pasaste bien con tu abuela en estos días de vacaciones. Mientras Sónsoles contestaba, e intentaba explicarle a su abuela que lo había pasado muy bien, le comentaba en estado de excitación y alegría la abuela, sin dejarla terminar su frase y sus ideas, que había comenzado a leer un libro encantador, un libro que aseguraban que contenía la más tierna y bella historia jamás contada, le dijo. Comenzó a contarle que el libro trata de una niña que imagínate que se llama como tú, Sónsoles, que no tuvo una infancia muy feliz porque no tuvo padres. Le aclaró que no los tuvo porque fallecieron en un penoso accidente y que en este momento la novela se encuentra en el dilema de escoger entre que la niña se quede con unos tíos avariciosos que solo buscan su herencia, o una defensora del menor que cree que los tíos no actúan de buena fe y piensa que lo mejor para la niña es que viva en un orfanato lleno de árboles y flores que es administrado por la misma defensoría del menor. Sónsoles miró a su abuela con amor, sin entender muy bien qué era lo que estaba pasando, porqué la abuela leía y releía el mismo comienzo del mismo libro, y en ese momento sonó el timbre de la puerta. Había estado tres días donde su abuela porque sus padres habían tenido que ir a la capital a firmar unos papeles en un ministerio, o una cosa así. La recogieron sus tíos, que mandaron decir que los aba. -Mañana sigo leyendo y te voy contando que más va pasando. ¿Te parece?- Sónsoles, la nieta, no quedó contenta con la solución salomónica de su abuela, y le estuvo todo el postre insistiendo en que por favor abuela -cuéntame porqué la abogada dice que los tíos son malos, pero dime abuelita los papás de la niña qué hacían porque con seguridad que el libro tiene que decir algo de eso-. No fue fácil convencer a la niña de lavar los platos y que te laves los dientes y que te pongas el pijama y que te metas en la cama que mañana hay que madrugar. Preguntaba y preguntaba aún cosas de la niña de la historia que su abuela ya no supo responder. 4 Al otro día, Doña Soledad se levantó muy temprano y lo primero que hizo fue despertar a su nieta. A media mañana, después del aseo de rigor, después de hacer las camas, doña Soledad salió con su nieta a hacer unas compras, y para ello tomaron por la avenida de los comuneros calle abajo, como yendo hacia la plaza del mercado. Sónsoles miraba todo con ojos de intriga. Ya de vuelta, siendo pasado el mediodía, Sónsoles preparó, con la guía de la abuela, una sopita de verduras que te hace mucha falta para que crezcas. Después de la corta siesta, la abuela pensó que su nieta estaría en su habitación y en sus cosas, porque no se oía nada y en esas vio un libro que reposaba sobre la mesita donde a veces colocaba el tejido. Lo abrió, y pasó páginas en forma lenta, hasta detenerse en la primera línea de una novela que según había recién sabido le iba a gustar mucho. Y pasaba páginas ávidamente, con interés, metida en una historia que la estaba envolviendo con deleite, hasta que, al pasar una página, después de un punto aparte, ya algo fatigada, lee que comienza el capítulo segundo. Se nota cansada, que los ojos le pesan, y decide parar la lectura del libro ahí, que ya mañana continuaré. Se levanta entusiasmada y llama en voz alta a su nieta, quien aparece repentinamente y le dice a su abuela que está muerta de hambre. Calientan lo que quedó de la sopa del mediodía y la niña prepara, con la ayuda de la abuela, unos huevos fritos con arroz. A medida que van comiendo, la abuela le cuenta feliz a su nieta que está leyendo un libro encantador que tiene en sí misma relatada la más tierna y bella historia jamás contada, y comenzó a contarle que trata de una niña, -que mira qué casualidad se llama precisamente como tú, Sónsoles, pero con dos enes, que de pequeña lo pasó mal porque sus padres fallecieron en un accidente a los pocos días de nacer ella y hay de momento grandes dudas: O se queda con unos tíos que parece que no la quieren mucho y lo que quieren es la herencia de los padres de la niña, que parece que eran muy ricos, o se queda en un orfanato porque una señorita abogada muy joven le ha cogido mucho cariño-. Sónsoles miró a su abuela y por la cara que puso parece que no entendía qué estaba pasando, porque cuando la abuela comenzó a decir lo de la novela que estaba leyendo, ella estaba segura que la abuela iba a comenzar con el seguimiento de la historia y le contaría al menos si la niña iba a vivir con los tíos o en el orfanato, y le contaría, imaginaba, todo el resto de la historia. Y cuando la abuela comenzó a contar lo que ella ya sabía, que era lo mismo que le había contado ayer, pensó Sónsoles que la abuela estaba dando un repaso corto de la historia del día anterior para comenzar con la nueva historia, la de hoy, que sería continuación de la anterior, como las telenovelas. Al guardar silencio la abuela, creyó Sónsoles que ella estaba pensando en cómo hilar la nueva historia que debería haber contado y se quedó mirando a su abuela con ojos de intriga en espera ansiosa del desenlace del cuento. La abuela la miró con una hermosa sonrisa, se levantó de su silla llevando en sus manos su plato y los cubiertos, y le preguntó a Sónsoles: - ¿Lavas la loza? Sónsoles se fue a dormir, con la boca seca y sin entender muchas cosas, cumpliendo ciegamente todas las instrucciones que su abuela le iba dando: Lávate los dientes, ponte el pijama, acuéstate a dormir. 5 Al día siguiente, al caer la noche, llegaron por Sónsoles. Pero momentos antes de ser recogida, después de tomar la siesta y leer un poco, la abuela la llamó. Sónsoles se sentó al lado de ella junto al sofá de cuero y le dijo que ese día se iba a su casa. La abuela le preguntó si lo pasaste bien con tu abuela en estos días de vacaciones. Mientras Sónsoles contestaba, e intentaba explicarle a su abuela que lo había pasado muy bien, le comentaba en estado de excitación y alegría la abuela, sin dejarla terminar su frase y sus ideas, que había comenzado a leer un libro encantador, un libro que aseguraban que contenía la más tierna y bella historia jamás contada, le dijo. Comenzó a contarle que el libro trata de una niña que imagínate que se llama como tú, Sónsoles, que no tuvo una infancia muy feliz porque no tuvo padres. Le aclaró que no los tuvo porque fallecieron en un penoso accidente y que en este momento la novela se encuentra en el dilema de escoger entre que la niña se quede con unos tíos avariciosos que solo buscan su herencia, o una defensora del menor que cree que los tíos no actúan de buena fe y piensa que lo mejor para la niña es que viva en un orfanato lleno de árboles y flores que es administrado por la misma defensoría del menor. Sónsoles miró a su abuela con amor, sin entender muy bien qué era lo que estaba pasando, porqué la abuela leía y releía el mismo comienzo del mismo libro, y en ese momento sonó el timbre de la puerta. Había estado tres días donde su abuela porque sus padres habían tenido que ir a la capital a firmar unos papeles en un ministerio, o una cosa así. La recogieron sus tíos, que mandaron decir que los papás de Sónsoles llegaban mañana de la capital. Antes de despedirse de su abuela, a la que casi no conocía, Sónsoles vio sobre la mesita colocada al lado del sofá de cuero el libro que creyó haber visto en su mismo sitio el día que llegó. Se titulaba “La más tierna y bella historia jamás contada”, y abajo, como si fuera propaganda, decía: Un relato que le encantará. En las prisas Sónsoles lo tomó y se asustó al darse cuenta que las primeras páginas, exactamente hasta el comienzo del capítulo segundo, eran páginas arrugadas y gastadas, cuyas esquinas prácticamente se deshacían con el tacto. El resto de hojas se mantenían intactas. LA TIA HORTENSIA La tía Hortensia era la hermana menor de su papá, y vivía en la capital desde hacía mucho tiempo. La tía Hortensia vivía en un viejo edificio del centro de la ciudad, cerca a la universidad, y la primera impresión que le dio a Arcancio, cuando fue a hacer estudios de inglés en la capital, cursos a los que tuvo que matricularse para aprender al menos un poco de inglés, o como mínimo lograr distinguir diez palabras, ya que los cursos de inmersión total tomados en la school donde El Gringo allá en Fachantoná no dieron los frutos esperados, la primera impresión, como se dice, es que la casa de la tía Hortensia estaba, en sus propios términos, un poco inquilinatizada, no porque pareciera que oliera a aceite quemado, o viviera mas gente de la que razonablemente cabe, o tuviera cuartos o habitaciones arrendados y subarrendados, sino porque, efectivamente, la casa de la tía Hortensia olía a aceite quemado, parecía que vivía mas gente de la que razonablemente cabe, y daba la impresión de tener cuartos arrendados y subarrendados. - Desde cuando me casé con ese señor, le respondió a Arcancio, cuando éste le preguntó a su tía, ¿desde cuándo vive usted en la capital, tía Hortensia? La tía Hortensia se casó con John Heriberto Hurtado Mendoza un dieciocho de noviembre de mil novecientos ochenta y nueve, fecha que Wilmer Edison Hurtado Gachancetá recuerda perfectamente bien por ser el día en que nació. Wilmer Edison nació en perfecto estado de salud en la clínica del Renacer Perpétuo de la ciudad de Fachantoná. Cuando acudieron de la notaría a dar el parte civil, preguntó el asistente notarial, mirando a doña Hortensia con dudas, y listo a teclear en una vieja máquina de escribir marca Remington, con los dos dedos índice erectos y todos los demás recogidos en la palma de la mano: - ¿Nombre de la madre ...? - Flor Hortensia Gachancetá Pedraza, contestó con buena voz la tía Hortensia, haciendo hincapié en cada sílaba de su largo nombre. El Pedraza es con zeta, aclaró. Se quedó pensando, miró con dudas al asistente notarial que comenzaba a teclear, y le dijo: Y Hortensia se escribe con hache. Al cabo de pocos segundos remató: -Y con ese-. Miró al asistente notarial y le dijo para que quedara todo claro: El Hortensia es con ese. Una vez acabado de teclear, y mirando indistintamente a don Arcancio y a don Arcadio, uno a uno, sin saber a cuál dirigirse, sin saber cuál de los dos sería el padre, sin saber que eran los hermanos de la nueva madre, mirándolos en forma perversa, maliciosa e inquietante, dice en voz baja el asistente notarial: - ¿Nombre del padre ...? Don Arcadio miró a su hermana con compasión, al bebé dormido en su regazo con tristeza y lástima, y a todo el ambiente con inmensa rabia, y le dijo, con cara de fusil al escribiente de la notaría, de forma lenta y pausada para que entendiera cada una de sus palabras: - No se preocupe, mano. Usted espere aquí, tómese un tintico, que ya le traigo al papá de la criatura. Seguido a menos de un metro por su hermano don Arcancio, quien lo seguía como perro faldero, don Arcadio fue a su casa, subió a su cuarto, y de un armario, atrás de unos vestidos, extrajo una escopeta recortada. Se montó a su vehículo, y para poder conducir cómodamente, le dijo a su hermano: - Cójame Arcancio, mientras manejo, este animal de hierro. Pero tenga cuidado, que quema. Llegaron a un taller de mecánica y latonería en las afueras de la ciudad, al final de la Avenida de los Comuneros. Se bajaron del vehículo cerrando tras de sí las puertas con un portazo y, sin mediar palabra, don Arcadio colocó la boca de la escopeta en la nuca de un empleado que estaba intentando meter mano dentro de un motor y que no se había dado cuenta de la llegada de los dos intrusos. - Bienvenido a la familia, John Heriberto, y felicidades, que hoy te casas y recibes a tu hijo, que es un varón. La boda fue celebrada sin mayores fiestas en el mismo cuarto de hospital por el juez promiscuo municipal Javier Guernica Pans. Ya casados, tras la corta ceremonia civil, el escribiente de la notaría pudo rellenar finalmente el espacio del nombre del padre, inquieto un poco por la presencia de una escopeta recortada en un cuarto de hospital. La joven pareja se fue a vivir a lapapás de Sónsoles llegaban mañana de la capital. Antes de despedirse de su abuela, a la que casi no conocía, Sónsoles vio sobre la mesita colocada al lado del sofá de cuero el libro que creyó haber visto en su mismo sitio el día que llegó. Se titulaba “La más tierna y bella historia jamás contada”, y abajo, como si fuera propaganda, decía: Un relato que le encantará. En las prisas Sónsoles lo tomó y se asustó al darse cuenta que las primeras páginas, exactamente hasta el comienzo del capítulo segundo, eran páginas arrugadas y gastadas, cuyas esquinas prácticamente se deshacían con el tacto. El resto de hojas se mantenían intactas. LA TIA HORTENSIA La tía Hortensia era la hermana menor de su papá, y vivía en la capital desde hacía mucho tiempo. La tía Hortensia vivía en un viejo edificio del centro de la ciudad, cerca a la universidad, y la primera impresión que le dio a Arcancio, cuando fue a hacer estudios de inglés en la capital, cursos a los que tuvo que matricularse para aprender al menos un poco de inglés, o como mínimo lograr distinguir diez palabras, ya que los cursos de inmersión total tomados en la school donde El Gringo allá en Fachantoná no dieron los frutos esperados, la primera impresión, como se dice, es que la casa de la tía Hortensia estaba, en sus propios términos, un poco inquilinatizada, no porque pareciera que oliera a aceite quemado, o viviera mas gente de la que razonablemente cabe, o tuviera cuartos o habitaciones arrendados y subarrendados, sino porque, efectivamente, la casa de la tía Hortensia olía a aceite quemado, parecía que vivía mas gente de la que razonablemente cabe, y daba la impresión de tener cuartos arrendados y subarrendados. - Desde cuando me casé con ese señor, le respondió a Arcancio, cuando éste le preguntó a su tía, ¿desde cuándo vive usted en la capital, tía Hortensia? La tía Hortensia se casó con John Heriberto Hurtado Mendoza un dieciocho de noviembre de mil novecientos ochenta y nueve, fecha que Wilmer Edison Hurtado Gachancetá recuerda perfectamente bien por ser el día en que nació. Wilmer Edison nació en perfecto estado de salud en la clínica del Renacer Perpétuo de la ciudad de Fachantoná. Cuando acudieron de la notaría a dar el parte civil, preguntó el asistente notarial, mirando a doña Hortensia con dudas, y listo a teclear en una vieja máquina de escribir marca Remington, con los dos dedos índice erectos y todos los demás recogidos en la palma de la mano: - ¿Nombre de la madre ...? - Flor Hortensia Gachancetá Pedraza, contestó con buena voz la tía Hortensia, haciendo hincapié en cada sílaba de su largo nombre. El Pedraza es con zeta, aclaró. Se quedó pensando, miró con dudas al asistente notarial que comenzaba a teclear, y le dijo: Y Hortensia se escribe con hache. Al cabo de pocos segundos remató: -Y con ese-. Miró al asistente notarial y le dijo para que quedara todo claro: El Hortensia es con ese. Una vez acabado de teclear, y mirando indistintamente a don Arcancio y a don Arcadio, uno a uno, sin saber a cuál dirigirse, sin saber cuál de los dos sería el padre, sin saber que eran los hermanos de la nueva madre, mirándolos en forma perversa, maliciosa e inquietante, dice en voz baja el asistente notarial: - ¿Nombre del padre ...? Don Arcadio miró a su hermana con compasión, al bebé dormido en su regazo con tristeza y lástima, y a todo el ambiente con inmensa rabia, y le dijo, con cara de fusil al escribiente de la notaría, de forma lenta y pausada para que entendiera cada una de sus palabras: - No se preocupe, mano. Usted espere aquí, tómese un tintico, que ya le traigo al papá de la criatura. Seguido a menos de un metro por su hermano don Arcancio, quien lo seguía como perro faldero, don Arcadio fue a su casa, subió a su cuarto, y de un armario, atrás de unos vestidos, extrajo una escopeta recortada. Se montó a su vehículo, y para poder conducir cómodamente, le dijo a su hermano: - Cójame Arcancio, mientras manejo, este animal de hierro. Pero tenga cuidado, que quema. Llegaron a un taller de mecánica y latonería en las afueras de la ciudad, al final de la Avenida de los Comuneros. Se bajaron del vehículo cerrando tras de sí las puertas con un portazo y, sin mediar palabra, don Arcadio colocó la boca de la escopeta en la nuca de un empleado que estaba intentando meter mano dentro de un motor y que no se había dado cuenta de la llegada de los dos intrusos. - Bienvenido a la familia, John Heriberto, y felicidades, que hoy te casas y recibes a tu hijo, que es un varón. La boda fue celebrada sin mayores fiestas en el mismo cuarto de hospital por el juez promiscuo municipal Javier Guernica Pans. Ya casados, tras la corta ceremonia civil, el escribiente de la notaría pudo rellenar finalmente el espacio del nombre del padre, inquieto un poco por la presencia de una escopeta recortada en un cuarto de hospital. La joven pareja se fue a vivir a la capital. El siete de agosto del año siguiente había nacido Laidydi. John Heriberto Hurtado no la conoció. Ya había desaparecido desde el mes de enero anterior. La tía Hortensia no volvió nunca más a Fachantoná, por cositas con el qué dirán, por la vergüenza que sentía de ser madre soltera, no soltera, que tienen al menos su orgullo y su dignidad, decía ella, sino peor aún, desacreditada, abandonada por el marido, a quien ojalá se lo haya llevado la guerrilla, para que la gente no siga diciendo cosas, y no una rubia de esas con todo falso, con tetas falsas y labios falsos, de tacones rojos y blusa de encajes y con todo por fuera, porque el John Heriberto simplemente desapareció del mapa, se esfumó, y lo único que dejó fueron las letras del televisor Sony trinitrón de no sé cuantas pulgadas que se compró para ver en pantalla gigante el próximo mundial de fútbol, porque al muérgano ése aparte de gustarle las mujeres también le gustaba el fútbol y era hincha del Santa Fé, dice con desgano la tía Hortensia, y desde entonces la tía Hortensia se cambió de nombre y se puso únicamente Hortensia y no Flor Hortensia que era su nombre verdadero, aduciendo que Flor Hortensia es nombre de mujer feliz y ella ya no lo era. DONDE EL ENANO U UNO - Siga usted todo derecho por ese camino de piedras. Cuando vea la estación de gasolina, al llegar a la carretera pavimentada, vire a la izquierda y, ahí, pregunte por el enano. Quedamos un poco confundidos con Adriana con el cuento de preguntar por el enano, pero definitivamente no había pierde. Así tenía que ser. En Fachantoná nos dijeron y explicaron claramente cómo llegar a las clases de inglés. - Es un poco lejos, pero llegas seguro a lo de las clases de inglés, nos dijeron. Como mucho, con algo de trancón, te puedes demorar en llegar dos horas. Es más, en los avisos de la prensa, y en el aviso de las revistas, y en los volantes de propaganda adheridos a los postes de la luz, decía como llegar a la escuela de inglés. Era imposible perderse, porque el plano era muy claro. El plano indicaba, con flechitas que te guían, que te salías de la carretera principal por la que lleva a Sónsoles y, de ahí, tomabas una de arena y piedrecitas por un poco de tiempo, donde se topaba uno, otra vez, con una carretera pavimentada a lo maluco, no pavimentada como las autopistas, sino un poco peor, pero pavimentada de todas formas. Ahí, nos dijeron, no había avisos de la school, con indicaciones o señales, ni un aviso grande que dijera school cuando llegabas finalmente. Pero se llegaba fácil porque se llegaba finalmente, a pesar de lo pequeño de la casa y lo atravesado del camino. Y había un aviso grande del periódico donde te decía que por internet te indicaban cómo llegar, y si era una cosa del gringo tenia que ser así, porque ellos saben de todos esos asuntos de internet, y ese aparato o lo que fuera te explicaba gracias a un computador que desde el vehículo decía la forma adecuada para llegar, con una voz sonora que salía me imagino de los parlantes, porque no hay más de donde, con uno de esos tonos melodiosos de las señoritas en los grandes almacenes o en los aeropuertos cuando se pierden los niños, que de forma pausada y sosegada te indican las cosas, y la voz en el automóvil como que hace las veces de un copiloto que no está, pero que si está, porque lo oyes y te corrige, pero que no lo ves y al mismo tiempo no puedes culpar de los errores. O si lo puedes culpar, y quedas mas tranquilo. Pero dicen que no se equivoca. Los que saben de computadores dicen que no se equivocan, que son infalibles y, que si tienes que ir a la última calle de la China o de Madagascar, donde sea que tengas que ir, la vocecita te indica la forma más adecuada y rápida de llegar. Y te lleva. Yo no me lo puedo ni creer. Adriana dice que es pura mentira de los americanos, que te engañan con cuentos para que les compres el aparato. Es increíble. Es que ella es así desde que estuvo saliendo en la capital con un tal Rafael que odiaba a los gringos y que decía que en todas las guerras del mundo de hoy están los americanos. De todas formas, como el auto nuestro no tiene de esos computadores, pues toco guiarnos por los planos y por lo que nos dijeron los amigos. “Aprenda usted inglés en diez lecciones con nuestro método de inmersión total, o si no le devolvemos su dinero”, decía la propaganda con la foto de un fachantonés hablando cordialmente, imaginamos, por la pose de sus manos, y con total soltura, por la forma de su cuerpo, con un inglés, o americano será, en una de esas ciudades de allá arriba llena de puentes y de luces y edificios grandes y altos y con gentes contentas. Y llegaron de todas partes todo tipo de personas y amigos y no amigos, que daban cuenta de qué forma y manera tan esplendida, -mire usted, decían,- hemos aprendido inglés, y te expresaban natural y graciosamente unas hermosas frases que no entendías por lo bien dichas que estaban, tal vez, y te preguntabas de verdad si lo que estabas oyendo era inglés americano o inglés inglés, de ese inglés de verdad, el de Inglaterra, tan especial, porque de lo bien dicho que estaba no lograbas realmente identificar si era un inglés original o no lo era. Uno, que no sabía inglés, estaba maravillado. También Adriana estaba encantada, y decía, como si supiera, que a ella le parecía inglés del de verdad. Llegaban nuestros amigos a nuestra casa y traducían lo que decían los avisos impresos en las latas de comida, que estaban en inglés y otros idiomas raros, y nos indicaban, sabiendo y con conocimiento, levantando el dedo índice cuando lo decían, que la lata de conservas de caballa estaba próxima a expirar, porque el dos de mayo venidero no podrá ser utilizada, y nos alertaban por el alto nivel de potasio y calorías de la comida que consumíamos, que era el adecuado, afirmaban a la vez que leían, el adecuado para mantener el cuerpo ágil y constante, y lo que leían, lo leían fácil y de corrido, como si supieran y entendieran lo que leían. Y te decían con total desparpajo que el equipo de sonido estaba instalado de forma incorrecta, y te leían tus amigos lo q capital. El siete de agosto del año siguiente había nacido Laidydi. John Heriberto Hurtado no la conoció. Ya había desaparecido desde el mes de enero anterior. La tía Hortensia no volvió nunca más a Fachantoná, por cositas con el qué dirán, por la vergüenza que sentía de ser madre soltera, no soltera, que tienen al menos su orgullo y su dignidad, decía ella, sino peor aún, desacreditada, abandonada por el marido, a quien ojalá se lo haya llevado la guerrilla, para que la gente no siga diciendo cosas, y no una rubia de esas con todo falso, con tetas falsas y labios falsos, de tacones rojos y blusa de encajes y con todo por fuera, porque el John Heriberto simplemente desapareció del mapa, se esfumó, y lo único que dejó fueron las letras del televisor Sony trinitrón de no sé cuantas pulgadas que se compró para ver en pantalla gigante el próximo mundial de fútbol, porque al muérgano ése aparte de gustarle las mujeres también le gustaba el fútbol y era hincha del Santa Fé, dice con desgano la tía Hortensia, y desde entonces la tía Hortensia se cambió de nombre y se puso únicamente Hortensia y no Flor Hortensia que era su nombre verdadero, aduciendo que Flor Hortensia es nombre de mujer feliz y ella ya no lo era. DONDE EL ENANO U UNO - Siga usted todo derecho por ese camino de piedras. Cuando vea la estación de gasolina, al llegar a la carretera pavimentada, vire a la izquierda y, ahí, pregunte por el enano. Quedamos un poco confundidos con Adriana con el cuento de preguntar por el enano, pero definitivamente no había pierde. Así tenía que ser. En Fachantoná nos dijeron y explicaron claramente cómo llegar a las clases de inglés. - Es un poco lejos, pero llegas seguro a lo de las clases de inglés, nos dijeron. Como mucho, con algo de trancón, te puedes demorar en llegar dos horas. Es más, en los avisos de la prensa, y en el aviso de las revistas, y en los volantes de propaganda adheridos a los postes de la luz, decía como llegar a la escuela de inglés. Era imposible perderse, porque el plano era muy claro. El plano indicaba, con flechitas que te guían, que te salías de la carretera principal por la que lleva a Sónsoles y, de ahí, tomabas una de arena y piedrecitas por un poco de tiempo, donde se topaba uno, otra vez, con una carretera pavimentada a lo maluco, no pavimentada como las autopistas, sino un poco peor, pero pavimentada de todas formas. Ahí, nos dijeron, no había avisos de la school, con indicaciones o señales, ni un aviso grande que dijera school cuando llegabas finalmente. Pero se llegaba fácil porque se llegaba finalmente, a pesar de lo pequeño de la casa y lo atravesado del camino. Y había un aviso grande del periódico donde te decía que por internet te indicaban cómo llegar, y si era una cosa del gringo tenia que ser así, porque ellos saben de todos esos asuntos de internet, y ese aparato o lo que fuera te explicaba gracias a un computador que desde el vehículo decía la forma adecuada para llegar, con una voz sonora que salía me imagino de los parlantes, porque no hay más de donde, con uno de esos tonos melodiosos de las señoritas en los grandes almacenes o en los aeropuertos cuando se pierden los niños, que de forma pausada y sosegada te indican las cosas, y la voz en el automóvil como que hace las veces de un copiloto que no está, pero que si está, porque lo oyes y te corrige, pero que no lo ves y al mismo tiempo no puedes culpar de los errores. O si lo puedes culpar, y quedas mas tranquilo. Pero dicen que no se equivoca. Los que saben de computadores dicen que no se equivocan, que son infalibles y, que si tienes que ir a la última calle de la China o de Madagascar, donde sea que tengas que ir, la vocecita te indica la forma más adecuada y rápida de llegar. Y te lleva. Yo no me lo puedo ni creer. Adriana dice que es pura mentira de los americanos, que te engañan con cuentos para que les compres el aparato. Es increíble. Es que ella es así desde que estuvo saliendo en la capital con un tal Rafael que odiaba a los gringos y que decía que en todas las guerras del mundo de hoy están los americanos. De todas formas, como el auto nuestro no tiene de esos computadores, pues toco guiarnos por los planos y por lo que nos dijeron los amigos. “Aprenda usted inglés en diez lecciones con nuestro método de inmersión total, o si no le devolvemos su dinero”, decía la propaganda con la foto de un fachantonés hablando cordialmente, imaginamos, por la pose de sus manos, y con total soltura, por la forma de su cuerpo, con un inglés, o americano será, en una de esas ciudades de allá arriba llena de puentes y de luces y edificios grandes y altos y con gentes contentas. Y llegaron de todas partes todo tipo de personas y amigos y no amigos, que daban cuenta de qué forma y manera tan esplendida, -mire usted, decían,- hemos aprendido inglés, y te expresaban natural y graciosamente unas hermosas frases que no entendías por lo bien dichas que estaban, tal vez, y te preguntabas de verdad si lo que estabas oyendo era inglés americano o inglés inglés, de ese inglés de verdad, el de Inglaterra, tan especial, porque de lo bien dicho que estaba no lograbas realmente identificar si era un inglés original o no lo era. Uno, que no sabía inglés, estaba maravillado. También Adriana estaba encantada, y decía, como si supiera, que a ella le parecía inglés del de verdad. Llegaban nuestros amigos a nuestra casa y traducían lo que decían los avisos impresos en las latas de comida, que estaban en inglés y otros idiomas raros, y nos indicaban, sabiendo y con conocimiento, levantando el dedo índice cuando lo decían, que la lata de conservas de caballa estaba próxima a expirar, porque el dos de mayo venidero no podrá ser utilizada, y nos alertaban por el alto nivel de potasio y calorías de la comida que consumíamos, que era el adecuado, afirmaban a la vez que leían, el adecuado para mantener el cuerpo ágil y constante, y lo que leían, lo leían fácil y de corrido, como si supieran y entendieran lo que leían. Y te decían con total desparpajo que el equipo de sonido estaba instalado de forma incorrecta, y te leían tus amigos lo que decía el plegable contentivo de las instrucciones de ese equipo de sonido que habías comprado ya hace un poco de tiempo, en las primeras vacaciones con Adriana, y al fin lograbas oír por el parlante derecho lo que siempre ha debido ser oído por el lado derecho, y lograbas oír por el parlante izquierdo lo que se debería oír por el lado izquierdo, como nunca logré yo hacer por mi cuenta; y tus amigos, mientras leían, te explicaban la forma adecuada para utilizar el secador de pelo que últimamente compraste por insistencia de Adriana, y que en forma incorrecta utilizaste tú, y te señalaban inquisitoriamente, porque hay que conectarlo directamente de la toma de corriente, cuando antes, -léelo que esta aquí claramente descrito- has debido verificar la intensidad de la luz sonora cuántica. Adriana miraba maravillada, y con ojos de reproche quería decirme que casi por mi culpa y por no saber leer inglés, el secador de pelo hubiera ocasionado un incendio en toda la ciudad. Y nuestro apartamento hubiera sido el primero en quemar. Y llegaba el amigo del amigo del amigo que no veías hacia mucho tiempo, o que tal vez nunca hubieras conocido, a decirte que él también había estudiado inglés en diez lecciones, solo en diez, -y mira lo bien que hablo, decía,- y comenzaba a recitar cosas que tu no entendías, y hablaba largo y largo y largo, y cuando decía las cosas que decía no copiaba de ninguna parte, de verdad, no miraba ningún papelito del que copiar, sino que las cosas le salían de la cabeza, de pura memoria, como recitando poesía, y uno no sabia si lo que estaba recitando era un poema de esos largos e importantes, o mas bien una de esas clases típicas de inglés donde dicen –my name is Tom, your name is Paul-. DO DOS Y desde ahí, con Adriana, es que nos dio con el cuento de aprender inglés donde El gringo. Lo de gringo lo supimos, porque uno de los tantos amigos que acudió a nosotros, nos indico que el que dirigía el centro de estudios de inglés era un señor inglés a quien todos llamaban El gringo. Por lo que supimos con otros amigos, el tipo parecía que no fuera inglés de verdad, sino de Estados Unidos, americano, porque él mismo dirigía el negocio, que realmente no tenia mucho que dirigir, porque el que daba las clases de inglés era el propio gringo, y hacia a la vez de mensajero y de secretaria, y de banquero y de gerente. Y también El gringo hacía de director de la school. Y también supimos por otros amigos que el negocio era de El gringo y que había llegado a Fachantoná hacía muy poquito. Seguramente de aburrido que estaba de vivir allá arriba. Nadie nos dijo si era joven o viejo, o si era chiquito o alto. Tampoco supimos si era gringo de verdad, pero por todo lo que nos dijeron, parecía que si lo era. Adriana siempre me dijo que ella hablaba un poquito de inglés, no mucho, apenas para una conversación cortica, decía ella, esas donde tú preguntas dónde queda tal calle y te responden que la calle que buscas es la siguiente a la derecha. Ya para hablar mas largo, requiere que se lo digan despacio. Lo que ella hubiera querido siempre era aprender inglés desde chiquita, para hablarlo sin acento y de corrido, como muchas amigas suyas, que veían las películas americanas sin necesidad de ver los subtítulos en español, y no tener que decir mentirosamente a la salida del cine: - No vi si estuvo bien traducida la película, porque no tuve necesidad de ver los subtítulos. ¿Y tú? A mi también me hubiera gustado todo eso. Mis amigos hablaban en inglés cuando cantaban canciones inglesas, de esas en inglés, y lo hacían casi gritando. Yo ronroneaba a su lado las canciones y creo que nunca se dieron cuenta que yo no sabia inglés. Mejor. Y tanto para Adriana, como para mi, aprender inglés de chiquitos hubiera sido maravilloso, y ni Adriana ni yo entendimos porque nunca aprendimos inglés. Y algunos amigos nuestros, que no sabían inglés, como nosotros, llegaban maravillados a nuestra casa a contarnos cómo con El gringo habían aprendido inglés. - Mira, y es de verdad que te lo digo, yo desde la lección sexta o séptima, ya ni me acuerdo, ya entendía todo lo del inglés. Es más, y te lo digo de corazón, yo a la última lección no asistí. De verdad. Y nos entró con Adriana lo de saber más cosas de las clases de El gringo. TRE TRES Lo primero que supimos de donde El gringo, es que su centro de estudios de inglés quedaba por la carretera que llega a la capital, saliéndose por la de Sónsoles como por el kilómetro setenta y pico, o algo así, por una carretera despavimentada, mas o menos por espacio de una hora. Al final de ella, estaba la casita de El gringo, como cogiendo hacia la montaña. Eso fue lo que nos dijeron los amigos. Y desde que nos contaron lo del gringo y sus clases, es que comenzamos a ver lo que nunca habíamos visto, o no nos habíamos detenido a ver. El gringo sacaba publicidad de su school a cada rato, casi todos los días en todas partes, y hasta ahí es que nos dimos cuenta que hacía quién sabe cuantos días o semanas o meses, por las mañanas, retirábamos del parabrisas del vehículo un papelito que botábamos al piso, sin mirarlo, y que ya sabiendo lo de El gringo, al mirarlo, ahora sí porque nos contaron los amigos, veíamos la foto de un fachantonés, o que creíamos fachantonés por la ruana color crema que llevaba en un hombro y por la cara de fachantonés que tenía, en donde hablaba con un señor rubio mucho mas alto que él, y hablaban en una calle muy ancha llena de edificios, que con seguridad no es Fachantoná, porque en Fachantoná no hay edificios tan altos como ésos, y el señor rubio y alto estaba de saco y corbata y rodeado de mucha gente muy bonita y especial, y entre ellos hablaban como que tranquilamente, sin tropiezos, y hasta podría pensarse que el señor de Fachantoná también era importante. También ya nos detallábamos desde entonces en las propagandas de los periódicos, donde unas veces aparecía el mismo señor de Fachantoná con el señor rubio y alto, o simplemente aue decía el plegable contentivo de las instrucciones de ese equipo de sonido que habías comprado ya hace un poco de tiempo, en las primeras vacaciones con Adriana, y al fin lograbas oír por el parlante derecho lo que siempre ha debido ser oído por el lado derecho, y lograbas oír por el parlante izquierdo lo que se debería oír por el lado izquierdo, como nunca logré yo hacer por mi cuenta; y tus amigos, mientras leían, te explicaban la forma adecuada para utilizar el secador de pelo que últimamente compraste por insistencia de Adriana, y que en forma incorrecta utilizaste tú, y te señalaban inquisitoriamente, porque hay que conectarlo directamente de la toma de corriente, cuando antes, -léelo que esta aquí claramente descrito- has debido verificar la intensidad de la luz sonora cuántica. Adriana miraba maravillada, y con ojos de reproche quería decirme que casi por mi culpa y por no saber leer inglés, el secador de pelo hubiera ocasionado un incendio en toda la ciudad. Y nuestro apartamento hubiera sido el primero en quemar. Y llegaba el amigo del amigo del amigo que no veías hacia mucho tiempo, o que tal vez nunca hubieras conocido, a decirte que él también había estudiado inglés en diez lecciones, solo en diez, -y mira lo bien que hablo, decía,- y comenzaba a recitar cosas que tu no entendías, y hablaba largo y largo y largo, y cuando decía las cosas que decía no copiaba de ninguna parte, de verdad, no miraba ningún papelito del que copiar, sino que las cosas le salían de la cabeza, de pura memoria, como recitando poesía, y uno no sabia si lo que estaba recitando era un poema de esos largos e importantes, o mas bien una de esas clases típicas de inglés donde dicen –my name is Tom, your name is Paul-. DO DOS Y desde ahí, con Adriana, es que nos dio con el cuento de aprender inglés donde El gringo. Lo de gringo lo supimos, porque uno de los tantos amigos que acudió a nosotros, nos indico que el que dirigía el centro de estudios de inglés era un señor inglés a quien todos llamaban El gringo. Por lo que supimos con otros amigos, el tipo parecía que no fuera inglés de verdad, sino de Estados Unidos, americano, porque él mismo dirigía el negocio, que realmente no tenia mucho que dirigir, porque el que daba las clases de inglés era el propio gringo, y hacia a la vez de mensajero y de secretaria, y de banquero y de gerente. Y también El gringo hacía de director de la school. Y también supimos por otros amigos que el negocio era de El gringo y que había llegado a Fachantoná hacía muy poquito. Seguramente de aburrido que estaba de vivir allá arriba. Nadie nos dijo si era joven o viejo, o si era chiquito o alto. Tampoco supimos si era gringo de verdad, pero por todo lo que nos dijeron, parecía que si lo era. Adriana siempre me dijo que ella hablaba un poquito de inglés, no mucho, apenas para una conversación cortica, decía ella, esas donde tú preguntas dónde queda tal calle y te responden que la calle que buscas es la siguiente a la derecha. Ya para hablar mas largo, requiere que se lo digan despacio. Lo que ella hubiera querido siempre era aprender inglés desde chiquita, para hablarlo sin acento y de corrido, como muchas amigas suyas, que veían las películas americanas sin necesidad de ver los subtítulos en español, y no tener que decir mentirosamente a la salida del cine: - No vi si estuvo bien traducida la película, porque no tuve necesidad de ver los subtítulos. ¿Y tú? A mi también me hubiera gustado todo eso. Mis amigos hablaban en inglés cuando cantaban canciones inglesas, de esas en inglés, y lo hacían casi gritando. Yo ronroneaba a su lado las canciones y creo que nunca se dieron cuenta que yo no sabia inglés. Mejor. Y tanto para Adriana, como para mi, aprender inglés de chiquitos hubiera sido maravilloso, y ni Adriana ni yo entendimos porque nunca aprendimos inglés. Y algunos amigos nuestros, que no sabían inglés, como nosotros, llegaban maravillados a nuestra casa a contarnos cómo con El gringo habían aprendido inglés. - Mira, y es de verdad que te lo digo, yo desde la lección sexta o séptima, ya ni me acuerdo, ya entendía todo lo del inglés. Es más, y te lo digo de corazón, yo a la última lección no asistí. De verdad. Y nos entró con Adriana lo de saber más cosas de las clases de El gringo. TRE TRES Lo primero que supimos de donde El gringo, es que su centro de estudios de inglés quedaba por la carretera que llega a la capital, saliéndose por la de Sónsoles como por el kilómetro setenta y pico, o algo así, por una carretera despavimentada, mas o menos por espacio de una hora. Al final de ella, estaba la casita de El gringo, como cogiendo hacia la montaña. Eso fue lo que nos dijeron los amigos. Y desde que nos contaron lo del gringo y sus clases, es que comenzamos a ver lo que nunca habíamos visto, o no nos habíamos detenido a ver. El gringo sacaba publicidad de su school a cada rato, casi todos los días en todas partes, y hasta ahí es que nos dimos cuenta que hacía quién sabe cuantos días o semanas o meses, por las mañanas, retirábamos del parabrisas del vehículo un papelito que botábamos al piso, sin mirarlo, y que ya sabiendo lo de El gringo, al mirarlo, ahora sí porque nos contaron los amigos, veíamos la foto de un fachantonés, o que creíamos fachantonés por la ruana color crema que llevaba en un hombro y por la cara de fachantonés que tenía, en donde hablaba con un señor rubio mucho mas alto que él, y hablaban en una calle muy ancha llena de edificios, que con seguridad no es Fachantoná, porque en Fachantoná no hay edificios tan altos como ésos, y el señor rubio y alto estaba de saco y corbata y rodeado de mucha gente muy bonita y especial, y entre ellos hablaban como que tranquilamente, sin tropiezos, y hasta podría pensarse que el señor de Fachantoná también era importante. También ya nos detallábamos desde entonces en las propagandas de los periódicos, donde unas veces aparecía el mismo señor de Fachantoná con el señor rubio y alto, o simplemente aparecía el texto que desde un principio nos impactó: “Aprenda usted inglés en diez lecciones con nuestro método de inmersión total, o si no le devolvemos su dinero”. - Eso con seguridad que vale mucho, me dijo Adriana. Yo diría que estamos tonteando, si pensamos que podemos pagar un curso de esos. Si te enseñan todo el ingles, deben cobrar una barbaridad. Y yo pensé que tenía razón, porque si uno va a una de esas escuelas bilingües a que le enseñen a uno otro idioma, digamos inglés, en las que demoras años, para saber cuanto vale en total solo se tiene que multiplicar lo que cuesta cada mes, por el numero de meses que estudies. Así, le dije a Adriana para corroborar lo que ella afirmaba, si estudias cinco años, el resultado lo obtienes de multiplicar doce por cinco, donde doce es el número de meses que tiene un año, y lo que te dé, lo multiplicas por lo que vale cada mes. Con Adriana hicimos cuentas mentalmente. - Para pagar eso se requiere un crédito, le dije con total convicción, y tú sabes muy bien que un crédito aquí no se lo dan a nadie. Yo tenía razón. Adriana me miró como diciendo que sabía que yo tenía razón. CUAT CUATRO - Olvidémonos del cuento de El gringo de una buena vez, le dije a Adriana un día que llegó con un plegable de esos que te dan por la calle o van insertos en las páginas internas del periódico, en donde aparecía por una vez más el fachantonés de siempre, el de la ruana en un hombro, en una foto diferente ahora, y ya por eso pensábamos a esas alturas que debería ser modelo o actor, y el fachantonés, o el que pensábamos que es fachantonés, aparecía hablando con unas muchachas muy bonitas en una playa, y a las muchachas se les veía todo el cuerpo y eran, repito, muy bonitas. Adriana me dijo, -mira esta propaganda tan buena de El gringo-, y miré la propaganda y me fijé nuevamente en su leyenda: “Aprenda usted inglés en diez lecciones con nuestro método de inmersión total, o si no le devolvemos su dinero”. Adriana llegó emocionada por que su amiga del alma, su gran amiga, ya había estado donde El gringo y dijo que le fue muy bien. Salió de ahí, según le dijo, hablando inglés. - ¿Y si averiguamos cuánto vale?, me dijo Adriana un poco perpleja. Costaba mucho dinero, realmente mucho, algo así como seis millones de chichas por cada uno, o sea, en total la nada tontería de doce millones, pero El gringo ya tenía cuadrado con el Banco Nacional un sistema de crédito automático y que resultaba buenísimo. Ni Adriana ni yo sabemos de finanzas y de números, pero el plan era realmente muy bueno, porque acabamos pagando por los dos mensualmente un poquito menos de cuatrocientos mil chichas, por los dos, hay que tener en cuenta, y eso lo pagas en solo cinco años. Es mucho dinero, pero nos matriculamos y se lo contamos a todo el mundo. CINCO El viaje no fue tan corto como nos dijeron. Tal vez porque nos pinchamos, y nos tocó volver a Fachantoná a cambiar el neumático. A mitad de camino a Adriana le dio porque teníamos que devolvernos y volver otro día con alguien que supiera ir, y comenzó a molestarme porque estaba conduciendo muy rápido y demasiado a la izquierda, y me decía que si seguía conduciendo de esas forma tan temeraria –así me lo dijo, con esas palabras-, ella se bajaba del auto en forma inmediata. Me detuve a una orilla del camino, e intenté meditar y cavilar con ella. Le di muchas razones para no volver a Fachantoná, como ella sugería, y al final Adriana aceptó seguir nuestro viaje, siempre y cuando apagase la música, que según ella estaba sonando muy alto. - Es que siempre oímos la música que a ti te gusta, me dijo, extrayendo el casete y apagando el radio. Le di todas las razones que se me ocurrieron para no volver, que eran muchas y muy válidas. En primer lugar, le dije, nosotros pagamos para diez lecciones de inglés durante tres días, y la primera lección comienza esta noche. Si no llegamos esta noche, nos toca pagar un suplemento, y con lo que nos costaron los libros de la school no creo que tengamos suficiente dinero libre como para pagar suplementos. En segundo lugar, le dije a Adriana, si nos devolvemos por alguien que sepa el camino, ese alguien tendrá que dormir con nosotros, y no sabemos si la casa de El gringo tenga camas para acomodar mas gente, y si las tiene, ten la seguridad que nos cobran mas dinero. - Por último, le dije, acuérdate que firmamos un pagaré con firma autenticada ante notario público. - Y cuando firmamos el pagaré, nos tocó comprar una enciclopedia bilingüe completa, me repicó ella. No me acuerdes de todo eso, por favor, me suplicó. Y seguimos el camino, sin música ya. Me dio como cosita pedirle a Adriana que pusiéramos otra vez música, sabiendo que era mi casete de Leon Gieco. Continuamos como por una hora mas, entre polvo y piedrecillas que se reventaban en la parte de abajo del vehículo, y con cada golpe miraba aterrado a Adriana sin saber si esa piedra había roto el tanque de gasolina o, peor aún, el motor. Golpeaban fuerte las piedras. Ya cuando pensamos que habíamos andado suficiente, tanteando solo el recorrido andado, porque sin tener en cuenta el tiempo perdido, habríamos estado en carretera algo así como dos horas, comenzamos a preguntarle a la gente por la school, o por donde El gringo, o por el sitio ese donde dan clases de inglés, y la gente nos miraba como si uno hubiera preguntado quien sabe qué cosas. Adriana se puso histérica. Comenzó a pegarme puños y a decir que por mi culpa estábamos perdidos, y a decir que nos habían engañado, que nos habían robado y que iba a conseguir un abogado para demandar a El gringo, y por fortuna que en esas se puso a escarbar en todos los papeles que nos dieron, como una loca, y miraba en la copia del pagaré y me pegaba mas duro y con mas fuerzas, hasta que miró un plegable, una propaganda plegablparecía el texto que desde un principio nos impactó: “Aprenda usted inglés en diez lecciones con nuestro método de inmersión total, o si no le devolvemos su dinero”. - Eso con seguridad que vale mucho, me dijo Adriana. Yo diría que estamos tonteando, si pensamos que podemos pagar un curso de esos. Si te enseñan todo el ingles, deben cobrar una barbaridad. Y yo pensé que tenía razón, porque si uno va a una de esas escuelas bilingües a que le enseñen a uno otro idioma, digamos inglés, en las que demoras años, para saber cuanto vale en total solo se tiene que multiplicar lo que cuesta cada mes, por el numero de meses que estudies. Así, le dije a Adriana para corroborar lo que ella afirmaba, si estudias cinco años, el resultado lo obtienes de multiplicar doce por cinco, donde doce es el número de meses que tiene un año, y lo que te dé, lo multiplicas por lo que vale cada mes. Con Adriana hicimos cuentas mentalmente. - Para pagar eso se requiere un crédito, le dije con total convicción, y tú sabes muy bien que un crédito aquí no se lo dan a nadie. Yo tenía razón. Adriana me miró como diciendo que sabía que yo tenía razón. CUAT CUATRO - Olvidémonos del cuento de El gringo de una buena vez, le dije a Adriana un día que llegó con un plegable de esos que te dan por la calle o van insertos en las páginas internas del periódico, en donde aparecía por una vez más el fachantonés de siempre, el de la ruana en un hombro, en una foto diferente ahora, y ya por eso pensábamos a esas alturas que debería ser modelo o actor, y el fachantonés, o el que pensábamos que es fachantonés, aparecía hablando con unas muchachas muy bonitas en una playa, y a las muchachas se les veía todo el cuerpo y eran, repito, muy bonitas. Adriana me dijo, -mira esta propaganda tan buena de El gringo-, y miré la propaganda y me fijé nuevamente en su leyenda: “Aprenda usted inglés en diez lecciones con nuestro método de inmersión total, o si no le devolvemos su dinero”. Adriana llegó emocionada por que su amiga del alma, su gran amiga, ya había estado donde El gringo y dijo que le fue muy bien. Salió de ahí, según le dijo, hablando inglés. - ¿Y si averiguamos cuánto vale?, me dijo Adriana un poco perpleja. Costaba mucho dinero, realmente mucho, algo así como seis millones de chichas por cada uno, o sea, en total la nada tontería de doce millones, pero El gringo ya tenía cuadrado con el Banco Nacional un sistema de crédito automático y que resultaba buenísimo. Ni Adriana ni yo sabemos de finanzas y de números, pero el plan era realmente muy bueno, porque acabamos pagando por los dos mensualmente un poquito menos de cuatrocientos mil chichas, por los dos, hay que tener en cuenta, y eso lo pagas en solo cinco años. Es mucho dinero, pero nos matriculamos y se lo contamos a todo el mundo. CINCO El viaje no fue tan corto como nos dijeron. Tal vez porque nos pinchamos, y nos tocó volver a Fachantoná a cambiar el neumático. A mitad de camino a Adriana le dio porque teníamos que devolvernos y volver otro día con alguien que supiera ir, y comenzó a molestarme porque estaba conduciendo muy rápido y demasiado a la izquierda, y me decía que si seguía conduciendo de esas forma tan temeraria –así me lo dijo, con esas palabras-, ella se bajaba del auto en forma inmediata. Me detuve a una orilla del camino, e intenté meditar y cavilar con ella. Le di muchas razones para no volver a Fachantoná, como ella sugería, y al final Adriana aceptó seguir nuestro viaje, siempre y cuando apagase la música, que según ella estaba sonando muy alto. - Es que siempre oímos la música que a ti te gusta, me dijo, extrayendo el casete y apagando el radio. Le di todas las razones que se me ocurrieron para no volver, que eran muchas y muy válidas. En primer lugar, le dije, nosotros pagamos para diez lecciones de inglés durante tres días, y la primera lección comienza esta noche. Si no llegamos esta noche, nos toca pagar un suplemento, y con lo que nos costaron los libros de la school no creo que tengamos suficiente dinero libre como para pagar suplementos. En segundo lugar, le dije a Adriana, si nos devolvemos por alguien que sepa el camino, ese alguien tendrá que dormir con nosotros, y no sabemos si la casa de El gringo tenga camas para acomodar mas gente, y si las tiene, ten la seguridad que nos cobran mas dinero. - Por último, le dije, acuérdate que firmamos un pagaré con firma autenticada ante notario público. - Y cuando firmamos el pagaré, nos tocó comprar una enciclopedia bilingüe completa, me repicó ella. No me acuerdes de todo eso, por favor, me suplicó. Y seguimos el camino, sin música ya. Me dio como cosita pedirle a Adriana que pusiéramos otra vez música, sabiendo que era mi casete de Leon Gieco. Continuamos como por una hora mas, entre polvo y piedrecillas que se reventaban en la parte de abajo del vehículo, y con cada golpe miraba aterrado a Adriana sin saber si esa piedra había roto el tanque de gasolina o, peor aún, el motor. Golpeaban fuerte las piedras. Ya cuando pensamos que habíamos andado suficiente, tanteando solo el recorrido andado, porque sin tener en cuenta el tiempo perdido, habríamos estado en carretera algo así como dos horas, comenzamos a preguntarle a la gente por la school, o por donde El gringo, o por el sitio ese donde dan clases de inglés, y la gente nos miraba como si uno hubiera preguntado quien sabe qué cosas. Adriana se puso histérica. Comenzó a pegarme puños y a decir que por mi culpa estábamos perdidos, y a decir que nos habían engañado, que nos habían robado y que iba a conseguir un abogado para demandar a El gringo, y por fortuna que en esas se puso a escarbar en todos los papeles que nos dieron, como una loca, y miraba en la copia del pagaré y me pegaba mas duro y con mas fuerzas, hasta que miró un plegable, una propaganda plegable que nos habían dado, con el actor que hacia de fachantonés, esquiando en unas montañas nevadas y la leyenda decía lo de siempre: “Aprenda usted inglés en diez lecciones con nuestro método de inmersión total, o si no le devolvemos su dinero”, y me dijo: - Eres un tonto total. ¿No leíste nunca lo que dice aquí?, dándome el plegable, y señalándome una de las esquinas de abajo, que en letra corriente y subrayada decía: “Si no nos encuentra fácil, pregunte por el enano”. Miré a Adriana con cara de perplejidad, como castigado. Adriana fue la que tuvo la lucidez de preguntar al primero que se atravesó en el camino: - ¿Por favor, me puede usted indicar donde está el enano? La respuesta fue inmediata, y el señor nos dijo que siguiéramos todo derecho por un camino de piedras que quedaba mas adelante y que, cuando viéramos una estación de gasolina, al llegar a la carretera pavimentada, volteáramos a la izquierda y, ya ahí, preguntáramos por el enano. Mas adelante preguntamos otra vez, como nos indicó el señor, preguntando por el enano, ya no por El gringo o las clases de inglés, y llegamos facilísimo a la school. La school era una casa campesina pequeña, común y corriente, sin letreros ni nada que la identificara. En la puerta había un enano sentado en una silla de la que le colgaban los pies y quien nos dijo que el mister ya venía. Esperamos realmente muy poco tiempo, porque inmediatamente apareció El gringo. Nos miramos con Adriana. El gringo era el mismo actor que hacia de fachantonés en las propagandas de la school. Era muy simpático y muy chistoso, y a cada rato te abrazaba por los hombros y te decía un apunte muy bueno. En español, porque El gringo el español lo hablaba mas o menos bien. A Adriana le pareció que además era muy bien plantado. Cada lección duraba una hora y El gringo ponía un casete donde te hacían repetir frases y frases en ingles. Tú las repetías, y el gringo te corregía la pronunciación. El gringo nos tenía prohibido hablar entre nosotros en español. - Only english, nos dijo El gringo. Y pasamos los tres días hablando entre nosotros solo en inglés. Únicamente en inglés. No hablamos mucho, realmente. Nunca nos dijeron que la comida iba por aparte. No costaba mucho, solo mil chichas por plato, con bebida incluido, pero siempre sumando y sumando se nos fue un buen dinero. No nos acomodamos en un cuarto, como habíamos pensado, sino que había en la casita de El gringo un gran cuarto con muchas camas. En las demás dormían otros estudiantes y el enano, quien se mantenía todo el día frente a la puerta principal en su silla alta y con los pies colgando, y quien era objeto de risas por parte de los campesinos que pasaban. A Adriana le pareció el colmo eso de dormir con toda la demás gente. Parecía que hubiera pasado mucho más tiempo. Diez días como mínimo, pero llegó el momento de irnos. - Entre ustedes, nos dijo El gringo, entre ustedes, only english. Y salimos de ahí sin decirnos mucho. Yo le preguntaba y ella me contestaba con un yes. No nos decíamos muchas cosas, realmente. Llegamos a Fachantoná a medio día, y nos fuimos directamente donde la amiga de Adriana, la que era su amiga del alma, que ya había aprendido inglés donde El gringo. Nos preguntó cómo nos fue. La verdad, la verdad verdadera, es que nos costó trabajo hablar en español y decirle claramente cómo nos había ido. Hablamos al principio como los extranjeros hablan el español, un poco enredados, pero Adriana tuvo la ocurrencia de decirle: - Very good. Aun estamos pagando el crédito. Es un poco de dinero mensualmente, pero tampoco es tanto. La falta de práctica del inglés, hace que lo hayamos perdido un poco, no mucho, pero hace muy poco, cuando llenamos un formulario del banco, no recuerdo para qué, una encuesta o algo así, preguntaban si hablábamos inglés. Pusimos una equis en el cuadradito que indicaba que sí. Parece que El gringo cerró la school. Puso un restaurante de comida americana, y las propagandas dicen que para no perderse, antes de llegar, hay que preguntar por el enano. Ya no aparecen fotos de El gringo en las propagandas del restaurante. Ahora aparece el enano de la school con los pies que le cuelgan de la silla. Con Adriana queremos ir a comer un día de estos allá. Todos nuestros amigos ya han ido y nos cuentan cosas. Tenemos que ahorrar un poquito, porque debe costar una barbaridad. literatura, política y otras pendejadas - Eres un tonto total. ¿No leíste nunca lo que dice aquí?, dándome el plegable, y señalándome una de las esquinas de abajo, que en letra corriente y subrayada decía: “Si no nos encuentra fácil, pregunte por el enano”. Miré a Adriana con cara de perplejidad, como castigado. Adriana fue la que tuvo la lucidez de preguntar al primero que se atravesó en el camino: - ¿Por favor, me puede usted indicar donde está el enano? La respuesta fue inmediata, y el señor nos dijo que siguiéramos todo derecho por un camino de piedras que quedaba mas adelante y que, cuando viéramos una estación de gasolina, al llegar a la carretera pavimentada, volteáramos a la izquierda y, ya ahí, preguntáramos por el enano. Mas adelante preguntamos otra vez, como nos indicó el señor, preguntando por el enano, ya no por El gringo o las clases de inglés, y llegamos facilísimo a la school. La school era una casa campesina pequeña, común y corriente, sin letreros ni nada que la identificara. En la puerta había un enano sentado en una silla de la que le colgaban los pies y quien nos dijo que el mister ya venía. Esperamos realmente muy poco tiempo, porque inmediatamente apareció El gringo. Nos miramos con Adriana. El gringo era el mismo actor que hacia de fachantonés en las propagandas de la school. Era muy simpático y muy chistoso, y a cada rato te abrazaba por los hombros y te decía un apunte muy bueno. En español, porque El gringo el español lo hablaba mas o menos bien. A Adriana le pareció que además era muy bien plantado. Cada lección duraba una hora y El gringo ponía un casete donde te hacían repetir frases y frases en ingles. Tú las repetías, y el gringo te corregía la pronunciación. El gringo nos tenía prohibido hablar entre nosotros en español. - Only english, nos dijo El gringo. Y pasamos los tres días hablando entre nosotros solo en inglés. Únicamente en inglés. No hablamos mucho, realmente. Nunca nos dijeron que la comida iba por aparte. No costaba mucho, solo mil chichas por plato, con bebida incluido, pero siempre sumando y sumando se nos fue un buen dinero. No nos acomodamos en un cuarto, como habíamos pensado, sino que había en la casita de El gringo un gran cuarto con muchas camas. En las demás dormían otros estudiantes y el enano, quien se mantenía todo el día frente a la puerta principal en su silla alta y con los pies colgando, y quien era objeto de risas por parte de los campesinos que pasaban. A Adriana le pareció el colmo eso de dormir con toda la demás gente. Parecía que hubiera pasado mucho más tiempo. Diez días como mínimo, pero llegó el momento de irnos. - Entre ustedes, nos dijo El gringo, entre ustedes, only english. Y salimos de ahí sin decirnos mucho. Yo le preguntaba y ella me contestaba con un yes. No nos decíamos muchas cosas, realmente. Llegamos a Fachantoná a medio día, y nos fuimos directamente donde la amiga de Adriana, la que era su amiga del alma, que ya había aprendido inglés donde El gringo. Nos preguntó cómo nos fue. La verdad, la verdad verdadera, es que nos costó trabajo hablar en español y decirle claramente cómo nos había ido. Hablamos al principio como los extranjeros hablan el español, un poco enredados, pero Adriana tuvo la ocurrencia de decirle: - Very good. Aun estamos pagando el crédito. Es un poco de dinero mensualmente, pero tampoco es tanto. La falta de práctica del inglés, hace que lo hayamos perdido un poco, no mucho, pero hace muy poco, cuando llenamos un formulario del banco, no recuerdo para qué, una encuesta o algo así, preguntaban si hablábamos inglés. Pusimos una equis en el cuadradito que indicaba que sí. Parece que El gringo cerró la school. 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